juan guillermo tejeda

LA MEDIDA DE LO POSIBLE

ARTÍCULOS PUBLICADOS POR JGT EN LA NACION DOMINGO DE SANTIAGO, EN 2005.

EL PLACER DE LOS DEMÁS_____________________ Las autoridades suelen hablar de “un merecido descanso”, “sana alegría”, “placer sencillo”, “celebración en familia”. Pues bien, la inhalación de los humillos de la marihuana puede llevarnos a un descanso no necesariamente merecido, a una alegría quizá no tan sana, a un placer poco sencillo o a una celebración donde es mejor que no esté presente la familia. Hay temor, hipocresía y en ocasiones franca desinformación en el impulso que lleva a nuestros honorables senadores adictos al mundo de Bilz y Pap a prohibirle a otros chilenos que sean felices a su modo

Se estima que uno de cada cinco estudiantes chilenos de 4º medio ha consumido alguna vez marihuana y que la mitad de nuestra población adulta sabe lo que es poner la propia mente bajo los efectos alucinógenos del cáñamo. Sin embargo, si llevamos estos porcentajes al Senado o a la Cámara de Diputados ocurre algo sorprendente: ninguno de los honorables parece haber pasado por tales emociones. Es decir, durante su alocada juventud nuestros representantes sólo consumieron Bilz y Pap.

Tenemos la posibilidad de creer en la buena y gansa conducta de estas personas. Y podemos también pensar legítimamente que detrás del tema coletea, una vez más, la hipocresía. Los últimos tiempos nos han confrontado duramente con la realidad: hipócritas de un silencio de 30 años en la tortura, hipócritas desde siempre en divorcio, hipócritas en el clasismo que muestra la película “Machuca”.

Estamos haciendo esfuerzos para abandonar el aire viciado de la simulación institucionalizada. Durante los últimos meses, un par de años quizá, hemos hecho, como país el ejercicio de ver lo que siempre estuvo allí y de empezar a llamar a las cosas por su nombre. Nos hemos enterado de que jueces, obispos y políticos tienen vida sexual, como todo el mundo, y esa vida sexual no siempre es la que dice la libreta de familia. Nuestra sociedad se está haciendo más transparente.

El tema de las drogas se ha resuelto hasta ahora en Chile con una mezcla de hipocresía y temor, y de ahí la escisión entre lo real y lo que hablan los senadores en el hemiciclo. Desde la mirada oficial, la venta y consumo de marihuana se asocia con daños irreversibles: adicción, delincuencia, violencia, niños abusados, narcotraficantes y marginalidad. Desde la práctica personal, muchísima gente sabe muy bien que la marihuana está ligada al placer. Y probablemente sea por esto que se la ha puesto fuera de la ley. No hay para el espíritu conservador nada más escandaloso e insoportable que pasarlo bien.

Señala Fernando Savater con agudeza que elegir el placer es un escándalo para las mentes puritanas, porque lo placentero atrae y repele a la vez. Las autoridades suelen hablar de “un merecido descanso”, “sana alegría”, “placer sencillo”, “celebración en familia”. Pues bien, la inhalación de los humillos de la marihuana puede llevarnos a un descanso no necesariamente merecido, a una alegría quizá no tan sana, a un placer poco sencillo o a una celebración, donde es mejor que no esté presente la familia.

Hay temor, hipocresía y en ocasiones franca desinformación en el impulso que lleva a nuestros honorables senadores adictos al mundo de Bilz y Pap a prohibirle a otros chilenos que sean felices a su modo. Regular el placer de los demás es sin duda una función de los poderes públicos; prohibirlo y ponerlo fuera de la ley, en cambio, tiene que ver más con las amarguras personales de los legisladores.

Los seres humanos de todas las culturas consumen sustancias psicotrópicas, esto es, que al ser ingeridas por el cuerpo cambian el estado de la mente. Lo han hecho siempre y lo siguen haciendo hoy, pese a cualquier prohibición y más allá de las guerras que se libran entre las fuerzas estatales y las fuerzas del narcotráfico.

Es más, cualquier adulto está en su derecho al escoger lo que él cree que le hace bien. No se sabe de dónde le viene a los respetables senadores Viera Gallo, Muñoz Barra y Orpis el derecho a dictaminar qué deben echarse al buche sus conciudadanos. Podemos prohibir conductas que hacen daño a otros, pero no hay sustento alguno en prohibirle a alguien algo porque no le conviene. ¡No te cases con esa pelirroja, porque serás infeliz; si lo haces te pondremos una multa de 6 UTM, y si reincides irás a prisión!

Están haciendo bien su trabajo las autoridades cuando se esmeran en proteger a nuestros niños y adolescentes del consumo de estas sustancias. Los jóvenes tienen que acostumbrarse gradualmente a los riesgos de la existencia. El ejercicio de someter el propio espíritu a la acción de compuestos más raros o menos raros, en cambio, se sostiene en un derecho personal de cada adulto. Cada cual es dueño de su propio cuerpo, y no se lo ha cedido a ningún senador. A unos les sienta bien un café por la mañana, otros prefieren un cigarrillo o una dosis de heroína.

Hay quienes en la noche están en su más seductor momento después de la segunda cerveza, otros prefieren una Coca-Cola. ¿Tenemos que hacer como país un listado de las sustancias prohibidas o permitidas? ¿No será mejor dejar que cada cual se envenene o se alivie como mejor le parezca? Hipocresía, temor e irracionalidad mezcladas producen situaciones absurdas.

Que a alguien no se le deje plantar una planta de cáñamo en su casa significa violar simultáneamente su derecho a la propiedad privada, su derecho a la intimidad, su derecho a consumir lo que le parezca y su derecho a buscarse placer. Se regulan la fabricación, comercio y circulación de motos, autos, motosierras, medicamentos, instalaciones industriales o pesticidas, pero no se regula la marihuana porque se ha preferido dejarla fuera de la ley.

A nuestros senadores les pedimos menos hipocresía, algo de sentido de la realidad y un poco de respeto con el placer de los demás, que somos nosotros, cada cual con su estilo. Y para el irrepetible Nelson Ávila, dentro de todo, vaya un saludo por atreverse a poner estos asuntos en el debate público. LND Domingo 9 de enero de 2005.

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DINERO RECIBIDO___________________ …Estamos ante un tráfico internacional de millones de dólares, un dinero corrupto recibido no sabemos a cambio de qué favores, con quizás qué costo para el país. Podemos imaginar que esos fondos habrán servido de AFP a los Pinochet-Hiriart. O creer que se trata de fajos escondidos en las bóvedas de bancos misteriosos. Pero lo más probable es que, en virtud del chorreo, aquellos dólares malignos estén circulando entre nosotros, y sirvan para conseguir nuevos favores.…

Flota en nuestro imaginario colectivo un Pinochet pintoresco, mezcla de Viejito Pascuero y Capitán Garfio, huaso ladino, en un registro de clase media chilena ascendida. El personaje nos brinda su mirada de ojos azules cazurros, rodeado de aquella familia, en alguna de las alhajadas casas por doña Lucía -la de La Dehesa, la de Los Boldos, incluso la mundialmente famosa de Virginia Waters-, bastón en mano y los correspondientes certificados médicos de demencia. Hemos visto pasar botellas de vino Capitán General, soldaditos de plomo con su figura pintada en brillantes colores, fiestas de cumpleaños con animación de Kike Morandé y víveres del Jumbo. Y los tres tomos y cuatro volúmenes de sus memorias, dispuestos a la manera de un altar en las vitrinas de la Librería Antártica o de la Feria Chilena del Libro.

¿Cómo se junta ese Pinochet de plástico policromado con la ominosa imagen izquierdista del genocida, del tirano a las órdenes del imperialismo y la plutocracia? Esta segunda figura satánica del general se destaca por medio de siluetas negras, quizás con alguna mancha roja. Es la preferida de los europeos, especialmente cuando viene envuelta en alambres de púas o música del Quilapayún.

Los gobiernos democráticos chilenos, entretanto, se han esmerado por construir una tercera imagen del persistente dictador, o ex dictador, o militar, o ex militar, o senador vitalicio, o ex senador vitalicio (a estas alturas estamos un poco confusos), tratándose en este caso de una construcción un poco evasiva, algo así como una bruma en declinación simpática. Lo que ustedes ven ahí -insisten ministros y presidentes ante las preguntas de los corresponsales extranjeros- es una figura del pasado, una sombra nada más, un actor sin peso ni relevancia en el ordenamiento institucional y político de Chile. El hombre tiene una edad avanzada, el país progresa, mire usted las carreteras y los tratados de libre comercio, el tema está radicado en los tribunales de justicia, la justicia tarda pero llega y el que llega no tarda y, si usted prefiere, nos vamos a comerciales.

En cuanto a la visión épica de Pinochet, que en otro tiempo aglutinaba a una masa de partidarios donde estaban casi todos los actuales parlamentarios de la derecha, hoy sólo la defiende Hermógenes Pérez de Arce. El expresivo periodista, mentalmente prisionero de unos ternos a rayitas y de un peinado a la gomina que de seguro causaron furor en los tiempos de los Cuatro Cuartos o Las Cuatro Brujas, ve en Pinochet al mayor estadista chileno del último siglo y medio.

Entretanto el juez Muñoz va dibujando una nueva y sorprendente imagen de don Augusto. En los trámites judiciales se habla de falsificación de pasaportes, nombres de chapa, bancos en Madrid, Luxemburgo, Bahamas, Miami, Nueva York, Washington y Oklahoma, albaceas, evasión tributaria. Jamás en la historia de Chile se había visto a un general o un Primer Mandatario involucrado en hechos de esta naturaleza. Podía uno estar de acuerdo o no con el modo cómo don Aníbal Pinto llevó la guerra, o con los presupuestos de Balmaceda, o con la Unidad Popular de Allende, o con el mal genio de don Jorge Alessandri, pero esto que estamos viendo, este bochorno tropical supera cualquier diferencia de opiniones y constituye, claramente, una anomalía.

Estamos ante un tráfico internacional de millones de dólares, un dinero corrupto recibido no sabemos a cambio de qué favores, con quizás qué costo para el país. Podemos imaginar que esos fondos habrán servido de AFP a los Pinochet-Hiriart. O creer que se trata de fajos escondidos en las bóvedas de bancos misteriosos. Pero lo más probable es que, en virtud del chorreo, aquellos malignos dólares estén circulando entre nosotros, y sirvan para conseguir nuevos favores. La corrupción busca la sombra, y en las sombras se hacen negocios sucios. Las instituciones funcionan en Chile, desde luego, pero también está corriendo el dinero. Y nos preguntamos, entonces, de dónde vino aquel dinero, quién lo pagó, de qué item oficiales o no oficiales, nacionales o extranjeros, salió, y qué ramificaciones o pagos o nóminas o funcionarios han estado envueltos en sus meandros. Más que el camino recorrido por este soldado nos interesa hoy el dinero recibido.

Pero no sólo están ante nosotros los hechos del juez Muñoz. También el juez Guzmán acumula antecedentes: secuestros, asesinatos, conspiraciones, torturas, terrorismo de Estado… A través de los procesos parece imponerse, después de todo, la mirada izquierdista, la que nos brinda la imagen del tirano responsable de las peores atrocidades.

Curtidos por más de treinta años de anomalía política y militar, los chilenos hemos entrado en una especie de sopor pinochetístico. Pasan los años, se suceden los gobiernos, avanza siempre lenta, muy lenta, la justicia, se enfrentan poco a poco los dolores y las llagas que dejó a su paso el régimen dictatorial, y ese señor sigue allí, como un saurio inexpugnable, desmoronándose y a la vez firme en sus posiciones. Lo saben bien los corresponsales extranjeros: Chile es un país normal, pero anormal. En Chile, las cosas funcionan pero algo no funciona o no funcionó o no funcionará jamás. Habitamos sobre capas geológicas que se han movido de su sitio. No sabemos cómo digerir la anomalía, cómo desentumecer la pústula histórica, cómo llegar a la verdad, cómo transparentar el fango y, sobre todo, de qué modo dejar atrás para siempre aquel pegajoso amasijo de épica, folclore, abuso, corrupción y frivolidad política. LND Domingo 16 de enero de 2005

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JUSTICIA POPULAR MEDIÁTICA_______________________En los medios de lo que se trata es de informar y, según las nuevas tendencias del derecho neoliberal, de todo se puede informar en esta vida: rumores, contratos públicos, actos íntimos, verdades, falsedades, cuentas bancarias, defectos físicos, males incurables… Y que cada cual consuma lo que le parezca

Justicia no nos falta en Chile. De la justicia militar, que a los civiles nos parecía más amenazante que tranquilizadora, pasamos durante un tiempo a la justicia en la medida de lo posible. Ésta era elástica, brumosa y se aplicaba tratando de no irritar, no fuera cosa que se nos descompusiera el sistema. Entretanto ha seguido funcionando en Chile la justicia de toda la vida, aquella con ministros en visita y Corte Suprema, que opera a través de legajos y otrosíes, siempre por oficio y en cuadruplicado. Desde regiones avanza hacia la capital el sistema del Ministerio Público con juicios orales. Por último, se está consolidando con fuerza la justicia popular mediática, que se realiza preferentemente en televisión en horarios de alto rating, y es apoyada por diarios, radioemisoras, revistas o sitios web.

Durante los últimos días pudimos ver -por ejemplo- a los fiscales periodísticos Ducci y Sutherland brindando a un tribunal de varios millones de chilenos unos impactantes testimonios que, tras unos minutos de emisión y sin más trámite, dejaron al senador Lavandero convertido en delincuente sexual. Las filmaciones y los testimonios recogidos en terreno por estos profesionales (que por lo visto actuaron también en calidad de detectives) dan mucho que pensar. Para obtener ese material, ellos espiaron al parecer ilegalmente las actividades del acusado durante un año y medio, aunque en el caso de la justicia popular mediática la legalidad no es más que un formalismo del sistema, una menudencia colateral.

El culpable senador tuvo la ocasión de balbucear sus descargos en dos interrogatorios que se llevaron a efecto el siguiente domingo. El fiscal del distrito-entrevistador Fidel Oyarzo, a quien le corría por la sien una larga gota de sudor, emplazó duramente al interrogado a demostrar su inocencia, concluyendo su inquisición con la pregunta: ¿Se considera usted un cadáver político? Los telespectadores-miembros del jurado volvimos a juzgar al personero en virtud de la calidad de sus respuestas y reflejos, de sus nervios, sus gestos. En la procuradoría mediática de doña Raquel Correa, en cambio, las cosas fueron algo más benevolentes, aunque tuvieron también que ver con la destrucción física: “me están matando”, aseveró Lavandero. Por la noche y el mismo domingo, los periodistas-actuarios Paulsen y Villegas emitieron sentencias que en parte exculparon y en parte condenaron respectivamente al ya hundido senador de la República.

No sabe uno cuál de todos los sistemas que operan en nuestro país pueda ser el mejor. Desde luego que la justicia popular mediática parece ser más ágil. Por ejemplo, en relación con la justicia ordinaria, no está obligada a dar garantía alguna a los procesados. ¿Garantía de qué? En los medios de lo que se trata es de informar y, según las nuevas tendencias del derecho neoliberal, de todo se puede informar en esta vida: rumores, contratos públicos, actos íntimos, verdades, falsedades, cuentas bancarias, defectos físicos, males incurables… Y que cada cual consuma lo que le parezca.

Considerada como un servicio público y ciudadano, la justicia oficial está obligada a dejar contentos a todos los usuarios del sistema, respetando a cada cual sus derechos: el denunciante debe tener la certeza de que va a operar la justicia; los acusados contarán con las garantías de que si ellos no hicieron nada ilegal serán absueltos, y que en todo caso se les tratará como a personas humanas; víctimas y testigos tendrán seguridad y la plenitud de su honra; la ciudadanía, por último, podrá constatar que los procedimientos no son ni kafkianos ni expeditivos.

La justicia popular mediática, en cambio, es más entretenida y está orientada a otros usuarios: la audiencia, los avisadores y los propietarios del medio. Ellos no tienen inconveniente en ver a un senador a las brasas o un ministro a la parrilla. La audiencia no necesita, como un juzgado de la reforma procesal penal, conocer todos los datos de la causa para organizar su veredicto: le basta con hacer zapping y observar la cosa cenando en una bandeja. En una sociedad de libre mercado cada cual es libre de escoger la mayonesa o el software o el pedófilo de su preferencia.

La justicia se interesa por los abusos sexuales en tanto se trata de abusos. Para la justicia popular mediática, en cambio, sexo y poder son ingredientes que le dan sabor al plato. ¿Hubo delito? ¿No lo hubo? Decidir ese engorroso asunto es tarea de los tribunales.

La sobreexposición que provoca la justicia popular mediática y la irrupción de los periodistas-jueces añaden tanta luz al escenario que ya no es posible distinguir las formas, ni saber si se está ante la verdad, ante un espectáculo, una campaña o una investigación que culminará con la rehabilitación de las víctimas y el castigo de los abusadores. De los medios -como de las personas- es posible esperar cualquier cosa, desde intoxicaciones informativas a campañas de bien público.

¿Qué pasa entretanto con el personaje triturado por la máquina de moler carne humana? Desde el punto de vista del rating, no es un tema relevante. Los ciudadanos tuvieron su diversión, el medio su torta publicitaria. Los hechos, verdaderos o falsos, se instalaron en el inconsciente colectivo. Si era culpable, empezó a pagar su culpa. Si lo era a medias, también. Y si no lo era, no lo era: eso sería todo, y a ver si encontramos a otro caníbal a quien comernos. LND Domingo 23 de enero de 2005

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MUJERES AL BORDE DE UN ATAQUE DE RISA_______________ Finalmente nos encontramos habitando esta aldea global, donde pese a eventuales turbulencias e incertidumbres todo parece estar pavimentado, en red y bajo control. En un escenario así, las mujeres son mucho más adecuadas que los hombres. Administran mejor lo conocido.

No me cabe duda de que Chile está preparado para que una mujer pueda ser Presidenta, afirma nuestro actual Primer Mandatario. Se deduce de lo anterior que el país, antes de elegir a una mujer como Presidenta de la República, necesita prepararse.

¿En qué consiste esta preparación? Lo primero está en acostumbrarse a la idea, por cuanto en nuestra tradición republicana, y salvo doña Javiera Carrera o doña Paula Jaraquemada -las llaves pido y exijo; las llaves, eso jamás-, no hay mujeres que llenen una página completa en los libros de historia de Chile. En Francia tuvieron a Juana de Arco, pero terminaron quemándola y adicionalmente la nombraron santa, todo lo cual se aleja de las tradiciones políticas convencionales. Los británicos han vivido una historia generosa en reinas, aunque las reinas llegan al poder por la vía familiar y no por los votos. De todos modos, aquello parece haber preparado el camino para la irrupción de la contundente señora Thatcher, quien no sólo se limitó a gobernar, sino que además sentó las bases de un sólido neoliberalismo, hecho lo cual se dedicó, de manera esporádica, a tomar té con el general Pinochet. También está el caso de la israelí Golda Meier, dama no menos sólida que la anterior.

Muchas damas han llegado al poder de la mano de sus maridos o ex maridos fallecidos o asesinados- como ocurrió por ejemplo con Estelita Martínez de Perón en Argentina, Violeta Chamorro en Nicaragua o Cory Aquino en Filipinas. Indira Gandhi era hija única de Nehru, gobernó la India con mano firme durante casi veinte años y finalmente fue muerta a tiros por miembros de su escolta. La sucedió su hijo Rajiv, que también fue víctima de un atentado.

Parece haber a menudo, pues, una vinculación familiar -a menudo trágica- en algunos de los ejemplos de mujeres gobernantes. No es raro. Para las mujeres la familia suele ser una prioridad. Hoy en día se casa o se descasa o se arrejunta la gente alegremente (¡como animalitos!, ha dicho monseñor Medina), pero los lazos de madre a hijos siguen para toda la vida; los hombres, en tanto, suelen rebotar de loft en loft, de aventura en aventura, o de televisor en televisor, o de botella en botella. Casi siempre son las mujeres las que terminan salvando a la familia por la vía materno filial, quizá porque ellas tienen lo que nos falta a los hombres: sabiduría.

Nuestra civilización unisex globalizada ha ido creando un hombre más bien pasivo, preocupado de su silueta y de la buena vida, y unas mujeres de pantalones y pelo corto que como se cansaron de obedecer prefirieron dedicarse a mandar. Siguen naciendo los niños, por cierto, pero ahora en lugar de encontrarse con una mamá solícita y plenamente dispuesta se ven obligados a ingresar a la burocracia de las guarderías, los baby sitters y las niñeras…

Pese a haber ganado competencias en el área doméstica -con evidente torpeza, pero con buena voluntad-, los hombres no calificamos aún para atender la casa o los niños a tiempo completo, por lo que nuestro destino sigue siendo sí o sí el mercado de trabajo. Una vez allí, constatamos que parte considerable de aquello está también ahora en manos femeninas. En efecto, en el trabajo las mujeres son más rápidas, menos conflictivas, más estables, negocian mejor, y finalmente aportan a la empresa o a la institución toda esa eficiencia atávica que antes se quedaba en la lavadora o bajo del parrón de la casa. Se transforman así rápidamente en jefas, gerentas, empresarias, directoras, generalas y ministras, y lo prudente es obedecerles. Y no son bien vistos ya los modales condescendientes ni los piropos de antaño, algunos de los cuales pueden estar tipificados en el código penal.

Para colonizar y vencer la dureza o las interrogantes del mundo hicieron falta machos rudos, a veces sagaces, y a menudo sanguinarios. Mientras las mujeres cuidaban el patrimonio y se hacían cargo de la menudencia cotidiana (les gustara o no: se les obligaba a ello), los caballeros y los no tan caballeros dejaban un reguero de sangre en la exploración de los márgenes. Finalmente nos encontramos habitando esta aldea global, donde pese a eventuales turbulencias e incertidumbres todo parece estar pavimentado, en red y bajo control. En un escenario así, las mujeres son mucho más adecuadas que los hombres. Administran mejor lo conocido. Para el personal masculino la perspectiva razonable parece ser, o bien evolucionar hacia un formato unisex de menor agresividad y mayor intuición, o si no irse a conquistar otro planeta, el planeta de los simios, o quizá a alguna estación orbital desde donde sea posible dispararle a los mutantes galácticos y resucitar el heroísmo perdido por el exceso de civilización.

Nos divertimos entretanto con internet -un mundo virtual aún necesitado de exploradores y de técnicos- y seguimos aquí, en este mundo quizá demasiado compuesto, donde más que inventores o aventureros o capitanes o filósofos hacen falta dueñas de casa, o al menos gente que no tire papeles ni migas al suelo, es decir seres humanos que sepan orinar dentro y no fuera de la taza, o sea personas correctas.

Las candidatas están ya a punto con sus carteras, sus listados de tareas pendientes, sus seguidores o sostenedores y su notable popularidad. Vienen con ganas de mandar, pero de un modo suave. A ver si pronto tenemos a una Presidenta de la República de Chile, con la banda presidencial sobre el pecho, perdónesenos la imagen. Una Presidenta amigable, cuidadosa de la sintonía fina y cercana a la gente.

En fin, nos estamos preparando. LND. Domingo 30 de enero de 2005.

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GRAFFITTI BLUES_____________________ Si somos capaces de permitir y de regular algunas actividades que pueden ser muchísimo más dañinas o peligrosas, como por ejemplo la circulación de camiones y micros, o las botillerías, o las instalaciones industriales ¿por qué no podríamos imaginar una legislación graffitera que contenga algo más que prohibiciones y multas?

No están bien las cosas para los graffiteros nacionales. No estamos hablando de un sindicato o colectivo o colegio profesional: son gente dispersa, grupillos a lo sumo. Hacer rayas o dibujos o signos sobre las superficies del entorno es casi siempre una actividad difusa y anónima que ha existido desde que el hombre está en la tierra. Si vamos a cualquier libro de historia veremos que las primeras imágenes con la que cuentan los eruditos para reconstruir aquellos remotos tiempos son muchas veces graffitis: marcas o figuras en las cavernas, incisiones en las piedras, quizá toscas aunque de deslumbrante belleza. Los antiguos romanos eran muy aficionados a poner obscenidades, insultos, poemas, dibujos y opiniones en los muros de las casas, y gran cantidad de estos graffitis latinos ha sobrevivido hasta hoy en las ruinas de Pompeya: unos cinco mil o diez mil de ellos. En las oscuras mazmorras del medievo o de la edad moderna se grabaron también infinitas inscripciones dejando allí una huella de la libertad añorada. Hacia los años 30 del siglo pasado, arquéologos peruanos repararon en las líneas de Nazca, en el desierto peruano, trazados de uno o dos metros de ancho por hasta 20 kilómetros de largo. Un historiador norteamericano reprodujo estos enormes graffitis a una escala más pequeña en su tablero de dibujo hasta que se dio cuenta de que se trataba de dibujos de gran exactitud representando un ave volando, una araña, un sol, etc. Sobrevolando la zona apareció por vez primera a la vista humana la forma de aquellas misteriosas figuras en su plenitud.

También en el Perú, un desdichado graffiti realizado al parecer por uno o dos estudiantes chilenos ha impactado desagradablemente a la opinión pública tanto peruana como chilena. Se trata de unos manchones azulosos en forma de serpiente pintados con spray sobre una histórica esquina de piedra incaica, en la plazoleta de Las Nazarenas. El incidente ha inflamado las brasas nacionalistas, y el o los autores del desaguisado deben cargar con el peso de una larga historia de agravios y desencuentros entre peruanos y chilenos.

En la Cámara de los Diputados, entretanto, Jorge Burgos ha presentado un proyecto de ley para castigar con severidad a los graffiteros en general, que despliegan en nuestras ciudades una actividad no siempre bienvenida y además disfrutan demasiado con sus sprays. Habrá multas duras, y en caso de reincidencia unos trabajos forzados para ver si -como dicen algunas indignadas vecinas- esos jóvenes aprenden a ser útiles a la sociedad en lugar de andar vagando ociosamente por ahí.

Desde mayo del 68, teóricos del arte, estudiosos de la ciudad contemporánea, sociólogos o antropólogos coinciden en valorar al graffiti como una potente expresión de la vida urbana y social. La moderna metrópolis es, más que un living de clase media, un territorio de encuentro, una suma de culturas donde cada cual debe poder encontrar su espacio. Una ciudad blanqueada por la autoridad lucirá probablemente más pulida, pero también menos viva. Cuando Pinochet y los demás generales tomaron el poder en 1973, uno de sus primeros bandos dispuso el blanqueamiento de los muros.

¿Cómo se conjuga el derecho de los propietarios de las casas y el difuso derecho de quienes quieren echar una rayita al aire y dejar su marca? De eso se ocupa, o se tendría que ocupar, la política. La ciudad es de todos, tanto de los vecinos como de los cultores del spray. No es justo que sólo las agencias de publicidad y las empresas puedan desplegar sus imágenes y sus letras tapando la arquitectura y los parques, manchando de excitación comercial el paisaje urbano. Seguro que hay mucha gente a la que le gustan los anuncios, pero debe haber también otros que preferirían una ciudad libre de publicidad (esa extraña paz que se siente en La Habana o en Venecia). No es sano agredir la propiedad de los vecinos con rayados no deseados o con publicidad invasiva. Tampoco es bueno taponear los poros de respiración gráfica o comercial de una gran ciudad. Un rastro de amor, el signo de alguna tribu urbana, un jeroglífico o un homenaje rockero ponen su cuota de humanidad en la calle azotada por el tráfico y el ruido. Si somos capaces de permitir y de regular algunas actividades que pueden ser muchísimo más dañinas o peligrosas, como por ejemplo la circulación de camiones y micros, o las botillerías, o las instalaciones industriales ¿por qué no podríamos imaginar una legislación graffitera que contenga algo más que prohibiciones y multas?

Vivimos un momento cultural híbrido. Las diversas estéticas y estilos se mezclan y se superponen, como ocurre en la bellísima ciudad del Cusco, donde es posible ver muchos edificios coloniales construidos sobre fundaciones incas, en una extraña y probablemente no deseada simbiosis mezcla de piedra incaica y albañilería española que es hija de la historia. Nada es puro en este mundo.

Es conveniente preservar las identidades y las purezas de cada capa o cada elemento de nuestra sociedad global; también es preciso reglamentar la actividad humana y hacer cumplir la ley. Pero a la vez debemos tener cuidado con las purezas extremas o con la identificación del poder o de la opinión pública y mediática con uno solo de los muchos sistemas de valores que coexisten hoy en día. La libertad y los derechos que están vigentes son para todos: para el grafitero y para el que no quiere graffitis. Articular esos derechos a fin de que cada cual tenga lo suyo es uno de nuestros mayores desafíos políticos y culturales. LND Domingo 6 de febrero de 2005

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VULCANIZACIÓN___________________ …Lo que tenemos es algo así como un forcejeo, un tira y afloja entre el pinochetismo triunfante de 1980, el pinochetismo desmoronado de hoy, el postpinochetismo modernizante y las fuerzas democráticas, siempre apaciguadoras. Es como una vulcanización hecha entre cuatro. De allí los saltos de estilo, las disposiciones transitorias, los artículos derogados o no derogados o en trámite de derogación, ese ir y venir que lo deja a uno un poco perdido.…

Votan los europeos su novedoso texto constitucional que, de aprobarse, regirá en los 25 países comunitarios. Entretanto, los parlamentarios chilenos dan los toques finales a la negociación de otro paquete de toques y remiendos a nuestra incombustible Constitución de 1980. Desaparecerán -dicen- los exóticos senadores designados y vitalicios, con o sin bigote, cada uno de los cuales, sin haber sido elegido por nadie, nos cuesta más o menos unos ciento veinte millones de pesos al año, o sea unos mil millones por unidad, lo que da un total de unos doce mil millones la docena. Adicionalmente se reordenará la relación jerárquica entre Presidente de la República y mandos de las Fuerzas Armadas, y dejarán de ser apátridas los hijos de chilenos nacidos fuera del territorio nacional. Es un triunfo del sentido común. Queda para un posterior zurcido corregir el milagro matemático del sistema binominal, mediante el cual nuestra derecha -con poco más de un tercio de los votos- consigue quedarse con la mitad de los parlamentarios.

El texto original de 1980 -redactado con esmero por Jaime Guzmán y firmado por Augusto Pinochet tras un rudo plebiscito- ha sufrido cortes y añadidos en los años 1989, 1991 y 2001. Eran cambios necesarios para asegurar que, dentro del pellejo dictatorial del texto, pudiera sobrevivir un tejido democrático medianamente creíble.

Con todo ello y con las reformas que vienen, ya casi no será posible para los chilenos disfrutar del estilo amenazante que burbujeaba en la prosa inicial. Jaime Guzmán aplicó en ella parte considerable de su talento, dejando sentada su admiración por un gobierno fuerte (desempeñado por personas amigas, desde luego, porque si no es muy incómodo) y por un estado de corte corporativo, así como cierta obsesión por la familia patriarcal y una evidente alergia hacia cualquier forma de socialismo.

La versión descafeinada del texto tras las reformas de 2001 no exhibe ya los toques franquistas originales. Por ejemplo, aquél según el cual “el pilar de la sociedad es la familia”. La familia ha cambiado, y por eso al llegar a los hogares los encuestadores de empresas de yogur o de candidatos a la Presidencia de la República (técnicamente es un poco lo mismo), encuentran no tanto el formato clásico, sino quizá una mamá separada con tres hijos de apellidos distintos, o si no una parejita de arrejuntados, o un joven solo que programa sus ratos libres pulsando la lista de nombres de chicas de su celular. También desapareció aquello de que “el Estado reconoce y ampara a los grupos intermedios a través de los cuales se organiza y estructura la sociedad”. ¡Los grupos intermedios! Piensa uno en los gremios medievales, en los tercios franquistas, en los brillantes desfiles nazis o soviéticos, o en los sindicatos de Guillermo Medina y Leon Vilarín.

En fin, esos caramelos se han ido disolviendo. Estamos obligados a decirle adiós a la belleza interior ultramontana pura y dura del estilo constitucional ochentero. Una pena, porque lo que nos está quedando es una sucesión de artículos dispersos, que dependen de las llamadas telefónicas que le pueda hacer Andrés Zaldívar Larraín a Hernán Larraín Fernández, o Hernán Larraín Fernández a Sergio Fernández Fernández que, en todo caso, no es de los mismos Fernández del anterior.

Más irradiantes quedan las constituciones cuando su estilo es potente. Por ejemplo: “Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una unión más perfecta, establecer la justicia, asegurar la tranquilidad interna, proveer una defensa común, promover el bienestar general y asegurar las bendiciones de la libertad para nosotros y para la posteridad, ordenamos y establecemos…”. ¡Un pueblo que ordena y establece! O, a la cubana: “el Partido Comunista de Cuba, martiano y marxista – leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”. Dichas así las cosas no hay dónde perderse.

La Constitución Española ofrece una estética transaccional, un acuerdo entre los vencedores y los vencidos de la Guerra Civil. En cuanto a Chile, lo que tenemos es algo así como un forcejeo, un tira y afloja entre el pinochetismo triunfante de 1980, el pinochetismo desmoronado de hoy, el postpinochetismo modernizante y las fuerzas democráticas, siempre apaciguadoras. Es como una vulcanización hecha entre cuatro. De allí los saltos de estilo, las disposiciones transitorias, los artículos derogados o no derogados o en trámite de derogación, ese ir y venir que lo deja a uno un poco perdido.

Tampoco se conservaría ya la venenosa elasticidad que había antes entre las palabras y los hechos. Por ejemplo, en el texto de 1980 se afirmaba que “Chile es una república democrática”, lo que a todas luces no ocurría. O sea, el país era y no era -a la vez- una república democrática, y en él se respetaban y no se respetaban -a la vez- los derechos esenciales, y el hogar era inviolable y -a la vez- no lo era: la irrealidad y lo real marchaban entrelazados. Anomalías éstas que se han ido disolviendo lentamente entre los cúmulos, nimbos, cirros y estratos de la transición.

En fin, que vamos perdiendo estilo. Del integrismo corporativo autoritario amenazante venenoso estamos pasando a una especie de neorrealismo misceláneo hecho de cortes y retazos. LND. Domingo 13 de febrero de 2005

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ALAMEDA FEROZ_________________ La repavimentación de la Alameda ha causado ya cinco muertes y múltiples atropellos, aunque desde la Intendencia se nos tranquiliza con la advertencia de que ello se debe, no a un deficiente diseño de operación, sino a imprudencia peatonal. Parece haber aún ciertos peatones que no asumen su condición de parias urbanos. ¡Siguen transitando por la ciudad, como si su integridad física fuese un derecho y no un dato colateral!

Ir a pie por Santiago es algo parecido a un deporte extremo y quien lo practica debe tomar las precauciones del caso. Sobre todo si pretende cruzar la Alameda mientras aquello está en obras. El escenario sobre el que se aventuran los viandantes puede describirse como una larga y angosta faja de micros a gran velocidad a cargo de choferes malhumorados, junto a la cual se despliega una también larga y angosta faja de malla de kiwi de color verdoso, sostenida por una armazón de palos estilo maestro chasquilla, más un enjambre de vallas de plástico. Los pasos peatonales cruzan de modo sinuoso sobre placas de asfalto de diferente altura, sorteando las rejas metálicas con que nuestros alcaldes han ido sembrando las veredas. La señalización es anárquica y es difícil distinguir los semáforos que valen de aquellos que no valen. Hay uno que otro carabinero en actitud más bien pasiva y uno que otro póster donde con letras muy chicas se nos aconseja ser prudentes.

El conjunto de la instalación es un resumen del tercermundismo urbano: funcionalmente no llega a mínimos (no pasaría ninguna norma de control de las que se aplican en Europa), y estéticamente es deprimente. Uno no puede creer que en un país de ingreso medio como Chile -tratándose de su capital y de su arteria más importante- se opere en condiciones tan degradadas. La Alameda se repavimenta en parte por su deterioro natural y además porque es una de las arterias principales del nuevo y moderno sistema de transportes Transantiago. Si es esta la modernidad que viene, habrá que prepararse.

Más allá de la peligrosidad de las obras, la miseria actual de la Alameda, aquella fealdad, debiera llamarnos a una reflexión. O’Higgins dibujó con su propia mano el croquis de su trazado, y hay estampas donde se aprecia la dignidad y la belleza que tuvo inicialmente. Antes de ser un río venenoso de gases y micros, previamente a ser enrejada, tuvo sus parques y jardines, sus estatuas, sus fuentes, y servía como zona de integración de diversos barrios y zonas de la ciudad.

La Alameda descascarada y humeante de hoy, socialmente degradada, arquitectónicamente confusa, especie de zanjón amarillento, tortura para el peatón y castigo para el automovilista, ha pasado a ser el símbolo de una ciudad cuyos habitantes no nos hemos molestado en reflexionar acerca de qué tipo de vida en común queremos.

La penosa existencia de los peatones santiaguinos forma parte de una política urbana. Pero no de una política abierta y cívicamente debatida, sino de una serie de acciones ciegas que se llevan a cabo de espaldas a las personas, y sin existir siquiera un sistema de administración que corresponda a la realidad. Los 34 alcaldes del Gran Santiago reinan cada cual en su feudo, y nadie se hace cargo del total. Lo que sí parece evidente es que en esta ciudad -lo sabemos todos- hay que tratar de no ser peatón.

Otra aventura: si alguien tiene la idea de cruzar a pie desde el Parque Forestal hasta Bellavista -un trayecto de dos cuadras por lo más elegante del centro histórico- deberá hacer algo parecido a un slalom urbano. Para empezar, frente a lo que fue antes la Embajada de los Estados Unidos, la calzada peatonal presenta una barrera compuesta de un árbol, dos postes, una señal y un jardincillo de cemento. Atravesamos el parque, y al llegar a las seis pistas de la Costanera será preciso cruzar hacia el oriente para encontrar otro paso peatonal, donde un armatoste de metal, tres postes, un árbol y dos señales se encargan de hacer difíciles las cosas. Paso débil, sin cebra, que obliga a esquivar a lo torero a los vehículos que emergen desde el puente doblando a gran velocidad. Si el peatón logra llegar al puente Purísima tendrá que cruzar nuevamente hacia el poniente. Las obras de Costanera Norte han dejado el área de la avenida Santa María en una situación confusa, ya que ahí mismo se abre una boca de acceso vehicular. Luego queda Bellavista. Para evitar a los vehículos que doblan desde Purísima al poniente es más prudente cruzar nuevamente la calzada…

Andar a pie no debiera ser una condena (mucha gente no tiene acceso a subirse a uno de los un millón y medio de autos que circulan por Santiago), sino una opción. La cultura peatonal -eso se ve en cualquier ciudad europea- suele ser más cívica, menos consumista, y sitúa a las personas en una dimensión cercana. Ir exclusivamente en auto, en cambio, no sólo nos convierte en productores de contaminación y de accidentes, sino que estimula nuestro lado salvaje: para un automovilista, los demás vehículos son básicamente un estorbo, o incluso una amenaza, y el modo natural de entenderse con ellos es a través del insulto gestual u oral, o ambos, dependiendo del caso.

Habitantes de una ciudad brutal, usuarios de una Alameda atroz, en manos de autoridades indiferentes, nuestras opciones son, o sobrevivir como peatones, o salvarnos de la indignidad en auto. Y en este caso, lo sabemos, aportamos cada cual nuestra cuota de degradación a un conjunto cada vez más confuso y desagradable. LND. Domingo 20 de febrero de 2005

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JARDINES DE MARIHUANA________________________ La planta en cuestión, que antes se llamaba cáñamo y servía para hacer cordeles y alpargatas, está siendo barrida de la faz de la tierra como consecuencia de la guerra contra las drogas. A lo largo de medio siglo, esta guerra ha causado más daño que las drogas propiamente tales.

Se impone en Santiago una nueva fórmula de huertos orgánicos en base a cannabis sativa. La iniciativa de una audaz anciana, propietaria de un jardín donde crecían 40 plantas de esta especie, ha pasado a ser noticia gracias al allanamiento practicado por las fuerzas de orden, respecto del cual hay que valorar la delación de unos amables vecinos. Además de la dama, fue detenida la empleada. Las empleadas suelen compartir casi siempre las desgracias de los patrones, aunque rara vez su fortuna. En tiempos de la dictadura era común, cuando se allanaba una casa, que se llevaran también, en caso de haberla, a la empleada; en fin, para sonsacar más datos, para darle color al operativo. En esta ocasión se la estaba considerando encubridora. La anciana alega que como sufre de reumatismo y osteoporosis necesitaba el cultivo.

La planta en cuestión, que antes se llamaba cáñamo y servía para hacer cordeles y alpargatas, está siendo barrida de la faz de la tierra como consecuencia de la guerra contra las drogas. A lo largo de medio siglo, esta guerra ha causado más daño que las drogas propiamente tales. Como en su tiempo sucedió con la ley seca que prohibía el whisky en los Estados Unidos, la guerra contra las drogas ha probado ser inútil para los fines que declara (erradicar el consumo de algunos psicotrópicos), y en cambio se ha revelado como una herramienta valiosa para generar mafias clandestinas, hacer crecer el gasto público, inducir a la corrupción policial, administrativa y judicial, saltarse la soberanía territorial de algunos Estados y, finalmente, abrir las puertas de lo privado al huracán público. Es decir, al lado del complejo aparato de producción y consumo de drogas se ha instalado otro dedicado a combatirlo y que, por esas extrañas leyes de la dialéctica, ha terminado atado a él más fuerte que la hiedra. Los controladores de droga se quedarían sin actividad, si no fuese por los traficantes; y las redes de traficantes, a su vez, se han acostumbrado a operar fuera de todo control.

En los seres humanos anida la contradicción. Nos ha gustado más a los chilenos, durante muchos años, la asquerosa farsa de las nulidades que el divorcio. Hemos penalizado la homosexualidad, sabiendo que se trata de una manera de ser. En un parecido registro, los gobiernos abusones encuentran delicioso patear a sus adversarios, pero se ofenden mucho si escuchan la palabra dictadura. La droga pulula por ahí, es verdad, pero no importa porque está prohibida.

En lugar de mirar hoy hacia los europeos -más sensatos- nos embelesamos con la política un poco ciega de los EE.UU. ¡El zar antidrogas! ¡El FBI en acción! El sistema produce grandes películas, aunque una calidad de vida más bien dudosa. Lo cierto es que ante la palabra droga, las madres de Chile se echan a temblar. El cannabis es una sustancia a la que se considera intrínsecamente perversa y, en especial, para la juventud. Pero el mal, que se sepa, está en las personas o en los usos, más que en las cosas. Lo dañino no es la electricidad, sino meter los dedos mojados en el enchufe. Lo malo es la obesidad mórbida producida por una ingestión ansiosa de hidratos de carbono, y no los tallarines, pobrecitos. Se electrocutan, engordan y se accidentan en auto los jóvenes, y no hemos escuchado a nadie proponer castigos para las empresas que lucran con el consumo de electricidad, de tallarines o de autos.

Pero en fin, la autoridad coincide con las madres de Chile en que la marihuana es mala en sí misma y para todos por igual, por lo que se ha propuesto erradicarla. Erradicar quiere decir arrancar de raíz, operación ya realizada por funcionarios de la brigada de estupefacientes con las plantas de la anciana, cuyo número superior a 40 induce a suponer que la dama, arrastrada por las leyes de la oferta y la demanda, por uno de los pilares de la sociedad -la compraventa-, tenía quizá el propósito de ofrecer su producto al mercado. Tal cosa la dejaría convertida en una traficante. Nuestra empresas pisqueras o vineras, que también ofrecen a la venta sustancias adictivas -de probada calidad, por cierto- y contribuyen a expandir por el mundo el mareo mental o la euforia nocturna, reciben ayudas oficiales. La anciana marihuanista, en cambio, arriesga ir a presidio.

El senador Nelson Ávila propuso poner a la marihuana en el listado de lo permitido junto a los productos etílicos, moción que obtuvo un solo voto, el suyo. Ávila, un precursor más que un líder, ha dicho que se considera a sí mismo un superladilla -son sus palabras-, una voz encargada de llevar el sentido común a un parlamento teñido de manchas binominales, lunares designados, vibriones lobbysteros y trenzas partidistas. El diputado Leal, con más prudencia, ha propuesto autorizar el uso médico de la planta.

La cosa médica disfruta de una amplia credibilidad en Chile. Por ejemplo, si alguien ha abusado de su cargo durante años, atropellando la vida y el patrimonio de los demás hasta rebasar cualquier límite imaginable, sólo tiene que mostrar un certificado de demencia. Ante ese papel, todos -jueces, carabineros, parlamentarios, periodistas- guardan respetuoso silencio. La enfermedad con licencia es una anormalidad bajo control, un limbo inexpugnable. Respecto de la marihuana, suponemos que sería un poco, como en el caso de los derechos humanos: habiendo justificativo médico, adelante entonces con los jardines de cáñamo, vamos comprando más tierra de hoja, mierda, y la empleada a regar las plantas se ha dicho. LND. Domingo 27 de febrero de 2005.

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HOMBRECITOS____________________ Lavín, un hombre de hazañas escasamente conocidas, ha declarado que “hay que ser bien hombrecito” para hablar como lo ha hecho Sergio Fernández. Es preciso discrepar de esta desviada apreciación. Asumir las responsabilidades políticas es, para un gobernante, lo mismo que significa para un consumidor pagar la cuenta de la luz después de haber contratado el servicio.

Hay una tesis según la cual los especímenes de género masculino llegan al mundo como un proyecto, en calidad de borrador: una de sus tareas vitales es la de hacerse hombres. De ahí que a los machitos les guste entrenarse, competir, explorar sus propias fuerzas y dar muestras de virilidad mediante el cumplimiento de hazañas épicas.

A Pinochet, a Leigh, al general Bonilla, a quienes se hicieron cargo de los destinos de Chile tras la confusa administración de Allende, se les reconoció en un primer instante esa condición: eran tipos recios, que no tenían problemas en poner la cara (con anteojos ahumados, eso sí) y conducir los destinos de la patria en régimen de internado o, mejor dicho, de campo de concentración nazi.

Ellos encarnaron, finalmente, la acción de una clase alta y media que se había resistido visceral y desesperadamente al allendismo. Esa clase acomodada o a punto de serlo cuya visión de la vida chocaba de modo frontal con el proyecto de la izquierda unida que al final fue bien vencida. Los juntistas o pinochetistas, o como quiera hoy llamárseles, fueron vistos entonces como salvadores: lo que salvaron no fue la democracia, tampoco la normalidad republicana, sino más bien un cierto modelo de orden autoritario, y más allá de que su salvamento haya sido desagradable para muchos, o repugnante para el mundo, es preciso reconocerles coraje. Contrariar el sentido común, subirse al carro de la insurrección militar, abrazar la causa de la represión y de una larga dictadura implicó para cada uno de ellos un salto sin vuelta atrás.

Las dictaduras, sin embargo, pese a generar claridades en aspectos gruesos de la vida pública, someten al tejido social a unas presiones corrosivas. El miedo, la disolución civil de la ley, la desgracia cercana, la indefensión de unos y la descontrolada capacidad de actuar a discreción de otros termina por envenenar las relaciones humanas. Se fue desgranando el choclo (para utilizar la poética expresión del general Mendoza) y del coraje se pasó a otra cosa. El grupo dirigente se depuró. La meta de los hombrecitos de la dictadura era instaurar un ambiente de amenaza permanente, y para lograr esta meta política no dudaron en salirse de las normas de la decencia e incurrir una y otra vez en el delito de Estado.

Hombrecitos sádicos, hombrecitos astutos, hombrecitos cómplices, hombrecitos que nunca tuvieron informaciones concretas de tortura alguna, porque jamás recibieron un papel con membrete de la Contraloría sobre el tema. Hombrecitos que no sabían que existían campos de concentración o que, sabiendo que existían, les daba lata visitarlos. Hombrecitos que nunca leyeron ni Le Monde, ni el Washington Post. Hombrecitos empequeñecidos en su valor, que no abrieron la boca y fueron retrocediendo en sus hazañas, hundiéndose en el fango, contaminados por el hollín asqueroso de la dictadura: eso fueron muchos de los que dirigieron al país de aquella manera bestial.

En los últimos años, y sobre todo a partir de la poco heroica actitud de Pinochet de jugar a las escondidas y a la payaya con la justicia, el retroceso épico ha sido aún mayor. Puede parecer muy de hombrecitos gobernar a punta de tanque y metralleta cuando no hay a nadie a quien responderle de lo hecho, y sobre todo si los periódicos son propiedad de amigos y los canales de televisión se esmeran en agradar a la autoridad. Otra cosa es cuando se hace preciso concurrir a los tribunales a dar cuenta de lo obrado.

Una autoridad pública, la que sea, asume responsabilidades al aceptar un cargo o al apoderarse de él por la fuerza. Estas responsabilidades pueden ser políticas, si se trata de asuntos de criterio, o penales, si en su actuación el funcionario termina por deslizarse hacia las espesas dunas del abuso institucionalizado. Sergio Fernández, ministro de Pinochet en los tiempos bravos, ha declarado que él asume sus responsabilidades políticas. ¡Faltaría más! ¿Cómo sería el escenario del mundo si los gobernantes declararan que ejercen el poder pero no asumen responsabilidad alguna? Evidentemente que don Sergio Fernández asume y debe asumir sus responsabilidades políticas y penales, por más que sea incómodo hacerlo.

Lavín, un hombre de hazañas escasamente conocidas, ha declarado que “hay que ser bien hombrecito” para hablar como lo ha hecho Sergio Fernández. Es preciso discrepar de esta desviada apreciación. Asumir las responsabilidades políticas es, para un gobernante, lo mismo que significa para un consumidor pagar la cuenta de la luz después de haber contratado el servicio: una obligación que no tiene nada que ver con la mayor o menor hombría.

Hay en esta triste historia como un olor a niños malcriados y a elites en ascenso rápido, un aroma de gente habituada al abuso y al doble estándar, al pasto bien regado, al suéter fino, a engañar la propia conciencia mediante papeles con o sin membrete, y a creerse realmente que ellos son muy cool o son muy hombres, porque se detienen una vez ante un semáforo o se presentan de candidatos a algún cargo que antes habían usurpado. Es quizá ese estilo de colegio particular o de clase media desesperadamente aspiracional lo que al final los hace ciegos. Por eso no logran ya distinguir estos hombrecitos nuestros lo justo de lo injusto, ni la política de la no política, ni la tortura de la no tortura, ni lo presentable de lo impresentable. LND. Domingo 6 de marzo de 2005

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COMUNISTAS_________________…Probablemente los comunistas hayan cumplido en parte importante su ciclo histórico, tras describir una amplia parábola de siglo y medio de luchas, conquistas, retrocesos y derrumbes. En nuestro país lo han hecho-más allá de cualquier discrepancia que pudiera tenerse con ellos- con enorme dignidad, con entereza, siempre en contacto con la gente humilde. Y nos dejan su legado de rebeldía contra el abuso…

Rodeada del afecto de los suyos, en un emocionante mar de banderas rojas, Gladys Marín nos ha dejado. Más allá del silencio y el respeto que la muerte nos imponen, cabe quizás una breve reflexión, desde luego apresurada, acerca de su legado.

No podría entenderse la vida republicana chilena del último siglo sin el Partido Comunista. Los comunistas han jugado un rol decisivo en el a veces traumático desarrollo de nuestra sociedad, y a menudo, casi siempre, les ha tocado desempeñar papeles conflictivos, con pocos premios y muchos castigos. También hoy tienen significación y sin embargo-como se advierte con agudeza en el editorial de un diario electrónico- el sistema constitucional chileno no los acoge. En efecto, hay una anomalía en el hecho de que los comunistas no estén presentes en nuestro Parlamento y sí lo están, en cambio, señores que no han sacado voto alguno.

Gladys Marín ha actuado durante todos estos años como una especie de influyente diputada o senadora sin escaño en el Congreso. La obsesión binominal de nuestro ordenamiento político supone un mundo infantil en blanco y negro, donde sólo hay espacio para dos, que por las traviesas matemáticas del sistema suelen quedar tras cada elección más o menos del mismo tamaño. No hay, en cambio, lugar para los grupos minoritarios. Pero los grupos minoritarios existen: el orden profundo de una sociedad resulta en gran medida de su justicia, de su equidad, de la capacidad del sistema de escuchar a todo el mundo y no sólo a unos pocos, los mismos de siempre.

El Partido Comunista de Chile tuvo su máxima influencia social y probablemente su mayor cantidad de votos en los años de Allende. Pudiera decirse que aquella marcha que iniciaron en 1912 en el norte tuvo quizá como objetivo principal llegar a esos años, conquistar el gobierno integrando la Unidad Popular. Si algo de orden hubo en tiempos de Allende ello se debió quizá a la actitud más bien moderada y eficiente del PC, que contrastó tantas veces con los brotes anárquicos, la palabrería descuidada y la gestión discutible de muchos de sus aliados en aquella aventura. Los comunistas eran fuertes en la clase obrera, entre los jóvenes e intelectuales y empezaban a abrirse camino en la clase media y en los campesinos. Su mensaje tenía, a la vez, la opacidad de un futuro soviético que nadie sabía bien en qué podía terminar, y la esperanza de sacudirse de encima a los abusadores.

¡El abuso! Chile ha sido muchas veces y en muchos sentidos un país en que ha sido fácil para unos pocos humillar a muchos. Y aunque le dijeran a uno que confiar en los comunistas era entregarse a la dictadura del proletariado, a regímenes totalitarios, y que a poco estar ellos en el poder vendrían los tanques rusos, lo cierto es que quienes así argumentaban eran precisamente los más abusones. También era cierto, y lo veíamos, que los comunistas eran -como Gladys Marín- gente honesta, de manos limpias, con ideales, y con una firme trayectoria de lucha contra la injusticia.

Pero el empeño de Allende terminó en tragedia. Los comunistas sufrieron de manera durísima la persecución física, psicológica, mediática, laboral y social por parte de la dictadura. La sola palabra “comunista” se convirtió en una sentencia, en un calificativo que podía dejar sin trabajo, sin saludo o sin vida a cualquiera.

Han pasado los años. Mientras los chilenos hemos avanzado de modo lento en nuestra infinita transición, el mundo se ha globalizado. Es otro hoy el territorio, y las formas clásicas de rebeldía ya no son lo que eran. En un planeta de redes, de flujos, de fragmentos combinables, no son ya demasiado significativas las asambleas, los sindicatos, las banderas, las tomas, las huelgas: ante cualquier barricada o grumo paralizante, las redes del capitalismo virtual se apartan automáticamente y buscan otros nodos, formas alternativas de conexión. Conceptos clásicos como la “unidad de los trabajadores” son hoy muy difíciles de precisar: casi todos somos hoy trabajadores y a la vez casi nadie lo es como antes. El capital, los recursos humanos, las empresas derivadas o externalizadas, los proyectos, las patentes industriales, las ciudades, se arremolinan y fluyen como si formaran parte de un solo líquido global

Con todo, pese a esta nueva configuración del mapa, los abusadores siguen existiendo. La injusticia institucionalizada, la inequidad, la soberbia y el desprecio de los más poderosos siguen entre nosotros. Nacen, por ello, otros modos de contestación, nuevas formas de defensa de la libertad, de la dignidad, del respeto a las personas y a sus derechos básicos.

Probablemente los comunistas hayan cumplido en parte importante su ciclo histórico, tras describir una amplia parábola de siglo y medio de luchas, conquistas, retrocesos y derrumbes. En nuestro país lo han hecho -más allá de cualquier discrepancia que pudiera tenerse con ellos- con enorme dignidad, con entereza, siempre en contacto con la gente humilde. Y nos dejan su legado de rebeldía contra el abuso.

La última gran batalla de Gladys Marín fue quizá la presentación en 1998 de la primera querella que nadie hasta el momento había osado presentar en contra de un Augusto Pinochet invulnerable. El juez Guzmán la admitió a trámite, y poco después, a requerimiento del juez Garzón, el susodicho fue detenido en Londres. Los chilenos y nuestra cansada transición hemos ido admitiendo, a partir de entonces, a veces a regañadientes, una verdad evidente: que todos los crímenes deben ser sancionados y que nadie está por encima de la ley. LND. Domingo 13 de marzo de 2005

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PODER OCULTO_______________________ Funcionan las instituciones locales, es cierto, pero cuando uno quiere saber algo de las tramas ocultas de poder que se mueven en Chile, hay que mirar a Buenos Aires, Washington, Madrid o Londres.

Trozos crudos de la verdad, fragmentos hasta ahora ocultos de nuestra vida pública nacional surgen aquí y allá, en otras partes del mundo. La policía argentina logra detener a Paul Shäfer en Buenos Aires, y gracias a eso se abre recién ahora la posibilidad de saber qué ha pasado exactamente en Villa Baviera. Pinochet, sus familiares cercanos y los gallardos militares de su séquito más fiel aparecen hundidos en una oscura y millonaria operación de lavado de dinero a partir de una investigación del congreso norteamericano. Y fueron el juez Garzón desde Madrid y Scotland Yard en Londres, no lo olvidemos, quienes posibilitaron la detención del pintoresco dictador en 1998.

Funcionan las instituciones locales, es cierto, pero cuando uno quiere saber algo de las tramas ocultas de poder que se mueven en Chile, hay que mirar a Buenos Aires, Washington, Madrid o Londres. Nuestros jueces y nuestra policía tienen, quizá, la mejor de las intenciones, pero les falta musculatura para entendérselas con el poder oculto. Son funcionarios entrenados en perseguir protestos de cheque, ladrones de videos o traficantes de pasta base, y dominan sin lugar a dudas la correcta aplicación de los procedimientos. Pero ni por el aspecto ni por sus resultados nos dan la sensación de que son capaces de poner claridad allí donde reinan las confusas tinieblas de quienes mandan de verdad en nuestro país.

“El problema del poder oculto siempre me ha atormentado”, señala Norberto Bobbio, y añade: el poder tiende a ocultarse; es tanto más poderoso cuanto menos se deja ver.

El poder es la capacidad de conseguir lo que uno quiere. Las riquezas son, pues, poder, y lo es también la sensación de que uno es poderoso, porque eso atrae a los más débiles. Para ser muy poderoso hay que ser temido, es preciso tener éxito, contar con muchos amigos y partidarios, tener elocuencia, buena figura, y en cambio de poco sirven las ciencias o los conocimientos intelectuales. El poder es un asunto animal.

Pero el poder no está necesariamente centralizado. Algún grado de poder, aunque sea modesto, necesitamos todos. De otro modo no lograríamos sobrevivir. Tenemos que ser capaces de conseguir al menos lo indispensable, y ojalá un poquito más. Por eso es que tratamos de tener riquezas, y éxito, y amigos y buena presencia, y eso nos obliga a afrontar el mundo con todo lo de sucio que éste tiene. Hay que visualizar a los enemigos, ganar aliados, negociar, suscribir pactos de ayuda mutua. Entramos, pues, en trenzas, en redes, y reconocemos parajes que son más nuestros que otros: está la red familiar, la del colegio, la del condominio, la del trabajo, la del credo político, la de la comunidad religiosa, la de la cofradía, y en todas suponemos y concedemos lealtades. Somos pues, cada uno de nosotros, casi inconscientemente, por necesidades de sobrevivencia, generadores de poder oculto. El antiguo mundo de las recomendaciones, de los datos, de los cuñados y primos, de la gente como uno, se hace indispensable para andar por la vida, y parte importante de ese capital personal no debe ser jamás declarado.

Hay, pues, una natural opacidad del poder, tal como hay también una natural opacidad de las relaciones sexuales o del dolor. Quizá aquella secretaria copula con ese abogado, pero lógicamente ellos no lo dicen, y el abogado a la vez mantiene confidencialmente otra relación con un junior casado. Otros sufren en silencio su neurosis o su enfermedad. Se entrecruzan oscuramente las tramas del poder, ocurren negocios ocultos, se hacen y se reciben favores, se intercambian miradas, no se declaran según qué parentescos o comisiones. Hay un sutil arte del silencio en muchos negocios humanos, porque ese silencio es el que posibilita el poderío.

El poder público, sin embargo, exige transparencia. Cada sociedad tiene una línea de flotación que separa lo decente de lo corrupto, y que obliga a hacer visibles según qué cosas. Leonardo Sciascia nos cuenta en sus relatos, una y otra vez, de una Sicilia donde todos lo saben todo pero nadie declara nada. El poder se deja sentir pero no identificar, y el abuso es aceptado como una condición meteorológica. Un poco más sicilianos de lo que ya éramos hemos quedado los chilenos desde la dictadura en adelante. Tuvimos que acostumbrarnos a tratar con unos gobernantes doberman, con unos amos económicos, militares, mediáticos, políticos y religiosos que, como los sicilianos de Sciascia, dejaban sentir su aliento pero no mostraban sus cuentas ni la lista de sus muertos, aunque todos aquí hemos sabido siempre todo.

Los ambientes sicilianos son magnéticos, pero a la vez fangosos. Es muy difícil evitar entrar en alguna red, sumarse a la trenza, adherirse al feo arbolito de pascua de un sistema corrupto. Hay que sobrevivir. Todos somos, pues, parte de ese líquido oscuro que fluye bajo tierra, fortaleciendo así a los grandes del poder oculto, a los que realmente construyen redes y trenzas más allá de toda decencia. Difícilmente va a haber entre nosotros un político, o un intelectual o un periodista capaz de poner luz en unas tinieblas que cobran un aspecto tan triste con la iluminación, y donde también, si se ilumina algo más allá, vamos a hacer ver nuestro propio hollín.

Quizá será preciso contentarse, por el momento, con esos trozos jugosos de transparencia que nos llegan del extranjero. Y con algunas declaraciones locales de pureza, que finalmente se diluirán en la nada porque no resistirán el ambiente tóxico donde nuestros pulmones éticos se han acostumbrado a respirar. LND. Domingo 20 de marzo de 2005

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BRUNNER _____________ Quizá haga falta guiar al mercado. Pero también necesitamos hoy guiar al sistema universitario, que se ve muy perdido. O guiar al gobierno, cuya tarea, paradójicamente, es la de guiarnos a nosotros.

Para un gobierno dubitativo y perezoso en el tema universitario, ha debido constituir sin duda un estímulo el contundente documento “Guiar el Mercado”, elaborado desde la Universidad Adolfo Ibáñez por José Joaquín Brunner y su equipo.

Es preciso señalar que el profesor Brunner es una de las escasas autoridades mundialmente reconocidas con que contamos los chilenos en el ámbito de la educación universitaria o de la -como prefiere precisar él mismo de modo más neutro- educación superior. Dicho esto, se hace necesario añadir lo evidente: las capacidades de Brunner no convierten su opinión en la única posible. Y sin embargo a ratos parece serlo. No es raro, en un contexto donde la autoridad se limita a ir a la rastra del turbio decreto que en 1980, con las firmas de Augusto Pinochet, Sergio Fernández y Mónica Madariaga, fijó normas sobre universidades. Y en un ambiente donde la masa crítica de las universidades públicas se ha parapetado en un discurso nostálgico y quejumbroso, con algunas pinceladas irónicas para burlarse del mercado o de la globalización: cosa muy popular entre académicos, pero de nula influencia en el diálogo social, mediático y político del cual estas instituciones, finalmente, dependen.

La lectura que el mencionado informe hace de la realidad prepara el camino para proponer una reforma universitaria. Hay que coincidir con el informe en que algún tipo de cambio habrá de venir. Nuestro armatoste universitario es hoy un pegote de residuos legales, capas geológicas, intereses privados y grupos corporativos que, además de funcionar mal, no cuenta con la debida legitimidad democrática. El club universitario global exige -si queremos pertenecer a él- ciertos rangos, y en algunos aspectos estamos no sólo fuera de ellos, sino al borde de la caricatura. Tenemos uno de los sistemas universitarios más privatizados del mundo, y nuestro esfuerzo estatal en universidades públicas es aproximadamente y en proporción la cuarta parte del que hacen los países de la OCDE, incluidos los Estados Unidos. Estamos viviendo una situación anómala.

Con toda sensatez, el informe de Brunner propugna la evaluación de los desempeños, un concepto ampliamente compartido hoy en el ambiente académico internacional. Es decir, hay que ponerle nota a los estudiantes, de acuerdo, pero también a los profesores y a las propias universidades. Y conforme a eso el Estado hará sus aportes.

No cabe duda de que algunas universidades privadas podrían sacar excelentes notas en el aseo de patios, o en la adquisición de algunas modernidades computacionales. Pero hay elementos pertenecientes al sentido último de la universidad en tanto institución que sólo quedan bien resguardados cuando observamos las tradiciones culturales de las universidades públicas. Es decir, para orientar sus recursos, el país debe saber qué nota se saca una determinada universidad en pluralismo, en libertad de cátedra, en participación estudiantil o académica, en generación de conocimiento, en equidad, en transparencia de gestión, en gobernabilidad, así como también en investigación, docencia, extensión y creación. Tener buena evaluación en estos asuntos es esencial para recibir el nombre de universidad.

Hay, efectivamente, universidades públicas y universidades privadas que trabajan de modo serio, y las hay que no tanto. Pululan además por el sistema otras organizaciones -institutos profesionales, plataformas de irradiación ideológica, empresas inmobiliarias, comunidades misioneras- que claramente no califican como universidades; pese a todo insisten en llamarse así, y se les permite hacerlo.

Conceptos clásicos como libertad de cátedra, pluralismo o democracia interna parecieran, sin embargo, no encontrar demasiada adherencia en la -se nos perdone la expresión- melamina conceptual de “Guiar el Mercado”. La asepsia sociológica puede ser una virtud, pero en este caso concreto no lo es. El informe observa la realidad de una manera tan neutra y tan sin grasa que en su dibujo no logramos ya distinguir lo cercano de lo lejano, ni lo propio de lo ajeno. No está de más saber qué ocurre en lugares exóticos como Malasia, Finlandia o Israel, ni tampoco es ocioso observar los últimos 25 años, en que se ha desplegado el ardid universitario ideado por la dictadura. Pero, tratándose de nuestro país, es imposible entender el panorama si no observamos, por ejemplo, el comportamiento de la Universidad de Chile o, lo que resulta más brutal, la actitud de los gobiernos de las últimas décadas en relación con la institución que ha sido la madre histórica y fundacional del sistema.

Del mismo modo, es probable que nuestros referentes, más que en los lugares observados, estén en aquellos otros -España, Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, Francia- que sí nos han servido de modelo. En suma, echamos de menos en el informe algo que podría llamarse espesor cultural, densidad histórica, sentido local… esa suma de valores o de lenguajes que hacen de nosotros, los que aquí vivimos, un país.

Pese a estas reservas, hay que agradecer tanto al profesor Brunner como a la Universidad Adolfo Ibáñez estar impulsando este debate (el informe completo se puede ver en http://www.uai.cl), y hacerlo de un modo profesional. Se hace preciso pedir a otros actores -académicos de universidades públicas, políticos, autoridades- que se sumen y aporten sus puntos de vista. Quizá haga falta guiar al mercado. Pero también necesitamos hoy guiar al sistema universitario, que se ve muy perdido. O guiar al gobierno, cuya tarea, paradójicamente, es la de guiarnos a nosotros. LND. Domingo 27 de marzo de 2005

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LAGOS DESPUÉS DE LAGOS_____________ Por qué no va a dar el hombre su opinión. Tiene pleno derecho. Que le haga caso quien quiera. Nadie sabe en qué principios se funda la pretensión de que el Presidente no debe hablar sobre una elección que va a venir. Muy presidentes serán los presidentes, pero son ante todo ciudadanos, y como tales disfrutan de los mismos deberes y de los mismos derechos que los demás, incluyendo la libertad de expresión.

Habrá, sin duda, un Chile después de Lagos: un país funcionando sin este macropresidente cuya seguridad en sí mismo parece fuera de lo común, con opinión para todo, y que hacia el final de su período ha conseguido, al revés que casi todos los gobernantes, aumentar en lugar de disminuir sus índices de aprobación. Después de los gobiernos tímidos de Aylwin y de Frei, a muchos chilenos les costaba congeniar con la asertividad laguística. Pero poco a poco, remontando la cuesta, aplicadamente, con la perseverancia que otorga el actuar por convicción más que por cálculo, Lagos ha ido ganando el respeto de quienes lo veían como un político más o como un oscuro peligro socialista.

Lagos proviene de un mundo que hoy es unánimemente despreciado o mirado con lástima: el mundo de los intelectuales. Demasiada inteligencia-sostienen algunos- no puede ser buena ni para los negocios ni para disfrutar de la vida… y es más prudente desconfiar de los que piensan demasiado. Los inteligentes le dan excesiva vuelta a las cosas y no se llevan bien con el mundo real, su autonomía los lleva a tener dificultades para constituir redes, para asociarse… Muchos prefieren ver en el sillón presidencial a un alma simple. Desde Frei padre que no tenía el país un Mandatario capaz no sólo de lidiar con los asuntos públicos cotidianos, sino preparado además para transmitir seguridad respecto al futuro y a la marcha global del mundo.

Frei padre siguió ejerciendo su liderazgo después de entregarle la banda presidencial a Allende. Más aún, ejerció un rol clave en el traumático período de aquel traspaso del poder, que incluyó, entre otras cosas, el asesinato del general Schneider a manos de la ultraderecha. Pero los tiempos son ahora algo diferentes. El gobierno de Frei padre fue una transición o un intervalo hacia el conflicto desatado, lo que no se ve hoy como amenaza.

Hubo, pues, en los setenta, un Frei después de Frei. Y probablemente habrá en nuestros días un Lagos después de Lagos; es decir, una presencia política de quien fue Presidente y que, lejos de recluirse, se convierte en un factor decisivo en la vida nacional.

Es lógico pensar que, mientras el país se prepara para vivir sin Lagos, el propio Lagos se está preparando también para vivir un período donde ya no tenga la posibilidad de hablar de “el Presidente” al referirse a sí mismo. Ya no será Superlagos. Será un ex Presidente. Y cabe suponer, por cierto, que si sus proyectos son razonables tendrá muchas posibilidades de llevarlos a cabo.

Manuel Montt, tras dos períodos, se quedó presidiendo la Corte Suprema, lo que no es poco. Alessandri regresó a la vida política, ya muy mayor, como asesor decorativo de la dictadura. Pinochet le pasó a Aylwin la banda presidencial y las llaves de La Moneda, pero no -¡grrrmpf!- el mando del Ejército ni de los servicios de seguridad ni numerosas otras cosas que habitualmente se traspasan en un cambio de mando. Así, cada vez que Aylwin se reunía con un periodista extranjero se pasaba la mitad de la entrevista tratando de demostrar que él mandaba. En España, y pese a su notable acción de reforma y modernización del país, Felipe González salió malparado del gobierno, y ha arrastrado su pena en roles menores, entre los cuales se cuentan algunos viajes a Iquique. Valery Giscard d’Estaing ha desempeñado roles de cierta relevancia en el gobierno europeo, y parecida senda han seguido otros políticos de aquellas tierras. La señora Thatcher quedó marginada del poder por su propia gente: había llevado demasiado lejos las ideas neoliberales, las mismas que florecieron aquí en Chile mientras zumbaban los helicópteros bajo el interminable toque de queda. En su retiro londinense, la dama disfrutó, entre otras cosas, de la amistad de doña Lucía Hiriart.

¿Qué hará Lagos con Lagos después de Lagos?Por el momento se va mordiendo los labios para no participar en el debate electoral, aunque de gustarle le gusta, y de repente se le sale algo que provoca quizá más alarma o más amurramientos de lo que debería. Total, por qué no va a dar el hombre su opinión. Tiene pleno derecho. Que le haga caso quien quiera. Nadie sabe en qué principios se funda la pretensión de que el Presidente no debe hablar sobre una elección que va a venir. Muy presidentes serán los presidentes, pero son ante todo ciudadanos, y como tales, mientras sea Chile un país libre, disfrutan de los mismos deberes y de los mismos derechos que los demás, incluyendo la libertad de expresión.

Cuando llegue el día en que el Presidente ya no sea Lagos y Lagos no sea ya el Presidente, los escenarios posibles son diversos, y podemos hoy hacer el ejercicio de imaginarlos: Lagos se retira a Caleu y se dedica al repujado en cobre… Inspirado por los desafíos globales y tras maratónicas rondas de telefonazos del más alto nivel mundial, Lagos se convierte en Secretario General de Naciones Unidas… Siempre preocupado del acontecer nacional, Lagos pasa a buscar cada mañana en su auto a la Presidenta para llevarla a La Moneda, y ella va anotando en un cuaderno sus tareas… Animado por sus éxitos de gobernante, se presenta a candidato en sucesivas elecciones de senador, diputado y concejal, perdiéndolas todas por culpa del sistema binominal… O bien, apartado de la minucia diaria, se dedica a escribir sus memorias, las cuales resultan extraordinariamente sabrosas y, prologadas por Totó Romero, se convierten en un best-seller regional. LND, Domingo 3 de abril de 2005.

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LA CRUZADA ANTITABACO DE LOS NERDS_____________Lobotomizados por esta oleada de puritanismo, los bacanes, los ex reyes de la pista, las que fueron un día barbies fatales, los promiscuos, los noctámbulos, los poetas malditos, se baten en retirada. Ya no es divertido ni seguro fumar, ni comer papas fritas, ni tomar cerveza, ni salir con los amigos. Mejor quedarse haciendo un triste zapping casero. Evitaremos quizá la muerte por enfisema, pero moriremos de hastío o de soledad.…

En cierto momento de la adolescencia, algunos de los chiquillos o chiquillas que estaban cambiando de aspecto aparecían con un cigarrillo en la mano. Ese tabaco de uniforme escolar formaba parte de una estrategia de identidad y de seducción, era un pasaporte para ingresar a los ritos nocturnos de la seducción, del encuentro, de la vida social adulta. Se intercambiaban cigarros a la vuelta de la esquina, se fumaba a escondidas. Los que fumaban empezaban casi siempre también a pololear, esto es, a conocer la tibia forma de la carne corporal ajena, y se les consideraba bacanes, eran totales, porque habían logrado instalarse en el glamour o en la belleza y de sus bocas brotaban azules columnas de humo. Los nerds, entretanto, pálidos y huérfanos del salvaje ritmo corporal que es preciso tener para participar de la guerra sexual, seguían haciendo sus tareas o contándose las espinillas ante el espejo. Los mateos, los no sexuados, los no fumadores, los que no iban a fiestas, los que se acostaban temprano, quedaban cruelmente sumidos en la nada, en el abandono, en ese desierto vacío de la inutilidad orgánica.

Años después, ahora mismo, viene la revancha. Los nerds han estudiado mucho y se han convertido en médicos o en senadores. Poco se han divertido durante las noches de su vida, escasamente han salido a fiestas, han sido reacios al placer y al desorden. Su espacio natural es una oficina con aire acondicionado, o una unidad de cuidados intensivo en un buen hospital, quizá una buena farmacia. El mundo, a sus ojos, aparece como una oficina, y la vida como una enfermedad de diagnóstico incierto. Las cifras demuestran irrefutablemente que el placer es malo. El sexo da sida, el tabaco cáncer de pulmón, la marihuana produce adicción y el alcohol revienta el hígado.

Es verdad que después de decenios de aspirar aquellos humos placenteros y malsanos, muchos de los fumadores ya no tienen el aspecto glamoroso de sus dieciséis o dieciocho años. Se les ve con el pulmón encogido, mucha tos al levantarse, dificultades para respirar, y lo que fue un día disfrute se ha convertido en un hábito que desearían dejar. Pero no pueden, porque están enviciados. Tienen un vago complejo de culpa. Y además están los niños, a los que les contaminan el aire. Las doctoras y doctores de la cruzada antitabaco, ex nerds, están radiantes: por fin han logrado agarrar y humillar a quienes tanto los han hecho sufrir. Y es que los fumadores no sólo le han quitado a los no fumadores la pureza del aire. También les han arrebatado a las presas sexuales más apetecidas, se han quedado con más placer, con más paseos, con más asados, con más amigos, con más noches que ellos. Se han quedado con la mejor parte de la vida. Pues bien, se terminó la fiesta. Basta de andar fumando por ahí, echando al aire esos humos criminales. En el fondo de los ojillos prohibicionistas brilla ese fulgor pálido de los envidiosos, de los liquidadores de onda. No están solos. Hay otros cruzados que se han propuesto dificultarles las cosas a las botillerías, modificar los horarios, endurecer los controles, subir las penas y castigos a los borrachos. Los cultivos privados de marihuana también están siendo erradicados por una unidad de espías de jardines,

y cuidado con andar un profesor o un funcionario consumiendo sustancias psicotrópicas, porque lo que para los chilenos no es un delito, para estos profesionales específicos (que al parecer son chilenos de tipo B) sí lo es. Las actividades sexuales que no sean las de marido y mujer son monitoreadas en todo momento por las cámaras ocultas de los noticiarios de televisión, ya que se trata de asuntos de interés periodístico.

Los nerds, las batas blancas y las viejas amargadas están ganando ampliamente la batalla. Retrocede el glamour, mezclado con la enfermedad y con el delito. Se esconde el placer, avergonzado de sí mismo. Y así, mientras se multiplican las restricciones para los locales públicos, florecen en todas las esquinas las farmacias. El estado médico transforma el cuerpo individual de cada ciudadano en territorio público, impone exámenes de salud obligatorios, condena hábitos y prescribe una dieta ordenada: nada de alcohol ni tabaco, acostarse temprano, evitar las emociones fuertes y alejarse de los riesgos.

Prohibir el placer ajeno es un viejo deporte de una parte de la humanidad. Hay quien no logra disfrutar de la vida, y logra finalmente su disfrute frustrando a los demás.

Lobotomizados por esta oleada de puritanismo, los bacanes, los ex reyes de la pista, las que fueron un día barbies fatales, los promiscuos, los noctámbulos, los poetas malditos, se baten en retirada. Ya no es divertido ni seguro fumar, ni comer papas fritas, ni tomar cerveza, ni salir con los amigos. Mejor es quedarse haciendo un triste zapping casero. Evitaremos quizá la muerte por enfisema, pero moriremos de hastío o de soledad, y nos dará quizás un cáncer depresivo que no aparecerá en las cifras del tabaco ni en las de alcohol. A medida que vayan bajando en el país los guarismos del placer y de la alegría, los pálidos ministros de bata blanca, ex nerds y hoy funcionarios poderosos, sonreirán fríamente con sus labios finos, y observarán su obra: un país parecido a un hospital donde los horarios se cumplen, cada ciudadano tiene su ficha médica al día y todos hacemos dieta sana. LND. Domingo 17 de abril de 2005.

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SONREÍR, SALTAR, GOBERNAR_____________________________El candidato moderno no es de izquierda, tampoco es de derecha, para nada es de centro, y está a la vez a favor y en contra del mercado, a favor y en contra de la globalización, a favor y en contra de las libertades sexuales individuales, a favor y en contra de subir o de bajar los impuestos, un poco a favor y un poco en contra de todo y de nada.

¿Políticos tradicionales? No, gracias. Lo que se lleva es un nuevo estilo. Y el nuevo estilo obliga a las candidatas o candidatos a bailar un tango o ponerse una peluca o hacer cabriolas en un set de televisión; a encajar chistes gruesos, o a reírse de las impertinencias que les propinan unos animadores que quizá qué células muertas de cultura política cobijan en sus cerebros. Si el político no tradicional se tropieza en el set, el rating sube, y si por descuido lleva un calcetín o una media de cada color, mejor aún para el show. Lo que cuenta es la lozanía del personaje, su integridad sicomotora, la diversión, el contraste, la velocidad de reflejos, eso que se llama espontaneidad o transparencia o manera de estar. Los rudos animadores se sienten con derecho a acorralar hasta la humillación al político o a la política de nuevo estilo, mientras el público del set aplaude con ritmo cansino y la teleaudiencia devora las sobras.

Y vemos a estos nuevos especímenes de la política reconvertidos en carne de farándula, saltando como pajaritos, tratando de caer bien, buscando esa oportunidad de conectarse a la señora de pueblo o a aquel jubilado o a ese esquivo segmento juvenil que observan atontados la pantalla mientras hacen alguna otra cosa.

Los políticos tradicionales -en otro tiempo- solían defender alguna idea, o representaban a grupos concretos, como los mineros, los empresarios o los católicos. Hoy las ideas, como tal, están a la baja. Disminuyen la fluidez del producto, confunden al electorado. Por lo demás, en un minuto y medio, que es lo que suele durar una intervención mediática, no se puede colocar ni siquiera un trozo de idea, de tal manera que es preferible optar por algún juego de palabras o un aleteo de manos, siempre en un clima sonriente y coloquial. Y aunque se tuviese una idea que defender, y hubiera tiempo, la política moderna prefiere no defender mucho nada, porque de ahí se pasa pronto al ataque, a la áspera zona de las confrontaciones, y eso choca a nuestros sensibles telespectadores o consumidores o comoquiera que se llamen estos seres -nosotros- a los cuales los políticos dedican sus esfuerzos. En cuanto a representar a algún grupo, la sociología moderna nos informa que con la globalización y el fin de la guerra fría los temas se hacen transversales, y ya no existen ni órdenes de partido ni comités centrales ni culturas cerradas. Sólo hay encuestas, y para ser bien evaluado en ellas es preciso mantener una conformación nebulosa, más cercana al vapor que a los cuerpos sólidos. Abstenerse en lo posible de mostrar aristas, porque la gracia de un político no tradicional es que voten por él los que no deberían hacerlo; a eso se le llama tener un bajo índice de rechazo. El candidato moderno no es de izquierda, tampoco es de derecha, para nada es de centro, y está a la vez a favor y en contra del mercado, a favor y en contra de la globalización, a favor y en contra de las libertades sexuales individuales, a favor y en contra de subir o de bajar los impuestos, un poco a favor y un poco en contra de todo y de nada.

Esta fabulosa contextura de los políticos no tradicionales se basa en la a su vez notable condición de los ciudadanos de hoy, que somos también, al parecer, ciudadanos no tradicionales. Mientras los ciudadanos tradicionales -esto es, los de Atenas o los de la Roma republicana, o los de las ciudades libres renacentistas- estaban educados para sostener un punto de vista y defenderlo en la asamblea, o incluso para ir a la guerra, los ciudadanos de hoy prefieren evitar cualquier cosa que se asemeje a una asamblea. Si antes estaba bien visto manifestar la propia opinión, lo cool es actualmente limitar la opinión a asuntos como el modelo de microondas o el tipo de yogur para la colación, que -oiga, no se crean- son decisiones que también requieren su cuota de sabiduría.

El ciudadano moderno se considera a sí mismo una especie de cliente, y exige ser bien atendido. Y el drama, como apunta con agudeza John Ralston Saul, es que los ciudadanos no somos los clientes de los servicios estatales, sino sus dueños. Somos (aunque no lo creamos) los dueños del sistema de salud, los propietarios de las universidades públicas, los amos soberanos de la Contraloría, del Servicio de Impuestos Internos y de los tres poderes del Estado. Actuamos, sin embargo, como si todo aquello no fuera nuestro, como si lo colectivo no nos correspondiera. Hemos optado por ser, más bien, beneficiarios o espectadores desganados del sistema, un poco impacientes, y desde luego desinformados, porque sólo los torpes pierden tiempo tratando de entender cómo se fragua una ley o por qué se degrada o se destruye un antiguo barrio de la ciudad.

La idea es que no se nos moleste y que, entretanto, “alguien” se ocupe del esmog, del orden público, de la justicia, de la educación, de traer energía barata, de defender los productos chilenos en Asia o en Europa, o de negociar en los foros internacionales. Se encargará de tales menesteres -por lo que vamos viendo- quien mejor baile la conga con una peluca rosada en el plató de la señorita Kreutzberger, aquel o aquella que, en un estilo político no tradicional, logre exhibirse de modo más nebuloso, más sonriente, más transparente, más inofensivo, más cercano a la nada. LND. Domingo 24 de abril de 2005.

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TRÁFICO DE IDEAS_________________________ la ley chilena no le prohíbe al ciudadano común el consumo de marihuana. Pero si para ser legales no podemos comprar, ni plantar, ni portar, ni guardar, ni manipular marihuana, no se sabe de qué milagrosa manera podría un humano desprovisto de superpoderes llegar a consumir una sustancia de tal manera dificultada en su ser.

Hay unos muchachos que -dicen- han decidido editar en Chile una revista denominada “Cáñamo”. Su propósito declarado es propiciar un debate acerca de la marihuana. Tienen ya impreso su primer número, en portada de color amarillo, y creen contar también con los eventuales compradores. Pero para ello deben llegar a los quioscos y se da el caso de que no encuentran a ninguna empresa dispuesta a distribuir la revista. O sea, que a las empresas les da como cosa que los pillen trayendo y llevando paquetes de un impreso donde se trafica con ideas acerca de la marihuana. No vaya a ocurrir -pensarán- que se les llegue a tachar de narcotraficantes o de colaboracionistas con el mal.

Tal prudencia tiene sustento. En la Argentina, en medio de un recital, el genial Andrés Calamaro dijo por los micrófonos que para celebrar el brillo y el efluvio del evento se iría a fumar unos pitos cuando terminara. Pues bien, enfrentó un largo juicio por apología de sustancias ilegales del que acaba de ser absuelto.

En ambos casos -el de la revista sin distribuidores y en el del músico comentarista- no se trata ya de consumir una sustancia o de traficar con ella: estamos ante la dificultad de la sociedad de aceptar que alguien se refiera al tema de una manera que no es la oficial. Se nos está impidiendo el libre tráfico de ideas.

No es favorable a la marihuana, por cierto, el severísimo ambiente legal de nuestro país. Como hemos visto, la ley recientemente aprobada sobre estos asuntos prohíbe el cultivo privado de cáñamo en el propio jardín. La infracción supone penas de presidio mayor. También está prohibido cualquier tipo de elaboración, casera o no, a partir de las hojas, tallos, estambres y pistilos de la infortunada planta. Por ejemplo, está prohibido hornear galletitas a la marihuana. También está prohibida la infusión de marihuana. Y, desde luego, preparar cigarrillos con el propósito de encenderlos por un extremo e inhalar el humo por el otro. Pero no sólo eso: también está prohibido transportar cualquiera de estos inventos. Y se prohíbe, por supuesto, la distribución. Adicionalmente, está penado traficar con las sustancias que puedan servir para la plantación o para preparar las galletitas, por ejemplo semillas, tal vez abonos. La marihuana, suponiendo que la hayamos encontrado por ahí o alguien nos la regale, tampoco podemos guardarla porque es delito. Además, es delito arrendarle una casa a alguien que se dedique a estas curiosas plantaciones. Parece estar claro que a nuestros senadores y diputados no sólo no les gusta la marihuana, sino que además tampoco les gusta que a alguno de nosotros le llegue a gustar.

Con todo, la ley chilena no le prohíbe al ciudadano común el consumo de marihuana. Pero si para ser legales no podemos comprar, ni plantar, ni portar, ni guardar, ni manipular marihuana, no se sabe de qué milagrosa manera podría un humano desprovisto de superpoderes llegar a consumir una sustancia de tal manera dificultada en su ser. No se prohíbe el consumo, es verdad, pero se le hace inviable. Se trata, en el fondo, de un derecho (el de ingerir cada cual lo que le parezca) que está siendo asfixiado, que se nos birla.

Quizá algo parecido ocurre con las ideas acerca de la marihuana: no se pueden prohibir en una democracia, porque son ideas, y las ideas-malas o buenas, aceptables o inaceptables- están allí, pertenecen a las personas, y cada cual tiene derecho a expresarlas o a traficar con ellas por mucho que al vecino no le gusten. Lo dice muy claramente Fernando Savater: no todas las ideas son respetables. Las personas son respetables, pero las hay que tienen ideas francamente repugnantes. Como por ejemplo que a veces les es necesario a los gobiernos torturar al prójimo, formulación que ha sido expresada con transparente mirada por uno de nuestros senadores. Con todo, hemos de aceptar que cada quien tiene derecho a opinar las tonterías o sagacidades que estime conveniente sobre la marihuana, sobre la democracia, sobre la tortura o sobre el origen del mundo. De la libre y por cierto riesgosa circulación de las ideas se alimenta la civilización.

Pero los portadores o traficantes de ideas no mayoritarias parecen topar hoy con serios problemas mediáticos y empresariales. A menudo, el ambiente respira pesadamente y conspira con astucia para que al final ciertos argumentos no vean la luz. Hay miedo a la marihuana, es verdad. Hay miedo al tráfico de sustancias. Hay miedo, también, a las ideas, y mucho miedo al tráfico de datos. Está operando en el país un brumoso vacío hacia quienes se dediquen a propagar que la marihuana no es dañina, o que su comercio debiera ser tan libre como el de los autos, los punzones, el colesterol, el alcohol, el azúcar y otras cosas perjudiciales.

Hace unos pocos años había en Chile pocas empresas dispuestas a colaborar con los traficantes de elecciones democráticas, o con personas u organizaciones sospechosamente opuestas a la tortura. La idea de que la dictadura no era algo bueno resultaba inquietante, y al parecer el mercado le daba la espalda a ese modo de pensar. Hacia el pasado, a lo largo de la historia y desde que la sociedad es tal, los humanos han traficado -a veces con riesgo de sus vidas- con ideas absurdas o con ideas sensatas que parecían absurdas.

El país ha prohibido democráticamente el tráfico de marihuana, y por el momento a eso debemos atenernos. Pero si nos ponemos a impedir el tráfico de ideas vamos a ser más pobres, más débiles y menos humanos. LND. Domingo 8 de mayo de 2005

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COMANDOS__________________________________________________comedia en tres actos

PRIMER ACTO. Entran LAVÍN y LARROULET al inmueble del comando lavinista. Se les ve algo cansados. Ambos visten pantalón azul y camisa amarilla y levantan un pulgar en señal de que todo está OK. Lamentable: no hay cámaras de televisión ni fotógrafos.

LAVÍN: -¿Y los samuráis?

LARROULET: -Dos están con gripe, hay seis o siete de viaje por el mundo, y aquí están llegando unos e-mails…

LAVÍN: -Me gustaría hablar con la señora Juanita, ahora que ya no soy de Pinochet. De pronto, de modo muy sincero, he pensado bien las cosas. Me siento como torturado… estafado… pasado a llevar…

LARROULET: -La señora Juanita no ha venido, pero en cambio hay aquí una delegación de oficiales en retiro de la agupación “ARDE MI PATRIA”. Están muy tensos. Quieren entregarte una carta-corvo.

LAVÍN: -No me gusta la violencia. ¿Los empresarios dónde se han ido?

LARROULET: -Se los llevó Insulza a ver su nueva casa en Washington. Tú sabes lo arribistas que son. Aman el éxito.

LAVÍN: -¿Y Longueira?

LARROULET: -Dice que tampoco puede venir porque está dedicado a hacer política en serio. Sin farándula.

LAVÍN: -Yo, de todo corazón, apuesto por el cambio. Descubrí que en Chile hay una enorme desigualdad. Realmente siento vergüenza.

LARROULET: -¿Y dónde descubriste esa vergüenza?

LAVÍN: -En CasaPiedra.

LARROULET: -Lo que necesitamos es un nuevo eslogan para la campaña. Podemos hacer un focus group. Como en la Municipalidad de Santiago.

LAVÍN: -¿En la qué?

LARROULET: -Municipalidad de Santiago.

LAVÍN -¿Y eso qué era?

LARROULET: -Esa cosa picante y llena de perros vagos donde te dio de repente por ir. La madre de todas las batallas.

LAVÍN: -¡La madre de todas las batallas! Ahora me acuerdo. Era bonito el balcón. En las fotos de “El Mercurio” salíamos regios. ¿No han llamado los de “El Mercurio”?

LARROULET: -Mandaron una factura.

LAVÍN: -¡El mercado es tan cruel!

SEGUNDO ACTO. En el Comando de MICHELLE hay buen ambiente, olor a empanadas y vino tinto y música de Silvio Rodríguez. Dos jóvenes azafatas de “Expansiva” están rociando el ambiente con un poderoso aerosol macroeconómico de fragancia Calvin Klein.

ASESOR 1 (desde detrás de una cámara): -Michelle, tienes que decirlo de corrido.

MICHELLE: -Es que me da risa.

ASESOR 2: -A ver. Repitamos la toma. Luz. Cámara. Sonido. ¡Acción!

MICHELLE: -Los índices de fluctuación macroeconómija, ja, ja, ja… Los siento, no puedo… ji, ji., ji…

ASESOR 3 (que es sobrino del ASESOR 1): -A lo mejor podríamos hacer un contrapicado con una voz en off mientras ella, en cámara lenta, va saludando a su mamá, a sus hijas, a la señora Juanita…

SEÑORA JUANITA: -Usted es fabulosa, señorita Michelle.

MICHELLE (abrazando espontáneamente y con una mirada transparente a la señora Juanita): -Yo prefiero siempre el toque personal.

ASESORA (que es ex pareja del ASESOR 1 pero se llevan bien): -Pensar que esta Juanita era de las JAP en tiempos de Allende, después trabajó para doña Lucía con las damas de negro, con Aylwin volvió al trabajo parroquial, en tiempos de Frei se hizo apolítica. Ahora está indignada con los Hiriart.

OMINAMI: -Hay que tener siempre muchas señoras Juanitas a mano.

SOLARI: -Las suficientes.

SEÑORA JUANITA: -Mire, señorita Michelle, lo que están murmurando de una.

MICHELLE (abrazando espontáneamente a la señora Juanita, a dos asesores y a un joven que había venido a entregar unas pizzas): -No te preocupes, Juanita.

ASESOR 2: -¡Perfecto! ¿Podríamos repetir el abrazo para otra toma?

SEÑORA JUANITA: -Espere, que me voy a poner el rouge.

ASESOR 1: -¿Y el Programa de Gobierno ha avanzado algo?

SOLARI: -El Programa de Gobierno es la señora Juanita, cabro. Se fue a poner el rouge.

TERCER ACTO. En la sala parroquial del comando de Soledad Alvear comentan sus impresiones varios de sus adjuntos. Ella va vestida en amarillo selva. Dos maquilladores se esfuerzan por espesarle las cejas.

SOLEDAD: -Lo más desagradable fue lo del torpedo. Y además yo la vi que andaba fumando en el baño.

COLORÍN ZALDÍVAR: -Además de matea, acusete.

SOLEDAD: -Es que a mí me gustan las cosas bien derechitas.

GUTENBERG: -Es verdad.

MAQUILLADOR: -Ya no sé qué hacer. A ver: levante la barbilla; esconda esa oreja; tuerza el labio para el otro lado.

SOLEDAD (dificultosa, rígida, estoica): -¿Así?

MAQUILLADOR (sin ánimos): – Está bien, está bien… descanse.

SOLEDAD (meditabunda): -No sé descansar.

TRIVELLI (en tenida de tenis y con un gorro de juglar):

-Estamos arrasando, Soledad.

SOLEDAD: -Además, yo sé superbién dónde queda China. Capital: Pekín. Población: mil quinientos millones.

FIGUEROA: -Es tan aplicada la niñita.

COLORÍN ZALDÍVAR: -Le falta maldad, digo yo. Fuego en la tripa, esa cosa ambiciosa que tenemos tanto en la casa. Es indispensable para conseguir el poder.

SOLEDAD: -Yo sólo quiero cooperar y colaborar. Soy de clase media.

TRIVELLI: -¡Venceremos!

COLORÍN ZALDÍVAR: -¡Negociaremos!

TRIVELLI: -Cuando contestes, Sole, tienes que pensar no en el profesor, sino en la señora Juanita.

SOLEDAD: -¿Y quién es la señora Juanita?

LND Domingo 15 de mayo de 2005

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EL DESHIELO ___________________________ Bachelet quedará evidentemente descolocada ante un político talentoso, al que el país podría llegar a visualizar como el heredero del estilo solvente y firme de Lagos. La izquierda, por su parte, no contará ya con el plus de ser la alternativa a una derecha atroz. Y vaya uno a saber en qué ultraderecha imposible podrían llegar a quedar situados los jovinos, cardemiles y longueiras de la patria, arrastrados por la marea del deshielo.

Razón tiene el martirizado Allamand, estratego de tantas derrotas, cuando describe a Piñera como un misil. En efecto, el magnate irrumpe una vez más en el escenario político nacional, aunque esta vez con aires de insurrección. El misil persigue un blanco múltiple: verse a sí mismo ceñido con la banda presidencial es uno de los objetivos; otro es echar a andar de nuevo su locomotora (o plataforma misilera) para estar con gente. La soledad de los millonarios, aunque dorada, es muy dura. También está el ajuste de cuentas con quienes, desde su propio sector, lo han combatido usando métodos infames. Pero hay quizá una finalidad última o previa a las anteriores: se trata de desmontar el sistema binominal, de liquidar a la derecha postpinochetista y con ello, de pasada, desorganizar a la Concertación tal como la vemos hoy, completando desde la oposición el diseño que Lagos dejó inconcluso: el retorno de Chile a su cultura republicana tradicional. Alguien tiene que ayudar a morir a la derecha para que nazca de nuevo. Una derecha, la chilena, hoy frigorizada, ordenada como un colegio, donde se hizo costumbre no discutir, leer los mismos diarios, mentir al unísono, compartir hipocresías y aburrirse juntos para siempre. Cultura malsana que se ha extendido de un modo u otro a todo el sistema político.

Nuestra derecha actual es la versión 05.2 del software pinochetista, el upgrade del abuso fáctico capaz de seguir navegando en cualquier plataforma democrática. No siempre fue así. Hasta antes de Allende, los derechistas eran más bien conservadores. Aquellos caballeros vegetaban amarrados a la vida de campo, a un sopor vagamente afrancesado. Sólo querían no trabajar, llevar buena vida y de vez en cuando soltarle un par de chicotazos a la rotada. País abusón el nuestro, sí, pero de rituales cívicos tirando a correctos, lo que nos valió un desarrollo republicano estable y con poca catástrofe. Así dimos la vuelta al siglo XX, flotando en componendas parlamentarias, evitando el descalabro, no muy felices pero tampoco desdichados.

La Unidad Popular tuvo la virtud de despertar a los demonios. Amenazada en su sensibilidad más íntima por las masas populares, la derecha salió de su letargo alessandrista y mutó. El liderazgo potente de Onofre Jarpa -patrón de fundo encolerizado- y de Jaime Guzmán -integrista- llevó a la gente bien a la barricada, a la conspiración, a la lucha a muerte. Se configuró así una alianza de hierro, un pacto de sangre, donde seres de muy diversa procedencia se asociaron, quedando atrapados en su propia fórmula. Matarifes como Contreras, políticos tradicionales, gremialistas medievales, periodistas de la CIA, dueñas de casa, generales, comunicadores como Hasbún o Agustín Edwards, prelados como el hoy cardenal Medina (¡habemus papam!), jueces dispuestos a firmar cualquier papel, académicos delatores, cantantes disfrazados de huasos, locutores de mentira diaria, funcionarios que se compraron los bienes del Estado, publicistas, operadores como Sergio Fernández, torturadores a honorarios, sindicalistas vendidos, antiguos agricultores, empresarios, reinas de belleza…; este confuso y feo conglomerado tuvo la misión de mantener con vida al ser y al alma de la parte más conservadora de Chile. Y lo consiguió.

En este país hay, pues, en cada corazón derechista bien puesto, una deuda con el horror, un agradecimiento a los torturadores, una lágrima callada para los artífices de la dictadura. El sistema de control social nacido del miedo se estabilizó y dio paso a una especie de comité central virtual, a una conjunción de estrellas del pinochetismo encargadas de llevar las riendas del poder oculto desde los subterráneos de la sociedad.

El mundo ha cambiado, sin embargo; ya nadie quiere a los dictadores, se terminó la guerra fría, los comités centrales decididamente no se llevan esta temporada. De las catedrales autocráticas se ha evolucionado a las redes. La transparencia es un valor en alza. Hasta Condoleezza Rice se ve más izquierdista o más centrada que nuestra sepulcral derecha udista. Y además, ¿quién quiere pasar la vida en un internado o dentro de un bloque de hielo? ¿Qué razones hay ya para ello?

El misil Piñera está haciendo temblar el piso. Los derechistas vuelven a ser demócratas. Su modelo no será ya un dictador, sino un empresario. Los democratacristianos buscan cómo ubicarse en algún lugar más confortable, donde Adolfo no esté siempre con nariz de asco. Bachelet quedará evidentemente descolocada ante un político talentoso, al que el país podría llegar a visualizar -paradójicamente- como el heredero del estilo solvente y firme de Lagos. La izquierda, por su parte, no contará ya con el plus de ser la alternativa a una derecha atroz. Y vaya uno a saber en qué ultraderecha imposible podrían llegar a quedar situados los jovinos, cardemiles y longueiras de la patria, arrastrados por la marea del deshielo.

Con todo, en este batido de fuerzas centrífugas y centrípetas, no lo tiene fácil el piñerismo. La cosa binominal, los cupos, las alianzas, las fotos, las evasivas, los disfraces, tienen hastiada a la sociedad, pero los políticos, todos ellos, han terminado por hacer de sus pulmones branquias, y respiran con mucha dificultad el aire puro. Habrá forcejeos, cambiarán las lealtades. Si Piñera consigue alguno de sus objetivos es muy probable que para los ciudadanos esté cerca -otra vez- el fin de la transición, que tan brillantemente anunciaron Tironi y Correa hace doce años. LND. Domingo, 22 de mayo de 2005.

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AL RICO CRÉDITO FISCAL____________________________________________________

-¿Cómo definirían ustedes la educación?-preguntó de sopetón el ministro.

-Hay… varias… definiciones… -suspiró Brunner, buscando en su enciclopedia.

-Me refiero a algo rápido, de minuto y medio.

-Aquí tenemos unos clips -sugirió la monitora Condoleezza Carrascal.

-Cosita. Veamos los clips.

El pequeño ministro Bitar, con ese ceño fruncido de los chilenos que toman decisiones importantes, dictó a su secretaria:

-Que pase Brunner.

Y se alisó la corbata, de tonalidades ala de mosca. La secretaria, en la planta desde los buenos tiempos en que el ministro de Educación era uno de esos monstruitos grises de Pinochet, miró el reloj y luego, aplicando toda su desgana fiscal, hizo pasar al profesor.

Brunner avanzó acompañado de dos monitores, un joven y una chica. Éstos colocaron en un rincón del despacho el logo de la Universidad Adolfo Ibáñez y en otro lugar, frente a la ventana, los noventa archivadores con el currículum del profesor. Su mirada de sabio distraído tenía la virtud de serenar al inquieto ministro.

-¿Y eso qué es, profesor?

-Es un medidómetro de calidades educacionales abstractas.

-A ver, mídete algo.

-Por ejemplo, este gomero ha sido mal educado. Se le riega poco.

-Es de plástico.

El monitor Andrónico Friedmann se aclaró la garganta y precisó:

-Señal de que la medición opera. Aplicando estos vectores obtenemos el top ten de los colegios de barrio alto, el top ten de los liceos fiscales, el top ten de los campos parvularios de concentración y el top ten de las universidades.

-¡Top ten! Desde los albores de la educación, allá en la paideia griega, que no se le había ocurrido a nadie algo tan luminoso: la educación es como el tenis.

-Exacto. Sólo cuenta el que gana -añadió, sonriendo, el monitor Friedmann- Los demás son… moscas.

-Microorganismos

-Larvas.

-Residuos.

-Corpúsculos.

-¿Cómo definirían ustedes la educación?-preguntó de sopetón el ministro.

-Hay… varias… definiciones… -suspiró Brunner, buscando en su enciclopedia.

-Me refiero a algo rápido, de minuto y medio.

-Aquí tenemos unos clips -sugirió la monitora Condoleezza Carrascal.

-Cosita. Veamos los clips.

Clip 1. ruge un helicóptero con destellos azules. abajo, el Mapocho navegable, y en un primer plano, la sonrisa ansiosa de Sebastián Piñera: “me eduqué gracias a mis padres. Logré un postgrado en Harvard, y ahora puedo amasar millones… ¡haz como yo!… solicita tu crédito y conviértete en magnate”. El vehículo volador se pierde en un cielo infinito manchado de llamaradas solares.

-Fantástico. Podríamos usarlo en nuestra campaña de orientación. Con auspicio de Lan Perú. ¿Hay otro?

Clip 2. Carrete de jóvenes con zapatillas nike y celulares movistar. vistas aéreas de Ohio y Las Condes. Lockers. Computadores, cabelleras rubias, ojos azules. “Si quieres atrapar tu futuro, cómpralo ya”. Universidad Howard Hughes, Campus Manquehue. Una universidad con nombre, apellido y avión particular. ¡Aprovecha el creditazo fiscal!

-¿Tenemos más? Son entretenidos estos clips.

-Sí, señor ministro. Éste es de la Universidad Lucía von Hiriart.

-¿Está acreditada esa universidad?

-Ciertamente. Ofrece las carreras de Dentística Eruptiva, Danza Bancaria Internacional y Capellanía Castrense.

-Mejor pasemos a otro.

Clip 3. Casita pareada en barrio popular. Un neón deteriorado parpadea: “LA ACRÓPOLIS FLORIDANA DE DON LUCHO MELÉNDEZ. CARRERAS UNIVERSITARIAS NOCTURNAS. GRATO AMBIENTE. INCRIPCIÓN OPEN”. Una gorda con moño sonríe a la cámara. Ladran dos quiltros. Letreros coloridos: “Ingeniería múltiple – Medicinas – Metafísica del choripán – Tenemos créditos fiscales”.

-Lo encuentro como étnico.

-Pluralista. En un mercado libre todos tienen derecho a enseñar lo que saben. Incluido don Lucho.

-Es cierto. ¿Hay más?

Clip 4. Música del Quilapayún. La pantalla se tiñe de rojo. Imágenes en negro. Aparece un puño en alto y unos brigadistas trepando al techo de la casa central de la Universidad con un lienzo: “TOMA ANTIIMPERIALISTA INDEFINIDA”. Piedrazos. Fuerzas policiales de choque.

-¿Ochentero? ¿Sesentero?

-Es de hace 20 años, de México me parece, o de Mendoza.

-Creo que está filmado con un mimeógrafo.

-Veamos otro.

-Se acabaron los clips, ministro.

-¿Y eso sería la educación chilena?

-O sea, más o menos. Hay una oferta diversificada.

-Pensaba yo que educarse era construir el carácter… Forjar ciudadanos.

-¿Forjar qué cuestión? -preguntó el monitor Friedmann, sorbiendo un Gatorade…

-Ciudadanos… -repitió débilmente el ministro.

-Eso era antes.

-¿Y cuál sería hoy la labor del ministerio?

-Publicitar el producto. Hacer de aval. Garantizar que el mercado funcione los domingos.

-¡Como los Redbanks! ¿Y los profesores?

-Los profesores entran y salen del sistema a la manera de escupitajos… o flotan en él al modo de las algas.

-¿Y los estudiantes?

-Los estudiantes son los paganini.

-¿Y la libertad de cátedra? ¿Las publicaciones humanísticas?

Condoleezza Carrascal y Friedmann ya estaban empacando.

-Es que tenemos otra presentación, ministro-se excusó Brunner, con una sonrisa amistosa-. Después te sigo explicando el mono. LND.Domingo 29 de mayo de 2005

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PARLAMENTO FREAK ________________…DELEGADO DE LA II REGIÓN: ¡Exigimos primarias en todas las circunscripciones de la patria! PLANTILLISTAS DIVERSOS: Muy caro. Y además ya ves lo que ocurre con las primarias. SOLEDAD ALVEAR: Si empiezan con pullas me amurro de nuevo y se me desarma la permanente. Soy muy sensible. TRIVELLI: Ya oyeron, ya. Mejor es que se dejen de sabotajes, cuchilladas y zancadillas. COLORÍN: ¿Y por qué me miran a mí? PLANTILLISTA PPD: ¡Nos vamos a recreo! No olviden sus laptops ni sus poruñas. Diputada, puede guardar el arpón. Dentro de media hora seguimos aquí mismo. ¡Viva la democracia!…

CUPISTA COLORÍN: Cambio dos Frei Ruiz-Tagle con bastante kilometraje por dieciocho cupos vista al mar en regiones VIII y X.

PLANTILLISTA PPD: ¿Qué se han creído? Según el último sondeo de Piñera-Adimark, los Frei Ruiz-Tagle van de baja. Serían máximo seis cupos: tres seguros, dos más o menos y uno que habría que ser -je, je, je- Mandrake el Mago…

FREI (abstraído, mirando el fútbol): Además en esas regiones llueve mucho.

COLORÍN ZALDÍVAR: Yo soy por Coihaique y lo más bien que he aguantado.

FREI: ¿Coihaique? ¡Qué lejos! ¿Hay que ir muy seguido?

COLORÍN ZALDÍVAR: De repente. En avión, claro, porque por tierra es como difícil.

FREI: Preferiría seguir de vitalicio.

BOENNINGER: Se acabaron esas leseras.

FREI: Ya no respetan nada.

LUCÍA HIRIART: Son así. ¡Malagradecidos!

PLANTILLISTA PPD: Si Frei se entierra en el sur, entonces moveríamos a Schaulsohn a La Serena. O a Melipilla.

TOMBOLINI: Melipilla es mía.

CUPISTA RADICAL: ¡Bien, compañero Tombolini!

NEGOCIADORA DC (componiéndose un mechón rebelde): ¿Y usted no había sido procesado?

TOMBOLINI (con gesto de galán): Yo fui linchado. En lo que se refiere al proceso, aún hay diligencias pendientes…

CARDEMIL: Melipilla, no sé. Lo que es en Colchagua estoy arrasando.

AZAFATA: ¿Y usted qué hace aquí? La repartición de cupos de la Alianza es al frente, siga por el pasillo hasta después de los lavabos.

CARDEMIL (agradecido, clavando sus pupilas en la azafata): Aquel salón está atestado de piñeristas. Hay demasiada energía. Y una chauchera que ni les cuento.

CUPISTA RADICAL: Circule, Cardemil, circule.

CARDEMIL: Desde luego. Nos vemos en el recreo.

AZAFATA: Nos vemos.

CUPISTA SOCIALISTA: ¡Sale del horno senaturía nortina! Terrome terrome tesic tesac, terrome terrome te pum. Flores, te tocó.

FERNANDO FLORES: Yo ya me gané una. Soy emprendedor, pero no sé qué haría con otra. Hay que leer mucho, viajar, votar… Para que después anden diciendo que uno es flojo y corrupto…

NEGOCIADORA DC: Dedícate a otra cuestión entonces.

PLANTILLISTA PPD: ¡Se despeja el distrito 6!

JUAN CARLOS LATORRE: ¿Y eso por dónde cae?

PLANTILLISTA PPD: Caldera, Tierra Amarilla, Vallenar, Freirina, Huasco, Alto del Carmen.

AZAFATO: Harto bueno el Alto del Carmen.

CUPISTA RADICAL: Yo prefiero Capel.

JUAN CARLOS LATORRE (alargando las manos): Y yo prefiero el cupo de Rafael Moreno.

RAFAEL MORENO (replegándose): Mi cupo es mío.

NEGOCIADORA DC: Ya, sin pelear.

GIRARDI (con la mirada clavada en el infinito): Necesito una circunscripción ecológica.

CUPISTA COLORÍN: El perla. Encima, ecológica.

GIRARDI (los cabellos ondeando al aire): Y además antiimperialista.

SCHAULSOHN: Después de perder la madre de todas las batallas me gustaría perder algo que sea como la tía de todas las batallas.

FAMILIA AYLWIN-TRIVELLI: Tenemos una tía justa y buena. A ella le encantaría el cupo de Iquique, Huara, Camiña, Colchane, Pica y Pozo Almonte.

FAMILIA FREI-RUIZ TAGLE: Un ahijado nuestro estaría encantado con el cupo de Talcahuano, distrito 43.

FAMILIA LAGOS-WEBER: Estación Central, Maipú, Cerrillos le vendría súper bien a una prima que sólo piensa en el servicio público.

FAMILIA ZALDÍVAR-LARRAÍN: ¿Estación Central? Qué horror. Para nosotros el 37: Talca.

NEGOCIADORA DC (admirativa): ¡Talca, París y Londres!

CUPISTA RADICAL: Tengo un concuñado sin distrito.

CUPISTA SOCIALISTA: Esta es una oferta para perros grandes no más.

CUPISTA RADICAL (irritado): Entonces nos vamos con los colorines a un subpacto de subgrupo subelectoral.

JOSÉ ANTONIO GÓMEZ: Efectivamente, y sin ánimo de agraviar a nadie.

CUPISTA COLORÍN (triunfal): Sumaríamos entonces estos dos cupillos al cuponazo familiar Frei Ruiz-Tagle, y nos blindaríamos con 63 cupos.

PLANTILLISTA PPD: Ustedes tratan de acaparar pero después no pasa nada. Acuérdense de que con 56 cupos no eligieron ni la mitad, incluyendo a Waldo Mora.

WALDO MORA (sacándose la chaqueta): ¿Qué ocurre con Waldo Mora? ¿Ah?

CARMEN FREI: Paz, hermano.

DELEGADO DE LA II REGIÓN: ¡Exigimos primarias en todas las circunscripciones de la patria!

PLANTILLISTAS DIVERSOS: Muy caro. Y además ya ves lo que ocurre con las primarias.

SOLEDAD ALVEAR: Si empiezan con pullas me amurro de nuevo y se me desarma la permanente. Soy muy sensible.

TRIVELLI: Ya oyeron, ya. Mejor es que se dejen de sabotajes, cuchilladas y zancadillas.

COLORÍN: ¿Y por qué me miran a mí?

PLANTILLISTA PPD: ¡Nos vamos a recreo! No olviden sus laptops ni sus poruñas. Diputada, puede guardar el arpón. Dentro de media hora seguimos aquí mismo. ¡Viva la democracia!

PLANTILLISTAS, CUPISTAS Y DEMÁS ASISTENTES (distraídamente, deperdigándose, encendiendo cigarrillos, sacando sus tickets de colación): ¡Viva!

LND. Domingo 5 de junio de 2005

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DINERO_________________ El dinero hecho poder puede servir para comprar una presidencia, o para capturar una parte de los votos que se precisan para llegar a ella. O para pagar la destrucción de otro candidato amenazante.

Unos 60 millones de dólares hay que tener para llegar a La Moneda. Es lo que cuesta una campaña presidencial. Uno de nuestros actuales candidatos, con un patrimonio de dos mil millones de dólares, debe considerar aquella cantidad como una minucia. Para un gobierno extranjero, o un holding empresarial, se trata de migajas, de polvillo.

Vivimos, pues, en un sistema político binominal y a la vez millominal. Y nos ponemos, en consecuencia, a reflexionar sobre los millones ¿Qué será exactamente el dinero?

Quienes lo tienen en abundancia, es decir los ricos y famosos, no piensan tanto en la esencia del dinero como en el goce de su sustancia. Las interrogantes, más que ontológicas, son del tipo: ¿debe tener la piscina -de la casa de veraneo número cuatro- forma de corazón… o de diamante? O: ¿me voy en helicóptero con las mellizas tropicales… o quizá las emocione más el yate?

Para una concepción seria del dinero están los economistas. Estos seres suelen tener, al contrario que los millonarios, gustos y hábitos escasamente sensuales y la imaginación un poco muerta. Sus textos son tristes. Hablan de un dinero abstracto, de flujos macroeconómicos que no tocan nuestra billetera ni estimulan la secreción de baba.

En cuanto a la tradición izquierdosa, o hippy, o alternativa, o cultural, o ilustrada, hay un empeño en hacer como si el asunto no fuera tema. ¿Dinero? Es una cosa que está allí afuera, una sustancia desde luego lejana, incomprensible, y atravesada por un árbol de arterias venenosas. Muchas argumentaciones cultas terminan con la expresión: “¡Ah, se trata de dinero!”. Y el argumentador cambia de tema, como si el solo contacto mental con tales vilezas pusiera en peligro su identidad. Esta esquiva actitud puede deberse, quizás, a envidia. ¡Qué agradables deben ser los millones o los multimillones! Hay, pues, una extraña ambigüedad respecto del dinero: a la vez detestamos y admiramos a los ricos. Nos encantaría estar en su pellejo. Nos da lata que se puedan comprar todo lo que ellos quieran, mientras que nosotros andamos como ratas por el mundo, privándonos de una cosa para tener otra, o cayendo en las profundidades de una deuda hipotecaria que nos esclaviza durante años y años para pagar una casa donde al final quizá ni siquiera viviremos.

El dinero es como un líquido, una extraña sustancia que fluye alegremente por según qué acequias o pastizales, una suave lluvia que enverdece tal o cual prado, al tiempo que se niega a visitar los secos y tristes terrenos donde se instala la pobreza. Es, en verdad, la pobreza la que hace fea la acumulación de millones.

Un millonario, por rico que sea, no puede comerse 96 postres en cada almuerzo, ni tampoco tener siete hígados. Es cierto, alguien puede decir con orgullo: esa montaña de ahí es mía, la compré, y la cordillera de enfrente también, y aquel asteroide, y todos esos planetas, y aquella galaxia; pero, más allá de la titularidad, es poco lo que crece el personaje con aquello. Igual en esos momentos lo está picando una avispa en la lengua.

Es un poco como la forma física del dinero, que sólo aparece en cantidades relativamente pequeñas, es decir cinco mil pesos, o un fajo de billetes, pero a partir de ahí lo que uno ve son cheques, saldos de redbank, un recibo con numeritos, o sea saldos electrónicos, guarismos. No pasa ya aquello de Tío Rico Mac Pato en la cima de una montaña de monedas de oro, fumando un puro y feliz. El dinero desaparece materialmente a medida que se multiplica, y se convierte en concepto: se hace poder.

El dinero hecho poder puede servir para comprar una presidencia, o para capturar una parte de los votos que se precisan para llegar a ella. O para pagar la destrucción de otro candidato amenazante. Es decir, el dinero puede ser también una nube negra instalada en la vida republicana, una oficina de abusos y perversión cívica. Cuando llega un candidato con una cesta de alimentos o un saco de harina o un tractor o un computador de regalo, nos es realmente difícil mezquinarle nuestro voto. Si vemos su foto sonriéndonos amablemente en cada poste y esquina de la patria, entendemos que se trata de una buena persona.

Las instituciones modernas se esmeran en hacer leyes que regulen las relaciones entre política y dinero, a fin de evitar la corrupción. Sin embargo, el dinero, por su forma líquida, se mete por los intersticios, se escurre, se evapora y cae nuevamente condensándose sobre su objetivo. El mercado es a veces cruel, y el dinero puede ser vil. Se acuerda uno de aquellas películas del viejo oeste americano donde aparecían unos pueblos en que el hacendado más rico era dueño de las tierras, del ganado, de la tienda de abarrotes, del sheriff y del juez.

¿Qué gana un millonario deslizándose hacia el poder político? Quién sabe. Salir en los diarios. Desayunar con Bush, tomar el té con Fidel, bailar con la señora de Kirchner, jugar al tenis con Condoleezza Rice. Deslizarse por el mundo en autos blindados y aviones presidenciales. Llegar a tener, quizás, una estatua, aunque para entonces estará su cuerpo -como el de todos nosotros algún día- devorado por los gusanos o convertido en algo parecido a un cenicero. LND. Domingo 12 de junio de 2005.

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TRIBU____________________________El padre Ortega, que fue capellán de La Moneda y acaba de fallecer, era hermano del que fuera diputado Ortega, a su vez esposo de la senadora Carmen Frei, hermana del Presidente Frei hijo e hija del Presidente Frei padre, primo a su vez de Arturo Frei Bolívar, casado con una señora Riutort, cuya hermana estuvo a cargo de Prochile, siendo otro de los hermanos director de Digeder precisamente durante el período Frei. ¡Grandioso!

Fue probablemente Diego Portales uno de los primeros chilenos que trató de resistirse a la trenza de los parientes en la vida pública, insistiendo en que los cargos deberían llenarse no atendiendo a la recomendación de la señora tal o del general cual, sino a los méritos de la persona escogida. La sociedad reaccionó ante estas novedades con un doble ánimo de aplauso e irritación. Portales murió asesinado y tuvo su estatua, faltaría más. Pedro Montt fue hijo de Manuel Montt y pariente de Jorge Montt, O’Higgins había sido hijo de don Ambrosio, los Carrera atacaron siempre con la parentela desplegada, y el sobrio don Aníbal fue hijo de José Antonio Pinto, Presidentes ambos. Todos ilustres, por cierto, enormemente capacitados, pero parientes.

¡Parientes! A través de primos, hijas, cuñadas, cuñados, hermanos y otras variantes de la consanguinidad activa se ha ido constituyendo la historia de nuestra tierra. Sin parientes la supervivencia política es difícil. Se carece de antenas, no hay pararrayos, y las frágiles lealtades humanas tienden a quebrarse en los momentos de turbulencia o de incertidumbre. En cambio, un hermano o un yerno lo resisten todo. Si no, pregúntenle al Bush gobernador de la Florida cómo hizo el recuento de votos de su hermano. O a Menem, que tenía a otro Menem de senador. O a los Kennedy. Dos de los Piñera han sido candidatos presidenciales, los Zaldívar vienen también de a pares, Gabriel Valdés tiene la satisfacción de ver a su hijo y a su hija en funciones oficiales, los Palestro se han constituido como una dinastía…

Evelyn Matthei (enojada en estos días con el cuñado del Presidente) es hija de un prócer de la dictadura y esposa del respetado economista Desormeaux, consejero del Banco Central, con lo que entre todos juntos, entre honorarios y jubilación, deben estar arrimando al ascua familiar unos 20 millones al mes, que en un año son unos 240 millones, o sea casi 2.000 millones en ocho años, y estamos hablando de emolumentos correctamente ganados. El padre Ortega, que fue capellán de La Moneda y acaba de fallecer, era hermano del que fuera diputado Ortega, a su vez esposo de la senadora Carmen Frei, hermana del Presidente Frei hijo e hija del Presidente Frei padre, primo a su vez de Arturo Frei Bolívar, casado con una señora Riutort, cuya hermana estuvo a cargo de Prochile, siendo otro de los hermanos director de Digeder precisamente durante el período Frei. ¡Grandioso! Empieza uno a entender tanta campaña a favor de la familia. Hay una genealogía del servicio público.

Bachelet -por qué no decirlo, y a mucha honra- es hija del general Bachelet, alto funcionario en tiempos de Allende. Piñera, primo de los abundantes Chadwick, puso a su noctámbulo hermano a cargo del comando cultural. Lavín tiene a la señora convertida en concejala. La retirada Alvear apareció en la arena pública en calidad de esposa de Gutenberg Martínez. Lo familiar tira, realmente atrae como un magneto. Y es así como la oferta presidencial se nos despliega hoy a los ciudadanos a la manera de un quiosco de flores: cuando uno escoge un clavel o una rosa es conveniente prever que detrás viene el ramillete entero.

La república, sin embargo, sólo reconoce a ciudadanos. Las leyes se aplican exclusivamente a personas. Así es, al menos, la cosa abstracta y seca. Lo jugoso y real de la vida política, en cambio, se teje no en los hemiciclos parlamentarios o en los palacios de gobierno, sino en las casas de alguien, por la noche, los fines de semana, quizá en un bautizo, entre parientes y amigos, o por medio del teléfono de una tía. ¡Ahí coletea en todo su jugo el alien de la trenza familiar!

Es posible servir al país no sólo desde cargos públicos, sino a veces también desde posiciones de menor visibilidad, como empresario licitador, consejero, asesor part-time, evacuador de informes, obispo, concertista, espía de gasto reservado y lo que se le pueda poner… Los procesos mediante los cuales el Estado licita sus encargos se han ido objetivando con el tiempo, eso es un hecho; pero, en cambio, es difícil saber si la cuñadez o la sobrinura de alguien entran o no a tallar en los resultados. Sí sabemos bien los chilenos que, al menos para conseguir un trabajo en el área privada, son relevantes ciertos datos, como el colegio o universidad en que ha estudiado el postulante, la consolidación de sus apellidos, la parentela, el azul de la pupila o los primeros números de su teléfono.

La familia responde al rugido tribal, a la defensa del jardín sagrado en el cual descansan aquellos que comparten abuelos, sobrinos, tías y nietos. No hay nada más antirrepublicano que la tribu. La tribu es, efectivamente, un modo de agrupación de las personas que le hace la competencia a la agrupación cívica, que en ocasiones la suplanta y a menudo se le entrecruza, generando brumas y sombras, territorios ambivalentes donde no se sabe si manda lo familiar o manda la ley. La doble militancia del papá-senador o del sobrino-seremi o del cuñado-asesor o de la contratista-hermana genera inadvertidamente una casta especial de ciudadanos que pueden permitirse un lenguaje de cejas levantadas a tiempo y miradas de inteligencia, un penthouse dorado de seres que a la vez son y no son, o que son dos veces. A partir de tales privilegios se genera -lo sugiere de algún modo Maquiavelo- la mayor desafección de los gobernados con sus gobernantes. LND. Domingo 19 de junio de 2005.

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VERDAD MENTIRA___________________ El público se sintió, en líneas generales, satisfecho de tanta vuelta y revuelta, y quizás interpretado por el doble suelo y el doble techo y el doble muro de estas verdades y estas mentiras. El caso representaba la consagración mediática de los poderosos como seres corruptos.

Había una vez un senador al cual se acusó de abusar sexualmente de unos menores. Se trataba de un senador emblemático, demócrata firme en los oscuros años de la dictadura. Él, sin embargo, rechazó esas acusaciones y prometió demostrar que eran falsas. La prensa y la opinión generalizada, sin embargo, no le acababan de creer. Circulaban datos inquietantes, videos, opiniones… ¿Se trataba de un linchamiento mediático movido por poderes invisibles? ¿Sacaba quizá partido el senador de su condición de tal intimidando a los eventuales denunciantes? Pasaron los meses y se acercaba ya la hora del juicio público. Si el senador era considerado culpable, podría ser que lo condenasen a diez años de cárcel. Septuagenario ya, aquello le significaba una vejez atroz.

Había una vez un senador que, ante la inminencia de un juicio que le sería -según sus cálculos- adverso, optó por negociar una condena más baja a cambio de declararse culpable. Donde decía yo que había dicho la verdad, afirmó ante la jueza, estaba mintiendo. ¡Cometí esos delitos!

El país, en general, guardó silencio ante el extraño drama de un hombre que en pocos meses pasó de confiable a no confiable, de honorable a delincuente, de protector a abusador, de beligerante a negociador. Sin embargo, a las pocas horas, el ya escasamente confiable senador cambió de nuevo su historia y dijo que, en realidad, era inocente, y que cuando decía que había mentido estaba mintiendo. Más adelante su abogado aclaró que el senador se sentía íntimamente inocente y judicialmente culpable, de tal manera que su mentira era verdad y su verdad era mentira, todo a la vez.

El público se sintió, en líneas generales, satisfecho de tanta vuelta y revuelta, y quizás interpretado por el doble suelo y el doble techo y el doble muro de estas verdades y estas mentiras. El caso representaba la consagración mediática de los poderosos como seres corruptos. Importaba transparentar, más que el funcionamiento de la justicia, el funcionamiento de la mentira.

Había una vez un rincón pantanoso del mundo donde todos, grandes y pequeños, honorables y deshonorados, ricos y pobres, aristócratas y desposeídos, tenían como deporte y orgullo dosificar las partes de verdad y de mentira en sus respectivos discursos. Cualquier encuesta en que apareciera una pregunta del tipo ¿cree usted que los políticos mienten? recibía enormes porcentajes de respuestas afirmativas. Pero no sólo se trataba de los políticos: la verdad -como tal- se había hecho en aquel país un artículo escaso, que sólo usaban los ingenuos. Lo habilidoso era hablar no para hacer visible la realidad, sino para ocultarla o disimularla. Todo estaba atravesado por la mentira y el cálculo: las opiniones, las cuentas entre amigos, las transacciones comerciales, la declaraciones de amor…

Y los ojillos astutos de los agobiados ciudadanos de ese cansado país se esmeraban en desgranar las diarias arvejas de lo visto y escuchado, a fin de separar lo real de lo irreal, lo verdadero de lo falso. Se acostumbraron los jóvenes a fondear sus sentimientos, y los viejos a esconder su pasado. Se hicieron adictos los jefes a falsearle las cosas a sus subordinados, y los subordinados a los jefes. Se mentía alegremente en los currículos, en las noticias, en la publicidad, en los concursos, en las inauguraciones, en las reuniones, en las oraciones. El deporte nacional era leer entre líneas. A los niños se les acostumbraba desde pequeños a los rigores de una vida falsa, prometiéndoles maravillas que luego jamás se cumplían. La mentira se hizo instinto, tic, destreza cultural básica, estilo de vida.

Había una vez un país donde el último de los políticos más o menos adictos a la verdad se había terminado suicidando en el palacio de gobierno, probablemente a causa de su propia incapacidad para hacer calzar las verdades de su cabeza con las verdades de la calle y las verdades del imperio. Puso fin con aquel brusco gesto a un largo período de farragosas verdades, a una etapa popular donde a los ricos se les llamaba explotadores, y a los pobres explotados, y a los comunistas marxistas, y así sucesivamente… hasta el agotamiento. Todo era entonces desvelado y denunciado, la visibilidad era plena. La vida política era un desfile de colmillos y empujones.

Había una vez un país que, después de una orgía de demasiadas verdades, se contrajo, se endureció, se salpicó de sangre, de delaciones y terror. Comenzó entonces el reinado oficial del disimulo, de la homogeneidad forzada.

Generaciones enteras se acostumbraron a nutrirse de la negra leche de la mentira, porque decir la verdad podía significar la muerte o la desdicha irreparable. Todos mentían, y la mentira de unos alentaba la de los otros. Y así prosperaron lentamente, sufriendo y gozando a pequeñas dosis sobre esa tierra fragmentada.

Había una vez un senador para el cual la verdad era un modo de ser de la mentira y la mentira un accidente de la verdad, todo ello ante unos ciudadanos acostumbrados a traficar cotidianamente con verdades que eran mentira y mentiras que eran verdades.

Hubo una vez un país sombrío donde cualquier cosa dicha por alguien parecía una bola elástica, un simple goteo de declaraciones contaminadas por la astucia. En el fragor de aquel lenguaje marchito las palabras eran como insectos muertos. Lo que valía allí, la ideología oficial de esa república sin alma, era la teoría del mal menor: es verdad todo aquello que sea conveniente para sobrevivir hoy. Y mañana ya iremos viendo. LND Domingo 26 de junio de 2005.

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MEDIANÍA_______________________________…La medianía más bien poética o contemplativa de Juan Guzmán le supo decir adiós a la medianía corrupta de tantos otros jueces y políticos. No le fue fácil. Tuvo que empezar a andar con escoltas, se vio sometido a los caprichos de la prensa, soportó campañas de desprestigio. En fin, padeció lo que padece quien es simplemente correcto en la ciudad de los astutos. …

Juan Guzmán fue criado en escenarios más que notables para ser, como lo era, un niño chileno de clase media: Colombia y su olor a guayaba; años felices en San Francisco; el regreso por un par de años a un Chile para él incomprensible (esa enorme facilidad para mentir que había en el colegio); adolescencia en Buenos Aires… Su padre, el poeta y diplomático Guzmán Cruchaga, traía a su casa a Juan Ramón Jiménez, a Borges, a Rafael Alberti o Saint-John Perse, y para el joven Juan era natural ir de compras con la Gabriela Mistral, cuyos dientes y medias tenían su cuento, aunque a ella esos detalles le daban lo mismo… Aquél era un hogar cosmopolita y cultural, siempre en tránsito de un destino a otro. Luego, vinieron los estudios de leyes, la loca estadía en París, la cosa inglesa y finalmente el amor y matrimonio con una francesa de buena familia.

Juan intentó seriamente la literatura, pero el poeta (su padre) era demasiado poeta y demasiado padre, y mientras le abría una ventana le iba cerrando las puertas. Hasta para irse a morir a la clínica, ya de mayor, Guzmán Cruchaga se mantuvo al mando, con paso firme y aquella actitud tan suya: imperial.

Necesitado de ganarse la vida -¡oh, contrariedad y sorpresa permanente de las almas creativas!-, Juan se consiguió unas recomendaciones y, corriendo ya el año 1972, pudo entrar al Poder Judicial. Su destino fue Panguipulli. Tras una infancia deslumbrante de países y personajes, huyendo quizá de las exigencias desmesuradas de un padre dominador, Juan Guzmán escogió o fue a dar a la medianía. “Aurea mediocritas”, decía Horacio. La dorada medianía, el no estar ni muy arriba ni muy abajo, el “low profile” que le llaman hoy. El juez Guzmán hacía su trabajo, estaba con los suyos, escuchaba caer la lluvia y leía.

La familia entera, padre e hijo incluidos, celebró con champaña el golpe de Estado del 73. Sin embargo, cuando escucharon que Allende se había suicidado en el Palacio de La Moneda se acabaron los brindis. Don Juan Guzmán Cruchaga tenía sus diferencias con el Presidente depuesto, pero lo consideraba un hombre ilustrado, culto, con gran sentido del humor.

Guzmán logró un destino de juez en Santiago, en los casos de menor cuantía. No había muchos, porque con los tanques en la calle los rateros estaban algo reacios a tironear carteras. Vida tranquila, normal, en un país anormal. Fue ascendido, se instaló en Talca. Aburrimiento, placidez. Conversó allí a solas en una oportunidad con Pinochet después de una ceremonia. El dictador le recomendó con entusiasmo al juez unos baños calientes con sal para el dolor de pies. Pasaron los años. Llegó, quizá, la democracia, o lo que nosotros hemos entendido por tal.

Por simple sorteo, el esmerado juez se vio de pronto abocado a estudiar unos expedientes donde los datos eran: cadáveres sin uñas o con salvajes mutilaciones, restos humanos escondidos en tumbas clandestinas, corvos, unidades militares… ¿Había que llamar a declarar al general Arellano Stark? El juez aplicó el reglamento. Que declarase. Las amistades de la medianía lo instaban a dejar tranquilas las cosas, a no seguir indagando. ¿Qué razón había para echarle pelos a la sopa? El caso es que desde la grisalla más tenue, a punta de expediente, el juez Guzmán le dio curso a sus investigaciones. Se iban acumulando los casos. Se notaba en el país un creciente deseo de justicia. El ridículo episodio de Pinochet en Londres lo hizo sentirse aliviado: si se encargaban allá de estas cosas, no habría para qué quebrarse la cabeza en un país donde la justicia estaba diseñada para los poderosos.

¡Los chilenos, sin embargo, logramos recuperar a nuestro monstruito de las garras de Garzón! Siguieron, pues, lentas, enmarañadas, las diligencias judiciales locales. Pronto se encontró Guzmán con la necesidad de decidir si admitía o no a trámite una querella de Gladys Marín contra Pinochet. La admitió. Y por fin, por vez primera en Chile, alguien logró someter a proceso al general.

La medianía más bien poética o contemplativa de Juan Guzmán, por alguna razón, le supo decir adiós a la medianía corrupta de tantos otros jueces y políticos. No le fue fácil. Tuvo que empezar a andar con escoltas, se vio sometido a los caprichos de la prensa, soportó campañas de desprestigio, aparecieron Figueroa, Zaldívar, Sinclair, Gómez, Izurieta y otros a tratar de atajarlo. En fin, padeció lo que padece quien es simplemente correcto en la ciudad de los astutos.

Leía Guzmán en la “Ética a Nicómaco”, de Aristóteles, que cada virtud está siempre en la medianía, entre lo mucho y lo poco. Tal cosa es, quizá, la justicia. Y terminó finalmente su peripecia de funcionario en la casa de un Pinochet que apenas se podía mover de lo enfermo que estaba, con el general Garín de edecán y la señora Lucía sirviendo un cafecito. Un pequeño ambiente cortesano a lo Riggs. Mientras trataba de imprimir la declaración, el juez alcanzó a entrever a través de una puerta entornada del dormitorio que Pinochet se movía ágilmente.

David, pues, contra Goliat. El republicano tímido y evasivo haciéndole de repente el peso a su alteza imperial. El hijo enfrentando a un padre de dos cabezas. La medianía decente contra la medianía corrupta. Y por cierto, también, la familia, la cordillera, los lagos del sur, la religiosidad, las lecturas, algo de deporte, la necesidad de hacer memoria. Todo ello sucedió y sigue sucediendo en el borde del mundo, en el país del juez Guzmán, o sea esto. LND. Sábado 2 de julio de 2005.

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DESTRUCCIÓN MASIVA_______________…Las botas metálicas de Evelyn arrancan jirones del frágil pasto de la cancha. Se encuentra a boca de jarro con alguien identificado por los servicios de periodismo investigativo como “cuñado” y le arranca la cabeza de un golpe de bate. La cabeza del cuñado, tras describir una parábola, cae en el despacho de la jueza Mop, quien dispone que se la preparen como entremés …

Avanza Evelyn por el flanco derecho, premunida de un casco de rugbista y un bate de béisbol. Sus botas metálicas arrancan jirones del frágil pasto de la cancha. Se encuentra a boca de jarro con alguien identificado por los servicios de periodismo investigativo como “cuñado” y le arranca la cabeza de un golpe de bate. La cabeza del cuñado, tras describir una parábola, cae en el despacho de la jueza Mop, quien dispone que se la preparen como entremés. Desde la galería televisiva cae una lluvia de proyectiles sobre los desconcertados jugadores del arco iris, sembrando el pánico: zapatos viejos, botellas recortadas, tarros, latas de cerveza, esquirlas, figuras de cobre repujado. El público vitorea y pide más sangre. Dos a cero el marcador, y eso que el partido aún no se inicia. Con los ojos brillantes como dos topacios, Evelyn es felicitada por representantes del Partido Republicano de los Estados Unidos. Ella declara que hay diversión para varios meses.

Entretanto, uno de los guardalíneas es tironeado violentamente por dos precandidatos conservadores que buscan cupo en una oscura circunscripción del sur. Vuelan epítetos y descalificaciones. Los partidarios del Precandidato Uno echan ácido sulfúrico en los ojos del guardalíneas, en tanto que los adjuntos del Precandidato Dos le rebanan al infortunado una de las piernas utilizando un serrucho aparecido en una excavación de Colonia Dignidad. Montado en una grúa, un juez, no se sabe si del antiguo sistema o del nuevo (tampoco lo sabe él), ordena más diligencias. Los procuradores, comprados por testigos falsos, marcan los billetes para vender la información a uno de los procesados, que es declarado inocente por la jueza en tanto que él se declara culpable. Se descubre un galpón de niños abusados por diversos políticos, obispos, jueces y empresarios. Cada niño está premunido de su correspondiente diario de vida. La directiva del Colegio Médico llama a no prestar cooperación a ningún enfermo con dolor de cabeza. Tapsin y Aspirina aprovechan la pausa para ir a comerciales.

Un segundo batazo de Evelyn le arranca el brazo derecho al mandamás de Codelco. Ruge la galería de entusiasmo. El brazo comienza a ser examinado por una Comisión Fiscalizadora. Los parlamentarios se roban entre sí los sándwiches de la colación y colocan miguelitos en las butacas de sus oponentes. Se despeja la sala, operación que se cumple en medio de una toma a cargo del Movimiento Estudiantil. Entra en escena el guanaco. Un periódico publica una lista de personas ligadas al Gobierno que han presentado declaración de impuestos durante los últimos tres años. El listado conmociona a los chilenos, ya que hay allí hermanos, primos y amigos de altos cargos de la administración pública. La Universidad Mateo de Toro y Zambrano realiza un seminario titulado “Corrupción Democrática versus Corrupción Autoritaria”.

Un estudio secreto revela que Codelco no tiene ganancias, sino pérdidas, y que la economía ha entrado en recesión. El Banco Riggs decide retirar de Chile sus capitales, medida unilateral que es recibida con ácidas palabras por los restos de la Fundación Pinochet. El presunto implicado en el asesinato del senador Guzmán, que no se llama ya Olea Gaona sino Apablaza, es liberado en Buenos Aires. Aumenta así la tensión entre ambos países. Cuentan los graffiteros chilenos que fueron maltratados, por lo que el ministro de Defensa dispone comprar dos fragatas en regular estado.

En un gesto de unidad, el diputado Longueira decide convertirse en el tercer candidato presidencial de su sector. La voz de Sebastián, entretanto, está en todas las radios, en tanto que Lavín se retira cada día a las cinco de la tarde a su casa para tomar té y dormir. Zaldívar sigue demorando los gestos hacia Bachelet, implementando una técnica que consiste en saludarla dándole no la mano sino el pie. Decididos a hacer una campaña de bajísimo perfil, los asesores de Bachelet le prohíben hablar y la llevan cada día a poblaciones apartadas, burlando a la prensa. Biografías no autorizadas de Bachelet prometen sexo y violencia a los lectores. Nuevos antecedentes de Pérez demuestran que el plan Transantiago y la Reforma Procesal Penal están viciados.

Por unanimidad se aprueba una norma que prohíbe a los mandatarios y ministros tener parientes viviendo en Chile mientras duren en sus cargos. Los directorios de las empresas públicas son confiados a ejecutivos de los grupos Angelini, Piñera, Luksic, Matte y Edwards, para garantizar así su transparencia. Codelco es puesta a la venta y licitada por un grupo de aviadores retirados. El fango y el hollín cubren las plazas públicas de Chile, los parlamentarios empiezan a andar armados día y noche y el Palacio de la Moneda es recubierto con alambres de púa. Los correos electrónicos están intervenidos por el Ministerio Público. La televisión emite bandos de transparencia, revelando intimidades nunca antes conocidas. Un terremoto grado 9 en el norte y un temporal de lodo en el sur colapsan finalmente al país, que es expulsado de las Naciones Unidas pero afortunadamente no de la OEA. Comienzan a llegar las moscas, se secan los arbustos, en tanto que los políticos encausados por diversos procesos abandonan Chile en un submarino a pedales o pasan a la clandestinidad. La Contraloría impone el toque de queda aunque la población no se entera, ya que todos están mirando un decisivo encuentro de la Selección Nacional contra la de Senegal por la Copa de África. LND. Domingo 10 de julio de 2005.

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PAGANISMO______________________ El combate por la pureza ha llevado a los religiosos a combatir el cambio de pareja, el divorcio, las relaciones sexuales prematrimoniales, la píldora anticonceptiva, el bikini, la promiscuidad, la masturbación, la prostitución, el desnudo, la pornografía, el uso del condón… y de modo especialmente virulento, la homosexualidad: se trata en este caso de un escandaloso placer sin producto, de carnalidad pura.

Con la instalación oficial del monoteísmo en la vida social y política de Occidente, la homosexualidad pasó a vivir una existencia subterránea, a menudo trágica. Gustarle a alguien las personas del mismo sexo ha significado -desde la desintegración del mundo clásico- nacer, vivir y morir bajo la maldición y la vergüenza.

A los primitivos cristianos se les conocía en sus inicios como algo parecido a unos sectarios. Fueron perseguidos y, según hemos visto en numerosas películas de romanos, no lo pasaban bien: muchos terminaron arrojados a los leones. Pero perseveraron. Sustituyeron el diálogo filosófico por la prédica, y la curiosidad por la reverencia. Actuaron de modo globalizado, y con el emperador Constantino fueron oficialmente reconocidos. Mientras el imperio se desmembraba, los cristianos estructuraban una red unitaria. Su moral reemplazó a la ética pagana. En lugar de muchos dioses o modelos de excelencia, pasó a haber uno solo. En vez de ser cada cual el formador y guardián de su propia virtud, se dejó a los obispos de aquella edad oscura bendecir o maldecir a las ovejas blancas o negras de sus rebaños.

Los mitos griegos nos explican la creación del mundo como un proceso a la vez misterioso y sexual. Del Caos aparece Gea, la Tierra, que da a luz a Eros, el más bello de los dioses, desatador de miembros (así le llama Hesíodo). Cada nueva cosa o dios -el estrellado Urano, las grandes montañas, el astuto Cronos, los Cíclopes- será fruto de una cópula. El mundo pagano nace del conflicto y de la atracción mutua.

En las religiones monoteístas, en cambio, las fuerzas humanas están sometidas a una luz cegadora que viene de lo alto. Es un ser supremo alejado de la materia quien crea por sí y ante sí todas las cosas de esta Tierra. Para salvarse conviene mantenerse obedientes, podando las ocurrencias del espíritu y sofocando los deseos de la carne.

Mil años de ética pagana y de virtud clásica, diez siglos de tolerancia, se desvanecieron con los desórdenes de la temprana Edad Media. Entre los representantes de la divinidad en la Tierra y la sexualidad humana se ha librado desde entonces una guerra reseca. Se instauró la costumbre de convencer o disuadir, de rectificar doctrinas y, en caso de ser necesario, de ahogar las herejías en la hoguera. Los usos eróticos -que en el mundo clásico estaban santificados por sus respectivos dioses y fiestas- pasaron a ser clandestinos y, en caso de asomar la cabeza, se les maniató por medio de la institución matrimonial. Los griegos y romanos habían tenido divinidades que se enojaban y se divertían, se lanzaban rayos o cortaban -como hizo Cronos con Urano- los genitales de su padre para lanzarlos al mar. Zeus era proclive al disfrute sexual con hembras divinas o humanas. Pero de vez en cuando -por ejemplo, con Ganímedes- se permitía tomarle el gusto a algún jovencito. Los dioses griegos o romanos no pretendían ser perfectos: les bastaba con tener poder, cada uno en su especialidad. El Dios único, en cambio, jamás se equivoca. Ante él siempre estamos en falta.

La autoridad eclesiástica, a lo largo de los siglos y hasta nuestros días, se ha empeñado en evitar la plenitud y la diversidad sexual de las personas. El combate por la pureza ha llevado a los religiosos a combatir el cambio de pareja, el divorcio, las relaciones sexuales prematrimoniales, la píldora anticonceptiva, el bikini, la promiscuidad, la masturbación, la prostitución, el desnudo en el cine, la pornografía, el uso del condón… y de modo especialmente virulento, la homosexualidad: se trata en este caso de un escandaloso placer sin producto, de carnalidad pura. Las conductas homosexuales quedaron fuera no sólo de la comunidad de los creyentes, sino también de la ley civil.

No vamos a entrar a analizar aquí de qué modo esta prédica antisexual y antihomosexual se contradice a menudo con las prácticas de la vida cotidiana. A algunos obispos -mortales, confusos como todos los humanos- se les ha aparecido de pronto, en un resplandor, algún semidiós, o han caído en las redes de Afrodita. Una vez caídos, arrepentidos, confesados y absueltos de sus faltas, suelen seguir prohibiendo a los demás los goces que ellos mismos se han permitido.

El mundo, sin embargo, vuelve de a poco hoy a ser pagano, y se alivian las penas del infierno terrenal a quienes desean disfrutar de los placeres de la carne, sea carne de diferente o del mismo sexo. En España, los homosexuales pueden ahora contraer matrimonio, de lo cual no parece haber antecedentes en la época clásica. Matrimonio es una palabra del latín antiguo que se basa en “matrix”, la matriz, y se refiere a la víscera de la mujer embarazada que da a luz. Es dudoso, pues, que hagan lo que hagan dos varones, puedan ellos constituirse realmente en matrimonio, por mucho que así lo diga la ley.

El matrimonio homosexual es una extraña mezcla de libertad pagana con rituales que los cristianos hicieron suyos. Una dignificación de las personas a través de una institución que más tiene que ver con perpetuar la especie y proteger a la familia que con los crepusculares asuntos de Zeus y Ganímedes. Pero, en fin, así parecen ser las cosas: mientras las parejas de toda la vida se van haciendo cada vez más reacias a casarse, las parejas unisexuales (¿se dirá así?) quieren tener lista de bodas, ceremonia, libreta, luna de miel, suegras y unos treinta o cuarenta años de convivencia desganada. Bienvenidos. LND Domingo 17 de julio de 2005

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SEMIDIOSES __________________Sencillamente, no nos resulta soportable la presencia de un político irradiante que, tras una revolución frustrada, una dictadura atroz y una recuperación democrática que no calentaba a nadie, haya logrado restaurar la fuerza del Estado. El mismo Estado que, según los empresarios y los académicos graduados en Harvard o en Chicago, no servía para nada, ese Estado que Thatcher, Pinochet y Reagan tiraron al tacho de la basura socialista.

Se va lentamente cerrando el periplo de Lagos, y su diseño, su propósito, aquello que él imaginó como deseable para el país, va adquiriendo una forma final. Forma estructuralmente exitosa, aunque salpicada por el hollín del contexto. Y es que quien gobierna, si es humano, lo hace siempre en un contexto y no en la pureza de la nada absoluta, porque la nada absoluta está reservada a los dioses.

Somos humanos, y cada logro viene acompañado de su trozo de carne martirizada, de flecos pilosos, migas, arrugas, que nos recuerdan nuestra condición mortal. El Ministerio de Obras Públicas, es decir el MOP, estuvo allí durante decenios sin hacerse notar demasiado. Era una oficina fracasada, y el fracaso no molesta a nadie. Lagos le dio marcha a aquella cosa, tonificó su musculatura, y hoy los chilenos vamos o venimos cómodamente por autopistas y carreteras recién asfaltadas, tenemos aeropuertos y puertos modernos y atravesamos orgullosos nuestros nuevos túneles y puentes.

Pero lo que nos fascina no es la resurrección del sistema, sino la putrefacción del puente Loncomilla. Del MOP lo que más hemos leído ha sido aquello de los contratos en triángulo que tienen martirizados, hechos polvo, a los autores del milagro caminero. De tal manera que avanzamos a toda velocidad y cómodamente por el asfalto escuchando las noticias del hollín, que son las más entretenidas.

A Lagos se le ha ido fastidiando un poco el estilo, en parte porque nos gusta más la destrucción que los grandes diseños estructurales. ¿Hay algo comparable a pisotear los castillos de arena hechos por otros en la playa? Y es que los creadores sin sufrimiento son poco atractivos. Tienen que sudarla un poco. Sencillamente, no nos resulta soportable la presencia de un político irradiante que, tras una revolución frustrada, una dictadura atroz y una recuperación democrática que no calentaba a nadie, haya logrado restaurar la fuerza del Estado. El mismo Estado que, según los empresarios y los académicos graduados en Harvard o en Chicago, no servía para nada, ese Estado que Thatcher, Pinochet y Reagan tiraron al tacho de la basura socialista, aquellas oficinas con olor a meado y a pasillo grisáceo, esos despachos con caballeros antiguos sepultados entre archivadores Torre, legañas y trienios…

Durante la administración de Lagos se ha puesto otra vez de moda el Estado porque, en el fondo, eso es hoy lo moderno, lo que buscan pensadores tan de derecha como Fukuyama o líderes tan moderados como los europeos: un Estado que no sea ni fracasado ni incompetente, y que asuma sus funciones de servicio público y de articulación social. En Chile se ha tenido que hacer esto llevando a la espalda la mochila del Estatuto Administrativo promulgado por el almirante Merino y el peso de innumerables leyes, reglamentos, glosas y acápites, pero ahí está el pequeño país, rugiendo sus viejos motores, con los senadores Zurita y Aburto a bordo, la señora Lucía en su Cema Chile, la doctora Cordero y la ciudadanía toda en un ambiente de resentida amargura que es el único donde sabe respirar una población curtida a golpes. Ese ha sido el contexto.

El éxito, decía Churchill, es ir de fracaso en fracaso sin perder el optimismo. Es lo que ha hecho Lagos ante nuestra mirada ácida. Las guerras allendistas se libraron en torno al concepto del Estado: todo tenía que ser estatal. Los militares intervinieron para frenar ese invento y hacerse cargo de la parte dura del Estado, entregándole el resto a los privatizadores, que hasta hoy están agradecidos. Lagos, empujando a sus socios democráticos y apartando a los aún hoy leninistas, ha conseguido salvar la cosa de sus propias ruinas, y hoy la maquinaria estatal no es ya más esa planicie indiferente a nuestro sufrimiento, sino un torreón algo confuso pero con sangre en las venas, que sabe asociarse con nosotros para algún proyectillo concursable, una beca, un nuevo camino o alguna reforma estructural apoteósica.

Esa es la parte aburrida del cuento. La más sabrosa es la que nos cuentan Evelyn o Lorenzini o Chevesich. Lo que nos hace amable la jornada es saber que algo se vino al suelo o que esos señores de mirada transparente que decían trabajar para el bien público en realidad estaban alimentando su negocio privado. Coldeco gana dinero como nunca, pero estamos molestos. Es un alivio saber que hay algo de hollín, porque aquí en esta tierra no se admiten semidioses. Nos irrita el éxito ajeno, por mucho que redunde en nuestro propio beneficio.

Se va cerrando, pues, el amplio ciclo de Lagos y en según qué aspectos no reconocemos ya al país que fuimos. El logotipo del Gobierno de Chile planea sobre nuestros sueños. Se han afrontado con decisión casi todos los temas, incluso los ingratos. No forma parte ya Chile de aquel oscuro club de países cuyos Estados son incompetentes o fracasados. Pero a punta de reclamos y denuncias vamos poniendo a los semidioses en su lugar. Todos somos humanos. Todos estamos atrapados en una red de relaciones, en usos socialmente aceptados, y quien manda mucho en una esquina del mundo manda muy poco en otra.

El éxito es ir de fracaso en fracaso sin perder el optimismo. En Chile vamos de éxito en éxito sin perder el pesimismo. Eso es lo que nos hace grandes y es lo que nos mantiene pequeños. LND. Domingo 24 de julio de 2005.

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LÍQUIDOS____________________ También se hacen líquidas las relaciones amorosas. Fuera de los homosexuales, que insisten en casarse, el resto de las personas jóvenes tienden a mantenerse flotando en las aguas de aquello que se llama “una relación”. La herramienta de la “relación” no es el hogar, sino el teléfono celular. La llamada perdida ha reemplazado al almuerzo familiar del domingo, y en lugar de las cartas de amor van y vienen los e-mails…

Hace unos doscientos años, Kant reflexionó a su manera sobre la redondez de la Tierra: la forma de esfera del planeta y la dificultad de escapar de él nos obliga a los humanos a estar juntos y a buscar la forma de convivir. La primera parte de este pensamiento -estar juntos a la fuerza- comienza a hacerse evidente en nuestros días. Hasta hace poco tiempo conocía uno a la gente de su barrio. Había certezas territoriales. A través de su cultura clasista de apellidos y colegios, Chile había ido evitando en gran medida la mezcla esférica del planeta, ese ir y venir de hormigas anónimas. La globalización, sin embargo, nos condena a entrar al Metro junto a rostros desconocidos y a tener vecinos con los cuales la confianza es imposible. Viajamos más que antes, nos llaman mucho por teléfono, se nos inunda el computador de virus, cunden enfermedades raras, y tenemos quizás alguna cuñada en Canadá o un hijo con ganas de internarse en el Amazonas. Somos parte de una cultura líquida, donde todo se mezcla.

Después del atentado a las Torres Gemelas, Bush (cuya cabeza no es líquida ni esférica, sino cuadrada y sólida) ordenó la invasión de Afganistán. Luego siguió con Irak. El terrorismo, entre tanto, se ha multiplicado en esos dos países y en el resto del mundo. Siguiendo aquella lógica, ¿qué territorio habría que invadir tras el atentado al Metro de Londres? Resulta que los autores de la matanza han sido unos simpáticos muchachos de origen árabe nacidos y criados en el Reino Unido. Por muchas listas y maquinitas de inmigración que haya en los aeropuertos, las fronteras están desapareciendo. El mundo es como una gran sandía cubierta de minúsculas hormigas que van y vienen sin hacer caso de aquello que en el colegio se llamaba el mapa político de la Tierra.

También se hacen líquidas las relaciones amorosas, como bien señala Zygmunt Bauman en su libro “Amor líquido”. Fuera de los homosexuales, que insisten en casarse, el resto de las personas jóvenes tienden a mantenerse flotando en las aguas de aquello que se llama “una relación”. La herramienta de la “relación” no es el hogar, sino el teléfono celular. La llamada perdida ha reemplazado al almuerzo familiar del domingo, y en lugar de las cartas de amor van y vienen los e-mails.

Los estados líquidos favorecen la libertad, el intercambio y la angustia. Podemos flotar en la cultura contemporánea, cambiar de piel o dejarnos llevar por corrientes cálidas y amables. Como ocurre con los supermercados, todo parece estar milagrosamente abierto a cualquier hora del día o de la noche. Pero al mismo tiempo esta liquidez de las cosas borronea los límites y nos obliga a sumergirnos en lo desconocido junto a especies o fragmentos que, como nosotros, flotan en la misma deriva. Hay campo para el arribismo, pero también para el navajazo.

Más caminos, más rutas aéreas, más turistas, más dólares, más bacterias, más negros copulando con pelirrojas. Porotos cocinados en wok, sushi de almeja, tortellinis con merkén, tortilla de patatas con salsa de cochayuyo. Suegras que se escapan con un compañero de gimnasia, padres abnegados que se convierten al budismo y se internan en la montaña. Las hormigas humanas del mundo se desplazan con velocidad por la corteza terrestre arrastrando en sus vientres el amor mezclado con el odio.

También se hace líquido el debate ciudadano, que más que debate es un intercambio de noticias moduladas a minuto y medio cada una en los telediarios, y en ese comercio pesan lo mismo una sonrisa que cien ideas, una licitación dudosa que el robo de empresas completas. El flujo del zapping es infinito y sólo tolera los cortes comerciales. El electorado prefiere las opciones simples, y quisiera tal vez no tener opción alguna para poder flotar tranquilamente en las aguas de la vida moderna.

Pero aquel Kant que nos trae a colación Zygmunt Bauman no sólo se refiere al destino circular de estar juntos unos con otros -peruanos con chilenos, jóvenes con viejos, hembras con hermafroditas, hombres con mujeres, obispos con terroristas, estafadores con servidores públicos, asesinos con educadores-, sino también a la necesidad de acordar formas de convivencia. En otras palabras, parece estar llegando a su fin la división entre política nacional y política internacional. El mundo es ya una sola cosa. Sobre esta roca cubierta de agua en medio del cosmos se afanan en sus deseos y acciones miles de millones de seres humanos, nosotros, y estamos por fin viéndonos las caras, descubriéndonos la piel y los dientes.

Nuestro ministro de Hacienda es muy inteligente, de eso no cabe duda alguna, pero su primera ocupación en la mañana es ir a ver cómo están las Bolsas de Londres o de Nueva York o de Tokio. Cuando de la boca de alguna de nuestras senadoras sale algún vómito de ira, los funcionarios de la Cancillería se apresuran a comprobar si después de esas declaraciones el país ha subido o ha bajado en los índices internacionales de riesgo.

Los sistemas líquidos potencian los intercambios y aumentan la incertidumbre. La licuefacción del planeta nos obliga a hablar más idiomas, a compartir estéticas, a estar tan atentos al detalle local como a la autopista global. Seguimos atados a la Tierra porque somos hijos de nuestra esquina, pero estamos dispuestos a subirnos al primer avión que pase para tener la oportunidad también nosotros, como los europeos, de saltar por los aires en el Metro de Londres. LND. Domingo 31 de julio de 2005 .

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PRIVÉ______________________ La idea de lo público, para la derecha, es que no exista. Es una idea simple pero eficaz, cuyo horizonte garantiza que las personas vulgares no se van a entrometer en territorios selectos tales como los yacimientos, la generación de energía eléctrica, los altos hornos, los bancos o los transportes marítimos, aéreos y terrestres, para citar algunos.

Si uno es de derecha -si nace con esa suerte- tiende a considerar que las cosas son en general privadas. El mundo tiene que ser de alguien, debe haber un titular. Los países también, porque desde que se inventó el dinero todo se compra y todo se vende. Los bosques, las montañas, los lagos, el borde costero, los puertos, los caminos, las plazas, los malls, las universidades, las personas… no es bueno que estén solos y sin amo. La propiedad privada tiene la virtud de ordenar el universo.

Esta arraigada convicción puede producir ciertos trastornos de conducta a algunos derechistas si se hacen cargo del poder público. Desde luego que el ámbito fiscal por sí mismo genera sorpresa y hasta una sensación de pérdida de realidad en todo ministro o alto cargo de un gobierno conservador o liberal conservador o de centro derecha o de derecha autoritaria, como quiera llamársele. Recién nombrado, el personero puede paralizarse, por ejemplo, ante la perspectiva de tener que usar un WC público. ¡Quizá quién estuvo allí antes!¡Y esos pasillos, esos muros iluminados por la parpadeante luz de un fluorescente, Dios mío!

Pasado el primer espasmo le corresponde a nuestro jaguar de la derecha gobernante observar su entorno y calcular a ojo de halcón cómo serían las cosas si convirtiéramos todo aquel desperdicio -el Ministerio, Endesa, Codelco, la Universidad, la Previsión, la Salud Pública, la Cordillera, la Antártica- en empresas privadas. Hechos los cálculos, el paso siguiente sería dividir el pastel (es decir el país, o el ministerio, o las empresas comestibles que haya en él) en trozos homologables que, por su tamaño o conflictividad, no provoquen eructos macroeconómicos y que eventualmente pudieran llegar a cotizarse en la Bolsa. Se trata de pasar de la inmovilidad al comercio. De la fiscalidad al mercado.

La idea de lo público, para la derecha, es que no exista. Es una idea simple pero eficaz, cuyo horizonte garantiza que las personas vulgares no se van a entrometer en territorios selectos tales como los yacimientos, la generación de energía eléctrica, los altos hornos, los bancos o los transportes marítimos, aéreos y terrestres, para citar algunos.

Cuando, tras la revuelta del 73, llegaron al Gobierno los jaguares o gatos o zorros de nuestra derecha, se dieron cuenta de que estaban allí gracias a unos tanques que no sabían manejar. Tuvo que haber al comienzo un fuerte olor a cosa pública, y es que los militares son muy fiscales para sus cosas. Sin embargo, pronto se ordenaron las aguas. Cada cual tuvo lo suyo. Y los jaguares o gatos o zorros de Chicago quedaron a cargo de cuidar las fiambrerías de lo público.

¿Puede uno culpar al pobre Yuraszeck, o a Andraca o a Cáceres de haber entrado al Gobierno como simples funcionarios para salir como controladores de imperios económicos? No. Porque el jaguar nació para usar los dientes. Está en los genes de cierta derecha protozoica quedarse con las cosas, con todas ellas. No hay mejor tipo de relación que la propiedad. Las cosas de este mundo, ya lo hemos visto, son productos, mercancías, marcas, bienes transables, activos. Chile es un activo. Usted es un activo. Somos o seremos propiedad de alguien, y eso revela el vigor y la elasticidad del mercado.

El pueblo de Chile, que conoce a sus amos, es sabia y secretamente tolerante en estos asuntos. A nadie le puede mover a escándalo que durante una dictadura conservadora o liberal conservadora o autoritaria o sanguinaria (¡para qué vamos a pelear por el nombre!) se hubieran llevado unos señores la mitad del Estado para sus respectivas casas a La Dehesa o a Lo Curro o a cualquiera de esos barrios que ni siquiera existían en el gris Chile republicano de toda la vida. Era lo lógico, lo esperable.

También es del todo natural que al pobre Pinochet (que por su condición militar no disfrutaba de la soltura gimnástico-empresarial de los demás) se le hubiera espolvoreado un poco de cash en algunos bancos del planeta. No era posible para él bailar la finísima contradanza financiera que los funcionarios-empresarios desarrollaron bajo el nombre de capitalismo popular, y por eso se limitaron a pasarle un tarro con dólares y pasaportes, a ver si así no lo retaba la señora.

No hay, pues, que llamarle saqueo a las privatizaciones de la dictadura, sino más bien ordenamiento de la realidad… gestión de negocios… puesta al día. Aquello no fue corrupción, sino una adecuada respuesta a la amenaza comunista. Uno prefiere ahora, además, que los ex ministros y altos cargos de Pinochet no anden por ahí pidiendo pega (serían capaces de cualquier cosa). Es preferible dejarlos reinar en el submundo de lo fáctico mediante el disfrute personal de trozos del país que antes eran de nadie o de todos.

¡Qué hermoso sería ser de derecha! Uno, que no tiene ni apellido ni tamaño ni azul de ojos ni pelo dorado, que ha vivido siempre en barrios ahí no más, cuando ve plata fiscal sobre la mesa puede que sienta un vértigo pasajero, y en los momentos más venéreos soñará quizá con agarrar un pedacito, pero jamás tendrá esa actitud de dominio de los derechistas de verdad. Aquellos señores tan completos que se quedan con todo lo que tocan y absorben todo lo que muerden, porque les pertenece en virtud del derecho natural de la existencia. LND. Domingo 7 de agosto de 2005.

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EL LUCIAZO__________________¡Radiantes años de satisfacción total para estas damas y de miseria para tantos de nosotros! Cuando los Chicago Boys desataron la crisis del año 82, dijo doña Lucía sobre los que se arruinaban: “Esa es la gente linda, que de linda no tiene nada. Que lloren. Se lo merecen”. Ella fue la voz en off de la dictadura, la manager del dictador ocasionalmente desvelado por sus propias villanías. “¡Malagradecidos!”, exclamó al enterarse de que los chilenos no le dábamos el Sí a Pinochet.

No hay, al parecer, dictadoras en la historia reciente del planeta. A lo más que hemos llegado es a la señora Thatcher, o a la María Estelita Martínez de Perón, o Indira Gandhi, que no llegaron a tiranizar a nadie, aunque anduvieron cerca. Las mujeres, parece, han preferido hasta el momento oficiar o de demócratas rudas o de primeras damas de dictadores. Mientras Ferdinando Marcos fustigaba a los filipinos, Imelda se probaba zapatos y los coleccionaba. Jovanka, la señora de Tito en la Yugoslavia de entonces, ejercía mucho poder, pero siempre de modo extraoficial. Fidel, en cambio, tiene a sus mujeres en la clandestinidad.

Nos ha faltado probar el sabor de una mujer dictadora. ¿Cómo sería la vida bajo una tirana, bajo una fiera? Uno siente algo erótico al imaginar la idea, una impresión global o eléctrica de tipo sadomaso con trajes de cuero negro y cinturones con puntas metalizadas.

La vía chilena hacia la dictadura femenina tuvo un carácter más bien clásico. Esposa de su marido, con las uñas pintadas de rojo, vestido floreado para las ocasiones campestres y dos piezas si de ceremonias se trataba, cartera tersa al brazo, doña Lucía ha sido nuestra generalesa, la consejera del dictador, su lado femenino y privado. Mientras él se divertía junto al gran Manuel Contreras con sus juegos de helicóptero y sus campeonatos de tiro al corvo, ella se dedicaba a desfilar en ángulos rectos al mando de las Damas de Rojo o de Verde o de Algo, movilizando a miles de voluntarias. La sonrisa brillante de doña Lucía amenizó los años más atroces de nuestra historia reciente. Gemían los detenidos, desaparecían hombres y mujeres, se agitaba en el exilio una enorme masa de aterrorizados, enmudecía la prensa y vomitaba la televisión sus mentiras a través de la sucia boca de esos locutores atroces, pero Chile contaba con la satisfecha faz de la señora Hiriart, que para elevar el ánimo de los sobrevivientes se permitía contar algunos chistes. Por ejemplo, en “La Segunda” dijo que su marido era católico-deportista. ¿Y en qué consiste eso?, inquirió el reportero. En que al que no comulga con sus ideas lo manda al estadio. No tenía tanto humor como el almirante Merino, pero compartía con él la afición a burlarse de los maltratados. Con doña Margarita Riofrío de Merino, de alargado perfil, llenaba las páginas de la vida social, y entre todas, incluyendo a la señora de Mendocita, ayudaban a los menesterosos. La señora Lucía era la madrina de todas las guaguas que nacían los 11 de septiembre, y les obsequiaba un ajuar.

¡Radiantes años de satisfacción total para estas damas y de miseria para tantos de nosotros! Cuando los Chicago Boys desataron la crisis del año 82, dijo doña Lucía sobre los que se arruinaban: “Esa es la gente linda, que de linda no tiene nada. Que lloren. Se lo merecen”. Ella fue la voz en off de la dictadura, la manager del dictador ocasionalmente desvelado por sus propias villanías. “¡Malagradecidos!”, exclamó al enterarse de que los chilenos no le dábamos el Sí a Pinochet.

Entregaron entonces el Gobierno, pero no el poder. Una oscura red de disposiciones legales, un sistema integrado de amarres y trenzas garantizaba que en aquellos años de recién empezada la transición, doña Lucía mandaba mucho más que doña Leonor, esposa de Aylwin, y probablemente más que el propio Aylwin. Mientras don Patricio trataba de inaugurar su patria justa y buena, había otros que seguían pedaleando en la patria injusta y mala.

Probablemente se hilvanaban ya las cuentas bipersonales o multipersonales en Bahamas, en México, en Estados Unidos y en una ristra de países donde se protege el secreto bancario. Volaban los dólares, en millones, y la familia Pinochet seguía sonriendo, pese al declive. En Londres lo pasaron mal. Tuvieron que alquilar una casa espaciosa en el exclusivo barrio de Virginia Water, que dejó entrever a los más perspicaces las cifras que estaba manejando aquella gente. La señora Thatcher invitó a tomar té a la combativa pareja dictatorial, y quizás haya sido ese su peak social histórico ¡tecito en la casa de Margaret Thatcher! Háganse ésa. Días después, y en exclusiva para el mundo entero, la audaz doña Lucía apareció en CNN, de negro riguroso, con los ojos maquillados en rosé y un llanto como de pajarito. ¡Lo están matando!, exclamó. Los pragmáticos ingleses le hicieron al general un examen médico y lo reexpidieron a Chile en silla de ruedas. El contacto con la patria logró el milagro de devolver la salud al anciano, que se levantó ágilmente, bastón al aire, saludando a los suyos.

Millones de dólares navegan en los acuarios sumergidos de esta señora. ¿De dónde salió ese dinero? Ella nunca ha declarado impuestos. Tiene cuentas alrededor del mundo, pero aún no ha sacado iniciación de actividades. Ante su detención, Pinochet recuperó otra vez el habla, declarando que el responsable de aquellos delitos -por lo demás inexistentes- era él.

Y los chilenos observamos este drama, que no es de Shakespeare, que tampoco es de Lope de Vega, que no es teleserie, ni reality. Es una cosa nuestra, que sólo nosotros entendemos, y que llevamos clavada en el alma. LND. Domingo 14 de agosto de 2005.

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SE HACE SENADO AL ANDAR______________________Hay que valorar también el indignado asombro de Martínez Busch ante los avances de la democracia atea y socialista que desde el siglo XVII no hace sino socavar las bases morales de Occidente. Tiene toda la razón: ¿de dónde habrá salido aquello de un hombre, un voto? ¿En qué mundo estamos viviendo? Nuestro almirante, que si en Chile hubiera casa real sería sin duda monárquico, ha aportado lo suyo, y se lo agradecemos ahora que se nos va.

Echaremos de menos a los designados y a los vitalicios. Eran tan hermosos. ¡Los senadores Aburto y Zurita, siempre juntos, con esos bigotes justicieros! Se sentía uno firme ante la incertidumbre, sabiendo que nuestra Constitución los tenía allí para dar o no su aprobación a las leyes de la República. Más allá de las siempre fugaces mayorías de opinión de los chilenos acerca del divorcio, de los impuestos que no pagan las grandes empresas, de los cheques en garantía para ingresar a una clínica, Aburto y Zurita supieron demorar cautelosamente las cosas, trancar los avances, negar la realidad, aguar las novedades. Ese suave olor pinochetista que brota de tanto en tanto de los subsuelos institucionales de la patria se lo debemos en parte a ellos.

Hay que valorar también el indignado asombro de Martínez Busch ante los avances de la democracia atea y socialista que desde el siglo XVII no hace sino socavar las bases morales de Occidente. Tiene toda la razón: ¿De dónde habrá salido aquello de un hombre, un voto? ¿En qué mundo estamos viviendo? Nuestro almirante, que si en Chile hubiera casa real sería sin duda monárquico, ha aportado lo suyo, y se lo agradecemos ahora que se nos va. Cuando Pinochet quedó atrapado en Londres nos propuso declarar interdicto al Senado, lo que era como una especie de golpe de Estado. No lo tomaron en serio. Añoraremos a Martínez. Debería haber para él alguna otra destinación dentro de la compleja maquinaria del aparato público.

¡Y el dulce y silencioso navegar de Boenninger, Silva Cimma y Parra! Les debe haber causado más de algún problema de conciencia a ellos, demócratas de toda una vida, llenar unas vacantes que la dictadura consideraba suyas, llegando al Senado mediante viles designaciones a dedo. Nada de buscar un cupo electoral, ni tampoco puerta a puerta, ninguna necesidad de obtener votos; bastó con que alguien les dijera a ver chiquillos, tengo tres asientos para el Senado: a la una, a las dos y a las… Aceptaron. Entre quedarse en casa haciendo zapping y servir a la patria de aquella manera espúrea, eligieron lo segundo. Ellos aportaron pluralismo a un invento, el de los designados, que de otro modo hubiera sido impresentable. Trabajaron arduamente en comisiones. Se levantaron temprano. Percibieron su paga. Se merecen lo mejor.

Un instante de reflexión para la presencia senatorial vitalicia de Frei, que de vitalicia tuvo poco. La consistencia craneana de este hombre, su costumbre de no acariciar a la vez más de una idea y ojalá sencilla, ha calado hondo en el alma popular. Frei representa la solidez del cabello oscuro, la firmeza de la ceja bien dibujada, aditamentos claves en un mundo complejo como el que vivimos hoy. Incombustible, Frei quiere regresar al Senado por la vía de las elecciones.

Pero el mejor de todos, nuestro senador más inolvidable, fue sin duda Pinochet, que al parecer ya no es vitalicio, quizá por enfermedad, o por desafuero, o por irresponsable, o por demasiado responsable, y vaya uno a saber si aún le depositan puntualmente la dieta parlamentaria en alguna de sus cuentas, que en eso no habría problema. Por lo menos no figura ya su nombre en la lista de actuales senadores. No es que terminara con claridad su período, porque tampoco tenía período: se fue como desmaterializando del Senado en medio de sus otras múltiples ocupaciones. Recordamos como si fuera ayer aquella manera un poco bamboleante que tuvo de ingresar al hemiciclo por una puerta lateral, vestido de negro, perla en la corbata, ojos inseguros, flanqueado por los suyos a la manera de guardias suizos. Se nos fue a Londres y lo perdimos para siempre.

Un homenaje también para el senador Cordero, que debajo del traje de carabinero llevaba uno de senador, y debajo del traje de senador, camiseta de la UDI. Probablemente lo tendremos de vuelta. El senador Canessa, en cambio, al parecer no quiere más guerra. Y nuestro senador aviador, Ramón Vega, hombre de trato amable, que ama al sistema binominal quizá más que a los aviones, se nos quedará también en el recuerdo.

Designados y vitalicios han sido todos estos años un colchón de espuma autoritaria entre la opinión de la gente y las decisiones del Parlamento. Ellos han consagrado el relativismo de nuestras instituciones, el abandono de los principios sagrados de la soberanía popular según los cuales sólo pueden hacer las leyes los representantes del pueblo libremente elegidos. Pero los chilenos, apaleados por la historia, lo hemos preferido así, o nos metieron el gol, o nos lo impusieron, para qué vamos a discutir; mejor miremos tele o vamos un rato a pasear al mall.

Los misteriosos designios de la política terminan hoy con una institución exótica: se nos acaban los designados, no tendremos más vitalicios. Jamás los olvidaremos. Nos quedarán como acertijo los senadores binominales, aquellos que con votos minoritarios logran transformarse en senadores mayoritarios. Pero esto ya no es un asunto constitucional, sino de profundas matemáticas electorales. En este crucigrama pasaremos los próximos cuatro u ocho o doce años que vienen. No hay apuro. Porque la democracia chilena es, más que un sistema, una línea en el horizonte, un punto en la lejanía, un cotidiano tejer y destejer. Senadores, no hay Senado: se hace Senado al andar. LND. Domingo 21 de agosto de 2005.

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VIDA EXPRESS
____________ Hay divorcios express y divorcios antiexpress, condenas express y penas remitidas express, y también procesos interminables que, a la manera de los que con tanta y tan atroz gracia nos narrara Kafka, van hundiendo al protagonista en las arenas de la incertidumbre o del desastre económico.

Gracias a una condena de tipo express, un funcionario judicial de apellido Verdugo, que mató a golpes a su esposa hace cuatro años, lavó el delito con 61 días de pena remitida (o sea, que no fue a la cárcel), reincorporándose después al servicio. En los próximos días lo tendremos en los Tribunales de la Familia, inaugurados para ayudar a la gente cuando se divorcia.

La jueza Grimberg, denominada también jueza express, había elaborado una argucia para ir rápido con las sentencias y cobrar gracias a su velocidad unos bonos de incentivo. Su renuncia fue aceptada no porque su conducta hubiera dañado a los ciudadanos, sino, como explicó el ministro Libedinsky, porque le estaba dando una muy mala imagen al Poder Judicial. La jueza llegó a resolver 800 causas en dos semanas, o sea una cada seis minutos, lo que la puso a la punta de lo express en nuestra justicia. En la otra punta aparecen los juicios no express o antiexpress o de lentitud asombrosa del general Pinochet, que gotean desde o hacia instancias diversas, con gestiones rebotando por salas, casaciones, instancias, apelaciones, exámenes médicos y otras astutas maniobras distractivas.

Tampoco los divorcios están saliendo muy express. Después de un año sólo se han fallado unas cien sentencias, y hay varios miles de casos a la espera. Muchos jueces o abogados se resisten lentamente a que las familias que un día fueron dejen de serlo, y por ello solicitan más y más documentos hasta hacer del proceso un laberinto. En estos laberintos judiciales se orientan bien sólo los expertos o los ricos. Ha cambiado la ley, pero quizá no han cambiado los hábitos. Los rodillos de la actual legislación paralizan todo trámite si uno de los cónyuges se resiste a colaborar. Basta con que el susodicho o la susodicha no se dé por notificado y se abstenga de concurrir ante el juez para que se abran los dispositivos obstructivos, quedando detenido el asunto, en tanto que los papeles se lentifican en las respectivas procuradorías, despachos de abogados y salas de la Corte de Apelaciones, con los costos que ello comporta. Nos pone esta situación en el mismo escenario que ocurría con las nulidades, donde si no había acuerdo entre las partes, uno de los protagonistas del matrimonio ido a pique quedaba en poder del otro. No hay, pues, divorcios express, sino todo lo contrario.

Lavandero, en cambio, fue sometido a un juicio express, primero mediático y luego judicial, y ya está preso, cumpliendo una condena mucho menos express que la del funcionario judicial Verdugo, aunque en estas cosas sólo los que conocen bien los expedientes pueden opinar con fundamento. Y a uno le da la sensación, desde lejos, de que el fiscal Armendáriz es más bien express, y que la jueza Chevesich no tanto. Pero ellos sólo hacen su trabajo dentro de un sistema que es como es, y que no deja de maravillarnos por sus complejidades.

La presidenciable Bachelet dijo estar desconcertada por el indulto express concedido por el Gobierno a uno de los asesinos de Tucapel Jiménez, en tanto que el Ministerio Público pidió revisar un fallo que deja a un capitán como responsable express del contrabando de armas a Croacia.

Hay pues, en nuestro país, no sólo una reforma procesal en marcha, sino varios tipos de marcha judicial, uno de tipo express, otro de tipo antiexpress y otro más bien incierto, es decir que cuando a uno le toca tiene que tratar de nadar como sea en esas aguas de expedientes y abogados donde los expertos son invulnerables y uno, pobre ignorante, un paria. Hay divorcios express y divorcios antiexpress, condenas express y penas remitidas express, y también procesos interminables que, a la manera de los que con tanta y tan atroz gracia nos narrara Kafka, van hundiendo al protagonista en las arenas de la incertidumbre o del desastre económico. No es un problema de culpa, es un tema de fatalidades.

A la jueza express, ya renunciada, se le sigue adelante algo que se llama una querella de capítulo, en tanto que otro procedimiento denominado cuaderno de remoción ha quedado cerrado. ¡Hermosos términos, por cierto! Los chilenos, consultados por la encuesta CERC, se mostraron muy reticentes en cuanto a su confianza en el Poder Judicial, poniendo a esta instancia como una de las menos confiables del país. Un 80% de la ciudadanía tiende a mirar a la justicia como algo ante lo cual más vale no comparecer, ni para pedir ni para recibir. Sólo los políticos -tan denostados, los pobres, acostumbrados ya a figurar como lo peor de lo nuestro- le ganaron a los jueces en estos lamentables porcentajes de impopularidad.

No es que a los ciudadanos nos disguste lo express como cosa en sí. Ocurre, más bien, que al contrario que en la física, que se comporta según leyes claras y estables, lo express o no express o antiexpress de nuestro sistema judicial parece ser algo del todo imprevisible, y entonces se siente uno confundido o incluso atemorizado. Hay varias velocidades en pugna, y distintos niveles de modernidad en el sistema. ¿Qué hacer cuando nos cae en la cabeza un procedimiento express? ¿Con qué instrumentos podríamos cambiar el curso de una lentificación asombrosa si es que estamos pidiendo que se haga justicia? Aturdidos por estas variables tan alejadas de nuestra comprensión, empantanados en la lentitud o asombrados por lo express que se vuelve a veces la vida, contemplamos el estado de las cosas y nos preparamos para lo que venga. LND. Domingo 28 de agosto de 2005.

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LOS MISTERIOS GOZOSOS DE LA DERECHA_________________________De vez en cuando, algunos miembros de esta alianza de tribus tienen que enfrentar los engorrosos trámites de una contienda presidencial o parlamentaria o municipal, y lo hacen premunidos de una sonrisa y de fondos generosos. Normalmente no consiguen el triunfo.

Cuando se gana con la derecha es la derecha la que gana, decía Radomiro Tomic en los años ’60. Es verdad. Con el tiempo hemos comprobado, adicionalmente, que cuando se gana sin la derecha también es la derecha la que gana.

Este misterio gozoso, el de ganar siempre todos los encuentros independientemente del marcador, es lo que maravilla nuestros corazones y descoloca a nuestro entendimiento. Más allá de las elecciones -que para la derecha local son, por lo general, una ceremonia algo ridícula- está el poder sumergido, la organización interna del mundo, ese subterráneo de hechos rudos, el acceso a los botones de pánico y a las esclusas del dinero. Pero nos equivocaríamos si viéramos a la derecha como un paquete homogéneo. Según el admirable y moderado Bobbio, hay varias derechas: no todo se resuelve en díadas opuestas.

Digamos que las tentaciones o modelos de la derecha no son ya las mismas de hace casi 50 años, cuando inesperadamente lograron ganar unas elecciones de la mano de Alessandri. Jorge Alessandri, el “Paleta”, candidato independiente, fue aquella vez la salvación, el hombre diferente, el cambio, ese milagrito que suelen necesitar nuestros partidos conservadores para creer en su propias posibilidades de triunfo electoral.

Adivina uno, pues, varias almas en el cuerpo de nuestra actual derecha, pese a que a los derechistas el nombre no les gusta, y prefieren el de centro-derecha. Como fuere, habitan entre nosotros unas tribus conservadoras cuyo instinto, pese a que no resulte elegante decirlo, tiende a alinearse más con la gente de barrio alto que con la chusma, más con los bancos que con las botillerías. Parece ser propio del talante derechista una admiración por los fuertes, por los ricos y famosos, al tiempo que un escepticismo ante las acciones solidarias. Sus virtudes son el sentido de la estabilidad y un respeto por la realidad animal. Su peor vicio -ya lo hemos vivido en Chile- suele ser el abuso. ¿Cómo se manifiestan estos rasgos en las diferentes tribus?

Por un lado, están aquellos que siguen el estilo neoconservador. Su afán es disolver o succionar hacia abajo el espacio público: campañas publicitarias en lugar de debates, sonrisas en vez de ideas, grupos corporativos en lugar de ciudadanos, empresas más que ministerios. Para ellos, la política es una actividad corrupta, inútil, ridícula, desestabilizadora… Mucho se ha avanzado en Chile y en el mundo por este camino. La persistente privatización de lo público va erosionando la democracia, y en ese oscuro terreno la derecha se mueve con alegría. John Ralston Saul ha descrito con precisión estos fenómenos. Cuando el poder público se debilita, las decisiones importantes pasan a ser tomadas en la oscuridad, por agentes privados y grupos corporativos que negocian entre ellos el precio del dinero, los flujos de capital, el gasto bélico, las privatizaciones de la salud y la educación, la forma de las ciudades, etc. Al frente del gobierno tratan de situar a alguien que sonría y cuente chistes, y si las cosas se enturbian, a un matón.

Hay otra derecha menos liberal y más conservadora, que añora el antiguo olor a casa de fundo, las tradiciones perdidas, los apellidos, los privilegios. Son gente con más estética. Suelen estar provistos de sentido patrimonial y artístico, y tienen bastante más estilo que los nuevos ricos neoliberales y corporativistas. Les gusta hacer la caridad, por cuanto los asiste la firme convicción de la superioridad racial o de clase. Muy religiosos, tienden a menudo al integrismo. Su modelo es más bien británico o francés, aunque cuando visitan Europa tienen un aspecto como de Melipilla.

Por último, hay una derecha ruda que no se juega en el mundo de los negocios o de las nostalgias aristocratizantes. Son recién llegados, algo resentidos quizá. Están prestos a hacer trabajo sucio. Aman las artes marciales, las casitas pareadas y los autos japoneses. Aunque están hoy un poco pasados de moda, vimos florecer sus pétalos espinosos durante la dictadura. Entonces demostraron que a veces el triunfo se consigue por la vía de los hechos físicos, y que el control del poder se puede mantener utilizando electricidad y perros amaestrados.

Combinando estos tres factores -neoliberalismo, aristocracia local y brutalidad-, según sea la necesidad del caso, nuestra derecha triple y una ha logrado hacerse con una parte considerable del aparato estatal, del sistema productivo, industrial y agrícola, de los periódicos y canales de televisión, de las universidades y colegios, la vida cultural, las fundaciones con y sin fines de lucro, los centros de pensamiento político, los bancos, las empresas eléctricas, el comercio mayorista, los fondos de pensiones y, en fin, aquello que sea menester. De vez en cuando, algunos miembros de esta alianza de tribus tienen que enfrentar los engorrosos trámites de una contienda presidencial o parlamentaria o municipal, y lo hacen premunidos de una sonrisa y de fondos generosos. Normalmente no consiguen el triunfo. Pero con los votos alcanzados, más los ardides legales que los favorecen, más el poder sumergido que ya controlan, el país sigue siendo suyo. ¿Para qué querrían ganar las elecciones? LND, Domingo 4 de septiembre de 2005.

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SEIS ALLENDES _________________El Allende heroico que contempla mudamente al Allende derrotado. El Allende revolucionario con tres cuartas partes de su alma sumidas en las tradiciones republicanas chilenas. El Allende gozador de la vida que jamás dejó de luchar por los derechos de los pobres.

Adherir a Allende (o repudiarlo) es quizá más fácil que pensar en él. Las adhesiones y los repudios son actos automáticos, que arrancan del corazón o del grupo al que se pertenece. Por no contrariar nuestros afectos, por no desteñir nuestra historia, preferimos silenciar algunas cosas, tragarnos los trozos de vidrio incluidos en el puré del relato.

Cuando -32 años atrás, hacia el mediodía de su última jornada- Salvador Allende ingresó al Salón Independencia, las fuerzas militares ocupaban todo el país, La Moneda estaba siendo bombardeada y sus colaboradores evacuaban ya el edificio por la puerta de Morandé 80. El Presidente colocó la boca en el cañón de una metralleta regalada por Fidel, disparó y entonces su cráneo saltó por los aires, en fragmentos.

No olvidemos el contexto: eran años rudamente bipolares. Se era entonces o capitalista o comunista, o pobre o rico, o bueno o malo. Los aparatos de propaganda se esforzaron por construir, pues, dos arquetipos contrapuestos y excluyentes de Salvador Allende: el del héroe y el del villano. Mientras la dictadura militar y su brazo mediático levantaban la figura fantasmal de un Allende lleno de pecados que ni siquiera merecía tener inscrito su propio nombre en la tumba que ocupó durante 17 años, desde el bando de los derrotados se esparció por el mundo la imagen heroica de un Allende mirando al infinito, pensando en las grandes alamedas que se abrirían para dar paso a un mundo mejor.

Pero han pasado los años, las décadas. Muchos han muerto, otros han nacido, y los hay que han seguido viviendo. Ha variado el contexto, las guerras y las diversiones son distintas, el planeta es otro. En Chile han aparecido y desaparecido malos diversos y no parecen existir demasiados buenos. Habitamos una cultura fragmentada. Los cerebros excluyentemente bipolares, sin embargo, que ayer le negaron a Allende el nombre en la tumba, comienzan a aceptarlo hoy como figura heroica. Allende el silenciado es hoy Allende el difundido.

Pero más allá de estos esfuerzos simplificadores, repara nuestra mente en un Allende quizá menos compacto, aunque algo más real. Puede que Allende mismo (como le ocurre a muchos líderes) no fuera sino una constelación de personalidades diversas, una armazón poliédrica que finalmente, en mitad de la tragedia, estalló en pedazos.

El Allende heroico tuvo, efectivamente, rasgos de héroe: la integridad, la valentía, la generosidad, el ir hasta el final. Si seguimos a Savater, a los héroes les pedimos también eficacia: el héroe no repara en dar su vida por una causa justa, pero su aniquilación se justifica por el triunfo de su gente, por el bienestar de la tribu, o de la patria. Penetra con este razonamiento la sombra de la derrota. Allende tuvo comportamientos de héroe, quizá, pero no llevó a su pueblo a la victoria, sino todo lo contrario. Pudo pensar que su gesto, al quitarlo a él de en medio, serviría para pacificar los ánimos. Había ordenado rendirse a todas las autoridades bajo su mando. Pero no se quedó a ver lo que ocurriría después. Sus seguidores, que eran muchos, fueron cruelmente martirizados. El país perdió sus instituciones democráticas, y el poder que vino barrió con la tradición y con los buenos modales en la política: barrió con la política misma.

Pero hay también el Allende revolucionario. Intelectuales como Regis Debray y un grupo cercano de allegados mantuvieron viva en él la tentación del trópico, la guayabera, la metralleta, la revolución, el antiimperialismo total, la visión del adversario como enemigo a destruir. Este Allende revolucionario (que fue quizá el que apretó el gatillo de la metralleta) era otro que el parlamentario. Salvador Allende fue, a lo largo de una extensa vida política, un constitucionalista, amigo de pactos, conversador de pasillo, conocedor de personas a lo largo y ancho de Chile, un político tradicional en el sentido más tradicional del término.

Allende fue sensible desde muy joven a las lacras de la desigualdad. Su abuelo Allende Padín lo inició en los ajedreces del pensamiento laico, y así llegó él a la masonería, al socialismo, al marxismo, no a partir de la compasión (que es un sentimiento más bien cristiano), sino de la dignidad. Quizá fuera el sentido de la dignidad humana la virtud más indiscutible de Allende. Él no traicionó a su pueblo. Lo que no impedía que se considerara a sí mismo un sibarita. Trajes de lino, chaquetas de gamuza, whisky, y hasta un yate en Algarrobo, eran también parte de su personalidad y de sus gustos. Sabía tratar a las mujeres, le gustaba disfrutar de la vida. Él mismo confesó poco antes del final que este rasgo de su carácter le impedía pasar a una existencia clandestina, tal como su dignidad le hacía impensable huir del país.

Seis Allendes, pues, dispuestos en parejas soprendentemente bipolares: el Allende heroico que contempla mudamente al Allende derrotado. El Allende revolucionario con tres cuartas partes de su alma sumidas en las tradiciones republicanas chilenas. El Allende gozador de la vida que jamás dejó de luchar por los derechos de los pobres. Ninguno de estos Allendes es el Allende total. Cada uno de ellos es sólo una visión posible, una capa geológica, un relámpago. LND, 11 de septiembre de 2005.

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LA PATRIA DEL SUPERMERCADO _____________________________La patria, la de toda la vida, tenía mucho que ver con las glorias militares, pero los militares de ahora, como el gallardo general Garín y otros más, todos ellos altísimos cargos en el escalafón castrense, parecen dirigir su mirada de águila hacia vastas operaciones bancarias internacionales, no para espiar al enemigo, sino con el ánimo de hacer caja. Consecuentemente, decrece nuestro entusiasmo patriótico en este sector.

Quizá de qué modos o por dónde se les aparecería la patria a nuestros bisabuelos. A nosotros nos está llegando últimamente gracias a los supermercados; también ayudan un poco los malls y las gasolineras. Apenas asoma septiembre, estos comercios aplican automáticamente en sus locales un ambiente patriótico, una decoración de cintas o globos tricolores y a lo mejor alguna rueda de carreta, o unos fardos de paja, mientras el aire se llena de tonadas o de cuecas con mucha guitarra, arpa y la voz cuidadosa de unos cantantes que quieren pasar por rurales. Nos topamos con animadores profesionales vestidos de huasos o promotoras de pierna larga y sombrero colchagüino sonriendo sin corazón alguno. La oferta del consumismo patriótico despliega botellas de chicha, empanadas, palanganas para hacer asados, sacos de carbón, banderas chilenas; se busca eso que se llama lo típico, lo chileno.

La patria chilena se nos ha ido convirtiendo en un servicio de huasos arrendados a cargo de agencias publicitarias. Sabemos que la finalidad de las tonadas o las banderitas -casi todas de plástico, por cierto- no es hacernos bailar o cantar, sino hacernos gastar un poquito más. Así crece la economía. El dieciocho, como las fiestas religiosas, no pasa de ser un feriado con o sin fin de semana largo, quizá con algún asado si el tiempo acompaña, y en el asado es donde aún se siente, si no la patria, al menos la compañía de los amigos.

Los alcaldes de Las Condes o de Vitacura organizan unas fondas patronales muy aburridas, con aspecto de salón o de evento. En cuanto a las ramadas populares, no han logrado aún zafarse de las condiciones higiénicas del siglo XIX, lo que las convierte en un producto extremadamente étnico, para hígados curtidos. Entre una y otra cosa, es en verdad muy tenue la oferta real. No llega uno a sentir en estos tristes eventos comerciales o municipales el espesor nacional, la cosa comunitaria, el ethos profundo de la chilenidad.

Mientras se adelgaza así la patria chilena de toda la vida, va poblándose el mundo de patrias alternativas, a gusto del usuario. Y es que necesitamos pertenecer a algo. Aucán Huilcamán, aunque pise su caballo la misma tierra nuestra, parece habitar una patria distinta, y quizá tenga todo el derecho a hacerlo. Los más globalizados se van a pasar el dieciocho a Cancún, que es una patria resort, un diseño playero donde los que se cansan de cansar a otros logran finalmente descansar. En Cancún no dan empanaditas flatulentas ni choripanes burbujeantes en colesterol.

La patria, la de toda la vida, tenía mucho que ver con las glorias militares, pero los militares de ahora, como el gallardo general Garín y otros más, todos ellos altísimos cargos en el escalafón castrense, parecen dirigir su mirada de águila hacia vastas operaciones bancarias internacionales, no para espiar al enemigo, sino con el ánimo de hacer caja. Consecuentemente, decrece nuestro entusiasmo patriótico en este sector.

Se desmigaja la tribu. Cada cual pone el alma en algún tipo de club privado. Los adolescentes modernos van hilando su propio mapa de patrias transversales con o sin iPod: patrias nocturnas, mundiales, tecnológicas, góticas, inaccesibles a los mayores. En cambio, los ancianos (a los cuales en otro tiempo se les tenía respeto) no nos caben ya en la casa ni en la patria, de tal manera que los hemos expulsado, externalizándolos a unos hogares abstractos. A esos sitios iremos a dar nosotros cuando no podamos ya levantar la pata para entrar en la tina del baño. La patria hogareña también se hace frágil: basta algún desacuerdo sexual o financiero y la pareja salta cada cual por su lado.

La globalización va erosionando el tejido comunitario, y todo se mezcla o se hace trozos. En casa nos espera siempre la patria televisiva mundial, un zapping infinito con imágenes y sonidos blanduzcos que se suceden en círculo, mientras se echa uno como una larva sobre un sofá. Otra opción es la patria ecológica de Tompkins, quien compró al contado un pedazo grande de nuestra tierra y se la entregó a la naturaleza. La naturaleza, lo sabemos, puede ser una madre o una bruja: ella nos da las flores, la brisa, el aroma del mar, las tormentas, las arañas venenosas, los pulpos gigantes, los perros de dos cabezas, los virus mutantes y los tornados, y ante esa vorágine devoradora no hay patria que valga.

Los europeos suelen recelar de las patrias, y tienen sus razones. Cada vez que aparece un patriota enarbolando una bandera surgen primero los roces, luego vienen las disputas y finalmente los balazos. Nosotros, desde nuestra identidad más débil, vamos entregando trozos de patria a los mercados globales, a los tratados de libre comercio, a los movimientos antiglobalización, a las alianzas de aerolíneas, a las marcas de moda, a los e-mails, a las estrellas de cine, y nos cuesta saber ya si somos chilenos o de Benetton o de Sony o de Apple o de Movistar. Como no sabe uno tampoco si nuestros deportistas pertenecen a la patria o a sus auspiciadores o a los países donde se van a jugar. La patria es el lugar donde se ha nacido, pero últimamente parecemos haber nacido todos en cualquier parte.

Hay que tener fe, pues, en los supermercados, en los malls. Gracias a ellos al menos una vez al año (y mientras buscamos una patria sucedánea, alguna tribu a la cual pertenecer) nos acordamos del huaso, de la empanada, de la carreta y la bandera tricolor. LND. 18 de septiembre de 2005.

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HUMILLACIÓN MASIVA___________________________________El no haber pedido jamás perdón prolonga la ofensa a través de los años, y la hace renacer cada día. Lo ideal, lo más humillante, el divertimento más sádico, es mear en la cabeza del otro y luego hacer como si nada hubiera pasado…

Se asocia a las dictaduras con la sangre y el terror. Es justo hacerlo. Pero quizá más que romper vértebras o esconder cadáveres, la especialidad de quienes toman las riendas del poder en un régimen brutal es la humillación. Desapariciones, leyes secretas, exilio, control de la prensa, centros de tortura y demás dispositivos tienen como meta humillar a la población, aplastar la dignidad de los demás.

De la humillación se ha dicho que es una muerte adelantada, peor tal vez que la verdadera. La muerte nos llega a todos, pero la humillación se le reserva a quienes, en manos de un abusador, deben arrodillarse y someterse negándose a sí mismos.

Puede que muchos de nuestros humilladores, militares o civiles, y especialmente los civiles, no hayan reparado aún en la verdadera naturaleza y dimensión de sus actos. Quizá guardan para sí, en un rincón secreto del corazón, el gustito rico de haber sido capaces de pisotear a sus adversarios, de bailar claqué sobre sus cuerpos. El no haber pedido jamás perdón prolonga la ofensa a través de los años, y la hace renacer cada día. Lo ideal, lo más humillante, el divertimento más sádico, es mear en la cabeza del otro y luego hacer como si nada hubiera pasado. Ese hacer como si nada hubiera pasado es lo que convierte al tiempo en un robusto aliado de la ofensa.

Nuestro sistema judicial y nuestro sistema democrático han colaborado, cada cual a su modo, para prolongar la humillación de millones de chilenos a lo largo de los años. Ver convertidos en demócratas a los que ayer tocaban el bombo de la dictadura es un espectáculo amargo, sobre todo porque no se han deshecho del bombo. Palpar el campo magnético de fuerzas que protege y hace inmune al humillador máximo -el dictador- desalienta a cualquiera. Parece como si ciertos abusos y ciertos abusadores estuvieran protegidos por una sustancia invisible, y esa sustancia invisible alarga el hedor de la humillación hasta el infinito.

Humillación no es sólo haber sido detenido o detenida: se trata de marcas que quedan en la piel y se dibujan para siempre en el espíritu, ingresando por así decirlo al código genético. Detenidos, desaparecidos, exonerados, exiliados, fueron durante muchos años anomalías, bultos en la piel de la patria, material de desecho. Algo habrían hecho, estaban muy metidos, tan desatinados, a quién se le ocurre: la culpa era un vapor que caía adicionalmente sobre el cuerpo de los castigados. Pocos recuerdan ya las heridas adicionales, la onda expansiva o ramificada de lo humillante: el pariente que era también detenido al ir a buscar al que se habían llevado. El pelo de la señora que a la segunda semana de campo de concentración comenzaba a mostrar las raíces blancas. Las familias diseminadas en tierra extraña. Las frases tachadas por el periodista, las ideas exiliadas de su mente. El mutismo del académico ante la expulsión de uno de sus colegas, y eventualmente su ascenso gracias precisamente a esa desgracia. El aplauso falso. La canción nacional cantada sin ganas. El favor solicitado para conseguir un trabajo, un crédito, algún permiso o recomendación. La fría distancia o la impaciencia de quienes nacieron o crecieron después y para no apestarse han debido quitar de sí mismos una parte de su decencia natural. La humillación nos divide en dos, un idealista decente y derrotado y un insecto que lucha por sobrevivir: ambos batallan en nuestra mente y en nuestros sueños durante años.

La justicia tiene como finalidad devolver a cada cual lo que le pertenece. Más que de cosas o de riquezas -también es eso- se trata de la restitución del honor personal dañado. Y no se han restituido hasta ahora esos honores.

Quizás sea tedioso o reiterativo decirlo, pero el caso es que los pisoteadores máximos de la dignidad de los chilenos siguen bailando con sus botas abusonas, con sus tacos altos filudos. El vals de los designados, senadores humillantes durante tantos años. El minué de los sobreseídos por razones de edad o de salud, razones humillantes. El bolero de los hijos de chilenos nacidos fuera de Chile, que por tanto tiempo no tuvieron nacionalidad alguna. La contradanza de los militares o señoras de militares sobornados con dinero extranjero, dinero humillante. El mambo de los diputados o senadores hoy democráticos y hasta hace poco dictatoriales y que sin siquiera carraspear han cogido el ritmo de las urnas, apoyados por los trucos binominales y las prótesis publicitarias. El pasodoble de los reconciliadores prematuros, cándidos o con malas intenciones. Así se mantiene viva nuestra humillación.

Por eso, finalmente, se hace tan difícil hoy, entre nosotros, el perdón. Porque sólo es posible perdonar a los arrepentidos, a los compungidos, y de esos tenemos muy pocos. En cambio, hubo y hay demasiadas personas humilladas, millones si contamos a quienes fueron tocados por la brutalidad en cualquiera de sus formas, más sus allegados, más la periferia humana obligada a callar, a no ver, a no sentir. El siniestro ballet de Chile sigue desarrollándose, pues es un ambiente brumoso, impreciso, y en ese ambiente nos movemos unos junto a otros, humillados y humilladores, unos con su malestar a cuestas y los otros, por mucho que se hayan lavado la cara y pongan cara de niños buenos, con los pies untados de excrementos y de sangre. LND. Sábado 24 de septiembre de 2005

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BACHELETIANA LAGUÍSTICA________________________…La levedad de su liderazgo, la nubosidad de su presencia, se levantan como un rocío sobre la patria estresada y tantas veces maltratada. De manera simétrica, los venenillos biográficos o sospechosos que se le lanzan, se desintegran ante su sonrisa y salen expulsados del campo de visión como alimañas!…

Dulce estrella andina, caperucita de cuarzo donde estalla amablemente la luz ciudadana, taza de té para el descanso de la tarde, sonrisa familiar de los sin y con familia, Michelle Bachelet se ha ido elevando de a poco, callada pero persistentemente, por el firmamento electoral de Chile, hasta alcanzar unas alturas que parecen insuperables. Durante estos meses ha sido ella un lucero en ascenso; una brisa suave que agita levemente las ramas de los ciruelos en flor. Sus rivales la contemplan, desanimados, a mucha distancia.

Mientras más se ha ocultado la persona real, más ha ido brillando su aureola y de mejor manera han pululado sus vapores. Nos ha dicho muy poco, y sólo queremos que no nos diga nada. Estoy contigo, afirma, y le creemos. Tan infinitamente cóncava o convexa es la superficie reflectante de su espejo, que todos logramos mirarnos allí, independientemente de nuestra edad, condición, orientación sexual, credo o ideología. La levedad de su liderazgo, la nubosidad de su presencia, se levantan como un rocío sobre la patria estresada y tantas veces maltratada. De manera simétrica, los venenillos biográficos o sospechosos que se le lanzan, se desintegran ante su sonrisa y salen expulsados del campo de visión como alimañas.

La luz bacheletiana se ha ido alimentando, en todo caso, del combustible acumulado por Lagos. Con un avión de fuselaje cada día más corto, la turbina Lagos no disminuye sus revoluciones por segundo, y esa energía cósmica se transmite, por el efecto mariposa o por el calentamiento global, al Comando, bañándolo con la suave luminosidad de los muchos partidarios, de las promesas cumplidas, de las cifras sanas, de las obras públicas en vistosa inauguración. Bachelet es la nominada de Lagos, la elegida, aquella a la cual señala digitalmente el mandatario, y ante ese dedo el país, finalmente, se inclina y ordena sus pasiones.

Pero así como sobre el resplandor de Lagos bulle un ajetreado segundo piso de asesores o gurús que saben leer el futuro e interpretar las intrincada cábalas de la sociología, también bajo los pies de Bachelet se ha establecido un presidium subterráneo, una sala de máquinas. Se suda en la sala de máquinas del Comando, y desde las profundidades nos llegan hasta la superficie los gemidos y mugidos de una sorda batalla muscular. Pujan los muchachos de Expansiva, que están más bien en fase contractiva, o los recién desembarcados colorines, por ejemplo el diputado Mulet, cuyo estilo de pantalón y de barba de tres días es por cierto distinto al de los cosmopolitas de Expansiva-Contractiva. Domina ampliamente el panorama la mirada de Solari, dos rayitas bajo dos cejas contundentes, en un rostro amigable pero no por ello poco alerta. También ha hecho su ingreso en la caldera, un poco a empellones, todo hay que decirlo, el bienintencionado Foxley, que siempre nos habla de la gente, prometiendo un futuro sin sobresaltos, sin alegrías, sin riesgos, sin ilusiones, porque esta vida es para él algo triste y serio a mitad de camino entre un colegio, una encuesta y una comunidad cristiana. Y supone uno que habrá también allí, en ese comando subterráneo y preliminar, un colectivo de mujeres, adiestrándose -un, dos, tres, punta, planta, talón- tres para ser ministras, intendentas y seremisas a razón de 50% de cargos para el sexo femenino (estilo Zapatero), mientras alguien escribe en un cuaderno o en un mimeógrafo que quedó de los tiempos clandestinos algo parecido a un programa. Lagos Weber nos cuenta de unos jóvenes que son tremendos, una generación nueva, con caras distintas y, suponemos, apellidos también distintos. También ellos se entrenan -ale hop, un, dos, un dos, hop- para asumir cada cual su cuota de poder en el nuevo período republicano postlaguista.

¿Ideas? De las ideas nadie tiene hasta ahora ni la menor idea. Lo que importa de las candidaturas modernas es su luminosidad más que su substancia, y así lo han entendido bien los comandistas de Bachelet. Llegan temprano o quizás a media mañana a trabajar los chicos y chicas del Comando, y a esa hora hace ya mucho rato que Lagos está en la Moneda echando aire a la fragua y dándole a la turbina, con nuevas ideas, más propuestas, declaraciones renovadas y una energía indómita. Poderoso combustible Lagos, gaseoso comburente Bachelet, volcánico el presidente, cristalina la candidata, multicolor él, inmaculadamente blanca ella, ambos hacen sentirse protegidos a los chilenos y se muestran dueños del pasado, del presente y del futuro. Todo lo demás parece ser accesorio en el escenario político.

Nada es seguro ni permanente en los asuntos del poder. Pero si las tibias brisas que impulsan el volantín Bachelet siguen soplando como hasta ahora, llegará el momento en que el actual Presidente deberá disponer sus objetos personales y su turbina en unas cajas de cartón para abandonar el Palacio de la Moneda por una puerta lateral o triunfal, según lo dispongan sus consejeros, sometidos también a esa mudanza. Entonces ingresará Michelle al edificio, junto a los que entonces sobrevivan de su Comando (o se hayan agregado a él), para hacerse cargo de conducir, a su manera, los destinos de la Patria. Sabremos en ese instante con mayor exactitud qué había en la sala de máquinas. Y podremos observar cómo se lleva adelante la cohabitación del nuevo estilo matriarcal con los modales hasta ahora ásperos y machistas de la República de Chile. LND, Domingo 2 de octubre de 2005

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SOLES Y MANCHAS____________________La política -como el amor- se articula en torno al poder, y se basa siempre en una cesión de autoridad. Así como no hay amante al cual no le brillen los ojos cuando el otro se le entrega, así tampoco hay político a quien no le resplandezca la mirada al tener, finalmente, el poder en sus manos: como un animal triunfante gozará, y con pleno derecho, de su proeza.

Tal como hay amor del bueno, se da también entre nosotros el cariño malo: atormentado, neurótico, terrible. Todo depende de cómo nos comportemos, o de qué manera nos traten, o incluso de la suerte impía, que diría la Violeta Parra. Sin embargo, por muchas que sean las amarguras del amor, no renunciamos a sus deleites. Desaparecería la especie si así lo hiciéramos.

Si del amor suele aparecer primero el lado feliz, ese resplandor del alma o del cuerpo en anhelo, en el caso de la política -que también es un arte de los demás- vemos ante todo la suciedad. Siempre hay alguien dedicado con entusiasmo a señalar la mugre. Ambos ejercicios, el de la política y el del amor, se desarrollan en base a relaciones con otros, y son indispensables para nuestro bienestar. En los dos casos hemos de lidiar tanto con afectos como con odios, con la parte hermosa y el lado oscuro de las personas, con esa capa de halitosis y mala leche que todos los humanos llevamos como regalo de nuestra naturaleza dual.

Tal como hay un amor que nos conviene y otro que no, también existe una política decente y otra que no lo es. La diferencia es que mientras el amor, pudoroso, esconde sus pasiones en la zona del dormitorio o en otros lugares privados, la política es -debe ser- una actividad abierta. Aquella política basada en secuestrar personas o cortar miembros humanos no ha sido proclive a dar la cara: sus autores y sostenedores decían antes que no pasaba nada, y hoy, comprobado todo, sostienen que no eran ellos… Pero no sólo se esconde la política durante las dictaduras. También en democracia persisten los actos opacos de una política mala, hecha a espaldas de sus usuarios, los ciudadanos: no quiere mostrarse el poder cupular en esas zonas donde los candidatos del mismo bloque se sacan entre sí los ojos y los candidatos de posiciones encontradas, en cambio, fluyen en amable compañía porque los cargos están precocinados. Aunque venial, el pecado subsiste y su principio es el mismo.

La política -como el amor- se articula en torno al poder, y se basa siempre en una cesión de autoridad. Así como no hay amante al cual no le brillen los ojos cuando el otro se le entrega, así tampoco hay político a quien no le resplandezca la mirada al tener, finalmente, el poder en sus manos: como un animal triunfante gozará, y con pleno derecho, de su proeza. No es fácil el amor, ni gratis la conquista del poder público. Y si es sabio tolerar y hasta celebrar los traspasos de poderío en el ámbito privado, ¿por qué no habría de serlo en el ámbito público? Lo relevante no es tanto el deseo de poder, o la satisfacción al obtenerlo o cederlo, sino el modo como se conquista y el talante con el cual se ejerce: esa es la zona viva de la política. Ahí está lo medular del debate.

Pero nos quieren vender hoy la idea de que todo uso del poder es abuso, y que la política es de por sí despreciable. Quienes alegan en contra del poder venga de donde venga insisten en no distinguir lo bueno de lo malo. Devoran felices las mieles de la democracia, pero en cuanto pueden ensucian el plato o muerden las manos de quienes les dan de comer. Del mismo modo que en otro tiempo la izquierda creía que el dinero siempre es malo, así también hoy estos ideólogos de la suciedad cívica parecen gozarse de los fracasos colectivos. ¿Por qué va a ser siempre amarga la política? ¿De dónde emerge esta idea tan caprichosa? Hay naciones que prosperan bajo el gobierno de políticos responsables y prudentes. Las hay, en cambio, que se hunden en los fangos de la corrupción, la discordia, la apatía o la falta de logros colectivos.

El poder existe, y es determinante para nuestra seguridad y prosperidad. De lo que se trata es de dejarlo ejercer y ejercerlo a la vista de todos, con virtud, como decían los clásicos. Virtud no es un producto que podamos encontrar en los supermercados: se trata del antiguo equilibrio de las cosas humanas.

Opinaba Lutero que en todo coito, siempre, hay pecado: la idea era negar la sexualidad, tal como la idea de hoy es negar la política. Contra estas visiones algo primitivas se nos despliega la razón final de los esfuerzos humanos: relacionarnos con los demás, buscar el fruto común, asumir los riesgos de la existencia, sentir la pasión en el cuerpo y el espíritu, siempre atentos a la brújula de la sensatez.

Hay, desde luego, amores que matan. Ciertos políticos indignos no tienen problema en hacer matar a otros o en quedarse con el dinero público. Algunas pasiones son perversas, otras son saludables. Hay licencias del poderoso que resultan tolerables y otras que no. Nuestra condición humana nos invita a vivir la vida tal como viene, en plenitud, con sus soles y sus manchas, con esa fragilidad suya, tanto en el dulce ring amoroso como en el áspero combate político. LND. Domingo, 9 de octubre de 2005.

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ISLAS SIN TESORO___________________En esa isla se acumularán el odio feroz, el pecado, el error humano, las peores asquerosidades de los chilenos. Será una zona negra del territorio donde bullirá la hez de nuestra sociedad. Y así, el resto, o sea nosotros, los buenos, nos libraremos de aquel peso y podremos dedicarnos a lo nuestro: trabajar y disfrutar de la vida en familia.

De tal manera que cuando el presidenciable propuso su isla de delincuentes, o sea un mall del mal, respiramos aliviados los chilenos. Como en otras metáforas suyas -nieve artificial para pobres, lluvia mecánica para ricos, vehículos de tracción humana para turistas-, sabíamos todos que si bien no se iba a modificar mucho el complejo paisaje de lo real, habría satisfacción para nuestras ansiedades profundas.

En efecto, ¿puede haber algo más inquietante que la sensación de estar conviviendo con delincuentes? Esa amorosa pareja de la esquina o aquella señora que sube al bus pueden ser no amables vecinos, sino miembros de una banda. Gente armada con navajas. Los patos malos andan mezclados con los buenos y, como en las películas emocionantes, no sabemos ya quién es quién. Los encargados del orden parecen sobrepasados por un sistema delictivo acostumbrado a burlar las precauciones. De tal manera que los pedófilos, narcotraficantes, asesinos, rateros, si les gusta dedicarse a aquello, estarán mejor todos juntos en una isla temática. En esa isla se acumularán el odio feroz, el pecado, el error humano, las peores asquerosidades de los chilenos. Será una zona negra del territorio donde bullirá la hez de nuestra sociedad. Y así, el resto, o sea nosotros, los buenos, nos libraremos de aquel peso y podremos dedicarnos a lo nuestro: trabajar y disfrutar de la vida en familia.

El mito de la isla atroz recorre los relatos y las figuras literarias a lo largo de toda la historia de la humanidad. Ya en “La odisea” vemos al héroe, fecundo en ardides, vagar de isla en isla, cada una más maligna que la otra: la de los cíclopes, la de la bruja Circe, o aquella otra donde las sirenas, junto a un montón de huesos y cadáveres marchitos, atraían a los navegantes con su canto. La Biblia, por su parte, nos promete el infierno en caso de mala conducta, un lugar espantoso que el Dante sitúa en las profundidades. También allí, al centro de la tierra, fueron a dar los Titanes, divinidades de carácter difícil. Antes de entregarnos “La guerra de los mundos”, H. G. Wells quiso describir la horrorosa “Isla del doctor Moreau”, donde unos seres infelices, mitad animales y mitad humanos, productos de un laboratorio experimental, vagaban gimiendo y echando baba.

Pero la metáfora ha sido también llevada muchas veces a la realidad. Australia fue ocupada por los británicos con la finalidad de instalar allí una colonia carcelaria, ya que la independencia de Estados Unidos les impedía seguir utilizando la prisión de Virginia. Los franceses tuvieron su isla del Diablo en Guyana, y los norteamericanos la prisión de Alcatraz, un peñón en la bahía de San Francisco. Pinochet habilitó la isla Dawson, y antes de ser Presidente de su país y Premio Nobel, Nelson Mandela pasó muchos años encarcelado en Robben Island. Ninguna de estas islas prisión sigue funcionando.

La isla, o subterráneo, o foso, o lejanía donde se deposita a los seres de mala conducta es un emblema de la purificación, una metáfora quirúrgica de la necesaria segmentación del mundo: los buenos con los buenos, los lactantes con los lactantes, las viejas con las viejas, los leprosos con los leprosos, los bosnios con los bosnios, los blancos con los blancos, los terroristas con los terroristas, y así sucesivamente. Es una visión platónica y estratificada de la existencia donde cada ser vivo tiene su etiqueta y su lugar, un internado humano, una pesadilla ordenadora.

En sentido inverso y con parecida lógica, los viajes turísticos nos prometen llevarnos a una isla dichosa donde las aguas serán transparentes, la arena blanca, y nuestros cuerpos recuperarán el frescor salvaje que algún día tuvieron. Tomás Moro propuso su famosa isla de Utopía, un estado feliz. Campanella nos cuenta de la Ciudad del Sol, en la isla de Trapobana, donde transcurre su personal paraíso político. Gauguin y Stevenson -creador este último de “La isla del tesoro”- necesitaron recorrer medio mundo para irse a morir a sus respectivas islas artísticas.

Si votamos por nuestro animoso presidenciable de las metáforas, tendrá Chile su Isla de los Delincuentes. Pero podemos también imaginar otras islas deleitosas o peligrosas: la Isla de las Mujeres… la Isla de los Caníbales… la Isla de los Fumadores… la Isla de los Comerciantes… la Isla de los Obesos Mórbidos… la Isla de las Isapres… la Isla de los Candidatos Persistentes, la Isla de los Marihuaneros Sensuales, la Isla de los Torturadores Patrióticos, la Isla de la Hamburguesa… Y, por cierto, la Isla de los Enfermos del Chape. LND. Domingo 16 de octubre de 2005.

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MARINAKIS_______________________________…La micro, tal como la hemos conocido y vivido en Santiago, puede figurar como un compendio del abuso del mercado y del Estado sobre los ciudadanos, un mix de lo peor de lo nuestro. Unos y otros, empresarios y autoridades, se han confabulado durante decenios para brindar a los usuarios un servicio basado en el maltrato, el desprecio por los más débiles, la brutalidad, la picardía, la desconsideración humana…

Se empiezan a morir finalmente las micros, y nuestro sometido corazón se confunde: perderemos un trozo de folclore, una seña de identidad santiaguina. Nos hemos acostumbrado a experimentar a esta ciudad como un pegote caótico de trozos de mayor o menor fortuna irrigados por un río de venas amarillas y amenazantes. Es asquerosa, de acuerdo, pero es nuestra ciudad, aquí vivimos, somos de este esmog. ¿Qué será de nosotros en los brazos del aún incierto Transantiago?

Observamos cómo por las calles asoman ya la cabeza aquellos elegantes buses articulados, cisnes tímidos del futuro, y nos apegamos más que nunca a la inmundicia familiar de siempre: vendedores de helados semiderretidos en una cajita sucia de plumavit, empujones y colgajos humanos, brusco conocimiento de la dureza y la frialdad del metal por medio de frenazos de la máquina, pasajeros soñolientos echando baba, escolares burlados, señoras con guagua a las que nadie da el asiento, ese boleto y sus monedas del vuelto rebotando de mano en mano hasta llegar al pasajero que subió por la puerta de atrás… Vamos a perder esas emociones. Diremos adiós al pantano amarillento, al submundo micrero.

La micro, tal como la hemos conocido y vivido en Santiago, puede figurar como un compendio del abuso del mercado y del Estado sobre los ciudadanos, un mix de lo peor de lo nuestro. Unos y otros, empresarios y autoridades, se han confabulado durante decenios para brindar a los usuarios un servicio basado en el maltrato, el desprecio por los más débiles, la brutalidad, la picardía, la desconsideración humana. La micro ha sido para todos nosotros una escuela de ciudadanía, o de anticiudadanía: nadie puede experimentar la plenitud de sus derechos ciudadanos desde dentro de una micro. Resulta prácticamente imposible entender el concepto mismo de soberanía popular cuando uno va, oiga, corriéndose por el pasillo. Créannos, analistas, asesores gubernamentales, asistentes a seminarios de CasaPiedra donde se descubre de tanto en tanto la pobreza, sociólogos de salón, dirigentes empresariales, amigos, académicos, compañeros todos: cualquier discurso sobre modernización del Estado, gobernabilidad, transparencia o funcionamiento de las instituciones se hace añicos a bordo de una 247 en hora punta.

Pero, como toda perversión, el burbujeante sistema de transporte público de superficie de esta ciudad ha generado al correr del tiempo una serie de capas geológicas, de acomodos, de proveedores, un sistema sumergido de grupos humanos que viven honradamente de hacer vivir mal a sus semejantes. Se habla de los puestos de trabajo que van a desaparecer con la llegada del Transantiago. ¿Que será de los así llamados “sapos”, gimnastas provisionales que torean a las micros ofreciendo una compleja semiótica con los dedos? ¿Y los payasos, los vendedores del enhebrador alemán de agujas? Incluso corren serio peligro las plazas de trovador de cada micro, las cuales -pensábamos secretamente- estaban allí, abiertas, esperando que quizás a nosotros nos llegara la hora de tomar una guitarra y salir a buscar monedas en la AFP de la vida.

Mueren las micros, y se muere una parte de nosotros. Pero debiéramos hacer quizá como Demetrio Marinakis, combativo empresario del sistema antiguo, que al tiempo de su muerte como tal ha logrado una resurrección total, reciclándose como proveedor de Transantiago. De brutal micrista, Marinakis ha pasado a ser un suave transantiaguista: debiéramos imitarlo. Él ha conseguido un lugar en el futuro abriéndose a los nuevos tiempos, entendiendo que la ciudad contemporánea no es ya una cosa de edificios, sino un entrecruzamiento de flujos de transporte, una red de nodos y velocidades.

En todo caso, ¡qué paciencia admirable la nuestra! Difícilmente podrá encontrarse pueblo más sometido ni grey más dulce. ¡Esa resignación santiaguina, ese escepticismo, aquella infinita capacidad para mutar y sobrevivir en las circunstancias más penosas! Hemos aguantado con una sonrisa imbatible el atropello a nuestros derechos más elementales. Años, decenios de indignidad y de maltrato, nos han servido de escuela, enseñándonos que no somos nada, que nuestra opinión no cuenta ni vale. Indefensos, desprovistos de esqueleto ciudadano, larvas en manos de un sistema devorador, nos hemos hecho a la idea de que el traslado urbano es por definición una caída en la selva, un regreso a la caverna. El cambio, pues, va a ser duro. Hay que seguir a Marinakis. LND, domingo 23 de octubre de 2005

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PUBLICITY____________________ Van llegando hasta nuestra puerta los productos electorales, se nos aparecen en forma de cartel, pegatina, camión con banderas, visita puerta a puerta, noticia, franja televisiva tipo MTV. Son tiempos de comercio intensivo.

Unos dos millones de dólares en publicidad han gastado, de manera ilegal, los candidatos a las elecciones: como son ellos los que hacen la ley, quizá no le tienen tanto respeto como nosotros. Entre tanto, los que vamos a votar nos dedicamos a vitrinear, mirando un poco de reojo la mercadería. En el mall de la política, cada cual posee su cadena de tiendas, su imagen corporativa y sus campañas publicitarias. Contemplamos los afiches, van sonando las frases de radio y meditamos nuestra decisión.

Un candidato (cuyo conglomerado aparece gastando el 90% de esos millones de dólares publicitarios) nos ofrece alas para todos. ¿Necesitamos esas cosas? ¿Qué haríamos provistos de membranas voladoras? Si ese señor fuera elegido Presidente, al día siguiente tendrían que ir cada chileno y chilena a buscar su par de alas y se supone que a partir de entonces nos pondríamos a volar. Debe de haber en la frase una intención poética, quizá una alegoría. El eslogan toma ocasionalmente la forma de “que no te corten las alas”, suponiendo que ya las tenemos pero hay algo o alguien con una tijera que nos las corta, y esa sensación sin duda la hemos experimentado. El candidato aquel se ocupará de que nadie nos venga a cortar las protuberancias, lo que es de agradecer. La promesa forma parte del ramillete neoliberal: que cada cual vuele, aunque al nivel que le corresponde. Es evidente que hay alas ABC1, alas C2 y alitas C3, más raídas.

Una dama, también candidata a la Presidencia, declara: estoy contigo. Uno siente, al ver la publicidad (en la que ha gastado hasta ahora unos 160 mil dólares) que ella está con uno. Pero tal como ella está conmigo, pudiera pensarse, estará también con mi vecino, con mi suegra, con los punks, con cada empleado fiscal de la patria, o sea con millones de seres que se odian entre sí. Es una multimujer, capaz de desplegarse infinitamente y estar con todos. La idea es grata, aunque pudiera uno preguntarse si quiere uno estar con ella. ¿Y si después se nos presenta cada día en casa, diciendo que viene a cumplir su eslogan publicitario y entra, se sienta, acepta una tacita de té? ¿Qué hacer con ella?

Un tercer candidato presidencial (perteneciente, como el primero, al conglomerado de los millonarios en publicidad) afirma que con él se puede. ¿Se puede qué? Por ejemplo, se puede cocinar, se puede ir al espacio, se puede asaltar un supermercado, se puede bailar claqué, se puede uno enfermar, se puede sanar, se puede quedar embarazada la niña; en fin… La promesa es vaga, como la de los demás contrincantes, y eso al parecer es bueno desde el punto de vista del marketing. Con todo, la decisión de destacar el “se puede”, es decir la potencia, el poder, es una antigua idea de raigambre pagana o clásica: hemos venido al mundo a transformarlo, a hacer cosas. Es como un toque deportivo.

Sabemos de un cuarto aspirante a la Presidencia, pero el pobre está hundido desde el punto de vista publicitario y prácticamente no tiene carteles ni eslogan ni nada. Con todo, se empina a un 7% según las encuestas, casi la mitad de lo que marca uno de los millonarios.

Si cada candidato es un producto, deberá contar con recursos cuantiosos para llegar a los millones de consumidores de carne electoral. Por eso, los políticos se cuidan de tener empresas amigas, para poder financiar esas campañas tan caras. Y por eso es que las empresas han pasado a ser mucho más importantes que los ciudadanos en las elecciones. Adicionalmente, el Estado se aviene a pagar un tanto por voto conseguido a cada candidato, lo que no deja de ser amable.

Paralelamente, se libra una campaña mediática a través de prensa, radio y televisión. Para que el público reciba sin distorsiones los mensajes de cada candidato, lo más práctico es ser dueño de uno o varios de estos medios, o como mínimo ser amigo del dueño.

Van llegando hasta nuestra puerta los productos electorales, se nos aparecen en forma de cartel, pegatina, camión con banderas, visita puerta a puerta, noticia, franja televisiva tipo MTV. Son tiempos de comercio intensivo. La gama de productos es amplia presidenciables, candidatos y candidatas al Senado o a la Cámara de Diputados, solos o en forma de combo, los tres en un solo cartel. Unos utilizan dinero legal, otro dinero ilegal. Lo normal es que violen la ley.

Los consumidores vamos tomando nota. Al final haremos nuestra comprita política en el mall de la patria mediante ese modesto y misterioso dinero ciudadano que es el voto. LND, Domingo 30 de octubre de 2005.

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CAÍDA LENTA____________________________El champán y la comida siguen llegando a La Dehesa, aunque parte de las riquezas acumuladas corruptamente durante los años de poderío absoluto en bancos extranjeros están siendo intervenidas, y los suministros no fluyen como la dorada miel de hace unos años.

Por medio del arte, en este caso del cine, los alemanes han logrado enfrentarse por fin, tras sesenta años, a los hechos ocurridos en su país. Tan brutal, tan inédita fue la anomalía nazi, que durante mucho tiempo debió el mundo contentarse con una versión oficial, un resumen en que Hitler era simplemente el demonio y las tropas aliadas, también simplemente, los ángeles del bien. Pero el director Hirschbiegel ha logrado penetrar en la trama de lo ocurrido y presentarlo de manera creíble, desde dentro: la película La Caída nos muestra a un Hitler derrotado y sitiado en su bunker, con ojitos de perro apaleado, amable con las mujeres, colérico, indiferente ante el sufrimiento del pueblo alemán, lleno de consideración hacia su pareja. La tesis de que es preciso ser implacable con los débiles empieza a caerle al Führer sobre su propia cabeza. Los derrotados deben morir.

La Caída de Hitler duró algunas semanas. La de nuestro Pinochet, en cambio, ha sido una caída en cámara lenta, una sucesión de pequeños e indoloros desgarros y tirones que lleva dieciséis años de duración. Probablemente queden muchos más. El longevo general sigue aún atrincherado en su búnker judicial, aislado de la realidad, aun cuando su fiel Eva Braun, doña Lucía, deba salir de vez en cuando al planeta Tierra a cumplir trámites como el de hacerse la fotografía de prontuariada. Poco queda del cálido aroma solidario de Virginia Waters, o de los cumpleaños animados por figuras de la farándula televisiva con tortas gigantes y aplausos emotivos. Aquellos fieles han perdido su fidelidad. Muchos de ellos participan con entusiasmo en la vida democrática posterior a la dictadura. La democracia es por naturaleza generosa -esa es a la vez su fortaleza y su debilidad- y acepta en su seno a quienes no creen en ella.

Algunos colaboradores del pinochetismo están siendo alcanzados por la laberíntica tramitación judicial, que es como una fina lluvia escasamente visible, aunque pertinaz. Los periódicos siguen el tema con desgana, y el público se ha ido anestesiando entre tanto recurso de protección, apelación, visto para sentencia y nuevas diligencias. El champán y la comida siguen llegando a La Dehesa, aunque parte de las riquezas acumuladas corruptamente durante los años de poderío absoluto en bancos extranjeros están siendo intervenidas, y los suministros no fluyen como la dorada miel de hace unos años. Jueces de aquí y de allá mandan una y otra vez al mandatario derrotado a hacerse exámenes mentales, aunque quizá quienes deberían hacerse exámenes mentales son algunos de esos jueces. Pasan los años, los decenios, cambia el ciclo histórico del planeta, se ha ido reconstruyendo el tejido social del país, y el bunker pinochetista sigue allí, entre la maleza y los escombros, con sus saludos, sus escoltas, los galvanos de rigor y una retórica de otro siglo.

Los chilenos, que estamos yendo en gran número a ver la película alemana, nos hemos encontrado con la feroz secuencia en que el señor y la señora Goebbels se preparan para envenenar a sus cinco hijos y suicidarse luego ellos, ya que una vida sin nacionalsocialismo les parecía insoportable. ¿Resulta soportable hoy la vida sin pinochetismo? No vamos a exagerar diciendo que los cincuenta millones de muertos del nazismo son lo mismo que los tres mil muertos de la dictadura chilena, pero el procedimiento era similar: militarización de la vida ciudadana, policía secreta, lucha sin compasión contra los enemigos internos de la patria.

La Caída chilena, a diferencia de la Caída alemana, ha ocurrido negociadamente, desprovista de amputaciones sangrientas o balazos en la boca, sin tropas extranjeras, velada por sombras institucionales o extrainstitucionales, en una secuencia progresiva y a la vez difusa. Sus protagonistas no han tenido problema para exhibir dobles personalidades: una como despiadados integrantes del bunker pinochetista, otra como simpáticos personajes mediáticos o líderes de esa política que tanto asco les daba cuando sostenían con mano única las riendas del poder.

Llegará quizás un día de cierre para el bunker nacional, un momento de demolición o descomposición final cuando ya no circule por la arena ciudadana ninguno de aquellos pequeños Goebbels o Himmlers o Speers del pinochetismo, que en sus años luminosos diseñaron nuestros terrores y organizaron el abuso. Un día en el cual -como la simpática secretaria de Hitler- nuestra gente que hoy quiere olvidar y ayer no logró ver, complete su círculo mental y discrimine entre lo aceptable y lo inaceptable. Entonces podrá algún grupo de chilenos reunirse para repasar, con las herramientas del arte, la historia humanizada de nuestros hechos nacionales, esa Caída donde los malos serán probablemente un poco buenos y los buenos no lo serán tanto. Nuestros hijos o nietos verán tal vez aquella película hipotética, observarán un relato narrado desde dentro, en que personajes de diverso signo se conjugarán para construir el error, dar forma a la monstruosidad, instalar el daño y desaparecer finalmente de escena, haciéndose responsables -como los rudos nazis- de lo obrado, o no haciéndose responsables -como nuestros ídolos locales- de nada. LND, domingo 6 de noviembre de 2005.

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CLAUSTRO __________________Los chilenos, que tenemos mayor sabiduría que cualquier otro país del mundo, hemos optado por desentendernos de los claustros. En algunas universidades públicas está devaluado, y a él pertenece sólo una parte de los profesores: los demás boletean, asoman la cabeza y reptan hacia otras fuentes de trabajo. Y las universidades privadas, simplemente omiten el claustro: ¿para qué complicarse la vida?

Más de 140 académicos de la Universidad Diego Portales firmaron una carta solicitando que su rector, Francisco Javier Cuadra, fuera alejado del cargo: al menos parcialmente han logrado su objetivo. La audaz operación transmite la idea de que son esos académicos quienes nombran o remueven a sus autoridades. Pero en verdad no es así, ni puede serlo en ninguna institución privada. Hay universidades privadas que, como ésta, desarrollan sus actividades con seriedad y profesionalismo, ofreciendo programas de alta calidad y profesores brillantes. Pero, por su naturaleza, las privadas carecen de un elemento que, en cualquier universidad, ha sido durante siglos el motor y centro de la vida académica: el claustro.

El claustro, así llamado en las universidades españolas -y que la Universidad de Oxford denomina “congregation”, la Universidad de Berkeley en California “faculty”, etc.-, es un organismo colegiado, integrado por los académicos. En él reside el gobierno universitario y de cada facultad: es el claustro quien elige al rector y a los decanos, y es el claustro quien los remueve si hace falta; el claustro sanciona los estatutos y reglamentos, los programas, la dirección y funcionamiento de la universidad. Esto ha sido así, con algunas variantes, desde que se fundaran las primeras universidades, en el siglo XIII. Las universidades son, antes que cualquier otra cosa, corporaciones de sabios, congregaciones de académicos que se organizan a sí mismos y que en virtud del servicio que prestan a la sociedad reciben un firme apoyo del poder público. La universidad es el lugar donde se conserva el saber, donde se transmite y se genera conocimiento. Y se ha considerado siempre, con plena razón, que son los propios expertos, los académicos, quienes deben orientar y gobernar sus instituciones, a través de este organismo colegiado.

Los académicos, pues, una vez constituidos como tales en el claustro, no son “empleados” de la universidad: ellos “son” la universidad. El rector, los consejos, senados, decanos y demás autoridades actúan por mandato del claustro y, terminadas sus funciones, regresan a él como académicos. Se trata de un sistema de gobierno a medias democrático y a medias corporativo: no cualquiera llega a ser parte del claustro. Se ingresa al claustro y se permanece en él por méritos propios, a través de procedimientos objetivos y transparentes: concursos públicos, evaluaciones, etc., y estamos hablando, en las universidades serias, de sistemas sin picaresca, lejos de compadrazgos y argucias. Es en el claustro académico donde en cualquier universidad potente están los espíritus libres, los premios Nobel, los investigadores más citados, las autoridades de cada disciplina.

Los chilenos, que al parecer tenemos mayor sabiduría que cualquier otro país del mundo en estas materias, hemos optado por desentendernos de los claustros universitarios. En algunas universidades públicas el claustro está devaluado, se reúne poquísimo, a lo más vota cada cuatro años, y a él pertenece sólo una parte de los profesores: los demás boletean, asoman la cabeza y reptan hacia otras fuentes de trabajo; en otras, el claustro está tan envejecido que los profesores instructores, es decir los más jóvenes, tienen sobre 40 años; en ocasiones, el claustro está controlado por tribus, lo que tiende a desfigurar su naturaleza. Y las universidades privadas, simplemente omiten el claustro: ¿para qué complicarse la vida? Devaluado el claustro, se devalúan también los académicos. Muchos de ellos opinan hoy muy poco de la vida académica o se limitan a susurrar, no sea cosa que por soltar un par de opiniones se queden sin pega: nadie quiere a los profesores conflictivos. Las universidades tienen entre sus tareas la de pensarse a sí mismas. Pero cuando un académico empieza a pensar en voz alta a su universidad, la universidad empieza a pensar en voz baja en cómo deshacerse de él.

Por eso es que el gesto de estos 74 audaces merece una reflexión. Por las razones que sea, traumáticas muchas de ellas, las universidades dejaron de ser en Chile lo que siempre fueron, y se transformaron en colegios superiores, en institutos profesionales del tipo ir a clases, hacer las tareas, y vamos circulando. La visión economicista de los políticos -de todos ellos- ha hecho de la universidad un mero instrumento para el ascenso social. Pero la universidad, aunque contribuya mucho a ello, no fue fundada para disminuir la brecha de ingresos. Su misión es asegurarle al país un espacio sólido para el conocimiento, para la investigación científica, para el desarrollo de las disciplinas humanísticas, en condiciones de alta calidad, libertad plena de expresión y creación, pluralismo y convivencia de ideologías diversas.

Nos hace falta el claustro. Necesitamos académicos bien plantados, profesionales con opinión, que no le deban el cargo a nadie sino a sus propios méritos, y no sean mirados mal por expresar sus convicciones. Merecemos una gestión universitaria más participativa, capaz de nutrirse de la fuerza académica. Y, sobre todo, nos vendría bien una autoridad pública para la cual la mejor política universitaria no sea simplemente carecer de política universitaria. LND, Domingo 13 de noviembre de 2005

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DEMUÉSTRAMELO___________________Analistas y partidos políticos procuran demostrar que los votos son traspasables o carcomibles, pero ahí sólo hay hipótesis. Los laguistas no se transforman automáticamente en bacheletistas y los zarpazos de Piñera sacan de aquí y allá, lo que no estaba considerado por los cráneos binominales. Lavín quiere demostrar que él y Piñera son como primos hermanos, pero el empresario encuentra más moderno volar solo en su helicóptero…

La vida moderna pide demostraciones. Bachelet debe demostrar que está capacitada para gobernar, y cuando se pone en ese trance, todos observándola, ella rigidiza el cuerpo, levanta simétricamente los pulgares, y la sonrisa de su rostro simpático se contrae en una diagonal. No logra aún exhibir ante el electorado lo que se llama bien-bien sus capacidades, y el electorado le responde con algo de tibieza. Ella parece ambientarse mejor cuando la quieren, no cuando le toca examen. El empeño de Lavín, en cambio, se concentra en demostrar que no va perdiendo, y como las cifras muestran lo contrario, su cara de niño empieza a mostrar a ratos alarma y a ratos cansancio.

Pamela Jiles estaba llamada a demostrar que era una presentadora sin corazón -así entiende el canal TVO el pluralismo-, pero su presencia con un gorrito boliviano en la franja de Hirsch demostró lo contrario: al parecer, Jiles tiene corazón, piensa de alguna manera y se siente con derecho a expresar sus puntos de vista. De tal manera que fue despedida.

Francisco Javier Cuadra fue instado a demostrar que no era ni había sido pinochetista, ni ministro, ni estaba en La Moneda cuando los chiquillos del régimen salían a mutilar cuerpos humanos. Cuadra llevaba años como rector, pero de pronto le pidieron aquel certificado de blancura, y no consiguió pasar el test. También fue despedido. Otros ministros y altos cargos del mismo régimen mutilador se desempeñan hoy en diversas universidades privadas, pero nadie les ha exigido aún el certificado de antecedentes. Están, por el momento, libres de demostrar nada.

La vida se nos ha convertido en una sucesión de aduanas previsibles o sorprendentes, en una larga serie de trámites demostrativos, unos necesarios, otros no tanto. La sociedad nos abruma pidiendo certificados de salud, revisiones técnicas, currículum, saldos bancarios. Estamos obligados a demostrar diariamente nuestro cariño o nuestra buena onda. No basta con plantarse simplemente en la vida, con estar ahí como los delfines o las nubes, que nada pretenden demostrar.

Piñera se ha propuesto demostrar que su opción presidencial es viable, y ha progresado. Arrebató en su primer piñerazo la mitad de los votos que tenía Lavín, y ahora parece estar royéndole a Bachelet. Ella ha demostrado que está con nosotros. Pero la elección es al revés, y lo que debe demostrar la candidata es que nosotros estamos con ella. A lo mejor, es tan blanco su mensaje que así como nadie le tiene nada en contra, tampoco nadie le tiene mucho a favor, y algunas adhesiones se le van desprendiendo, volatilizando. Los chicos de su comando han jugado a esconderla, y así no se demuestra nada.

Los candidatos de la derecha han demostrado que la delincuencia es un tema que a la gente le importa mucho. Hay allí una incertidumbre permanente, un alien capaz de atacar en cualquier instante en el Metro, en la casa, en el auto, en la micro… La delincuencia es uno de los nombres que adopta nuestra inseguridad ante la vida. Para hacerse cargo de ese miedo difuso y mutante no basta con sonrisas: se necesita control del territorio, es importante mostrar masculinidad -o sea, capacidad de pegar combos-, y quizás el comando Bachelet, tan poco sexista, se ha olvidado de estas cosas primitivas.

¿Con qué músculos nos va a defender Bachelet de las guerras globales, de los empujones de Bush, de los conflictos con los vecinos? ¿Se la podrán con los flaites los modernillos de Expansiva, vestidos en trajes Zara? Quizás el músculo podría venir de Lagos, pero este señor va a abandonar dentro de muy poco La Moneda, tal como Insulza abandonó Chile. Bachelet quiere hacerse cargo del palacio de Lagos rodeada de todos, es decir de nadie, o a lo sumo de unas amigas y unos colaboradores opacos y bajitos.

Analistas y partidos políticos procuran demostrar que los votos son traspasables o carcomibles, pero ahí sólo hay hipótesis. Los laguistas no se transforman automáticamente en bacheletistas y los zarpazos de Piñera sacan de aquí y allá, lo que no estaba considerado por los cráneos binominales. Lavín quiere demostrar que él y Piñera son como primos hermanos, pero el empresario encuentra más moderno volar solo en su helicóptero.

Uno se va fatigando un poco de ver a otros demostrando cosas, o de tener que hacer demostraciones a cada rato. Nos gustaría quizá ser como somos, existir con naturalidad y de modo más musical, sin tantas razones. Los candidatos -es su trabajo- pasan cada mañana a su comando a leer el resultado que les arroja su último focus group, y salen de inmediato muy peinados a demostrar alguna cosa. Estamos rodeados de demostradores, de demostradores muy insistentes. Tal vez por eso queremos a ratos vivir en un paisaje indemostrable, en unas largas vacaciones instintivas, como los gatos, como los cocodrilos. Y es que lo más bonito de la existencia, lo auténtico, no necesita demostración alguna. LND, Domingo 20 de noviembre de 2005.

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INDECISION TELEVISIVA_______________ nuestros indecisos, que nada quieren saber, son hoy el factor decisivo. Su voto, fundado en la casualidad, en el impulso publicitario, en el desapego, se emite como si se tratara de un juego de computador o una visita al supermercado…

Auténticos distraídos que aún no lo han pensado. Obesos mórbidos devorando pizza pepperoni. Intelectuales demasiados sofisticados. Chistosos profesionales celular en mano. Amas de casa concentradas en el blanco de la ropa. Clientes frecuentes del mall. Rockeros adictos al zapping. Bellezas de vida sexual fabulosa. Nerds concentrados en vagar por Internet. Amantes exclusivos de la naturaleza… Tal pudiera ser el perfil de quienes no saben o no contestan. Carecen de opinión electoral y tampoco están seguros de si la tendrán en un futuro próximo. Se trata de los indecisos, de los que o no han elegido candidato o lo cambian todos los días. Son ellos, paradojalmente, los que decidirán nuestro futuro de país.

Lejos de considerarse un defecto, la indecisión es vista hoy por los candidatos, partidos y comandos como una oportunidad: en esa tibia y pasiva masa de los que no saben ni contestan están las posibilidades concretas de sumar votos. Por eso es que los indecisos son regaloneados, deseados, olfateados, escrutados en sus más nimios deseos. A ver si se les captura. Ellos van a votar, si votan, por un par de ojos azules, o por una respuesta bien articulada, o por una sonrisa con más dientes que la de los demás. De tal manera que nuestros comandos se esmeran por meter dientes en la sonrisa de sus candidatos o pautearles sus dichos. Letreros abundantes, canastas con panes de pascua, promesas absurdas, canciones pegadizas, frases cliché, son el bordado con el cual se les premia y se les trata de ablandar, a ver si sueltan el voto.

No hay un motivo único para ser indeciso. Algunos llevan la duda en su alma como un rasgo de carácter… Hay quienes se resisten a tener opinión por asco a la política… Otros están manifestando honestamente su rechazo al sistema… Lo que en este caso nos inquieta es cómo se va perfilando un nuevo segmento, que asienta sus reales no en algún ideal, sino en la ignorancia activa. Estamos hablando de una sólida nube de personas indiferentes, cuyo caldo natural es la mayonesa visual, el fragmento jocoso, la nada, la lesera. No se trata en verdad de gente sin acceso a la educación -en Chile, todo el mundo está escolarizado-, sino de seres que han renunciado a usar su cabeza para pensar en los demás. Son nuevos analfabetos, bestias cívicas, lumpen digital sonriente con algún teclado al alcance de los dedos. No quieren concentrarse, les dan lata los tratados de libre comercio o los sistemas binominales o monominales, no pretenden saber nada de planes Auge, ni de reformas educacionales, ni de nada de nada. Son votantes random, que finalmente pondrán su marca entre dos flatos y una risa. Ellos confían en arreglarse un nicho a espaldas de lo que ocurra en el país. Su común denominador es tomar a la chacota la vida republicana, y esta postura ante la vida, lejos de ser incomprendida, es sumamente popular: los escépticos son muy apreciados, el vacío conceptual y la frivolidad política parecen ser virtudes muy importantes.

Nuestros chacoteros democráticos de hoy son herederos de una larga tradición cuya primera hazaña, en el siglo V a.C., fue condenar a muerte a Sócrates por 280 contra 220 votos a partir de unas vagas acusaciones de carácter abstracto: a lo que se jugó entonces fue a transformar la antipatía en voto. Muchos siglos más tarde, Hitler conquistó el poder a partir de una victoria electoral basada en una idea magnética: la culpa de la postración alemana la tenían los judíos.

No votamos, ciertamente, sólo con la cabeza. También el corazón es importante: elegimos a un candidato o candidata quizá por su trayectoria, por motivos de pertenencia ideológica, religiosa, geográfica o de clase. Es preciso reconocer que la vida global se ha vuelto complicada, y nos cuesta distinguir entre la APEC, la OCDE, la OEA o la ONU. Pero un mínimo de responsabilidad cívica nos obliga a todos a saber si es o no el Presidente de la República el encargado de fijar el precio de la bencina, o si son los senadores los responsables de nuestras relaciones con los países vecinos. Las repúblicas se fundan en el conocimiento: para respetar las leyes es preciso tener una noción de lo que ellas prohíben o permiten, tal como para conducir un auto son necesarias ciertas habilidades o al comprar una casa nos obligamos a saber de escrituras públicas y contribuciones.

Pero nuestros indecisos, que nada quieren saber, son hoy el factor decisivo. Su voto, fundado en la casualidad, en el impulso publicitario, en el desapego, se emite como si se tratara de un juego de computador o una visita al supermercado. De un modo insensato, estamos poniendo nuestro futuro en las manos de quienes no tienen ninguna consideración por los asuntos públicos. La democracia es para todos, desde luego, pero no por eso estamos obligados a dar por bueno cualquier comportamiento: la ignorancia activa es una falta de respeto a la comunidad. LND. Domingo 27 de noviembre de 2005.

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INCERTIDUMBRE SEXUAL_____________________Los hombres han sobresalido en tareas tales como conquistar América, matar a españoles o a mapuches según el caso, incendiar cosechas y cortar narices, sublevarse al poder colonial o resistir a la insurgencia republicana, fusilar a los caudillos, establecer oligarquías, en fin…, pruebas de valor en su mayor parte, gestos simbólicos de poderío fálico.

Las próximas elecciones presidenciales chilenas contienen una interrogante atípica. En efecto, dado que de los cuatro candidatos hay tres pertenecientes al sexo masculino y una al sexo femenino, la pregunta que muchos se hacen es: ¿está preparado Chile para ser gobernado por un macho, dado el caso de que alguno de los candidatos hombres alcanzara la victoria?

La conducción de los asuntos públicos por parte de hombres ha demostrado ser cuanto menos incierta. Atávicamente a cargo de la continuidad de la especie, las mujeres poseen, como es sabido, una visión de conjunto de la que los especímenes masculinos carecen. La tradición impulsa a los hombres a la consecución de hazañas, a cumplimientos heroicos que probablemente les sean útiles a ellos mismos para manifestar y comprobar su virilidad, pero que no necesariamente resuelven los problemas concretos de la gente. Aunque las hazañas suelen aparecer en letra grande en los periódicos y en letras pequeñitas al interior de las enciclopedias, la vida cotidiana transcurre por cauces más modestos y apegados a la realidad, a esa realidad que de manera holística y pragmática suelen abordar las mujeres. Así, cuando viene un bus, los hombres suelen pensar en el sistema de suspensión de la máquina o en lo idiota que es el conductor, en tanto que las mujeres se concentran en hacer subir a los niños, pagar y encontrar asiento, cosa que por lo general consiguen.

¡Hazañas! Los hombres han sobresalido en tareas tales como conquistar América, matar a españoles o a mapuches según el caso, incendiar cosechas y cortar narices, sublevarse al poder colonial o resistir a la insurgencia republicana, fusilar a los caudillos, establecer oligarquías, en fin… pruebas de valor en su mayor parte, gestos simbólicos de poderío fálico. El paso de los años no ha mitigado esta insistente premura masculina por el heroísmo. Hemos visto en tiempos recientes a diversos machos afanados sucesivamente en abrir la vía chilena al socialismo, cerrar la vía chilena al socialismo, torturar compatriotas, refundar la república a partir de un dedo… en fin. Muchas de estas hazañas han tenido su precio, pero los hombres rara vez sacan la cuenta de sus desaciertos. Las mujeres, es sabido, terminan bien las tareas, dejan todo ordenado y ponen especial énfasis en los detalles, en aquella interfaz que toca al usuario. Los héroes masculinos, habitualmente, culpan a otros de sus fracasos y si te he visto no me acuerdo.

¿Están preparados nuestros candidatos hombres para escuchar la voz del pueblo y solucionar los problemas concretos de la gente? Quizá Piñera, que durante varias décadas ha solucionado brillantemente los problemas concretos de él mismo, logre captar aunque sea de modo vago qué pueda ser aquello de “el pueblo” o “la gente”; escuchar, en cambio, es un verbo que no ha tenido tiempo para conjugar. De Tomás Hirsch sabemos poco: no están muy claras sus hazañas, aunque él está en contra del modelo, y esa rebeldía tiene también un encanto de macho alternativo. Con respecto a Lavín, sería mezquino no reconocerle sus hazañas portátiles de las piscinas y la nieve. Hay que agregar a ello la furia verbal contra los delincuentes y un súbito ataque de compasión por los pobres y las Pymes, lo que le va dando un sesgo de señora gorda de población, y eso confunde sexualmente a la audiencia.

Es cierto que vivimos tiempos inciertos en cuanto a la determinación de los géneros. En otro tiempo, antes de los McDonald’s, cuando no había aún cajeros automáticos, Internet ni celulares, las cosas estaban claras: había roles. Madres ellas, héroes ellos, se habían parcelado la vida, y si en la mujer valían la recolección, el cuidado de la casa y los niños, a los hombres se les pedía temple para romper cráneos y triunfar en la caza o en la guerra. Pero hoy las chicas llevan pantalones y los muchachos aprenden a cocinar, se compran un wok o se colocan un pendiente en algún cartílago. El mundo enteramente pavimentado tiene el aspecto de un mall infinito, donde el sexo de las personas no es relevante a la hora de opinar, estudiar, trabajar, gestionar, ganar dinero o gastarlo. La destrucción de cráneos enemigos está confiada a empresas especializadas.

Con todo, y pese a estos avances, los chilenos y chilenas recelamos: ¿qué pasaría si uno de esos tres machos o semimachos candidatos conquistara la Presidencia? ¿Tendríamos más hazañas absurdas? ¿Nos lanzaría ese hombre-presidente a una guerra de agua salada con el Perú, o a un boicot masivo de las líneas aéreas extranjeras, o a una aventurada alianza antinorteamericana junto a líderes de la talla de Maradona y Chávez? Quién sabe. El mundo observa a Chile, lo observa sexualmente. Y los chilenos y chilenas, nosotros, hombres, mujeres y lo que haya entre medio, estamos llamados a dirimir el resultado. LND, domingo 4 de diciembre de 2005.

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MANDAR A LOS QUE MANDAN_________________________En el día de hoy, el acto eleccionario se desarrollará –esperemos– con total normalidad; o si no, con parcial normalidad, o con anormalidad. En el día de hoy, los nostálgicos de la dictadura acariciarán -ellos- sus bigotes o se mirarán-ellas- las uñas rojas, meditando en lo agradable que les era la existencia cuando no existían estas ridiculeces.

En el día de hoy, festín de la democracia, asado ciudadano donde unos comen y otros son devorados, cada cual tiene derecho a lo suyo. Algunos tomarán palco esbozando una irónica sonrisa de displicencia ante el ajetreo electoral: son los ciudadanos no ciudadanos, aquellos que opinan pero no votan, los que consideran que son otros los llamados a arreglar o empeorar las cosas. Por eso les basta con despreciar el sistema, mirándolo desde lo alto: ¡qué imperfectos son los terrícolas!, ¡qué sucia, qué impura es siempre una elección con ese lenguaje donde las mentiras se hacen transparentes y las verdades opacas! No es que estén en contra de la democracia, pero la política les es insoportable. Total, siempre habrá alguien-no ellos, desde luego- preocupado de que el mundo funcione.

Otros, en cambio, se tomarán el día a la manera de una batalla. Para los luchadores, los recintos de votación son cuadriláteros de boxeo; los afiches de propaganda, pendones de caballería, y la lluvia de votos, una ráfaga de metralla. El triunfo eventual del adversario lo sentirán como una cuchillada. El de su propio partido, como una medalla olímpica. Al final del día, ebrios de sangre simbólica, contarán los sufragios y podrán desmayarse en el agotamiento de su propio sudor. Habrán defendido ideas, odios, convicciones religiosas, ideales, negocios, modestas prebendas o lo que sea. Pero habrán peleado.

En el día de hoy se constituirán, severos, los vocales y presidentes de mesa, y siguiendo a la marca genética nacional desplegarán sus atribuciones con estricto apego a la letra del reglamento. Sus sentimientos quedarán fuera del escenario, y veremos sus rostros neutros inclinándose ante el lápiz fiscal y el tampón tercermundista de dedos. Para otros -es una variante-, las mesas de votación abren un delicioso escenario para la reclamación y los incidentes pintorescos.

En el día de hoy, pese a todo, no podrán dejar de pensar algunos en su propia muerte, o en sus desdichas de amor, o en la inminencia de la ruina. Otros, en cambio, darán su primer beso, o regresarán finalmente a casa con los suyos. No hay fecha fija para los avances y retrocesos de la fortuna. Los periodistas, por su parte, se atropellarán en los departamentos de prensa, ávidos por salir al aire o estar en pantalla, deseosos de convertirse ellos en la interfaz humana que contacta a la gente con la realidad. Por la televisión veremos a rostros inteligentes junto a señoritas de cuerpos fabulosos, mirando pantallas de luz azulada y voceando resultados probablemente muy parciales. Sobrevolarán el área, nerviosos y alertas, unos especímenes conocidos como “analistas”: ellos se configurarán como el oráculo capaz de transformar las cifras en diagnósticos.

Pero también están los candidatos, los maratonistas de esta competición ciudadana. Quienes triunfen tendrán, después de tanto esfuerzo, un día radiante y festejarán su victoria: el sí del pueblo será suyo. Otros, en cambio, morderán con los dientes el metal frío de la derrota, y sus caras amargas en la pantalla del televisor harán subir los índices de audiencia. ¡A la gente le gusta tanto ver los rostros de los famosos descomponiéndose bajo la decepción! Algunos de estos derrotados preferirán hundirse en la soledad de sus habitaciones, bajo la almohada, en lo más hondo del colchón. Te dije, les recordará su señora o su marido o su mamá, te lo dije y tú dale que dale. Y ahora cómo vamos a pagar toda esa publicidad, habrá que vender la casa…

En el día de hoy sabrán vagamente los líderes y mandamases del mundo de un episodio electoral ocurrido en Chile -Chili? What’s that?-, resultado que quizás les será útil para establecer tendencias periféricas. En el día de hoy subirá a la tribuna el siempre melancólico subsecretario del Interior, y lejos de decir con una gran sonrisa algo del tipo: ¡Ganamos, mierda!, o con un semblante compungido: ¡Nos sacaron la cresta!, tendrá que limitarse a recitar en tono monocorde los votos válidamente emitidos asignados a cada uno de los grupos, partidos, alianzas, pactos, subpactos y coaliciones con su respectivo porcentaje, incluyendo, por cierto, los nulos y en blanco, todo ello región a región.

En el día de hoy, el acto eleccionario se desarrollará -esperemos- con total normalidad; o si no, con parcial normalidad, o con anormalidad. En el día de hoy, los nostálgicos de la dictadura acariciarán-ellos- sus bigotes o se mirarán -ellas- las uñas rojas, meditando en lo agradable que les era la existencia cuando no existían estas ridiculeces. En el día de hoy, los votantes -uno a uno, cada cual con su sufragio- habrán hecho lo suyo: darles y negarles el poder a los poderosos, mandar a los que mandan. LND. Domingo 11 de diciembre de 2005.

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EL DEVORADOR________________ Que Lavín no sea ya un actor relevante deja abierto un nicho de mercado electoral, y ahí se coló Piñera. Sebastián es bacán, la lleva, es un winner, tiene estilo propio y está rentabilizando para sí los avances del país.

Tan exitoso ha sido el gobierno de Lagos y tan profundas las transformaciones logradas durante su período, que la sociedad chilena se ha esponjado realmente, se ha normalizado, ha dejado atrás anomalías que parecían vitalicias. Hasta el momento, quien ha tenido la mayor capacidad de leer el cambio y de sacar partido de él ha sido Sebastián Piñera. Lavín prometió un cambio, Lagos lo hizo y Sebastián se lo está comiendo.

En efecto, el ridículo binominalismo legal y mental impuesto por Jaime Guzmán no opera ya como antes en las decisiones de los chilenos. Para mucha gente es posible pensar el tema del dinero junto a la derecha, y el tema del divorcio junto a los socialistas, o estar a la vez contra la guerra de Irak y a favor de Microsoft. El delirio facilón y obsoleto de un país dividido permanentemente en dos bandos irreconciliables tiene aún adeptos, como Hermógenes Pérez de Arce o algunos izquierdistas de gastado puño en alto. Pero la gran mayoría de la gente se ha ido, por así decirlo, sectorizando, y hay quienes son más o menos republicanos, más o menos liberales, más o menos adictos a su religión o ideología. No se trata ya de derecha o izquierda a secas, sino de afinidades electivas: encontramos ecologistas, emprendedores, gays, tribus urbanas, feministas, burócratas, tradicionalistas, bígamos, partidarios de la elección individual en el caso del aborto, entusiastas de la globalización, enemigos de ella, etc.

Al mismo tiempo, se observa un corrimiento de la influencia electoral desde posturas católicas a zonas más laicas. Los reproches mutuos de algunos democratacristianos son resultado no tanto de una izquierdización o de negociaciones políticas mal hechas, como de una ciudadanía que busca posturas republicanas, y eso está más en Girardi que en Andrés Zaldívar, o más en José Antonio Gómez que en la legendaria Carmen Frei. Hay también una tendencia al relevo generacional, un deseo de abandonar a los caciques.

El triunfo de Tomás Hirsch en una base militar de la Antártida es un signo de lo mismo: donde antes imperaba una rigidez binominalista y sagrada se empieza a dar algo más parecido al consumo personal. Si la política chilena fue durante muchos años como un partido de fútbol, un enfrentamiento de nosotros contra ellos, hoy se parece más a un mall o a una empresa de reparto de películas a domicilio. Que cada cual compre, venda o arriende lo que quiera. No hay enemigos irreconciliables. No hay dramas.

Lavín, que no supo leer la nueva realidad, cayó sepultado por ella. El acariciado proyecto neopinochetista de la UDI, alimentado por el populismo, se fue desinflando y estaba ya a mal traer cuando Piñera irrumpió en la escena, partiéndolo en dos con su espolón. La pérdida de influencia de la UDI en el escenario político chileno es otra consecuencia de la elección del domingo. Más allá de los votos que retuvo, el partido de Longueira y de Jovino ha dejado de tener la sartén por el mango. Lagos vivió años atormentado por la sonrisita light de Lavín, que lograba juntar mucha gente y arrastrar consigo a las sustancias más tóxicas de la dictadura, todo ello con fácil elegancia. Finalmente, Lavín es historia.

Pero las cosas se mueven con velocidad. Que Lavín no sea ya un actor relevante deja abierto un nicho de mercado electoral, y ahí se coló Piñera. Sebastián es bacán, la lleva, es un winner, tiene estilo propio y está rentabilizando para sí los avances del país. No ha sido él un artífice del nuevo Chile que nos deja Lagos, pero ha cultivado una imagen pública. Sus atributos personales le dan movilidad y capacidad mediática. Se siente, a la vez, el heredero natural de Lavín, el continuador de Lagos y el hermano de los Zaldívar: es omnívoro. No tiene lastres, ni comités a los que consultar, ni recriminaciones amargas. Simplemente está haciendo lo suyo, colocando un nuevo producto, armando un negocio apasionante, y en su fusión de conglomerados absorbió como con una aspiradora a los socios lavinistas que ayer lo detestaban. Hoy los está nombrando gerentes o juniors de su empresa política.

Probablemente, Piñera va a experimentar una crisis de crecimiento. La avidez que lo caracteriza le obliga a quemar etapas, a dejar gente herida en el camino, sin que haya tiempo para pulir los bordes astillados. Su identidad múltiple puede hundirse de pronto en un agujero negro de identidad cero, porque para decir o ser algo se requiere una historia y no sólo ganas. Pese a estas eventuales dificultades, y aun cuando le falte atraer todavía muchos votos, no se puede negar que en el nuevo escenario, por ahora, es Piñera quien se mueve con los pasos más firmes y a mayor velocidad. LND, Sábado 17 de diciembre de 2005.

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NIÑOS AMAESTRADOS_________________________Nuestros jóvenes son trozos orgánicos embutidos en un uniforme escolar, mentes prodigiosas empequeñecidas por los cuestionarios, almas condenadas a pasar la vida en lugares artificiales

254 jóvenes de ambos sexos demostraron hace algunos días que, o saben mucho y tienen una visión integral del mundo, o están convenientemente amaestrados. Estos muchachos y muchachas han desarrollado una inteligencia especializada en acertijos del tipo:

Si a = 5 y b = a – 3, entonces log a + log b =

A) 0.

B) 1.

C) log 2.

D) log 3.

E) log 7.

Nuestras autoridades, padres y apoderados o rectores de los colegios se sienten satisfechos porque los 254 jóvenes, en lugar de dedicarse al graffiti o a intercambiar óvulos y espermios, han entrenado sus luces en estos jeroglíficos. También saben discriminar nuestros postulantes con exactitud, por ejemplo, cuál de las siguientes mezclas es una disolución química:

A) Arena y agua líquida.

B) Sal común y piedrecillas.

C) Helio y nitrógeno, gaseosos.

D) Aceite común y arena.

E) Ninguna de las anteriores es una disolución química.

¡Bendita juventud! Es importante en la vida saber qué es una disolución química. Si para Sócrates el conocimiento se basaba en las preguntas, hoy confiamos más en las respuestas acertadas. Aristóteles creía que es la admiración lo que conduce a los hombres a la filosofía. En nuestro tiempo, la gente siente admiración por las clases pudientes de los países ricos, y para acercarse a ese nivel es imprescindible un título universitario. De modo que la admiración lleva hoy a los jóvenes, no a la filosofía como en tiempos de los griegos, sino a la PSU (así se llama la prueba que contiene estas preguntas), es decir a un mundo donde son muy importantes la disolución química o el log 2.

Cicerón consideraba un defecto cansarse con cosas oscuras, difíciles e inútiles. Pero hay gran utilidad en prepararse para la PSU. La PSU es un instrumento cortopunzante que distribuye a los astutos y a los menos astutos en sus respectivos asientos de primera, segunda, tercera y cuarta especial, marcándolos de por vida. Antes, los ricos necesitaban tener pobres para hacerlos sudar y producir; en el mundo tecnológico de hoy, los pobres están de más. Por eso, nos da miedo que nuestros jóvenes se queden fuera del McDonald’s o de la tienda Benetton y se dediquen, como los franceses de la periferia, a machacar autos. Una semana atrás, tres muchachos barceloneses, por pasar el rato, se dedicaron a hostigar a una mendiga que se había puesto a dormir en el cubículo de un cajero automático, luego la rociaron con parafina y finalmente la quemaron viva. La brutalidad natural de la especie puede asomar de tantas maneras. Nuestros jóvenes, a los tres meses ingresan a una guardería, no abandonan el sistema educativo hasta los 25 o 30 años. Para entonces, ya tienen cansada la navaja. Y habrán podido enterarse de si la definición más completa para el concepto de literatura es:

A) Un acto de comunicación estructurado sobre la base de la norma culta.

B) Un mensaje que reproduce la realidad con un propósito didáctico.

C) Una obra de arte con fines políticos y morales.

D) Un mensaje valórico basado fundamentalmente en el discurso denotativo.

E) Un acto de comunicación cuya esencia se centra en el lenguaje connotativo.

Connotativo, denotativo, valórico, didáctico… ¡Uf! No es fácil el acertijo. Posiblemente, hubieran naufragado en él hasta Harold Pinter o Elfriede Jelinek, últimos Premios Nobel de Literatura. Nuestros avezados muchachos y muchachas sí conocen la solución. No es que sean literatos. Simplemente han logrado adaptarse a los pantanos del sistema. Y entre tanto, mientras saludan con la patita de la PSU a los tíos y tías, huelen con la parte baja del hocico el temblor violento del amor, las mieles de la amistad, los recodos de la envidia, la posesión, la burla, la sangre y la muerte. Esta parte de la vida se aprende en sitios más vulgares: los videojuegos, los lavabos de las discotecas, Internet, el lenguaje procaz de las pandillas, los labios entreabiertos de alguien del barrio, el abandono que se respira en las casas donde nadie está allí nunca para sostener una conversación.

Nuestros jóvenes son trozos orgánicos embutidos en un uniforme escolar, mentes prodigiosas empequeñecidas por los cuestionarios, almas condenadas a pasar la vida en lugares artificiales. Enfrentan la PSU y sus ceremonias como enfrentarían cualquier cosa, porque la juventud es muy deportiva. Saben bien que la educación es una herramienta necesaria para mantener a raya a su lado salvaje, y por eso la respetan, y por eso la detestan. Si se les fuerza, nos escupen respuestas precisas. Entre tanto, con paciencia, esperan su turno: ya les tocará a ellos establecer las reglas, formular las preguntas y vengar la humillación acumulada. LND, Domingo 25 de diciembre de 200

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JUAN GUILLERMO TEJEDA, LA MEDIDA DE LO POSIBLE, DIARIO LA NACION DE SANTIAGO…… artículos del año 2006 aquí>>>>>

Una respuesta

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  1. Josue said, on Octubre 28, 2008 at 9:29 am

    encontre mitos griegos en esta pagina amigos!! http://mitos-griegos.com

    espero q les sirvaa


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