juan guillermo tejeda

MUERTE Y LIBERTAD

Posted in cotidiano by jgtejeda on abril 25, 2012

Dos fatalidades decisivas son, para mí, que vamos a morir, y que vivimos libremente. No podemos cambiar el hecho de que nuestra  vida, con todo lo que tiene, va a terminarse. Ni que en cada instante de esa vida podemos hacer esto o lo otro, decir lo que queramos o lo que no queramos decir, juntarnos con unas personas o con otras, ir a un sitio o al de más allá, comprarnos esto o aquello, aceptar, renunciar, etc., siempre siguiendo nuestras convicciones y afrontando o disfrutando después, por cierto, las consecuencias. Es esta la perspectiva del humanismo, del materialismo: tener que morir, y vivir libres. La mentalidad religiosa o idealista platónica es justamente lo contrario: la muerte no existe porque seguiremos viviendo en otro mundo, y la libertad queda reducida a elegir entre lo santo y lo diabólico, es apenas un breve espacio donde se nos obliga a decidir bajo amenaza entendiéndose además que lo más agradable para uno es casi siempre lo menos santo. Para los cristianos ambas negaciones van estrechamente unidas y así, para resucitar triunfalmente en el cielo tenemos que ahogar todo placer en la tierra. Los idealistas basan su poder en la doble negación de lo que es evidente, que morimos y que somos libres. La izquierda revolucionaria es un poco lo mismo, hay un paraíso ideal al final de esta lucha terrena y para conquistarlo es preciso renunciar, por ahora, por unas seis u ocho o veinticinco décadas, a la libertad. Nosotros mismos, a entrar a una empresa, al casarnos o vivir en un barrio, etc., tratamos de anclarnos, de negar nuestra libertad reemplazándola por un programa, por un manual de sensateces donde todo está previsto y la libertad se debilita mucho. Es que el vértigo de ser libres es demasiado, y la idea de morirse resulta muy desagradable.

LA GANA DEL ARZOBISPO

Posted in cotidiano by jgtejeda on marzo 3, 2012

Afirma el arzobispo de Valencia: la auténtica libertad no es hacer lo que a mí me da la gana, sino parecerme más a Dios en la vida, porque cuanto más te entregues y sirvas a los demás, y no a ti mismo, alcanzas la libertad verdadera que es la que hay que cantar en las calles y la que hay que instaurar en las naciones, eliminando las tinieblas de este mundo.

Según este señor habría varios tipos de libertad, y sólo una de ellas auténtica. La auténtica no es hacer lo que a mí me da la gana, sino algo diferente, parecerme a Dios en la vida. Difícil tarea, porque la divinidad a la que se refiere el arzobispo es todopoderosa, perfecta, omnisciente y eterna, o sea no sólo mejor que yo, sino todo lo contrario de mí. Debo parecerme cotidianamente a algo que es estructuralmente opuesto a mi ser mortal y necesitado, por lo que mi vida será, según este proyecto, un fracaso seguro, un esfuerzo jamás coronado por el éxito. En el mejor de los casos seré un trocito minúsculo de la perfección si es que puede haber una perfección incompleta (soy un poquito inmortal), un porcentaje apenas de la plenitud. Es la limitación de los idealismos, que al partir de lo perfecto nos dejan sumidos, hagamos lo que hagamos, en la desilusión, en la deuda, en la culpa, en la angustia de no poder jamás saciarnos ni contentarnos.

Pero más allá de lo que afirme el arzobispo, aquella divinidad, de existir, nadie sabe bien cómo es, por lo tanto si me pongo un poco escéptico estoy enfrentado a la vez a un superpoder inalcanzable y a la incertidumbre referencial, sensación que recuerda a la del agrimensor K frente al castillo, infinitamente postergado, jugando un juego de reglas incomprensibles. ¿Cómo parecerme a algo que no llegaré jamás a conocer? Ahí entra, chán, el arzobispo, que se ofrece como intermediario. Debo hacer, pues, no lo que me dé la gana, sino lo que me diga el arzobispo, lo que a él le dé la gana. Ello se logra, acota seguidamente, a través del servicio a los demás. Un servicio orientado por cierto a que los demás no hagan lo que les dé la gana, convirtiéndome así, como el propio prelado, en un misionero empecinado en llevar su propia infelicidad a quienes no la necesitan. Si estoy al servicio de los demás tratando de que nadie haga lo que le dé la gana, me he convertido en un esclavo y un propagador de esclavitudes. Y esta esclavitud debe ir, señala el representante terrenal de la divinidad, a las calles y a las naciones, es decir, buscar expresión en la vida cívica. La política, pues, se entiende como servidumbre y obediencia religiosa y eso, no sé bien de qué manera, nos daría libertad eliminando de paso las tinieblas de este mundo esencialmente insuficiente, en tanto que en el otro del cual depende espiritualmente el arzobispo sólo hay luz.

Creo que ante una alternativa así prefiero hacer lo que me dé la gana. Aunque suene egoísta o irresponsable (que no tiene por qué serlo) es finalmente más fácil, más modesto, más respetuoso, más democrático.

EDUCACIÓN EN LIBERTAD

Posted in profesor by jgtejeda on septiembre 16, 2011

lo puse hoy en mi blog sobre universidades, pero se trata de algo que me recorre por entero, así es que lo pongo también aquí  ____  comentarios de los amables o rudos lectores aquí  _____ felices fiestas! ___

La verdad es que si yo hubiera salido a marchar por la educación cuando estaba en el colegio, hace ya muchos años, hubiera exigido no que lo mejoraran, sino que lo cerraran. Mi colegio, de curas y con lucro, me pareció siempre un recinto carcelario a cargo de personajes depresivos e ineptos. Su desaparición me hubiera devuelto la libertad.

En casa, mi padre se quedaba repasando los artículos que escribía a máquina para llevarlos a mediodía a la redacción de los diarios. Su muy personal ambiente creativo producía un desparramo de libros abiertos en el suelo y las mesas, revistas con marcas, música de jazz o de Bach, humo de cigarrillo y todo aquello que pudiera ayudar a la libertad de espíritu, a desplegar el ímpetu creativo. Sólo observando lo que hacía y gracias también a sus gestos, a sus miradas, aprendí con él muchísimo más que en el colegio, aprendí a entender la cultura como una conversación y no como un deber, también supe ganarme la vida más tarde con aquello, además de quedar de paso premunido de algunos valores que me parecen relevantes: la tolerancia, el sentido del humor, el amor por la libertad, la confianza en nuestra propia humanidad individual.

Nunca entendí por qué razones me obligaban a levantarme a unas horas absurdas, tiritando de frío y atemorizado, para dejar la tibieza del hogar e ir a dar a aquel cuartel que estaba considerado un gran colegio, pero que era asqueroso. No se puede mejorar una cárcel. No es posible optimizar un sistema que en lugar de hacernos conversar con las mentes más interesantes de todos los tiempos, cada cual a su manera y a su gusto, se empecinaba en exigirnos resúmenes, sumas, quebrados, memorizaciones botánicas y otras estupideces, a punta de amenazas y castigos.

Creo que la lección real del colegio era: niño, eso que tú crees que es tuyo, tu tiempo, nos pertenece. Y ese cuerpo que quizá imaginas que es también tuyo, nada, es del colegio, así es que uniforme completo, pelo corto, sin moverse cada uno en su pupitre, clase de gimnasia y los viernes de rodillas en la iglesia. Y nada de pensamientos aviesos, que tu mente también es cosa nostra. Una sistemática violación de los derechos humanos en nombre de una cultura despreciable de cuaderno y libros de textos. Lo intuía yo claramente comparando aquella basura con la cultura tolerante y entusiasta de mi papá.

Pero nuestros jóvenes de hoy están decididos a mejorar la educación. No sé si se pueda mejorar algo tan dañino, y es cuestión de ver, lo primero que se hace en un colegio es instalar la reja del perímetro y el control de entradas y salidas. ¿Por qué no dejar que cada cual entre o salga libremente? Lo que más vale son las notas, una especie de dinero negro del conocimiento que en verdad nada tiene que ver con su sustancia. Cuando aprendemos algo que nos sirve estamos naturalmente contentos, y no necesitamos premios adicionales y menos castigos. ¿Para qué? Aprendemos porque lo necesitamos, no para ser evaluados.

Suponemos quizá que los niños están mejor en el colegio, más seguros, pero hay ahora muchos colegios que llevan meses sin clases y no se perciben mayores daños en nadie. Yo creo que los padres ponen allí a los niños para huir de la casa y sumergirse también ellos en sus prisiones ansiosas, y hacer dinero para pagar ansiosamente muchas cosas que no necesitan. Transfieren a los colegios la función de educar, creyendo que la educación es una mercancía, un servicio que se puede externalizar a cambio de una suma mensual.

Lo que sí es cierto es que en el sistema educativo nacional hay cárceles más pirulas y cárceles menos, y que se trata de una encarcelación muy segmentada por clase social, por barrio, por el azul o marrón de los ojos, incluso por la inteligencia o capacidad de sometimiento, sin que los niños tengan responsabilidad alguna en esos afanes por discriminar que dan asco. En todos los casos, sin embargo, se les enseña a los estudiantes no lo que quieren aprender, sino lo que unos burócratas de la pedagogía creen que debe enseñarse, con horario impuesto, en recintos numerados y por materia etiquetada.

Da lo mismo tanto esfuerzo, porque finalmente a uno se le queda dentro bien poco de todo aquello, y menos peso aún tiene esa materia existiendo google, que allí está todo sin tener que ponerse un uniforme y escuchar sentado a un compadre no muy convencido explicando algo de manera autoritaria.

Los niños son curiosos y aprenden por sí solos, como los adultos. Somos buenos para aprender, los humanos. Y los colegios son una prótesis medio ridícula donde se propagan los peores vicios de nuestra sociedad clasista y paranoica. En unas décadas o siglos más, si el planeta sigue un poco donde está, contemplarán nuestros sucesores con una sonrisa burlona nuestros afanes por mejorar la educación. La educación es algo constitutivo de nuestro ser, una fuerza dinámica, no un edificio, ni una marca, ni un programa, ni una libreta de notas, ni un título o un postítulo.

Comparada con los colegios, la universidad siempre me pareció un espacio de libertad. Finalmente uno puede elegir en ellas qué estudiar, aunque no siempre, porque hay padres que insisten en imponer sus propios gustos a los hijos, chantajeándolos. Lo cierto es que cada cual debe hacerse cargo de su propia vida, y lo que el padre estudió o no estudió es su asunto, no el de sus hijos.

No sé por qué en Chile no ir a la universidad es en muchas familias una especie de drama: no quedó!… no le dio el puntaje! Madres sollozando, padres encolerizados, o al revés. Es mejor, como decían los fundadores de Summerhill, ser un carpintero feliz que un Primer Ministro neurótico. Pero en Chile, aunque no tengamos Primeros Ministros, estamos apostando fuerte por la neurosis. La mera pregunta “qué vas a estudiar” cuando sale alguien del colegio es ya un poco pasadora a llevar. Esa persona ya estudió, y sabrá cada cual si quiere o seguir sentado en un banco repasando hojas de libros. La pregunta respetuosa, si hay interés, es preguntarle al joven o a la joven a qué piensa dedicarse.

Existen muchas universidades, sin embargo, que se esmeran en ser como colegios aunque no haya que llevar uniforme y se permita fumar a los estudiantes en los recreos. Son estrictas, con mucha cosa obligatoria, tareas, retos, apuntes, notas, promedios, indicadores, toda esa parafernalia que nada tiene que ver con el conocimiento auténtico.

En eso las universidades públicas son más evolucionadas, hay menos marcación personal y al mismo tiempo más libertad y mayor formación en las propias responsabilidades. El proyecto humanista consiste en entregar a los jóvenes un espacio abierto y con recursos, donde pueda cada cual organizar su crecimiento y su maduración según sus propios intereses y motivaciones.

Con estas movilizaciones estudiantiles tan bonitas en cuanto a la meta que se han propuesto, nos ha aparecido a veces a la vista la parte más oscura de las universidades públicas, especialmente con las “tomas”, que significan interrumpir no sólo la programación prevista, sino además la libre circulación de las personas. Los organizadores de las “tomas” instalan lienzos, candados, controles de entrada, también puede que un pequeño club de encapuchados, y programan actividades tipo campamentos juveniles de los antiguos países comunistas, todos opinando más o menos lo mismo, marchando, en pos de unos ideales, y muy enojados, no se vaya uno a oponer en una asamblea a lo que están tratando de hacer. Siendo emocionante, no hay en aquel tipo de organización libertad para pensar, para opinar o para entrar y salir. Uno no entiende cómo en una universidad pública, que se define identitariamente por su pluralismo, por su no discriminación, se permite que grupos de personas se apropien físicamente de los lugares, discriminen, segreguen, etc.

A mucha gente le gustan mucho las “tomas”, sin embargo. Tal como son muy populares los colegios con sus rejas perimetrales y sus uniformes. De la misma manera como se pretende manipular a los jóvenes para que estudien, digamos, derecho y no por ejemplo gastronomía. O como se afanan algunas universidades privadas en atrincar bien a sus pupilos.

Son manifestaciones, todas ellas, del gusto de mucha gente por la esclavitud. De la desconfianza en la naturaleza curiosa y creativa de las personas. Una moralina pesimista, revestida de ideas de derecha o convicciones de izquierda, da lo mismo, porque su norte es combatir la libertad.

La libertad nos da miedo porque significa hacernos cargo de nosotros mismos. Se trata, siendo libres, de pensar, de decidir, y de defender lo que uno ha pensado y decidido, porque de otro modo no se siente uno bien consigo mismo. Se trata de confiar en nuestros sentimientos profundos, en esa voz que nos dice qué es lo recto y lo no recto. Ser honestos nos obliga a cierta modestia, a hacernos cargo de nuestra realidad personal e intransferible, de nuestros deseos.

Pese al miedo que da y al esfuerzo que comporta, es mucho más bonita y plena una existencia libremente escogida que una vida esclava. En rigor, sólo una existencia en libertad, respetando por cierto a los demás, merece llamarse humana.

Quienes venden esclavitud (en cualquiera de sus modalidades educacionales o ideológicas) a menudo se la sacan argumentando que es “por ahora”, que es preciso sacrificarse en este momento para ser libres más tarde. Mi experiencia me dice que quien practica la esclavitud en las cosas pequeñas la defiende también al final en las grandes cosas. Que cuando uno entrega tontamente un trocito pequeño de su propia libertad y de su propia sensatez, termina por entregarla toda. Lo que está en juego cuando nos esclavizamos o no dejamos que nos esclavicen es nuestra identidad, nuestra diferencia gozosa de habitar cada uno de nosotros en propiedad nuestro propio ser, que se educa cada día, a su pinta, lejos de negociantes, burócratas o comisarios políticos.

FRAGANCIA FREE

Posted in extraño by jgtejeda on mayo 29, 2011

Queremos ser libres –teóricamente, pero en la práctica no tanto. Saltamos fuera de la esclavitud y comienzan a odiarnos, nada personal: es la fragancia free lo perturbante. Sartre, con su cara de sapo y su alma de saurio, dedicó muchas palabras a la libertad. La relacionaba con la nada, de ahí el vértigo o la angustia que nos provoca: la libertad es la aparición de la Nada en el mundo. Antes de la libertad, el mundo es una plenitud que es lo que es, una comida espesa. Después de la libertad, hay cosas diferenciadas, porque la libertad ha introducido la negación. …y en cuanto a mis propias experiencias, apenas me siento libre empiezo a respirar fabuloso y al poco rato me vienen puntadas de dolor un poco vagas, somnolencia… la libertad no tiene nada que ver con las conductas destructivas, por cierto.

END

Posted in profesor by jgtejeda on diciembre 4, 2010

my name is juan guillermo
very old, 63
profesor por vocación, tuve muy malos
en el colegio y muy
buenos en la U:
educar, para mí,
es más que cualquier otra cosa favorecer la
transformación
individual
asegurarle un clima
a lo cambiante
crecemos, nos vamos haciendo aquello
que realmente somos
es eso el aprendizaje
una experiencia
que nos hace ir de una identidad
a otra
un proceso
una aventura dulce y violenta
donde cada cual es protagonista
de las ramas y formas
que aparecen
al crecer
buenas o malas
espinillentas o irradiantes
felices o turbias
así nos vamos haciendo
personas
no según un modelo fijo
sino cada cual a su modo
en su propio resplandor
no hay mejor profesor
que uno mismo
no quiero ser un
profesor judicial
ojalá nunca lo sea
ya no lo fui
porque no son los resultados
sino el proceso lo que interesa
la dinámica
el detalle
la sonrisa
y me perdonarán a veces que haya dicho lo que dije
o haya mirado o no mirado
olvidado o reconocido
más una cosa que otra, son mis
afinidades
es mi naturaleza
mi humanidad
no quiero dejarla
en casa
ni llevar a clase
a un robot mentiroso
no creo que un alumno o una alumna
que busca lo que hay dentro de sí
tenga que ser declarada o declarado
inocente
o culpable
todos somos inocentes
rompe ya tu libreta de notas
sitúa al éxito o al fracaso
no en un diploma ni en una medalla
sino en tu propio corazón
creo en las rutas personales
hay meses en que no está uno bueno o buena para nada
las notas son como el dinero, muy útiles
y al mismo tiempo esclavizantes
y lo que nos hace personas es la libertad
la liviana, maravillosa libertad
no las esclavitudes
por elegantes que sean
es mejor andar ligeros o ligeras, sin peso,
por la vida
no he venido a juzgar a nadie
ofrezco un poco de sinceridad
algo de lealtad, en fin,
mercaderías que ya no están
de moda
apuesto por las afinidades
que son, como los seres,
variables
y se expresan libremente
por medio de las subjetividades
que son tan mal miradas
en este mundo
universitario
evaluado hasta la saciedad
toques personales, experiencias, emociones,
que finalmente
nos hacen sentirnos acompañados
y seguros
soy parte de un tejido
un mimbre más del canasto,
no dios,
sino apenas una de sus manifestaciones
como lo es cualquiera de nosotros
un buen profesor es un espejo
que acepta nuestra imagen
la que cada uno trae
sus miserias
sus errores
sus logros
sus milagros
y lloro en la noche o en la madrugada
como todos
me duele a veces
el estómago, la cabeza,
me pregunto qué hago en este mundo
me pierdo y me encuentro con otras almas perdidas
mi invitación: que cada cual
se mire a sí mismo, a sí misma,
en el espejo cotidiano
según las antiguas leyes
del sentido común
y la decencia
do the right thing
abre tu corazón
sé lo que quieras ser
sé lo que tienes que ser

INVENTA TUS CADENAS

Posted in extraño by jgtejeda on septiembre 26, 2010

los roles (padre, madre, hijo, discípulo, maestro, amante, ex esposo, proveedor, jefe, subordinado, etc.) pueden ser la peste de nuestras vidas. A menudo habitamos sin gana alguna pero con gran decisión lo que consideramos debe ser un determinado comportamiento que nos define: aplicados, organizamos un teatro para los demás, o sea para los otros que desde dentro nuestro nos fuerzan a desplegar un determinado set de gestos, de frases, etc., y nada disfrutamos, se trate de hacer el amor, un trabajo, un viaje, en fin. ______  un modo de liberarnos de esto es desafiar todo rol, evitar que se nos etiquete, mantenernos como imprevisibles, y esto es agotador y para los demás perturbador, nos hacemos odiar… _______ el secreto parece ser, por el contrario, habitar cada cual su rol de manera adulta pero sin traicionar la propia identidad, o sea que si en la unidad de cuidados intensivos le da a uno risa, pues reírse, aunque sin abandonar el rol: sigue uno preocupándose del ser querido, habla con los médicos, atento eso sí a no transformarnos en esclavos, etc …. el rol puede considerarse bien ejecutado si está uno contento y también aquellos (padres, hijos, maestros, proveedores, parejas, etc.) sobre quienes el rol se ejerce____ bueno, es un poco difícil de explicar pero como que se me aparece _______ inventa tus cadenas, que sin cadenas no hay libertad

SÓLO VERANO

Posted in dignidad by jgtejeda on marzo 10, 2010

No soporto más horarios. Mi reloj es lo que me pide la piel. A partir de ahora, lo juro, mi vida será un verano. A lo sumo unos horarios regulares como los de Helvecio mientras fue feliz (según el devorador Onfray): ________ sus jornadas en el campo, programadas, suponen un empleo regular del tiempo: trabajo por la mañana -lectura y escritura-, almuerzo anunciado por una salva de mosquetería y tarde dedicada a los amigos, la conversación, la caza, la compañía de las mujeres….