juan guillermo tejeda

Jaime Guzmán, primer monumento a la dictadura

Posted in normal by jgtejeda on marzo 3, 2008

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aparecido en http://www.terra.cl — 28 de febrero de 200, Juan Guillermo Tejeda

La fuerte personalidad de Jaime Guzmán lo sitúa como un político chileno excepcional: ejerció con claridad un liderazgo carismático sobre una derecha dispersa y abatida, apoyó con fuerza a un Alessandri que resultó derrotado frente a Allende y, convertido este en Presidente, destinó sus energías a combatir al gobierno de la Unidad Popular. Parecía increíble que aquel menudo abogado de hablar tan católico, con un chalequito gris y un discurso de derecha medieval con matices fascistas -admiraba a Franco- e integristas -había sido colaborador de la revista Fiducia- pudiera calar en la sociedad chilena.

Tuvo éxito en este empeño, encabezó la resistencia a Allende, se batió con valentía y decisión contra las sombras del marxismo, y se transformó así en una figura fundacional de la dictadura pinochetista. Jaime Guzmán fue un político no tradicional, un polemista brillante y un negociador de enorme habilidad. Durante los años de Pinochet su rol fue, más que el de un actor, el de un contralor ideológico. Lo suyo era mandar a los que mandan, ejercer influencia, trazar la escenografía de la obra más que desempeñar roles específicos. Una de sus obras fue la Constitución del 80, una pieza profundamente antidemocrática.

Los trabajos académicos de Renato Cristi, Carlos Ruiz y Pablo Ruiz-Tagle muestran no sólo la raíz conservadora, integrista, de sus ideas, sino también el embrujo que estas ideas ejercieron sobre la derecha chilena durante la dictadura de Pinochet. Podríamos afirmar que tanto el pinochetismo como la democracia vigilada y el espacio público devaluado que vinieron después son obra de Guzmán.

La figura de Jaime Guzmán es excepcional por haber sido capaz de hacer una lectura -errada o no- de largo aliento sobre la realidad nacional, uniendo a su visión teórica una decidida y exitosa acción práctica. Fundó la UDI, el partido más nítido de nuestra derecha, y preparó el desembarco de los poderes fácticos en el nuevo contexto democrático.

Jaime Guzmán fue, por último, una persona austera, de convicciones religiosas profundas, poco amigo de oropeles, de costumbres algo atípicas. Su trágica muerte, ocasionada por un atentado terrorista en los inicios de la transición, conmovió profundamente a la clase política y al país.

Se entiende perfectamente que sus partidarios quieran levantarle un memorial: tal es el nombre escogido para el monumento que se va a inaugurar pronto en Vitacura. Sin embargo es preciso pensar que ese monumento es, a la vez, un homenaje a su persona y a la dictadura de Pinochet. Ambas lecturas están fatalmente ligadas. La vida política de Jaime Guzmán consistió básicamente en preparar, administrar y finalmente amarrar el legado de una dictadura. Dictadura violenta, cruel y según se ha sabido claramente después, corrupta, que dejó una profunda herida de ejecutados, desaparecidos forzosos, exiliados, represaliados, torturados. Pasarán décadas hasta que todo aquel desorden pueda ser reordenado.

Y la pregunta que surge es: ¿es correcto que en una sociedad democrática se levante un monumento a una figura pública que se identifica cabalmente con una dictadura? ¿Está Chile dispuesto a erigir estatuas a quienes, por las razones que fuesen y desde las ópticas que sean, forjaron un régimen tan contrario a los valores compartidos de esta sociedad? ¿Corresponde destinar trozos de espacio público a este tipo de homenajes? ¿Qué señales estamos enviando a las generaciones más jóvenes? ¿Será este quizá el primero de una serie de monumentos a ídolos de la dictadura? La excepcionalidad de la figura de Jaime Guzmán y sus notables cualidades personales no pueden hacer olvidar su rol estructurante del pinochetismo. Guzmán es una figura histórica, que sin duda será estudiada a fondo en los años venideros. Pero eso no hace de él necesariamente un ejemplo.

Por cierto que pueden los seguidores de Jaime Guzmán levantar los monumentos que consideren convenientes, faltaría más, están en su derecho. Lo sensato sería hacerlo en espacios privados y, que se sepa, las calles de Vitacura continúan siendo espacio público. Mientras en España han sido retirados de calles y plazas todos los monumentos que ensalzan a figuras dictatoriales, en Chile comenzamos recién a instalarlos.

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