DEMÓCRATAS DE VITACURA

(en mi blog terra) Los chiquillos y chiquillas de Vitacura fueron a plebiscito el domingo. Ganaron aquellos que se oponían a los edificios en altura. Una buena costumbre que se inaugura, la de consultar no sólo a los tiburones inmobiliarios sino también a los vecinos.
Hay que considerar, sin embargo, que Vitacura puede permitirse rechazar obras de edificación, que en parte financian los gastos municipales. Puede hacerlo porque en Vitacura el gasto municipal por habitante es de 434 mil pesos al año; en cambio en Cerro Navia, donde vive gente con el mismo número de dedos y ojos que la de Vitacura, el gasto municipal es apenas de 69 mil al año por vecino, una séptima parte. Eso explica -mi viejo- que el edificio y la zona cultural de la municipalidad de Vitacura sean de mármol, y esto también puede ser la causa -me entiendes tú pues oye- de que hayan podido hacer en esa zona verde (y no en otra más seca) el magnífico parque Bicentenario, donde además entraron aportes privados.
¿Por qué los niños o las señoras de Cerro Navia tienen peores paraderos de buses (que son municipales), peores plazas, peores árboles, peores zonas verdes, peores veredas que los de la gente de Vitacura? El espacio público, por definición igual para todos, en Chile se convierte en distinto para todos, según el bolsillo.
Quien gana más tiene todo el derecho a vivir en una mansión superelegante. Para eso paga. Pero no hay derecho en que el consultorio público sea peor para la gente que tiene casas más modestas. Debería ser al revés: ser mejor. Nuestro ordenamiento municipal hunde más a los pobres y ayuda a los ricos, y debería, por el contrario, equilibrar las cosas.
Los demócratas verdes de Vitacura han logrado frenar a quienes creen que la ciudad es meramente un negocio. Aplaudámoslos. Pero preferiría, la verdad, una democracia santiaguina, de la ciudad entera, donde para participar no haga falta una tarjeta de crédito golden plus o una casa con piscina. Me asquea la división de Santiago en zonas ricas, no tan ricas, pobres o miserables. Mi ciudad es la ciudad de todos, así lo siento, así es en la realidad. Que todos valgamos lo mismo en la calle, que los semáforos o las veredas sean iguales para todos. Y que cada cual disfrute de sus riquezas en la intimidad de la vida privada.
BIEN POR TRANSANTIAGO

Dos años cumple Transantiago. El nuevo plan generó caos, indignación y una interminable andanada de reproches por parte de la oposición política: jamás el gobierno debió haber metido mano en la locomoción. El Transantiago es una muestra más de la ineptitud y el desprecio a las personas que son propios de la concertación. El gobierno ha respondido con balbuceos y algunas tímidas mejoras.
Yo, por el contrario, y creo que muy solitariamente, he estado siempre a favor del Transantiago. Estoy convencido de que, al revés de lo que se dice, era indispensable meterle mano al sistema. Se trata de un servicio probablemente el más complejo y extenso del país, con seis millones de usuarios potenciales, unos dos o tres millones cada día, y que necesitan cada uno de ellos activamente un menú distinto de viaje, coordinando a operadores diversos con el apoyo de 36 municipios y los correspondientes aportes de vialidad desde el ministerio de la vivienda y urbanismo. En su primera etapa Transantiago logró varios objetivos: interconectar y unificar el sistema de tal modo que los usuarios pueden subir al metro y terminar el viaje en bus con un mismo pago; eliminar el corte de boletos unificando todos los pagos mediante la tarjeta BIP; establecer miles de nuevos paraderos, con formato adecuado a las necesidades de los usuarios; trazar una nueva malla integrada de recorridos y dotarla de un sistema de información gráfica coherente.
El sistema, sin embargo, tiene hoy el inconveniente de que quien pone la cara es el gobierno y quien opera el sistema son empresas privadas. Esta anomalía, propia del reaganismo thatcherismo pinochetismo chicaguismo local, pretende afirmar ideológicamente siempre la primacía de los privados sobre lo público, y disfrutar de servicios públicos mediante negocios privados. La segunda anomalía, de carácter institucional, es que la ciudad de Santiago (como casi todas las grandes ciudades del mundo, especialmente las de los países más desarrollados) no está organizada como tal al faltarle un alcalde mayor y una unidad dedicada al transporte urbano, con presupuestos y atribuciones. Se añade a estas dos falencias una tercera, propia aún del subdesarrollo, y es la existencia en Santiago, claramente, de dos tipos de público, uno para el que la diferencia de tarifa de 400 a 500 pesos significa quedarse en la casa para siempre, y otro que busca un buen servicio y puede pagar más, de tal manera que cualquier implementación exitosa pasa por reconocer que tenemos una ciudad y dos países distintos. Las micros amarillas solucionaban este asunto brindando un servicio tipo tarro tercermundista al sector más pobre que es por lo demás el mayoritario de la capital, reservando los autos para la gente más pudiente. Solución que es dinamitar a corto plazo el flujo vehicular ya que es imposible técnicamente que en una ciudad de seis millones de habitantes todos la solución a la que progresivamente se van añadiendo todos sea la de ir en auto: contaminación, tacos, desbordamiento vial, etc….
El Transantiago es un ejercicio cultural, político, administrativo, operativo, sociológico, urbano, tecnológico, económico, de la mayor trascendencia. La locomoción pública atraviesa todos los prejuicios clasistas, las debilidades ciudadanas y las falencias políticas que tenemos. Haber entrado en él es una muestra de voluntad política y de madurez de país. No haber podido enfrentar adecuadamente las dificultades de su implementación es muestra de que Chile sigue anclado, respecto del espacio público, en recetas añejas y prácticas ineficaces. Y señala además a un gobierno conceptualmente débil sometido a una oposición dispuesta a degradar la confianza de la ciudadanía en los servicios públicos para ver si así arriman a su molino unos votitos más.
No creo que en Santiago seamos tan tarados que seamos incapaces de articular un buen sistema de locomoción pública, como el que tienen todas las ciudades desarrolladas. Creo que en lugar de indignación hay que poner razón, y en vez de impotencia hay que poner voluntad política, autoridad y recursos.
MANUEL TIRONI EN CENCOSUD

(DEL BLOG DE MANUEL TIRONI, QUE NO TIENE NADA QUE VER CON EL DIBUJO DE ARRIBA>>>) Cencosud anunció que fruto de la recesión mundial, las obras del Costanera Center y de lo que sería la torre más alta de América del Sur se postergan hasta nuevo aviso. El aplazamiento de la construcción deja a dos mil trabajadores cesantes y una sensación de incertidumbre que no viene nada de bien en estos momentos de crisis. Deja, además, un montón de fierros y escombros en el centro financiero del país: linda postal Bicentenario.
Pero lo más grave es que el fracaso del Costanera Center abre una gran interrogante sobre cómo se hace ciudad en Chile. O dicho más directamente, si podemos seguir desarrollando nuestras ciudades en base a grandes proyectos privados y con una legislación urbana pusilánime, fragmentada y sin liderazgo. En otras palabras, si podemos seguir haciendo ciudad sin una visión compartida -y legislada- que responda a las tres preguntas fundamentales de la planificación urbana: qué queremos para nuestras ciudades, cómo pretendemos alcanzarlo y quiénes participarán en el proceso. más>>>>>>>>>>>>
PERSONAS:19

Bolsa plástica incorporada a la anatomía. Posición corporal denominada académicamente contrapposto.
CALLE SIN NÚMERO


Inauguración el martes 16 a las 18 horas en Portugal 84, Santiago. El resultado de seis meses de intervenciones gráficas en la ciudad. Más aquí>>>>
ORIGANTE, COLOR
origante>>>>, y también tejiendo color>>>> /// estudiantes del curso INTERVENCIÓN VISUAL
ALCALDES
Comienza la campaña para las eleciones municipales. Piñera lanza una fiera alocución desde el Palacio de Bellas Artes. Por la noche, en la Plaza Baquedano se pasean unos pobres idiotas en pijama y baby-doll, son candidatos o candidatas que pretenden conquistar nuestro voto. Otro aturdido, Zalaquett, hace un show que consiste en un día de vigilia o sea 24 horas sin dormir dedicado a los vecinos, muy publicitado. A ver como amanecerá ese proyecto de alcalde al día siguiente de su vigilia. Aparte de ello, ahora nadie es de ningún partido, no hay logos ni colores ideológicos, todo es simpatía personal. Nuestros alcaldes apenas administran algunas cosas, pero de hecho no gobiernan la ciudad, que se gobierna sola, sin regulación alguna, sumida en el smog, los atascos, la proliferación anárquica de dificios chatarra, la incapacidad de contar con un sistema de transporte público adecuado, y la segmentación del espacio público en categoría barrio alto y categoría barrio bajo. Estoy pensando seriamente en abstenerme. Votar es aprobar un sistema que asegura el desgobierno urbano.















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