juan guillermo tejeda

ENGLISH HIGH SCHOOL

Posted in cotidiano by jgtejeda on mayo 20, 2012

Así es que esa mañana anterior, cuando fui conducido al English High School, voy muy contento con mi madre y con mi tía, cruzamos pisando el maicillo beige del ancho bandejón central de la Alameda rodeando las piletas donde a veces los domingos, con mi padre, hemos hecho navegar barquitos de papel, luego dejamos atrás las importantes estatuas que ornamentan el paseo, entre los plátanos orientales, próceres militares de pie o a caballo, en bronce oscuro, grupos ornamentales tallados en piedra con mujeres exhibiendo las copas curvas de sus pechos, algún atisbo de escultura más moderna aunque aún figurativa, y caminamos hasta la calle Vergara que es la calle de mi tía. Pero en lugar de dirigirnos a su casa entramos a otra casa que no conozco, y cuando nos abren la puerta nos encontramos ante algo parecido a una oficina con varias personas que se agitan alrededor de unos escritorios cumpliendo tareas burocráticas o de coordinación, y de entre ellas destaca de manera impresionante una señora con abrigo de pieles, y lo lleva como si fuese una bata de andar por casa, rizado y húmedo el cabello sin mucho arte, o sea la de ella viene a ser, me parece, una permanente de segunda, como un casquete ensortijado y grasoso, y sus pendientes son menos elegantes que los que llevan mi madre o mis tías, parecen de lata y se mueven mucho, en todo caso ella es majestuosa y para mí realmente gigantesca, una mole que domina la escena con decisión, la señora María. Me hace una caricia con una mano de uñas rojas, la garra del pulgar se abre hacia afuera como una flor carnívora mientras el dedo mismo permanece corto y redondo, y sonríe produciendo una sonrisa falsa y animosa entre sus mejillas teñidas al rosé. El borde fuertemente piloso de su abrigo me raspa un lado de la cara y dentro de todo el latigazo resulta agradable, un poco a la manera de los placeres fragantes del sadomaso. No sé bien en qué instante ha desaparecido mi mamá, ella es a veces como un submarino, mamá ya no está, se ha evaporado, no tienes madre, otra vez te las vas a arreglar solito, y de mi tía me queda la imagen de ella con esa boca a medias de risa y a medias como de lágrimas, tenía la tía Gaby una mirada como pidiéndome perdón por dejarme allí, sus ojos parecían diamantes acuosos. Entonces soy arrojado hacia el interior de la casa y caigo dentro de un patio colmado de niños, son cientos o miles, no sé, un burbujeo bajo la luz cegadora. En algún momento me han puesto un overol, el mismo que llevan todos. Percibo un vago olor a lápiz y sacapunta, a miga de pan, a humedad. Estoy rodeado de niños que se mueven en direcciones diversas, cruzándose, haciendo remolinos y espirales, y esa masa se entona en los ocres de los overoles, las caras, los pelos, manos y zapatos.

Al no saber qué hacer ni con quien hablar voy retrocediendo por el vacío hacia los muros hasta recalar cerca de las piernas de una miss, que así le llaman a una mujer joven con cara relativamente simpática, ella de alguna manera me acoge, aunque sin gran entusiasmo, contribuyendo a calmar un poco mi desesperación geográfica. Debo sobrevivir en medio de ese caos, y así comienzo mi inmersión escolar. Lo que viene después, ya en casa, es una confusa catástrofe de dolores de cabeza, de barriga, vómitos, resfríos y amigdalitis, en un estado febril intermitente donde me sumerjo por días o semanas, y en esos tormentos no siempre convincentes mi madre no aparece mucho, ella sigue sobrevolando la situación, aunque sé que esgrimiendo la enfermedad logro contener su decisión de deshacerse de mí, de sacarme de casa, del departamento en el quinto piso de un edificio celeste en el centro de Santiago que es la casa de mi familia, para denominar de algún modo la agrupación humana que somos. Y digo eso porque se trata de una agrupación humana muy dispersa y discontinua, me parece que mis padres sean como esas obras  de teatro cómicas donde los personajes entran y salen de las habitaciones sin encontrarse, se esconden tras los biombos, se escurren, y jamás sino hasta el final están todos juntos, durante el día ella no está, se va, y en la tarde también salen ella y mi padre, y en la noche no llegan nunca mientras los espero lleno de terror, o sea que la casa es más bien un asteroide, una capilla, una estación de servicio, un parquet oloroso a cera sobre el cual han puesto unos muebles, y el único personaje que está en todas las escenas es la empleada. _____ (de Antiniño)

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