juan guillermo tejeda

SANGRE A RAUDALES

Posted in pillo by jgtejeda on marzo 29, 2009

crist

( HOY EN LUN>>>>>>>>>>>>>) La exposición Chile Mestizo, que se puede ver en el centro cultural que hay bajo el palacio de La Moneda, es un regreso a los terrores católicos, una pesadilla suntuosa que nos recuerda a las iglesias de antes, aquellas con poca luz, mucho dorado y más espacio del que necesita uno para sentirse cómodo.

Las imágenes sangrientas de Cristo en la cruz dominan ampliamente. El barroco americano de los siglos 17 y 18 es el tiempo del dolor corporal, de la tortura, del apremio místico. Por la piel azulosa de aquellos cuerpos semidesnudos chorrea generosamente la sangre humana o divina o artística -no lo sabemos-, y los rostros coronados de espinas revelan agotamiento, ese cansancio mortal de minutos antes de expirar. Es esta una estética de momentos de tránsito, de ademanes detenidos en el instante de llegar a la tierra procedente del cielo o viceversa.

Junto a los dolores está el lujo de las casullas bordadas o hiladas, la plata labrada de los cálices, el oro de las custodias, la talla en maderas nobles de los muebles y crucifijos, ese toque de extra lujo con el cual la contrarreforma trataba de hacer frente al protestantismo, unificando la autoridad política con la autoridad eclesiástica. ¡Exitosa combinación de poder con sufrimiento!

Todo aquello llega a Chile desde España en los tiempos de la Colonia a través de las órdenes de dominicos, franciscanos, mercedarios, jesuitas, o de las monjas claras, y en muchas ocasiones, siendo torpe la artesanía local, se recurre a pintores o escultores o artífices quiteños y cuzqueños. Aparecen en la muestra dos o tres de las grandes imágenes de la Vida de San Francisco, especie de cómic espectacular en 53 episodios encargado a pintores cuzqueños que se conserva en el museo de San Francisco.

El dolor, sin embargo, adopta tonos muy coloridos en esta América nuestra. Notable es la instalación denominada La Última Cena, pieza peruana tardía, del siglo 19, de un barroco atrasado, y no sabe uno si horrible o muy bonita. Es que somos muy kitsch los latinoamericanos. Las figuras a tamaño natural de los apóstoles están completamente vestidas, y Jesús lleva un matorral de pelo de verdad por encima del cabello escultórico.

Pero el bife de esta exposición está en la tortura, en el apremio ilegítimo que las almas santas cultivan para alcanzar la paz. Es este nuestro más profundo mundo chileno, americano e hispánico: el paisaje de la espina, de la llaga, de las sogas, las pestes, los agonizantes. Mundo atroz, iluminado desde lo alto por rayos divinos, y presidido por paternales o maternales figuras con túnicas de verdad y dedos en posiciones muy elegantes.
Lo que se nos promete es una vida eterna gozosa si es que somos aplicados y mientras vivimos esta vida terrenal nos martirizamos generosamente, padeciendo hasta los más hondo del dolor de haber nacido. Ese es nuestro mestizaje, de allí venimos.

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