juan guillermo tejeda

PALTA REINA 4: PESIMISMO

Posted in cotidiano by jgtejeda on junio 11, 2008

En algún momento del pasado reciente se abrió en Chile la puerta del pesimismo. Pensar que las cosas están mal y que no se pueden realmente mejorar está de moda. Y, por el contrario, la creencia en el progreso humano está severamente deteriorada. No queda bien creer que sea posible vivir de mejor manera, y por ello sólo valen los cuiddados paliativos, los alivios. Ante la complejidad del mundo contemporáneo, sólo podemos plantar un árbol para hacer más verde el planeta (condenado por sus habitantes a la degradación progresiva), dar cinco mil pesos para la Teletón (sabiendo que aquellos discapacitados jamás dejarán de serlo) o comprarnos un televisor Bravia Sony de 52 pulgadas para disfrutar de una imagen de alta definición. Tratar de cambiar lo que ya camina en la dirección equivocada es una ilusión. Así es que quedan bien las frases ácidas, los comentarios escépticos, las risitas, y lo que corresponde no es el despliegue de la virtud sino el solapado fluir de los vicios. Aylwin hablaba de “la justicia en la medida de lo posible”, frase extraordinaria que se niega a sí misma. Frei hijo iba a ver a los pobres y sollozaba, le daban pena. Bachelet quiere repartirlo todo entre todos los más débiles, que son casi todos, y sabemos todos que es imposible. Ella quedará ante el país como la presidenta de buen corazón. Los tres son pesimistas históricos, están convencidos de que jamás las cosas funcionarán bien, asignándose la tarea misionera de aliviar un poco el sufrimiento ajeno. También son reyes del pesimismo Don Francisco, Álvaro Salas, Coco Legrand y Raquel Correa. La naturaleza humana es brutal, y en esa brutalidad debemos acostumbrarnos a vivir, con una sonrisa quizá, con un ayuda simbólica de vez en cuando, sin descuidar nuestros propios negocios. Los intelectuales modernos chilenos son todos ellos cool y pesimistas, fríos ante la virtud, resignados ante el despliegue de la maldad, incólumes a las disfuncionalidades que el país arrastra. El pesimismo nos convence de que jamás funcionará en Santiago un sistema de transporte público adecuado. El pesimismo nos dicta que siempre habrá abusadores y abusados. Uno de los grandes optimistas chilenos fue Allende, y ya se sabe lo que ocurrió. Los optimistas modernos, en cambio, son más moderados y pactan con el diablo, como Tironi o Lagos: por eso se les resiste, porque son al mismo tiempo la demostración de que es posible una visión positiva de la vida pública, y de que el optimismo nunca es limpio, sino tocado de impurezas. Más vale seguir siendo pesimistas y amargados, confiando que en algún lugar del universo o de la conciencia humano hay un lugar para el bien, aunque se trate de un lugar quimérico, ideal, maravillosamente inalcanzable por los asquerosos humanos.

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