juan guillermo tejeda

PALTA REINA DOS: EVTUCHENKO EN SANTIAGO

Posted in cotidiano by jgtejeda on mayo 24, 2008

Pasa aquí y en todas partes, pero quizá en Chile es más grave. Aterriza en Pudahuel algún ilustre cultural, y ya hay en marcha un operativo para capturarlo, llevarlo a sitios programados por un comité de bienvenida o comité de secuestro. Se trata de amistarse falsamente con el famoso, grabarle un programa u organizarle un coloquio y negarle cualquier contacto no programado con otros lugareños. Esto genera una extraña situación de visitas virtuales. Han estado aquí -sin estar- Houellebecq, Quignard, Savater, Magris y tantos otros… No han dejado huella a su paso, porque hay quien considera un deber borrar las huellas, y quedarse con el mail, el teléfono del compadre, lo que sea, un mechón de pelo o un botón de la chaqueta para conseguir algo más tarde allá en los países donde la cultura es feliz. Está bien, todos estamos un poco hambrientos de mundo. Hay excepciones, sin embargo, y puedo contar una que viví de joven, serían los años sesenta. Mi padre Juan Tejeda, que rondaba por los bares en busca de conversación ilustrada y de bebida tranquilizante, abajista él (en lugar de arribista), sin intención ni maquinaria de ninguna especie, se vio una vez abordado por un amigo escritor probablemente comunista (en aquel tiempo todos los escritores menos Lafourcade eran comunistas) que traía junto a él a un poeta ruso. El amigo estaba un poco acachado, y el hombre era Evgueni Evtuschenko, la máxima gloria poética de la URSS de entonces. De tal manera que le transfirieron al ruso a mi padre, y él tuvo que darle conversación, no sé en qué idioma, pero el caso es que hablaron. Estuvieron en el Roxy, callejearon por el centro, se unieron a uno al que llamaban el Hombre Pájaro, que imitaba cantos diversos de alondras, jilgueros, etc., el cual hizo sus gracias, y hablaron de literatura o de cosas diversas durante horas. A Evtuschenko no le gustaba Simenon, y a mi padre sí. Bebieron vino tinto. El poeta contó un relato titulado “la mitad de la mitad”, de tiempos de la guerra: en un tren de soldados desharrapados y severamente hambrientos alguien tiene un pan. Le da -dudoso, porque no ha comido en días- la mitad a un amigo. El amigo se lleva la mitad, y al poco rato le toca a él encontrarse con otro amigo… su deber era quizá darle la mitad de la mitad… Finalmente mi padre depositó al paquete poético en la Sociedad de Escritores de Chile, la SECH, y al llegar a la casa nos contó algo de lo ocurrido, como hacía habitualmente con muchas de sus experiencias que eran entre urbanas y surrealistas, con un poco de humor y mucho de literatura. La semana siguiente, escribió una crónica de una página en La Nación: “Una tarde con Evtuchenko y el Hombre Pájaro.” Ahí se quedó todo. Tan gratuitamente como el poeta le cayó en las manos, se le fue, sin dejar rastros. Le admiré siempre a mi padre ese saber seguir estando junto a los famosos, sin cambiar de itinierarios, sin ocultar a la visita ni buscar otro provecho que el de pasar la tarde. Aquella naturalidad no comercial. El Mono Olivárez era parecido. También hay que saludar a Manu Chao, que se desligó de sus captores y se fue a cantar por ahí por Estación Central abajo, con gente de barrio.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: