juan guillermo tejeda

DIARIO DE UN PROFESOR: MOVILIZACIONES

Posted in profesor by jgtejeda on junio 7, 2008

“Movilizaciones” es una palabra de sentido difuso que acompaña a las actividades que realizan los estudiantes de vez en cuando, interrumpiendo el curso normal de la enseñanza en las universidades públicas. Cuando hay una movilización yo me imagino mucho movimiento de algunos (o sea como rodillas subiendo ágilmente escaleras) y escaso movimiento de muchos, aunque igual siempre hay algunas sorpresas visuales. Los profesores nos sentimos un poco guachos porque perdemos el modestísimo poder que tenemos, ese de hablar y hacer callar durante la clase, o de poner notas, etc. En la juventud me parece advertir un secreto regocijo, que es el de imponer su alegría a unas instituciones casi siempre lúgubres, secas, tristonas, ineficientes y cargadas de inconsistencias. Es lo que se mueve y pulula contra lo quieto, la sorpresa en lugar del horario. Las autoridades suspiran hondo y se hacen a un lado. El sistema entra en una fase de anarquía programada y tolerada.

La movilización, pues, tiene diversas capas: la capa de las ideas, casi siempre compartidas por movilizados y no movilizados, y en concreto es una idea -o interrogante- matriz: ¿por qué Chile tiene universidades públicas y no las dota de los recursos necesarios para funcionar? Es una pregunta que no tiene respuestas, o tiene muchas, todas ellas de mentira. La operación que hay debajo es la destrucción de la educación pública por parte de agentes privados cuyos intereses son de adoctrinamiento religioso, segmentación social, negocio fácil y desmantelamiento del espacio público.

Pero debajo de las ideas está también el gozo de la juventud de lograr protagonismo, y eso lo mira uno con algún agrado. Da gusto ver a los estudiantes con sus discusiones, sus horarios locos de 24 horas al día, sus ollas comunes, sus lienzos gigantes, sus nuevas camaraderías, en ese cumplimiento de hazañas que toda persona debe lograr para llegara a adulto.

Más debajo aún está la irrupción de minorías vociferantes que se saltan todos los reglamentos ante la pasividad de las autoridades y que a menudo, además, se comportan de modo autoritario incluso con sus iguales: ahí hay algo extremadamente desagradable. Aquello es el reemplazo de la democracia por lo que Polibio llamaba la oclocracia, tal como la monarquía puede degenerar en tiranía y la aristocracia en oligarquía. Lo que veo en los vociferantes es algo que nada tiene que ver con democracia, aunque se esmeran siempre en hacer unas votaciones medio truchas. Allí se percibe un germen autoritario. Como académico de la Universidad de Chile, no me gusta que los símbolos y los órganos de gobierno de la institución sean asaltados. Creo que las así llamadas “tomas” son un hecho irregular-delictual -ocupación de espacio público- que socialmente se mira con simpatía. Acompaña a menudo a estos insurgentes una visualidad de cachureo, o si no una estética vintage tipo Ramona Parra (con todo el respeto), unas estrellas y puños y letras redondeadas, con banderas y ojos y palomas: los estudiantes, que habitan en un mundo digital regresan al pasado cada vez que se movilizan. No sé bien por qué adoptan esa imaginería de luchas heroicas y fracasadas. La revolución se ha vuelto conservadora.

Todavía en una situación más profunda está el tema de las responsabilidades: ¿quién se responsabiliza de los costos que genera un paro? Se desvanecen aquí en la práctica todas las preocupaciones por el financiamiento institucional que se vocean en sentido abstracto. Yo estoy a cargo de un taller que se imparte en 18 semanas, de las cuales 16 son de clases, dos veces por semana. Un paro significa restar dos, tres, quizás siete semanas al taller, lo que si lo hacemos es un fraude educacional, o recuperar esas semanas, lo que significa volver a pagar a los profesores y los gastos de mantenimiento del local, pago que ciertamente no harán los estudiantes movilizados, ni los académicos, ni nadie visible: es un costo que paga el sistema, desangrándose y agregando goteras a las que ya hay. Sería notable ver estudiantes movilizados que se hagan cargo de los costos de sus acciones, con iniciativas del tipo: si cada día de paro significa 6 millones de pesos, busquemos un sistema de compresión de horarios para que ese costo no exista… O bien mi causa es tan relevante que gustosamente pierdo el semestre y convenzo a mis padres a pagar de nuevo.

Por último, y ya desde el punto de vista mediático habría que ver si las movilizaciones prestigian o desprestigian a nuestra casa de estudios, si la ayudan o la perjudican. Desde luego que en la parte mercantil (de la cual depende en grado importante) la perjudican, pero eso no se le puede nombrar a un estudiante movilizado porque le puede caer a uno una estrella roja en el mate. Mediáticamente ganamos atención ante el problema de le ducación pública, de eso no cabe duda. Y desde el punto de vista político, o sea del poder en estado puro, no está tan claro. Hace décadas, ocupar un local o un camino o una fábrica tenía su importancia política o militar o económica. En la cultura digital de hoy los locales son poco importantes, y allí donde un nodo se complica, el flujo de poder se desvía. Los estudiantes movilizados luchan por sus ideas, pero creo que no logran entender bien dónde está realmente el poder. Y es que el poder hoy no se asienta en ningún lugar visible. No hay ya un señor como tío rico Mac Pato con un puro y un escritorio sobre una ruma de monedas de oro. Si llamas al palacio de la Moneda o a la Sofofa te atiende una grabación. Creo que al mapa del poder se llega mediante una especie de acupuntura difusa, pinchando en puntos precisos. Para hacer que la realidad cambie hay que previamente haberla entendido.

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