juan guillermo tejeda

LA MAGNÍFICA BESTIA RUBIA, EL FEO BIGOTE NAZI

Posted in cotidiano by jgtejeda on febrero 22, 2012

Algo de atractivo ha de contener el nazismo, si entendemos que la mayoría de los alemanes estaba con Hitler. Prohibir por ley las simpatías pronazis no parece ser una buena idea, porque simpatías o antipatías son movimientos emocionales y es un poco absurdo, incluso un poco nazi, regular legalmente esas cosas. Similar reflexión surge cuando leemos a Nietzsche, que en algunos párrafos parece en línea con algunas tesis del nacionalsocialismo sin haberlo vivido.

Yo pienso que ciertas actitudes que son sanas en el comportamiento individual o en círculos restringidos, se transforman en monstruosas cuando adquieren categoría de movimiento político. O sea que si me dan un bofetón y lo devuelvo puede ser muy correcto. Pero si nos han ganado una guerra con varios millones de muertos y para resarcirnos organizamos otra con más millones de muertos, estamos entrando en la locura.

La negación del civismo republicano es quizá el punto más negro del nazismo, y eso lo comparte con el estalinismo, con los nacionalismos y con mucha izquierda. Como nos jodieron, camaradas, ahora nos toca a nosotros. Si en las relaciones interpersonales es indispensable defender la propia identidad, al pasar al ámbito social es más dudoso hablar de una identidad, y así es como escuchamos hablar de “los judíos”, “los rubios”, “los inmigrantes”, “los pequeñoburgueses”, etc., como si se tratara de grupos cerrados y homogéneos. La república se hace a partir de ciudadanos, no de grupos. Un libro que revisé una vez sobre nacionalismos se titula “comunidades imaginadas”, y es lo que ocurre en Barcelona donde un grupo muy mayoritario y estructurante, los catalanes, que por cierto no son todos lo mismo ni pueden serlo, se siente amenazado, que lo ha estado, y como respuesta constituye oficialmente una política de cohesión cultural y lingüística que no acaba de reflejarse en la calle por mucho decreto que le pongan. En la calle la gente es como es y habla como habla. Me gusta Serrat, que quiere llamarse Joan Manuel (o sea con un nombre catalán y el otro castellano) y canta indistintamente en ambos idiomas porque así es su historia.

Bordeando las sombras del nacionalismo, aunque quisiéramos pensar que fuera de ellas, Nietzsche defiende como no resentido, y por tanto heroico, pleno de sí y éticamente superior, al guerrero tribal: “resulta imposible no reconocer, a la base de todas estas razas nobles, el animal de rapiña, la magnífica bestia rubia, que vagabundea codiciosa de botín y de victoria; de cuando en cuando esa base oculta necesita desahogarse, el animal tiene que salir de nuevo fuera, tiene que retornar a la selva: –las aristocracias romana, árabe, germánica, japonesa, los héroes homéricos, los vikingos escandinavos– todos ellos coinciden en tal imperiosa necesidad”. De lo que se trata es del guerrero corporalmente dichoso que se lanza a una guerra artesanal, nada segura, donde bien puede resultar humillado o muerto atrozmente, es decir, de una dimensión animal que nos guste o no es parte basal de nuestra condición humana. Nada tiene que ver eso con los feos jerarcas nazis o con los guardias de campos de concentración, que se limitan a ejecutar una masacre sin riesgos. Cuando la guerra deja de ser artesanal cambia esencialmente. Los generales ya no se la juegan. La muerte industrializada es una operación opaca, atroz.

El nazismo se define a sí mismo como un movimiento guerrero y triunfal, contra el resentimiento. Pero sus líderes son resentidos, y sus adherentes llegan a él precisamente por resentimiento, por tener una deuda con su propio honor que, esperan, será pagada a través de la política entendida como máquina de moler carne enemiga.

Quien es capaz de defenderse siempre tendrá nuestro respeto. Quien para defenderse se tranforma en carnicero sólo tiene nuestro asco. Savater destaca este punto en su Invitación a la ética, y compara ambos roles con los del bueno y el malo de la película. Ambos van armados. El héroe gana, pero sólo en buena ley. El malo dispara por la espalda, hace trampas, es cruel, no tiene piedad, etc. Así, Hitler queda alejado de la figura heroica nietzscheana o clásica, porque también él, a la manera de quienes desprecia, actúa por resentimiento y no por el puro gozo de existir. Su proyecto se consume en la destrucción del otro, olvidando su propia identidad. Y además, sus reglas de comportamiento son abusivas, no deportivas. De ahí su fealdad.

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