juan guillermo tejeda

PRIMERA COMUNIÓN

Posted in cotidiano by jgtejeda on mayo 26, 2012

Nos preparan para hacer la Primera Comunión, y tengo mucho miedo, pocas ganas de seguir adelante con esas clases instructivas. Mi vida entera de colegial consiste en prepararme para lograr cosas que jamás se me hubiera ocurrido plantearme. Sin embargo la fecha del evento está fijada, no puedo detener el tiempo, y por lo demás nadie me ha preguntado mi parecer. Hay unos curas que nos hablan de la Iglesia Católica, de la carne y sangre de Jesucristo, de la pureza, del pecado venial, del pecado mortal, del infierno y la condenación, de la concupiscencia de la carne, los mandamientos de la ley de Dios, las virtudes cardinales y los vicios capitales, de los malos pensamientos, y todos estos conceptos par mí tan nuevos parecen pertenecer a un ambiente tenso y peligroso que me va envolviendo de a poco. Es como ir entrando en un pantano, o en un acuario. También nos explican el sacramento de la confesión, la necesidad imperiosa de cumplir con la penitencia que nos fuere impuesta, la relevancia del sacramento de la comunión, la hostia consagrada, el sacrilegio y muchos otros tópicos que lentamente me van llenando de ansiedad. Como que en todo estoy atrasado, o no califico. El bien y el mal son como un azúcar y una sal que van distribuyendo los curas a los fieles y dentro de poco, cuando la carne de Jesús haya entrado por mis labios hacia el tubo digestivo, yo perteneceré a esa comunidad, seré un fiel, quizás un pecador, o un santo.

Un mundo inmenso de vapores negros va tomando forma en mi interior, voy haciéndome parte de un amplio panorama de demonios con alas de murciélago y arcángeles iluminados, enormes, descendentes o ascendentes, una muchedumbre de personajes dolientes y de peligros para el alma humana, ambiente éste que en mi casa no existe, porque en mi departamento sencillamente no cabe todo eso y además no hay ningún crucifijo en la casa. Ni siquiera tenemos una plaquita redonda, de metal, de aquellas que ponen en las puertas las familias católicas, donde aparece Jesús que dulcemente enseña con los dedos su corazón ardiendo, chorreando sangre, iluminado y coronado de espinas, con las palabras en círculo: ¡Detente, el Corazón de Jesús está conmigo! Es como lo que se le pone a los vampiros para que no entren, aunque en este caso se trata de cualquier ser ponzoñoso, por ejemplo un maleante, un pecador, o quizás el mismo diablo con sus tentaciones y sus pecados, o mi propio padre con sus ocurrencias, sus licencias, su soltura de espíritu. En mi casa jamás ha habido problema alguno con los espíritus, buenos o malos, externos o internos.

Se me aparecen en la mente con colores vivos la Virgen Santísima  de piel suave y expresión ausente, hinchados los pechos bajo los plieges de la túnica, pisando una serpiente que le quiere morder, dicen, el calcañal, y también los mártires lapidados o crucificados en una cruz con forma de equis, o trozados sus miembros a golpe de espada y de hacha, o hirviendo desnudos en calderos de aceite hirviendo, rezando siempre a Dios mientras los torturaban, todo eso por culpa de los paganos, de los infieles y por cierto también de los ateos como mi papá que por desobedecer al Señor serán castigados y arderán para siempre en las llamas del infierno.

Como no va misa ni cree en nada sobrenatural mi padre irá al infierno acompañado de sus ceniceros y sus tangos y yo probablemente al cielo, de modo que en la vida eterna no lo voy a ver nunca más y me dará pena o vergüenza su caso, seré el hijo de un condenado, el fuego le quemará la frente, los labios, el bigote, las uñas, las piernas, todo, se van a derretir sus anteojos, se chamuscarán sus libros y enciclopedias y sus sábanas se convertirán en antorchas eternas, todo eso sencillamente porque él no cree en Dios. De todos modos, pienso, ¿qué culpa tiene él de no creer? Quien espontáneamente no cree no saca nada con arrodillarse e ir a Misa, hacer eso sería una impostura, sin fe no hay manera alguna de llegar al Cielo. Además mi padre agrega que él no cree en Dios pero sí cree en los curas, como hacía Portales, y a veces los llama frailes, se ríe de los curas gordos buenos para las comilonas, o de los curas flacos y pálidos con cara de inquisidores, también los obispos lo hacen sonreír burlonamente con sus gorros de alfiles, sus casullas doradas y sus movimientos lentos de señora. Aunque uno esté en pecado mortal y se esté muriendo hay un instante en que cabe un acto de arrepentimiento, como un relámpago, eso se llama un acto de contrición perfecta, y con eso el alma puede salvarse, pero es difícil que mi padre haga un acto de contrición perfecta porque no está arrepentido de nada, aparte de que él nunca se ha sentido perfecto, y en su cabeza bullen los proyectos, las novelas, las ocurrencias, el jazz, el gusto por la buena comida y tantas otras cosas que no sé si vaya a tener un instante libre para eso, aparte que si se ha tomado varias copas de vino las contriciones perfectas o imperfectas son reemplazadas por una torpeza y un bienestar generales, y al pensar en estas cosas me siento como culpable, desasosegado.

(de Antiniño)

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