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La Fábrica  / Juan Guillermo Tejeda

La primera vez que oí hablar de Juan Guillermo Tejeda, fue de voz de una de sus alumnas en una conversación casual. Su descripción correspondía a la de un ser iluminado, un mecenas visual; un verdadero profeta que engendraba en sus discípulos una curiosa mezcla de admiración absoluta, respeto y empatía: como si se tratara de un ser legendario, mitológico, algo así como un Ché Guevara del diseño.
El venía de ultramar, cargado de sabiduría y de un currículum imbatible para la escena nacional: entre sus hits  figuraba haber sido llamado nada menos que por Alessandro Mendinni, para decorar un vaso de su autoría, el cual sería fabricado en serie por la empresa italiana Alessi. Junto con él se citaba simultáneamente una selecta constelación de estrellas de la talla de Phillipe Stark, Robert Venturi y Ettore Sottsass, entre otros. Su impresionante currículum no era menos visible en el medio local con dos super-ventas, como la autoría intelectual de la expo Sevilla y el bullado Supermercart. Tejeda era todo un rockstar.
La primera vez que vi a Guillermo ocurrió en el patio de la Escuela  de Arquitectura de la Universidad de Chile, junto a un grupo de profesores . Debe haber rondado el año 1998, hace ya una década atrás.  Aquel encuentro breve fue más bien desconcertante: la atura del coloso intelectual que mi imaginario había construido, no concordaba con su estatura física, que más bien se aproximaba más al modesto promedio nacional . Pero del 1900, es decir 1m 59cm. De sweater arremangado, anteojos redondos y calzado informal me pareció un tipo cómodo y coloquial. Cercano.
Su discurso, igualmente informal,  no intentaba impresionar a nadie. Pero lo hacía. Desordenado y veloz, de juicios radicales y lucidez brutal, Tejeda no era uno más:  aquella vez supe de inmediato que estaba frente a un ser especial, un anarquista ilustrado ó un genuino republicano libertario de aspecto algo desgarbado.  Un gigante paradójico que observaba a vuelo de pájaro sobre nuestras –todavía- provincianas cabezas.
El tiempo nos llevó a encontrarnos en una de sus tantas cruzadas: El “Chilean Connection” cuando  Tejeda dirigía la unidad de extensión de la Facultad. La oficina de doble altura y estrecha escalera de caracol, ubicada en el pabellón “A” del campus de calle Marcoleta, se había revolucionado con la nueva administración. La presencia del gigante ahí se hacía sentir, y aquel pequeño espacio concentraba más espíritu universitario que todas las aulas juntas, ubicadas en las antiguas caballerizas del ex regimiento Cazadores. Estudiantes, académicos, colaboradores y funcionarios se entremezclaban entre histeria, fotocopias, carcajadas, mal café gratis y abrazos. Por primera vez se borraban las atávicas desconfianzas entre diseñadores y arquitectos, entre secretarias y profesores, entre alumno y el maestro, entre el lápiz y el computador , entre el jefe y el subalterno, en un ambiente donde todos nos sentíamos iguales:
Una vez más La fábrica se había puesto en marcha.
Tejeda no solo logró liderar y concretar con éxito  el más ambicioso montaje en la historia de las escuelas de arquitectura y diseño de la Universidad de Chile, sino que logró fecundar en sus colaboradores, entre los cuales me incluyo, su espíritu libertario que hoy ha madurado en amistad.
En aquel mágico viaje tuve la fortuna de compartir con Guillermo un hospedaje en el último piso de un viejo edificio en la Barceloneta, un barrio literalmente atrapado por el tiempo y la ciudad. En aquel momento conocí la dimensión doméstica de mi compañero de piso temporal. Verlo allí era como ver a un pez que lo regresan al agua, sus branquias se hinchaban de Barcelona  y su espíritu de alegría al re-encontrarse con su medio natural. Nadie es profeta en su tierra, dicen, pero en Cataluña a Tex se le respeta más, se le reconoce más  y sobretodo, se le quiere más que aquí. De aquello puedo dar fé.
Y es que Tejeda se hace querer.
Durante el breve tiempo que compartimos el pequeño departamento, era habitual que Tex se levantara inventando melodías, paseándose cómodamente en calzoncillos por la mañana e Inventando cualquier excusa para celebrar y reunirse con los alumnos, a quienes considera sus pares. Su cariño elegante se manifestaba dejando bocadillos dulces de regalo para el desayuno o conversando una botella de vino como si fuese un amigo de toda la vida. Aquellos momentos los he atesorado en mi memoria.
El libro que presentamos hoy es un recorrido por el jardín fértil de la fábrica que ha dado vida a su propietario. O viceversa.  Aquella fábrica de un solo operario, un secretario, un administrador y un único gerente, constituye  un recorrido cronológico y autobiográfico de fragmentos que intentan establecer un orden lógico.  Es un relato íntimo que divierte (a veces a carcajadas) con su aguda ironía heredada.  Otras veces toca, permitiendo desdoblarnos en aquella infancia frágil y solitaria que en algún momento probablemente hemos compartido, pero que Guillermo como niño-adulto ha conservado. En su libro nos transporta a mirar los sucesos de su vida vistos a través de sus propias retinas, develando su compleja sabiduría a través de los distintos sucesos, influencias y autores que han moldeado su imaginario y que cobran nuevamente vida a través de su propia existencia.

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