juan guillermo tejeda

BIEN POR TRANSANTIAGO

Posted in enredillo by jgtejeda on febrero 10, 2009

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Dos años cumple Transantiago. El nuevo plan generó caos, indignación y una interminable andanada de reproches por parte de la oposición política: jamás el gobierno debió haber metido mano en la locomoción. El Transantiago es una muestra más de la ineptitud y el desprecio a las personas que son propios de la concertación. El gobierno ha respondido con balbuceos y algunas tímidas mejoras.

Yo, por el contrario, y creo que muy solitariamente, he estado siempre a favor del Transantiago. Estoy convencido de que, al revés de lo que se dice, era indispensable meterle mano al sistema. Se trata de un servicio probablemente el más complejo y extenso del país, con seis millones de usuarios potenciales, unos dos o tres millones cada día, y que necesitan cada uno de ellos activamente un menú distinto de viaje, coordinando a operadores diversos con el apoyo de 36 municipios y los correspondientes aportes de vialidad desde el ministerio de la vivienda y urbanismo. En su primera etapa Transantiago logró varios objetivos: interconectar y unificar el sistema de tal modo que los usuarios pueden subir al metro y terminar el viaje en bus con un mismo pago; eliminar el corte de boletos unificando todos los pagos mediante la tarjeta BIP; establecer miles de nuevos paraderos, con formato adecuado a las necesidades de los usuarios; trazar una nueva malla integrada de recorridos y dotarla de un sistema de información gráfica coherente.

El sistema, sin embargo, tiene hoy el inconveniente de que quien pone la cara es el gobierno y quien opera el sistema son empresas privadas. Esta anomalía, propia del reaganismo thatcherismo pinochetismo chicaguismo local, pretende afirmar ideológicamente siempre la primacía de los privados sobre lo público, y disfrutar de servicios públicos mediante negocios privados. La segunda anomalía, de carácter institucional, es que la ciudad de Santiago (como casi todas las grandes ciudades del mundo, especialmente las de los países más desarrollados) no está organizada como tal al faltarle un alcalde mayor y una unidad dedicada al transporte urbano, con presupuestos y atribuciones. Se añade a estas dos falencias una tercera, propia aún del subdesarrollo, y es la  existencia en Santiago, claramente, de dos tipos de público, uno para el que la diferencia de tarifa de 400 a 500 pesos significa quedarse en la casa para siempre, y otro que busca un buen servicio y puede pagar más, de tal manera que cualquier implementación exitosa pasa por reconocer que tenemos una ciudad y dos países distintos. Las micros amarillas solucionaban este asunto brindando un servicio tipo tarro tercermundista al sector más pobre que es por lo demás el mayoritario de la capital, reservando los autos para la gente más pudiente. Solución que es dinamitar a corto plazo el flujo vehicular ya que es imposible técnicamente que en una ciudad de seis millones de habitantes todos la solución a la que progresivamente se van añadiendo todos sea la de ir en auto: contaminación, tacos, desbordamiento vial, etc….

El Transantiago es un ejercicio cultural, político, administrativo, operativo, sociológico, urbano, tecnológico, económico, de la mayor trascendencia. La locomoción pública atraviesa todos los prejuicios clasistas, las debilidades ciudadanas y las falencias políticas que tenemos. Haber entrado en él es una muestra de voluntad política y de madurez de país. No haber podido enfrentar adecuadamente las dificultades de su implementación es muestra de que Chile sigue anclado, respecto del espacio público, en recetas añejas y prácticas ineficaces. Y señala además a un gobierno conceptualmente débil sometido a una oposición dispuesta a degradar la confianza de la ciudadanía en los servicios públicos para ver si así arriman a su molino unos votitos más.

No creo que en Santiago seamos tan tarados que seamos incapaces de articular un buen sistema de locomoción pública, como el que tienen todas las ciudades desarrolladas. Creo que en lugar de indignación hay que poner razón, y en vez de impotencia hay que poner voluntad política, autoridad y recursos.

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