juan guillermo tejeda

MONEY

Posted in pillo by jgtejeda on octubre 13, 2008

(POR JGT, PUBLICADO HOY EN TERRA MAGAZINE) ____________ Los derrumbes de bolsas y desplomes accionarios no son saludables, aunque sirven para observar más de cerca algunos misterios económicos. La economía constituye un misterio para muchos de nosotros, sobre todo en un sistema como el capitalista, donde todo es escurridizo y provisional, y además en inglés. Es que somos capitalistas de oídas, un poco a la fuerza, tal como en los países comunistas la gente se ve obligada a ser comunista o en los países feudales había que estar a favor del feudalismo. Uno se imagina lo relajados que debían estar en la Edad Media, cuando se mandaban a hacer una silla para toda la vida, o usaban los pantalones hasta que se disolvían. Aunque estaban sometidos, por cierto, a otros conflictos, como la peste negra o esas guerras de treinta o de cien años, o los curas que de pronto se inflamaban y se ponían a quemar personas. Hoy podemos cambiar de ropa a menudo, contamos con antibióticos y las guerras suelen ser más breves y localizadas. La angustia y la felicidad, su cara B, fluyen por canales muy diferentes a los de la Edad Media.

De que la vida es un asco y el ser humano, un perro están convencidos muchos de los más entusiastas capitalistas. Gracias a que no nos gusta lo que tenemos y queremos más, porque somos egoístas, rapaces, tratando siempre de acumular mucho sin importarnos un comino la penuria de los demás, es que se hacen los negocios y el sistema funciona. La suma y combinación de todos los pequeños y grandes egoísmos humanos produce -paradójicamente- esa maravilla que es el capitalismo triunfante, cuyas caras visibles son la televisión, los aeropuertos, la publicidad, los malls, los resorts y los supermercados. Allí todo está en permanente movimiento. Las cosas se desean, se adquieren, se usan, se tiran. Si se nos acaba el deseo los dinámicos publicistas nos inventan otro, y si se nos termina el dinero los bancos o las propias tiendas nos lo prestan en tarjetas y créditos preaprobados. O nos dan algo gratis, que a los pocos meses se va complicando, hasta que finalmente picamos de nuevo y ya somos clientes premium.

La promesa no declarada es que nosotros les vamos a ganar a los demás, que seremos más rápidos, capaces de capturar presas de mercado más doradas y valiosas que las de los demás. No ahora, por cierto, sino en el futuro. En el futuro -estelar, dorado, maravilloso, incontaminado- es donde el capitalismo, como las religiones, lo arregla todo.

Pero hete aquí que en estos días el futuro se le ha descompuesto a los agentes de bolsa y a los bancos y a esos miles de intermediarios misteriosos que mueven el dinero, las acciones, las tarjetas, los préstamos, las hipotecas, los créditos. Claramente no les funciona, eso lo podemos constatar hasta quienes menos economía sabemos. Es en el futuro donde está el dinero -o, más que eso, la plenitud humana- y por eso es que cuando alguien deja de creer en el futuro y esa percepción se propaga, se nos hunden las bolsas. Y vemos como los periódicos se relamen de gusto poniendo imágenes de unos asiáticos o neoyorquinos angustiados en sus respectivas covachas bursátiles llenas de luces y de gente.

Las crisis se presentan cada cinco o diez años, y cada vez que aparece una es como si fuese o la primera vez que ocurre o el colapso final del sistema. Los expertos, que cuando el sistema marcha bien son muy fríos, se calientan, y empiezan a frasear de manera poética, recurriendo más a la metáfora que a la cifra. Cuando eso ocurre, es que han levantado la tapa que cubre el futuro y han visto aquella oscuridad no como la pintan los publicitarios sino tal como es: incierta, borrascosa, sin fin.

Y la preocupación de todos es no ya la cosa tradicional de ayudar a los pobres o a los desvalidos, sino la novedad de cómo ayudar a los ricos, a los que más tienen. Hay que juntar dinero público, es decir dinero trabajosamente reunido por todos, para devolverle la fe en el futuro a los más poderosos, a ver si se animan. No es sencillo. Ya se ha visto que pese a las enormes cantidades de dólares que los gobiernos de los países desarrollados están poniendo, los mercados siguen remolones. Por eso es que hay que meter muchos miles de millones y un poco más, a ver si se animan. Cuando los ricos experimentan una sensación térmica de recesión se vuelven tímidos, añoran el pasado, y ya no quieren comprar, sino vender.

Por eso todo baja de precio. Por eso bajamos nosotros de precio. Como figuramos en esas acciones, tarjetas, préstamos, hipotecas y créditos estamos atrapados, tenemos metidos los dedos y los colgajos en esa máquina de moler carne. Ese dinero que se está perdiendo en estos días tan bursátiles resulta que era nuestro, no dinero de ahora, sino el que nos hubiera llegado si todo hubiera ido correctamente. El capitalismo es siempre el futuro.

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