juan guillermo tejeda

LA GANA DEL ARZOBISPO

Posted in cotidiano by jgtejeda on marzo 3, 2012

Afirma el arzobispo de Valencia: la auténtica libertad no es hacer lo que a mí me da la gana, sino parecerme más a Dios en la vida, porque cuanto más te entregues y sirvas a los demás, y no a ti mismo, alcanzas la libertad verdadera que es la que hay que cantar en las calles y la que hay que instaurar en las naciones, eliminando las tinieblas de este mundo.

Según este señor habría varios tipos de libertad, y sólo una de ellas auténtica. La auténtica no es hacer lo que a mí me da la gana, sino algo diferente, parecerme a Dios en la vida. Difícil tarea, porque la divinidad a la que se refiere el arzobispo es todopoderosa, perfecta, omnisciente y eterna, o sea no sólo mejor que yo, sino todo lo contrario de mí. Debo parecerme cotidianamente a algo que es estructuralmente opuesto a mi ser mortal y necesitado, por lo que mi vida será, según este proyecto, un fracaso seguro, un esfuerzo jamás coronado por el éxito. En el mejor de los casos seré un trocito minúsculo de la perfección si es que puede haber una perfección incompleta (soy un poquito inmortal), un porcentaje apenas de la plenitud. Es la limitación de los idealismos, que al partir de lo perfecto nos dejan sumidos, hagamos lo que hagamos, en la desilusión, en la deuda, en la culpa, en la angustia de no poder jamás saciarnos ni contentarnos.

Pero más allá de lo que afirme el arzobispo, aquella divinidad, de existir, nadie sabe bien cómo es, por lo tanto si me pongo un poco escéptico estoy enfrentado a la vez a un superpoder inalcanzable y a la incertidumbre referencial, sensación que recuerda a la del agrimensor K frente al castillo, infinitamente postergado, jugando un juego de reglas incomprensibles. ¿Cómo parecerme a algo que no llegaré jamás a conocer? Ahí entra, chán, el arzobispo, que se ofrece como intermediario. Debo hacer, pues, no lo que me dé la gana, sino lo que me diga el arzobispo, lo que a él le dé la gana. Ello se logra, acota seguidamente, a través del servicio a los demás. Un servicio orientado por cierto a que los demás no hagan lo que les dé la gana, convirtiéndome así, como el propio prelado, en un misionero empecinado en llevar su propia infelicidad a quienes no la necesitan. Si estoy al servicio de los demás tratando de que nadie haga lo que le dé la gana, me he convertido en un esclavo y un propagador de esclavitudes. Y esta esclavitud debe ir, señala el representante terrenal de la divinidad, a las calles y a las naciones, es decir, buscar expresión en la vida cívica. La política, pues, se entiende como servidumbre y obediencia religiosa y eso, no sé bien de qué manera, nos daría libertad eliminando de paso las tinieblas de este mundo esencialmente insuficiente, en tanto que en el otro del cual depende espiritualmente el arzobispo sólo hay luz.

Creo que ante una alternativa así prefiero hacer lo que me dé la gana. Aunque suene egoísta o irresponsable (que no tiene por qué serlo) es finalmente más fácil, más modesto, más respetuoso, más democrático.

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