juan guillermo tejeda

AMSTER DESESPERADO

Posted in ESCRIBO, pasado by jgtejeda on septiembre 4, 2010

algo así, por ejemplo ______________ Amster fue para mí, en una época -cada vez que venía de visita a Santiago durante los años ochenta- el hilo que comunicaba la atrocidad enceguecedora de la dictadura con el recuerdo aún vivo en mi corazón de ese otro Santiago perdido, republicano, la ciudad que había estallado en llamas y había perdido el alma como resultado de nuestras luchas.

Así es que, salido apenas del avión que aterrizaba pesadamente en mi tierra perdida atravesando el algodón brumoso de nubes de invierno que cubría la ciudad, recién  recuperado mi cuerpo del jet-lag, o sea días después, oloroso ya a familia materna y paterna, a marraqueta, a cazuela, a zapallitos italianos, me deslizaba invariablemente hacia la calle San Diego, donde estaban las librerías de viejo.

Yo no quería, en verdad, como me aconsejaban, visitar muchas veces el Jumbo, triunfalmente instalado donde antes había estado el depósito de los trolleys en Bilbao con Latadía -ahora tenemos nosotros también un gran supermercado estilo americano, decían, y yo pensaba que si ese era el resultado de tanta muerte y tanta humillación realmente la gesta no parecía haber valido la pena-, ni tampoco merodear por los Caracoles a fin de comprar cosas importadas de marcas internacionales en esas tienduchas en rampas de las que estaban todos tan orgullosos. El Metro me sumía en un estado de miedo, de inquietud ansiosa, con tanto silencio, todos esos seres, mis compatriotas, cuyos gestos me parecían anormales, era como si sólo pudieran desplegar el cuerpo en ángulos rectos. Me sentía rodeado de robots, de identidades devoradas por la amnesia, de seres dolientes o dañinos para los cuales la conexión natural entre el alma y el cuerpo era carecer de conexión. Y además todos sonreían, gastaban mucha energía en simular que todo esa rareza no era rara, trataban de autoconvencerse de que eso era normal. Los titulares de los periódicos, villanías casi siempre, ataques cobardes en contra de quienes no podían defender ni su integridad física ni su honor, se me clavaban como navajas en el estómago. La televisión me daba arcadas, era una reacción literalmente física, ay esa satisfacción de los locutores, aquellas bocas convertidas en esfínteres, qué atroces esos concursos innobles, los animadores que llevaban en la mano una libreta de ahorro o un tarro de alguna mierda soluble, identificándose amablemente con los productos del caso, aquellos programas infantiles de cuando el color aún no acababa de ajustar del todo en unos televisores con caja de madera y botonera que sonaba mucho, oh dolor de mi alma, ay tierra mía arrasada. Con mucho esfuerzo me pagaba yo a mí mismo una vez al año esas antivacaciones para ir del verano al invierno, de la democracia a la tiranía, del desarrollo al subdesarrollo, para hundirme otra vez en un pasado de pesadilla, en un escenario de frialdad, error y ausencia de humanidad, y no sabía qué me llevaba, qué me traía. Algo de mi ser se había quedado enredado en tales malezas, y mi destino era ese, volver atrás, regresar eternamente al hielo, a la diarrea, a la tortura, a la hipocresía, al miedo, a la soberbia miserable.

Durante las noches afectadas por la restricción de vehículos mi cuerpo acalambrado me hacía sentir tan raro y vacilante, no sabía yo si el país se había enfermado gravemente, o si la enfermedad estaba creciendo dentro de mí, y fuera verdad una cosa u otra, o ambas, era evidente que algo muy insano y descompuesto se arrastraba como mala miel entre nosotros, entre todos nosotros, los vencedores y los vencidos, los conscientes y los inconscientes, al tiempo que lo socialmente correcto era siempre hablar de otra cosa, permanentemente y sin excepciones dejar sin mencionar lo atroz, no nombrar lo innombrable que por lo demás abarcaba a casi toda la realidad. De tal manera que mis lágrimas rodaban silenciosas, escasas y heladas después de haber sido invitado con tanto cariño por mis antiguos amigos y parientes a cenar, a tomar trago, a comer papayas al jugo, a conversar distanciada y educadamente, en esas noches heladas era yo un solo llanto incapaz de fluir con generosidad, y en ese llorar avaro me daba cuenta yo de que mi infancia y mi adolescencia y mi primera juventud no sólo habían pasado ya, irremediablemente, como pasan y desaparecen cada día, cada mes, cada década,  liquidadas por la mano inmisericorde del tiempo, sino que además estaban hundidas, desfiguradas, incapaces de generar otro recuerdo más que una desesperada nostalgia, épocas hermosas de mi vida atrapadas en el reino de lo irrecuperable, en la vagina cancerosa de un mundo absurdo que se disolvía sin dejar rastros.

Mis pasos me llevaban, pues, irremediablemente, hacia los libreros de viejos, así les han dicho siempre en Santiago a los comerciantes de libros usados, de la calle San Diego. Yo atravesaba el denso smog invernal de la ciudad pensando en aquel otro verano distante, el de mi nueva ciudad, que con cada viaje a mi antigua tierra maltratada dejaba yo de disfrutar. ¿Por qué regresaba una y otra vez a esta fuente de dolores? ¿Qué densidad deshecha, qué color podrido me empapaban el sentimiento? No sé, era como si otro ser más primitivo, incompleto, me empujara desde dentro una y otra vez hacia el desastre, a lo que había detrás del desastre, al otro lado del muro, más allá de lo que nadie quería ver. A la papa, como sugirió burlón y temblando de frío en su abrigo grisáceo, uno de los libreros a los que visité entonces. Era quizá mi amor, el amor a mí mismo, al niño o joven que había sido, al chileno democrático y republicano de otro tiempo, al colegial que durante diez años había sido crucificado de lunes a sábado por los miserables y resentidos y racistas y autoritarios y mentirosos curas del Liceo Alemán,  a ese joven, yo mismo, que pese a sus crucifixiones había logrado perseverar en su ser gracias a la gloriosa Universidad de Chile. Era esa pasión, esa lealtad ciega y sin destino hacia mi propio yo pisoteado por las botas repulsivas de la historia, era esa nostalgia de lo destruído lo que me hacía retroceder durante esos inviernos hacia el centro, hacia la parte menos elegante de la Alameda, ahora denominada Avenida del Libertador Bernardo O’Higgins. A O’Higgins le habían construido nuestros gallardos militares un túmulo de mala piedra y una llama eterna para blanquear ellos sus atrocidades con la figura del que había sido Dictador Supremo, situación que me complicaba porque O’Higgins había significado siempre para mí algo muy importante, como la bandera, como el nombre del país, como la calle, y ahora todo esos símbolos tan queridos, ese marco virtual de conceptos en los que me había formado, eran de otros, de los que se gozaban del dolor mío y del dolor de mi gente, de los que tomaban pisco sour y whisky mientras en los recintos de tortura gemían y morían los derrotados, los estropajos humanos de esa vuelta histórica. O’Higgins y la Alameda, nuestra historia y nuestra economía, nuestra tradiciones, el país entero, eran ahora propiedad de los abusadores.

Yo bordeaba los edificios amenazantes cuyas ventanas estaban cubiertas de unas películas donde uno se miraba como ante un espejo, al tiempo que desde dentro miles de ojillos sagaces lo observaban a uno, y por eso era importante caminar como robots, sin expresión, y desde la Avenida Bulnes buscaba nuevamente la calle San Diego, castigada por las micros ruidosas, por el comercio ambulante, por la miseria, por la indignidad ciudadana. Había unas nuevas señoritas, que me imaginaba yo novias o esposas, en este caso señoras, de tenientes o capitanes, damas erguidas, carnosas, pero sometidas a una vestimenta y un cuidadoso tratamiento capilar y de uñas que las identificaba como mujeres ya asignadas, aunque triunfantes. El país, proclamaban al andar, o así me lo parecía, se había librado del marxismo, de los extremistas, de la política, de la democracia, de los parlamentarios, de la libertad de prensa, del desorden, del chacoteo, de la alegría cotidiana, de la conversación, de la humanidad.

Pero yo, como un animal antiguo y tenaz, me deslizaba hacia mi calle, hacia esa zona incierta donde aún reinaban penumbrosamente los libreros de viejos, y caminaba por esos pasadizos en los cuales, durante mi primera adolescencia, había perseguido yo a través de libros prohibidos y de revistas europeas de segunda mano el temblor de la carne, tan escasa entonces a la vista. Y regresaba yo a esos santos lugares, notándolos más modestos, más castigados, envejecidos, doblados en sí mismos, y pese a todo, como si de una película de realidad virtual se tratara, traspasaba la máquina del tiempo y me allegaba a esas vitrinas donde podía ver de nuevo los libros que habían estado en la biblioteca de mi padre, los libros de mi infancia, las portadas de siempre, ese papel amarillento, esas solapas cuarteadas, y un tenue llanto repleto de verdad venía a rescatarme del infierno, todo ello bajo la mirada alerta, acuosa de unos libreros entumidos que poco esperaban ya de la vida. Afuera seguía atronando el  ruido de los vehículos militares, mientras un ácido olor a kiwi empapaba a la cordillera tan blanca aunque invisible por la contaminación, pero dentro de cada una de esas minúsculas tiendas se desplegaba el paisaje tenue de un pasado que, sí, había ocurrido y respecto del cual yo, no, no estaba loco.

Cargado con dinero de Barcelona, repasaba con la yema de los dedos esas portadas de los libros que en otro tiempo habían sido míos, porque al irme precipitadamente del país en 1973 decidí poner a la venta la biblioteca de mi padre, y allí se fueron las ediciones de Aguilar, esos tomos cuidadosamente encuadernados en cuero e impresos en papel biblia aunque en traducciones tan castizas que le daban a uno un sueño irremediable, libros, los españoles de Franco, en los que nunca nadie jamás hacía acto alguno relacionado con la procreación, de tal manera que se imaginaba uno que los seres humanos nacían de la partición simple de alguno de los que figuraban, siempre vestidos, como progenitores. Obras Completas de Dickens, de Oscar Wilde (una hazaña), de García Lorca (otra hazaña), de Shakespeare en una traducción infame. Lo mejor venía de las ediciones argentinas, por ejemplo de El Ateneo tenía mi padre la Ilíada y la Odisea con ilustraciones de Flaxman, y también era argentina una Mitología Clásica muy bonita, o en otras colecciones había tenido yo acceso a Henry Miller, a Mauriac, a Sartre, a tantos otros. Y estaba además todo lo de Zig-Zag, de Nascimento, de Ercilla, o sea también, finalmente, los modestos libros chilenos. En ellos seguía latiendo, lo sabía yo bien, el pulso de Mauricio Amster, su oficio aplicado y no siempre genial, aunque luminoso tantas veces. Amster había diseñado quizá la mitad o incluso hasta el 70% de todos los libros chilenos publicados entre 1940 o 1980, año de su muerte. Era una máquina de diseñar, y haciendo aparecer o no  su nombre en los créditos o en el colofón había trabajado para Zig-Zag, para Ercilla, para Editorial Universitaria, para la Universidad de Chile, para Editorial del Pacífico, para la Sociedad de Bibliófilos, para Babel, para Cruz del Sur, para la muy católica y conservadora Editorial Difusión, para Neruda en persona, y en fin, para lo que se le pusiera por delante en esa época venturosa en la que Chile producía y exportaba gran cantidad de libros.

Yo trataba de llorar sobre esos libros aspirando su olor antiguo, que me trasladaba a los felices sesenta. No sabía yo de niño que habitaba una época feliz, y es que la felicidad se aparece a la vista sólo cuando cesa. Ahí estaban de nuevo, ante mis ojos, los cuidados créditos de Amster, sus escondidos colofones, sus letras A de dibujo clásico, la caligrafía insistente y de aire medieval, las portadillas, el aire para lucir las ilustraciones, ese oficio puntilloso y centro europeo rebotado por casualidad a nuestra periferia. Cada semana diseñó Amster durante cuarenta años  quizá cuatro, o diez, o veinte nuevos diseños de libros y revistas, utilizando en esa era predigital la regla de picas, la maqueta a lápiz, el encuadre de las imágenes con lápiz graso, y mucha visita a impenta. Se desplegaba allí, en esas ruinas a la venta en aquellas librerías periféricas, esa inmovilización de la realidad que propone el libro, de la que Amster había sido el supremo cocinero, y que al poder ser de nuevo vista por mis ojos atravesados por la tragedia histórica, me indicaban que lo vivido había sido tal cual lo había yo vivido, y no del modo cruel que ahora me lo querían contar, que mi pasado era algo y no la nada, que mis referentes seguían existiendo aunque fuese en aquellas desvencijadas librerías de aquella calle a la que no iba la gente exitosa…… ____________ etc, etc, etc.

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2 comentarios

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  1. cristian o said, on septiembre 7, 2010 at 1:30 am

    Estas lineas son muy poderosas. para bien.

  2. engelbert said, on noviembre 9, 2010 at 9:15 am

    Gracias


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