juan guillermo tejeda

ALCIBÍADES

Posted in cotidiano by jgtejeda on marzo 25, 2012

   

    Mas de pronto la puerta del patio fue golpeada y se produjo un gran ruido como de participantes en una fiesta. Entonces Agatón dijo:
    –Esclavos, vayan a ver y si es alguno de nuestros conocidos, háganle pasar; pero si no, digan que no estamos bebiendo, sino que estamos durmiendo ya.
    No mucho después se oyó en el patio la voz de Alcibíades, fuertemente borracho, preguntando a grandes gritos dónde estaba Agatón y pidiendo que le llevaran junto a él. Le condujeron entonces hasta ellos, así como a la flautista que le sostenía y a algunos otros de sus acompañantes, pero él se detuvo en la puerta, coronado con una tupida corona de hiedra y violetas y con muchas cintas sobre su cabeza, y dijo:
    –Salud caballeros. ¿Acogen como compañero de bebida a un hombre que está totalmente borracho, o debemos marcharnos tan pronto como hayamos coronado a Agatón, que es a lo que hemos venido? Ayer, en efecto, no me fue posible venir, pero ahora vengo con estas cintas sobre la cabeza, para de mi cabeza coronar la cabeza del hombre del hombre más sabio y más bello, si se me permite hablar así. ¿O se burlan de mí porque estoy borracho? Pues, aunque se rían, yo sé bien que digo la verdad. Pero diganme enseguida: ¿entro en los términos acordados, o no? ¿beberán conmigo o no?
    Todos lo aclamaron y lo invitaron a entrar y tomar asiento. Entonces Agatón lo llamó y él entró conducido por sus acompañantes. Y desatándose al mismo tiempo las cintas para coronar a Agatón, al tenerlas delante de los ojos, no vio a Sócrates y se sentó junto a Agatón, en medio de éste y Sócrates, que le hizo sitio en cuanto lo vio. Una vez sentado, abrazó a Agatón y lo coronó.
    –Esclavos –dijo Agatón–, descalcen a Alcibiades, para que se acomode aquí como tercero.
    –De acuerdo –dijo Alcibiades–, pero ¿quien es ese tercer compañero de bebida que está aquí con nosotros?
    Y, a la vez que se volvía, vio a Sócrates, y al verlo se sobresaltó y dijo:
    –¡Heracles! ¿Qué es esto? ¿Sócrates aquí? Te has acomodado aquí acechándome de nuevo, según tu costumbre de aparecer de repente donde yo menos pensaba que ibas a estar. ¿A qué has venido ahora? ¿Por qué te has colocado precisamente aquí? Pues no estás junto a Aristófanes ni junto a ningún otro que sea divertido y quiera serlo, sino que te las has arreglado para ponerte al lado del más bello de los que están aquí adentro (Platón, Banquete, 213 c).

Demasiadas cosas hay en este texto, e innumerables son los comentaristas que se han puesto a la tarea de leer, traducir, explicar, interpretar, relacionar lo que aquí y en los párrafos que siguen de manera tan suelta se describe. Toda la historia de la filosofía, anotaba alguien, no es más que una colección de notas a pie de página de lo escrito por Platón. Steiner llama la atención sobre el Banquete como texto dramático, o sea como obra de teatro, y esta entrada de Alcibíades, borracho, atrasado, insolente y con flores y cintas en la cabeza, marca un hito en la historia del espectáculo. Pero los asistentes están comiendo, bebiendo, haciéndose compañía, y deliberando acerca del amor (amor erótico o eros), en una sucesión de seis discursos. Entonces es que irrumpe este joven aristocrático, que morirá asesinado décadas más tarde tras una turbulenta carrera militar y política, tal como Sócrates morirá a su vez condenado a beber la cicuta por sus conciudadanos. Alcibíades encarna la figura del discípulo a la manera de la enseñanza socrática: un joven guapo, que para Sócrates la belleza y lo bueno, también la virtud, coincidían, que se enfrenta al maestro admirándolo y desafiándolo, siempre de manera apasionada, lo que llama Steiner “disconformidad colaboradora”. Alcibíades, como quien dice a mordiscones, emprende un elogio de Sócrates dejando al pasar una serie de reproches. El caso es que el maestro, un hombre feo como un sileno, ha logrado encender la pasión erótica del discípulo y este, acostumbrado a seducir, tienta reiteradamente a Sócrates hasta que al final logra llevarlo a la cama. Y sin embargo duermen como pudieran hacerlo padre e hijo o dos hermanos. Sócrates desea a Alcibíades, pero su don es la templanza. Aquí son varias las interpretaciones posibles. O bien se trata de un deseo carnal entre hombres que es sublimado, o bien el efluvio erotizado que electriza a ambos es simplemente parte del protocolo de la enseñanza y aprendizaje. Steiner, como buen comentarista, deja ambas puertas abiertas. A Abelardo lo castraron por embarazar a su discípula, Heidegger ocultó sus historias con la alumna judía Anna Harendt al tanto que adhería a los nazis, y así reiteradamente, hasta llegar a las normas actuales que establecen una suerte de vigilancia policial en la escena de la enseñanza. Sócrates era sin duda un buen maestro, pero también un personaje incordiante, dedicado desde la mañana a la noche a demostrarle a los demás lo precario de sus convicciones. Por su parte Alcibíades fue un discípulo, con mucha personalidad, y aunque disfrutó de la tutoría de Pericles, que de democracia sabía mucho, prefería el estilo socrático y lo vivía contradictoriamente, con una mezcla de ira y admiración. Tanta es la atracción que ejerce el maestro que el discípulo, para no sentirse un tonto embobado, prefiere tomar distancia. Por tener el don de con su sola presencia intervenir en el espíritu del discípulo, el maestro queda condenado a la soledad, a la lejanía, como le ocurre al padre. El discípulo, para florecer, necesita agotar el gusto por sus maestros (por lo general son varios, desde roles diversos) y después ponerse al sol, lejos de la sombra que ellos inevitablemente proyectan sobre él. Un buen discípulo, además, no se traga todo devotamente, por el contrario, enfrenta al maestro y precisamente por esa arrogancia es que es visto y escogido. ¿Qué lleva a alguien a querer ser maestro? Es una profesión muy rara, pero al mismo tiempo está en el centro de lo que somos, de lo que es la vida como proceso a través de etapas sucesivas, de procesos que jamás se completan. Lo raro es que se haga de ser maestro un oficio, yo creo que se trata de algo que está en todas las personas, de un tipo de relación natural y dispersa más que de una especialización profesional. De distintas personas va aprendiendo uno cosas diversas, y sin darnos cuenta enseñamos a los demás cómo hacer o no hacer esto o aquello. El miedo es un maestro restrictivo, la neutralidad mata la experiencia, en el afecto o en la confianza, en cambio, damos lo mejor de nosotros.

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