juan guillermo tejeda

PERMISO, VENGO A VER A MIS GENES

Posted in cotidiano by jgtejeda on marzo 12, 2012

Hay algo de esfuerzo en ser padre, y también lo hay en ser hijo o hija. Los esfuerzos a veces muy grandes que hice siendo padre se pagaban ampliamente por la felicidad de querer, de cuidar y de formar a esas nuevas criaturas que llevaban mis genes. Ellos eran una prolongación, con nuevo estilo y personalidad, de lo que yo había sido, en mezcla por cierto con el gen materno. Igual tuve la sensación de sacrificar demasiado de mi libertad por cumplir con parámetros en gran parte convencionales y no realmente de necesidad para los pequeños. Esos colegios asquerosos, la sociabilidad a veces trancada por barrios poco amigables, logros o gastos competitivos, etc.

Pero ellos crecieron y se hicieron adultos. Son personas realizadas. Ahora se esfuerzan por ser amables con nosotros, los padres. Les cuesta, como me costó a mí con mi padre y con mi madre, porque ya no nos necesitan, porque somos un poco el envase desechable de los genes que recibieron. Andamos por la vida como muertos anticipados para ellos, y si bien no desean nuestro fin nos ven en cierta medida finiquitados, al menos en la relación íntima y al mismo tiempo utilitaria que tuvimos con ellos durante la infancia y la juventud. Éramos los jefes y eso terminó. Lo que nos llegará de parte de ellos mientras vivamos es un compromiso afectivo un poco latoso, un peso residual, si es que no hay además alguna deuda por lo que en su momento no acertamos a hacer correctamente, o sea rencores, etc. Antes nos amaban instintivamente, y ahora somos evaluados, y las imperfecciones que a otros enternecen a ellos les resultan desagradables. Nuestra presencia siempre los hace un poco pequeños, y al vernos retroceden a una infancia bonita pero vintage, o que no quieren vivir de nuevo. Nuestra estatura pone encuestión, de nuevo, los protocolos de vida y saberes que ellos, libremente, han escogido, heredando y al mismo tiempo negando lo nuestro. Nuestra seguridad anula sus hazañas. Así como en algún momento les dimos el ser, y guiamos durante años su andar, ahora nos toca dejarlos ser.

Con todo, siempre está uno para ayudar, y mientras podamos podrán contar con nosotros. A los genes no se les deja solos. Las casas familiares de antes, además, han ido desapareciendo, la tribu muchas veces se dispersa o se fracciona. Los viejos de hoy somos quizá más jóvenes de actitud que los viejos de antes, más autónomos y no necesariamente mejores o peores amigos que otros que los que ya tienen nuestros hijos. A diferencia de nosotros, ellos tienen la bendición de lo joven, de lo naciente. Uno como padre quisiera un estado de excepcionalidad permanente con sus hijos, una franja de uso exclusivo, pero la vida sigue, como agua, como los días, y cada cual va haciendo lo suyo. Somos para ellos una foto del pasado.

Y los padres o ex padres –eso que queda de nosotros después de la crianza, tras pagar, cuidar y dar o retener permisos y consejos, o sea nosotros mismos en tanto personas pese a no ser ya jóvenes– nos sentimos seres aún vivos, dueños de nuestros respectivos futuros, y estamos también necesitados y ganosos de amor, de aventura, de dinero, de experiencias, de amistades, de proyectos, de libertad, todo lo cual a los hijos desde su natural visión les puede parecer un poco absurdo, si no obsceno, o simplemente sin interés alguno. Así me ocurría a mí con mis padres. Es probable que no puedan dejar de observarnos desde la tiranía del rol, del personaje, y difícilmente nos pueden ver. Como les parecemos demasiado cercanos necesitan distancia. Una de las grandezas de la amistad es la libertad, el poder dejar de verse sin dramas, en tanto que la relación paternal y filial es para toda la vida, nos guste o no, y en ese sentido carece de libertad, es un compromiso.

Pero uno que ya hizo lo que había que hacer o lo que pudo, no quiere seguir siendo modelo de nada, simplemente aspiramos a ser personas libres y activas, ideal sería egresar de ser padres, licenciarnos, pero no sé si sea posible. El mandamiento bíblico “honrarás padre y madre” está allí precisamente para evitar que el fastidio de los hijos por los padres desemboque en situaciones demasiado vistosas. Un proverbio mapuche dice: una madre alimenta a cinco hijos, pero cinco hijos no alimentan a una madre. La vida mira hacia delante. Ahora bien, la relativa mamonería de las visitas de cumpleaños, matrimonios, bautizos, vacaciones y otras similares de carácter familiar, donde muchas veces se actúa lo que no se siente o lo contrario de lo que se siente, se compensa por el hecho de que se trata, en rigor, de vida social genética, que uno va a ver a sus genes a ver cómo están, cómo los llevan puestos los parientes. O sea permiso, vengo a ver a mis genes.

3 comentarios

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  1. Gloria Cruz (Escola Massana, Barcelona) said, on marzo 16, 2012 at 10:46 pm

    Muy lúcido Guillermo… Como madre estoy reponiéndome de no ver en las miradas de mis hijos la admiración instintiva de que hablas. No creas que no me ha costado. Como contrapartida, las mujeres que hemos sido madres hace casi dos décadas tenemos ante nosotras un camino abierto y recordamos los primeros años de maternidad como algo lejano que ocurrió, que fue incomparable, pero que ocurrió hace mucho tiempo. Nos siguen sucediendo cosas que nos hacen palpitar. Eso está muy bien, aunque he de reconocer que no me hubiera importado ser la diosa de mis hijos un poco más, sólo un poco más…

    Así pues, si no te lloran los niños supongo que podrás venir a ver la ópera Romeo y Julieta de Gunod a Sabadell el próximo día 27 de abril con los de La Massana. Te guardamos sitio al lado de Jesús?

    Gracias de mis compañeros y mías por tus dos clases improvisadas y por tu pedagógico dominio de las distancias cortas. Un abrazo.

    Gloria Cruz (Escola Massana, Barcelona)

  2. claudia marshall said, on marzo 17, 2012 at 9:34 am

    Me gustó mucho. Aunque debo confesar que me produjo un poco de angustia, de tristeza, de nostalgia. Quizás uno se siente abandonada por los genes.


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