juan guillermo tejeda

UTILIDAD DEL PREJUICIO

Posted in normal by jgtejeda on julio 2, 2008

Más que leer seriamente le tomo el olor a los escritos de Edmund Burke, quizás sea una necesidad de encontrar un ambiente más conservador para mis actividades, y es que con los años se vuelve uno más circunspecto. Sobre el prejuicio, lejos de desecharlo, lo ensalza Burke como una suerte de sabiduría innata, un depósito personal de razón que la especie va acumulando con el tiempo: El prejuicio se puede aplicar inmediatamente caso necesario; hace que la mente emprenda previamente un firme curso de prudencia y virtud y no deja al hombre titubeante, escéptico, confuso e irresoluto en el momento de la decisión. El prejuicio convierte en hábito la virtud de un hombre y no en una serie de actos inconexos. Mediante prejuicios justos su deber se convierte en parte de su naturaleza. Introduce nuestro irlandés en esta última frase un matiz, el de “prejuicios justos” (just prejudice en la versión inglesa), en oposición a otros que serían injustos. ¿Cómo discernir entre los primeros y los segundos? No mediante otros prejuicios, sino mediante la razón, que Burke desprecia alegremente a lo largo del texto, confiando más bien en lo tradicional. Con todo, el apunte de Burke sobre el prejuicio es notable. En mucho de lo políticamente incorrecto anida una determinada sabiduría, y operan dispositivos que nos permiten entrar rápidamente en acción en caso de peligro. La desconfianza o el odio hacia los extranjeros o hacia otras razas se basa en antiguas guerras tribales, en la dificultad que suponen marcos culturales diferentes para la convivencia. Los prejuicios sexuales se cimentan en modos de protección de la especie, de los roles familiares agrarios, etc. Los prejuicios en contra de las ideas que, como el marxismo, el fascismo o incluso la democracia, aparecen súbitamente y nos encandilan nacen de un escepticismo hacia la igualdad. Notamos claramente que mientras hoy en día se establecen discursos de igualdad de género, o de derechos humanos, o de democracia, o de no discriminación, etc., sigue actuando en la sociedad un subterráneo de prejuicios. Así Barack Obama entra en la carrera electoral desafiando todos los prejuicios, pero una vez asentado como el favorito, recurre precisamente a los prejuicios para tener oportunidades de ganar la Presidencia: lo vemos con familias, con banderas, con empresarios, con militares, etc. Del mismo modo, el nacismo ejerce su fascinación como celebración radical del prejuicio, dándole características de festín carnívoro a esa sabiduría innata y sumergida a la que alude Burke. Y cuando, tras el experimento de Allende, cae sobre Chile el castigo dictatorial de Pinochet, muchos perciben con cierto alivio que el prejuicio finalmente ha hecho lo suyo y las cosas vuelven a su cauce de siempre: la historia muestra que la igualdad, la justicia social, el socialismo, son entelequias imposibles, y en dictadura no sólo se regresa a lo de siempre, sino que se castiga a los locos que desafiaron al prejuicio, procediéndose a exterminar sistemáticamente a quienes se levantaron contra la sabiduría innata de los hombres. El prejuicio asoma también en los hábitos cotidianos de muchos revolucionarios, que son innovadores en algunos aspectos pero que luego, al cesar los episodios históricos donde hacen de líderes del cambio, regresan mansamente a tratar a su madre, a sus hermanas, a sus vecinos, a sus mujeres, compartiendo con ellos los prejuicios de toda la vida.

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