juan guillermo tejeda

IZQUIERDA Y DERECHA UNIDAS

Posted in cotidiano by jgtejeda on junio 11, 2012

Derecha e izquierda son dos perspectivas de ver la vida colectiva, dos filosofías, basadas tanto en la razón como en el miedo, la pertenencia social, la experiencia o las apetencias. Se presentan estas miradas de modo asimétrico.

Efectivamente, para la mirada de derecha hay un orden natural, o también divino, en todo caso no racional, que debe imponerse sin mayor intervencionismo en la vida social. Algunos seres, se dice, son más inteligentes, otros son más guapos, los hay con más fuerza física, con armamento de más calidad, con más musculatura, lo que sea, y corresponde entonces a los fuertes dominar a los débiles. Este criterio, al asentarse, genera las clases sociales dominantes, los barrios mejores o peores, los países ricos y los países pobres, los grupos influyentes, las mejores familias, las razas prestigiadas, las reinas de belleza y los campeones de fórmula uno. Como decía Mafalda, la vida es de derechas, y si no lo creen, que miren el Animal Planet.

La izquierda, en cambio, considera en su crítica que ese tipo de modelo instala unas jerarquías abusivas donde las oportunidades no son iguales para todos y las desigualdes se perpetúan más allá de las condiciones personales de quienes nacen en un barrio pobre o en un país subdesarrollado o en una clase social desfavorecida, o todo lo contrario, en sectores de privilegio. Las crueldades pueden ser infinitas. Por lo tanto, el modelo mismo en su quietud natural es callada y cotidianamente violento. Hay una violencia institucional en los estados y sistemas de gobierno que, aunque sean democráticos en su forma, no lo son en los hechos ya que en el mejor de los casos se trata de una competencia entre grupos desiguales, unos con privilegios, otros sin, y otros claramente desfavorecidos. Marx avanzó mucho en esta crítica, llevándola al terreno económico. Pero no al político.

De allí que para la izquierda la violencia sea un modo más natural que la democracia para alcanzar el poder, ya que se trata de atacar por la fuerza a un sistema que ya nos tiene sometidos, y desde hace mucho, mediante la represión estatal y la crueldad económica. Contra la violencia del sistema, la violencia revolucionaria.

Esta manera tan lógica de pensar ha conducido hasta ahora, cuando hay éxito para la izquierda, a dos salidas. Una es la reacción violenta de las fuerzas hasta entonces subterráneas y formalmente corteses, que salen al ataque al ver en peligro un modelo que consideran natural, estable y además provechoso para ellos. Normalmente la izquierda, ante esta situación, adopta una posición de tipo descriptivo, y dicen sus líderes: los reaccionarios están mostrando su cara fascista, los oligarcas reprimen, la derecha democrática se hace dictatorial, etc. Estas descripciones pocas veces logran cambiar el desenlace. Lo normal es un retroceso cabal en los derechos civiles que se encarna en largas y sangrientas dictaduras fascistas de derecha. Incluso en estas penosas condiciones la izquierda muestra un punto de alivio ya que, afirman sus dirigentes, se ha desenmascarado la verdadera naturaleza, violenta, del sistema.

La otra salida consiste en que la izquierda triunfante logra imponer sus condiciones y modifica la forma estatal construyendo una dictadura de los hasta ahora oprimidos, es decir la dictadura del proletariado cen sus variantes más modernas, con aire populista, nacionalista, religioso, antiimperialista, etc. Este sistema, casi siempre precario, debe defenderse de sus enemigos y por lo tanto no puede ingenuamente regresar a la democracia burguesa. Sentado lo cual pasa poco tiempo para que el régimen en cuestión se vuelva tiránico, vea enemigos en cualquiera que disiente o pretende participar, y pase a estar controlado por grupos, camarillas y familias, con mucha acción policial y el eternizamiento de las autoridades en sus cargos de poder, sin que tengan que rendir cuenta a nadie de sus actos. Los resultados suelen ser deprimentes.

Entretanto, los izquierdistas que participan en la vida democrática de los países con sistemas capitalistas defienden con vehemencia las elecciones libres e informadas, la libertad de expresión, los derechos humanos, la fiscalización a las autoridades o la transparencia, mecanismos todos ellos derivados de una práctica liberal y republicana. Pero abandonan mágicamente estas pretensiones cuando se trata de referirse a las democracias populares. En los países revolucionarios no corren los derechos humanos y civiles.

Resumiendo, hay dos tipos de violencia de derecha, y dos tipos de violencia de izquierda.

La derecha disfruta de la violencia estructural del sistema, que se aplica mediante la ley y el orden, por cierto ventajosos para los mejor situados en la pirámide social, y que sume en la falta de derechos, la humillación y la desigualdad de oportunidades a gran número de personas. Y se reserva adicionalmente la posibilidad de ejercer una segunda violencia suya, reaccionaria y muchísimo más cruel, cuando ve síntomas de una insurrección exitosa, recurriendo en ese caso a la desestabilización, la intervención armada y los estados de excepción.

La izquierda, por su parte, cuenta con la violencia insurreccional que pasa habitualmente por la oposición difusa al régimen imperante, las asambleas, la marcha, la huelga, el desacato, la guerrila, la ocupación, la asamblea constituyente, etc. Una vez conquistado el poder por esta vía o por la vía electoral, y para no perderlo, aparece la necesidad de recurrir a un segundo tipo de violencia, que se ejerce mediante gobiernos centralizados de partido único, con parlamentos o asambleas populares también de opinión única, aparatos policiales represivos, derechos humanos violados constantemente, todo en nombre del movimiento o la revolución, como se llame. No sé como seguir, escribo esto simplemente para ordenarme. Creo que lo dicho corresponde a la matriz clásica, superada hoy crecientemente por las fuerzas del neoliberalismo y la globalización.

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