juan guillermo tejeda

EL PESIMISMO DE LA CONCERTACIÓN

Posted in politik by jgtejeda on octubre 27, 2008

(POR JGT, HOY EN TERRA) ___________ No han sido demasiado buenos para la coalición gobernante  los resultados de las elecciones municipales del domingo en Chile. La fatiga de la Concertación se muestra no sólo en el hecho de haber perdido el primer lugar en alcaldes, o en los dos puntos menos en votación para concejales respecto a hace cuatro años, sino también en un estado de ánimo decaído y confuso, en una evidente baja en la autoestima. Las huestes que antes se arremolinaban entusiastas en torno al dedo de Lagos o a la sonrisa de Aylwin combatiendo al pinochetismo con las armas de las ideas, de la democracia y el civismo, hoy siguen aportando su voto, sin duda, pero con pocas ganas, casi con resignación si no con algo de vergüenza. La Concertación ha perdido carisma. Ha dejado de ser simpática.

Con todo, esa caída no parece llevar votos a la oposición capitaneada por Piñera. Tampoco lograron esta vez los opositores sobrepasar la barrera mágica del 40%. La derecha chilena, lo ha  explicado brillantemente Pablo Longueira alguna vez, no es sociológicamente más de un tercio de la población, y para tener opción en una elección presidencial está obligada a añadir más de diez puntos a su votación dura. Eso hasta ahora sólo ha logrado Lavín, aunque finalmente sin resultado.

Los concertacionistas agrupan a un contingente mayor, en torno al 45%, y de allí no bajan. Sin embargo cabe preguntarse de dónde sale esa sensación como de vergüenza de existir que arrastran por la vida.

Un factor es el desgaste en el ejercicio del poder. Muchas veces un gobernante debe elegir una opción mala frente a otra más mala. A menudo no se tiene la capacidad de explicar una realidad compleja con palabras sencillas. En ocasiones es preciso silenciar algunos datos, o ceder, o dar paso a pequeñas apetencias de poder que contradicen el interés general de la causa. También opera un mecanismo de distanciamiento de los problemas cotidianos, un ensimismamiento dentro de los autos oficiales. El poder se ejerce en contextos reales, con las contrapartes realmente existentes, con quienes hacen funcionar la vida económica, militar, social, cultural, y no siempre el roce o el cruce son satisfactorios. Quien consigue poder es en parte devorado por él.

Otra causa del decaimiento concertacionista está sin duda en la red de parentelas, cuñados, hermanas, hijos o sobrinos que, con los mismos apellidos, pululan en torno al poder. Trenza de lealtades, de seremis, de cuadros técnicos, de agregados diplomáticos, de directores de empresas del estado, de candidatos, esta nubecilla de apitutados genera un rencor silencioso en la muchedumbre que no participa del festín. Cuando escuchamos a los jefes de los partidos políticos y no entendemos de qué hablan, es que están dirigiéndose a sus grupos, a sus grumos y trenzas internas. Se trata de una antigua costumbre nacional –la familia como reducto de seguridad, el grupo de amigos como trinchera, los cargos del estado como botín- que aún goza de predicamento. Es preciso conceder que la Concertación, en tanto grupo, no dispone de las vinculaciones de que disfruta la derecha con la gran empresa, el mundo militar, las altas jerarquías religiosas, las familias influyentes o el sistema mediático. Por eso es que los concertacionistas mantienen vivas sus redes de apoyo y llevan en eso como veinte años, lo que si bien los blinda ante las amenazas exteriores, contribuye a hacerlos muy antipáticos.

Parte de estas prácticas endogámicas han salido a la luz con las denuncias de corrupción o de irregularidades hechas por la oposición, aunque es preciso señalar que en este alud de acusaciones hay muchas que no valen nada. La concertación, sin embargo, no ha sabido dar con los mecanismos para despejar incertidumbres. No se ha logrado establecer un sistema transparente y mediáticamente eficaz de demostración de la propia blancura. Después de las sonadas denuncias y de los interminables procedimientos burocráticos o judiciales, las cosas quedan siempre borrosas, y ese costo lo absorben inevitablemente las autoridades.

También es relevante en la antipatía que despierta hoy la Concertación su incapacidad para definir nuevas metas y su repetición cansina de frases y argumentos demasiadas veces dichos. Dicen hoy, llevan diciéndolo ya años, que deben renovarse, reinventarse, abrirse a nuevas ideas. Pero no lo hacen. Escuchar aquello da un poco de lata, huele a ineptitud o a falta de sinceridad. Y no se reinventan porque su pegamento no son ya las ideas, sino un vago menjunje de adicción al poder. Se han vuelto conservadores, suspicaces, y no dejan espacio a los más jóvenes o a las caras nuevas. Quizá esa cerrazón tenga algo de responsabilidad en el desgajamiento de diversos grupos de la Concertación que emigran para formar nuevos partidos. No logran estar unidos, y tampoco son capaces de construir una comunidad de comunidades.

Las nuevas ideas se formulan siempre sobre una capa de riesgo, y el riesgo es algo al que los funcionarios apitutados le tienen pánico. Por ello es que los temas de futuro que para el ciudadano tienen sentido van quedando “para después”. No vemos que la Concertación formule ideas novedosas y atractivas acerca de la conducción y planificación de las ciudades, o respecto de las universidades públicas, o sobre educación, o sobre transporte, o sobre participación de los jóvenes en política, o sobre contaminación. Casi todo lo que se llega a hacer en estas materias es reactivo, y si no hay más iniciativas es para no resquebrajar el endeble pegamento que une a la cultura laica con la cultura católica dentro de la coalición. Los think-tanks de la Concertación, que podrían servir para generar ideas, terminan transformándose inevitablemente en plataformas para conseguir pega en el aparato del estado.

El mayor drama de los líderes de la Concertación, más allá de estas consideraciones, es sin embargo el dilema de continuar como administradores de un modelo postpinochetista, o tratar de romper este formato y dejar que el país evolucione hacia un esquema menos rígido, con un estado más fuerte y un mercado más regulado, como se hace en todos los países más desarrollados. El modelo postpinochetista traumatizado con lo estatal muestra una y otra vez su cara fundamentalista. Con un estado más fuerte y más operativo -por cierto moderno y transparente- no tendríamos que padecer los dramas del Transantiago, o de la contaminación urbana, o del abandono de las universidades públicas, o de la inequidad de la educación, para sólo nombrar algunos. Pero el salto requiere ser optimistas. Y si algo le ha comprado la Concertación a la oposición en estos años es su amargo pesismismo, la idea de que el ser humano es esencialmente corrupto y ambicioso, y que hacer desaparecer el abuso es una tarea imposible: lo único que queda es adaptarse a él y tratar de suavizarlo un poco.

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