juan guillermo tejeda

LA MEDIDA DE LO POSIBLE

ARTÍCULOS PUBLICADOS POR JGT EN LA NACION DOMINGO DE SANTIAGO, EN 2005.

EL PLACER DE LOS DEMÁS_____________________ Las autoridades suelen hablar de “un merecido descanso”, “sana alegría”, “placer sencillo”, “celebración en familia”. Pues bien, la inhalación de los humillos de la marihuana puede llevarnos a un descanso no necesariamente merecido, a una alegría quizá no tan sana, a un placer poco sencillo o a una celebración donde es mejor que no esté presente la familia. Hay temor, hipocresía y en ocasiones franca desinformación en el impulso que lleva a nuestros honorables senadores adictos al mundo de Bilz y Pap a prohibirle a otros chilenos que sean felices a su modo

Se estima que uno de cada cinco estudiantes chilenos de 4º medio ha consumido alguna vez marihuana y que la mitad de nuestra población adulta sabe lo que es poner la propia mente bajo los efectos alucinógenos del cáñamo. Sin embargo, si llevamos estos porcentajes al Senado o a la Cámara de Diputados ocurre algo sorprendente: ninguno de los honorables parece haber pasado por tales emociones. Es decir, durante su alocada juventud nuestros representantes sólo consumieron Bilz y Pap.

Tenemos la posibilidad de creer en la buena y gansa conducta de estas personas. Y podemos también pensar legítimamente que detrás del tema coletea, una vez más, la hipocresía. Los últimos tiempos nos han confrontado duramente con la realidad: hipócritas de un silencio de 30 años en la tortura, hipócritas desde siempre en divorcio, hipócritas en el clasismo que muestra la película “Machuca”.

Estamos haciendo esfuerzos para abandonar el aire viciado de la simulación institucionalizada. Durante los últimos meses, un par de años quizá, hemos hecho, como país el ejercicio de ver lo que siempre estuvo allí y de empezar a llamar a las cosas por su nombre. Nos hemos enterado de que jueces, obispos y políticos tienen vida sexual, como todo el mundo, y esa vida sexual no siempre es la que dice la libreta de familia. Nuestra sociedad se está haciendo más transparente.

El tema de las drogas se ha resuelto hasta ahora en Chile con una mezcla de hipocresía y temor, y de ahí la escisión entre lo real y lo que hablan los senadores en el hemiciclo. Desde la mirada oficial, la venta y consumo de marihuana se asocia con daños irreversibles: adicción, delincuencia, violencia, niños abusados, narcotraficantes y marginalidad. Desde la práctica personal, muchísima gente sabe muy bien que la marihuana está ligada al placer. Y probablemente sea por esto que se la ha puesto fuera de la ley. No hay para el espíritu conservador nada más escandaloso e insoportable que pasarlo bien.

Señala Fernando Savater con agudeza que elegir el placer es un escándalo para las mentes puritanas, porque lo placentero atrae y repele a la vez. Las autoridades suelen hablar de “un merecido descanso”, “sana alegría”, “placer sencillo”, “celebración en familia”. Pues bien, la inhalación de los humillos de la marihuana puede llevarnos a un descanso no necesariamente merecido, a una alegría quizá no tan sana, a un placer poco sencillo o a una celebración, donde es mejor que no esté presente la familia.

Hay temor, hipocresía y en ocasiones franca desinformación en el impulso que lleva a nuestros honorables senadores adictos al mundo de Bilz y Pap a prohibirle a otros chilenos que sean felices a su modo. Regular el placer de los demás es sin duda una función de los poderes públicos; prohibirlo y ponerlo fuera de la ley, en cambio, tiene que ver más con las amarguras personales de los legisladores.

Los seres humanos de todas las culturas consumen sustancias psicotrópicas, esto es, que al ser ingeridas por el cuerpo cambian el estado de la mente. Lo han hecho siempre y lo siguen haciendo hoy, pese a cualquier prohibición y más allá de las guerras que se libran entre las fuerzas estatales y las fuerzas del narcotráfico.

Es más, cualquier adulto está en su derecho al escoger lo que él cree que le hace bien. No se sabe de dónde le viene a los respetables senadores Viera Gallo, Muñoz Barra y Orpis el derecho a dictaminar qué deben echarse al buche sus conciudadanos. Podemos prohibir conductas que hacen daño a otros, pero no hay sustento alguno en prohibirle a alguien algo porque no le conviene. ¡No te cases con esa pelirroja, porque serás infeliz; si lo haces te pondremos una multa de 6 UTM, y si reincides irás a prisión!

Están haciendo bien su trabajo las autoridades cuando se esmeran en proteger a nuestros niños y adolescentes del consumo de estas sustancias. Los jóvenes tienen que acostumbrarse gradualmente a los riesgos de la existencia. El ejercicio de someter el propio espíritu a la acción de compuestos más raros o menos raros, en cambio, se sostiene en un derecho personal de cada adulto. Cada cual es dueño de su propio cuerpo, y no se lo ha cedido a ningún senador. A unos les sienta bien un café por la mañana, otros prefieren un cigarrillo o una dosis de heroína.

Hay quienes en la noche están en su más seductor momento después de la segunda cerveza, otros prefieren una Coca-Cola. ¿Tenemos que hacer como país un listado de las sustancias prohibidas o permitidas? ¿No será mejor dejar que cada cual se envenene o se alivie como mejor le parezca? Hipocresía, temor e irracionalidad mezcladas producen situaciones absurdas.

Que a alguien no se le deje plantar una planta de cáñamo en su casa significa violar simultáneamente su derecho a la propiedad privada, su derecho a la intimidad, su derecho a consumir lo que le parezca y su derecho a buscarse placer. Se regulan la fabricación, comercio y circulación de motos, autos, motosierras, medicamentos, instalaciones industriales o pesticidas, pero no se regula la marihuana porque se ha preferido dejarla fuera de la ley.

A nuestros senadores les pedimos menos hipocresía, algo de sentido de la realidad y un poco de respeto con el placer de los demás, que somos nosotros, cada cual con su estilo. Y para el irrepetible Nelson Ávila, dentro de todo, vaya un saludo por atreverse a poner estos asuntos en el debate público. LND Domingo 9 de enero de 2005.

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DINERO RECIBIDO___________________ …Estamos ante un tráfico internacional de millones de dólares, un dinero corrupto recibido no sabemos a cambio de qué favores, con quizás qué costo para el país. Podemos imaginar que esos fondos habrán servido de AFP a los Pinochet-Hiriart. O creer que se trata de fajos escondidos en las bóvedas de bancos misteriosos. Pero lo más probable es que, en virtud del chorreo, aquellos dólares malignos estén circulando entre nosotros, y sirvan para conseguir nuevos favores.…

Flota en nuestro imaginario colectivo un Pinochet pintoresco, mezcla de Viejito Pascuero y Capitán Garfio, huaso ladino, en un registro de clase media chilena ascendida. El personaje nos brinda su mirada de ojos azules cazurros, rodeado de aquella familia, en alguna de las alhajadas casas por doña Lucía -la de La Dehesa, la de Los Boldos, incluso la mundialmente famosa de Virginia Waters-, bastón en mano y los correspondientes certificados médicos de demencia. Hemos visto pasar botellas de vino Capitán General, soldaditos de plomo con su figura pintada en brillantes colores, fiestas de cumpleaños con animación de Kike Morandé y víveres del Jumbo. Y los tres tomos y cuatro volúmenes de sus memorias, dispuestos a la manera de un altar en las vitrinas de la Librería Antártica o de la Feria Chilena del Libro.

¿Cómo se junta ese Pinochet de plástico policromado con la ominosa imagen izquierdista del genocida, del tirano a las órdenes del imperialismo y la plutocracia? Esta segunda figura satánica del general se destaca por medio de siluetas negras, quizás con alguna mancha roja. Es la preferida de los europeos, especialmente cuando viene envuelta en alambres de púas o música del Quilapayún.

Los gobiernos democráticos chilenos, entretanto, se han esmerado por construir una tercera imagen del persistente dictador, o ex dictador, o militar, o ex militar, o senador vitalicio, o ex senador vitalicio (a estas alturas estamos un poco confusos), tratándose en este caso de una construcción un poco evasiva, algo así como una bruma en declinación simpática. Lo que ustedes ven ahí -insisten ministros y presidentes ante las preguntas de los corresponsales extranjeros- es una figura del pasado, una sombra nada más, un actor sin peso ni relevancia en el ordenamiento institucional y político de Chile. El hombre tiene una edad avanzada, el país progresa, mire usted las carreteras y los tratados de libre comercio, el tema está radicado en los tribunales de justicia, la justicia tarda pero llega y el que llega no tarda y, si usted prefiere, nos vamos a comerciales.

En cuanto a la visión épica de Pinochet, que en otro tiempo aglutinaba a una masa de partidarios donde estaban casi todos los actuales parlamentarios de la derecha, hoy sólo la defiende Hermógenes Pérez de Arce. El expresivo periodista, mentalmente prisionero de unos ternos a rayitas y de un peinado a la gomina que de seguro causaron furor en los tiempos de los Cuatro Cuartos o Las Cuatro Brujas, ve en Pinochet al mayor estadista chileno del último siglo y medio.

Entretanto el juez Muñoz va dibujando una nueva y sorprendente imagen de don Augusto. En los trámites judiciales se habla de falsificación de pasaportes, nombres de chapa, bancos en Madrid, Luxemburgo, Bahamas, Miami, Nueva York, Washington y Oklahoma, albaceas, evasión tributaria. Jamás en la historia de Chile se había visto a un general o un Primer Mandatario involucrado en hechos de esta naturaleza. Podía uno estar de acuerdo o no con el modo cómo don Aníbal Pinto llevó la guerra, o con los presupuestos de Balmaceda, o con la Unidad Popular de Allende, o con el mal genio de don Jorge Alessandri, pero esto que estamos viendo, este bochorno tropical supera cualquier diferencia de opiniones y constituye, claramente, una anomalía.

Estamos ante un tráfico internacional de millones de dólares, un dinero corrupto recibido no sabemos a cambio de qué favores, con quizás qué costo para el país. Podemos imaginar que esos fondos habrán servido de AFP a los Pinochet-Hiriart. O creer que se trata de fajos escondidos en las bóvedas de bancos misteriosos. Pero lo más probable es que, en virtud del chorreo, aquellos malignos dólares estén circulando entre nosotros, y sirvan para conseguir nuevos favores. La corrupción busca la sombra, y en las sombras se hacen negocios sucios. Las instituciones funcionan en Chile, desde luego, pero también está corriendo el dinero. Y nos preguntamos, entonces, de dónde vino aquel dinero, quién lo pagó, de qué item oficiales o no oficiales, nacionales o extranjeros, salió, y qué ramificaciones o pagos o nóminas o funcionarios han estado envueltos en sus meandros. Más que el camino recorrido por este soldado nos interesa hoy el dinero recibido.

Pero no sólo están ante nosotros los hechos del juez Muñoz. También el juez Guzmán acumula antecedentes: secuestros, asesinatos, conspiraciones, torturas, terrorismo de Estado… A través de los procesos parece imponerse, después de todo, la mirada izquierdista, la que nos brinda la imagen del tirano responsable de las peores atrocidades.

Curtidos por más de treinta años de anomalía política y militar, los chilenos hemos entrado en una especie de sopor pinochetístico. Pasan los años, se suceden los gobiernos, avanza siempre lenta, muy lenta, la justicia, se enfrentan poco a poco los dolores y las llagas que dejó a su paso el régimen dictatorial, y ese señor sigue allí, como un saurio inexpugnable, desmoronándose y a la vez firme en sus posiciones. Lo saben bien los corresponsales extranjeros: Chile es un país normal, pero anormal. En Chile, las cosas funcionan pero algo no funciona o no funcionó o no funcionará jamás. Habitamos sobre capas geológicas que se han movido de su sitio. No sabemos cómo digerir la anomalía, cómo desentumecer la pústula histórica, cómo llegar a la verdad, cómo transparentar el fango y, sobre todo, de qué modo dejar atrás para siempre aquel pegajoso amasijo de épica, folclore, abuso, corrupción y frivolidad política. LND Domingo 16 de enero de 2005

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JUSTICIA POPULAR MEDIÁTICA_______________________En los medios de lo que se trata es de informar y, según las nuevas tendencias del derecho neoliberal, de todo se puede informar en esta vida: rumores, contratos públicos, actos íntimos, verdades, falsedades, cuentas bancarias, defectos físicos, males incurables… Y que cada cual consuma lo que le parezca

Justicia no nos falta en Chile. De la justicia militar, que a los civiles nos parecía más amenazante que tranquilizadora, pasamos durante un tiempo a la justicia en la medida de lo posible. Ésta era elástica, brumosa y se aplicaba tratando de no irritar, no fuera cosa que se nos descompusiera el sistema. Entretanto ha seguido funcionando en Chile la justicia de toda la vida, aquella con ministros en visita y Corte Suprema, que opera a través de legajos y otrosíes, siempre por oficio y en cuadruplicado. Desde regiones avanza hacia la capital el sistema del Ministerio Público con juicios orales. Por último, se está consolidando con fuerza la justicia popular mediática, que se realiza preferentemente en televisión en horarios de alto rating, y es apoyada por diarios, radioemisoras, revistas o sitios web.

Durante los últimos días pudimos ver -por ejemplo- a los fiscales periodísticos Ducci y Sutherland brindando a un tribunal de varios millones de chilenos unos impactantes testimonios que, tras unos minutos de emisión y sin más trámite, dejaron al senador Lavandero convertido en delincuente sexual. Las filmaciones y los testimonios recogidos en terreno por estos profesionales (que por lo visto actuaron también en calidad de detectives) dan mucho que pensar. Para obtener ese material, ellos espiaron al parecer ilegalmente las actividades del acusado durante un año y medio, aunque en el caso de la justicia popular mediática la legalidad no es más que un formalismo del sistema, una menudencia colateral.

El culpable senador tuvo la ocasión de balbucear sus descargos en dos interrogatorios que se llevaron a efecto el siguiente domingo. El fiscal del distrito-entrevistador Fidel Oyarzo, a quien le corría por la sien una larga gota de sudor, emplazó duramente al interrogado a demostrar su inocencia, concluyendo su inquisición con la pregunta: ¿Se considera usted un cadáver político? Los telespectadores-miembros del jurado volvimos a juzgar al personero en virtud de la calidad de sus respuestas y reflejos, de sus nervios, sus gestos. En la procuradoría mediática de doña Raquel Correa, en cambio, las cosas fueron algo más benevolentes, aunque tuvieron también que ver con la destrucción física: “me están matando”, aseveró Lavandero. Por la noche y el mismo domingo, los periodistas-actuarios Paulsen y Villegas emitieron sentencias que en parte exculparon y en parte condenaron respectivamente al ya hundido senador de la República.

No sabe uno cuál de todos los sistemas que operan en nuestro país pueda ser el mejor. Desde luego que la justicia popular mediática parece ser más ágil. Por ejemplo, en relación con la justicia ordinaria, no está obligada a dar garantía alguna a los procesados. ¿Garantía de qué? En los medios de lo que se trata es de informar y, según las nuevas tendencias del derecho neoliberal, de todo se puede informar en esta vida: rumores, contratos públicos, actos íntimos, verdades, falsedades, cuentas bancarias, defectos físicos, males incurables… Y que cada cual consuma lo que le parezca.

Considerada como un servicio público y ciudadano, la justicia oficial está obligada a dejar contentos a todos los usuarios del sistema, respetando a cada cual sus derechos: el denunciante debe tener la certeza de que va a operar la justicia; los acusados contarán con las garantías de que si ellos no hicieron nada ilegal serán absueltos, y que en todo caso se les tratará como a personas humanas; víctimas y testigos tendrán seguridad y la plenitud de su honra; la ciudadanía, por último, podrá constatar que los procedimientos no son ni kafkianos ni expeditivos.

La justicia popular mediática, en cambio, es más entretenida y está orientada a otros usuarios: la audiencia, los avisadores y los propietarios del medio. Ellos no tienen inconveniente en ver a un senador a las brasas o un ministro a la parrilla. La audiencia no necesita, como un juzgado de la reforma procesal penal, conocer todos los datos de la causa para organizar su veredicto: le basta con hacer zapping y observar la cosa cenando en una bandeja. En una sociedad de libre mercado cada cual es libre de escoger la mayonesa o el software o el pedófilo de su preferencia.

La justicia se interesa por los abusos sexuales en tanto se trata de abusos. Para la justicia popular mediática, en cambio, sexo y poder son ingredientes que le dan sabor al plato. ¿Hubo delito? ¿No lo hubo? Decidir ese engorroso asunto es tarea de los tribunales.

La sobreexposición que provoca la justicia popular mediática y la irrupción de los periodistas-jueces añaden tanta luz al escenario que ya no es posible distinguir las formas, ni saber si se está ante la verdad, ante un espectáculo, una campaña o una investigación que culminará con la rehabilitación de las víctimas y el castigo de los abusadores. De los medios -como de las personas- es posible esperar cualquier cosa, desde intoxicaciones informativas a campañas de bien público.

¿Qué pasa entretanto con el personaje triturado por la máquina de moler carne humana? Desde el punto de vista del rating, no es un tema relevante. Los ciudadanos tuvieron su diversión, el medio su torta publicitaria. Los hechos, verdaderos o falsos, se instalaron en el inconsciente colectivo. Si era culpable, empezó a pagar su culpa. Si lo era a medias, también. Y si no lo era, no lo era: eso sería todo, y a ver si encontramos a otro caníbal a quien comernos. LND Domingo 23 de enero de 2005

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MUJERES AL BORDE DE UN ATAQUE DE RISA_______________ Finalmente nos encontramos habitando esta aldea global, donde pese a eventuales turbulencias e incertidumbres todo parece estar pavimentado, en red y bajo control. En un escenario así, las mujeres son mucho más adecuadas que los hombres. Administran mejor lo conocido.

No me cabe duda de que Chile está preparado para que una mujer pueda ser Presidenta, afirma nuestro actual Primer Mandatario. Se deduce de lo anterior que el país, antes de elegir a una mujer como Presidenta de la República, necesita prepararse.

¿En qué consiste esta preparación? Lo primero está en acostumbrarse a la idea, por cuanto en nuestra tradición republicana, y salvo doña Javiera Carrera o doña Paula Jaraquemada -las llaves pido y exijo; las llaves, eso jamás-, no hay mujeres que llenen una página completa en los libros de historia de Chile. En Francia tuvieron a Juana de Arco, pero terminaron quemándola y adicionalmente la nombraron santa, todo lo cual se aleja de las tradiciones políticas convencionales. Los británicos han vivido una historia generosa en reinas, aunque las reinas llegan al poder por la vía familiar y no por los votos. De todos modos, aquello parece haber preparado el camino para la irrupción de la contundente señora Thatcher, quien no sólo se limitó a gobernar, sino que además sentó las bases de un sólido neoliberalismo, hecho lo cual se dedicó, de manera esporádica, a tomar té con el general Pinochet. También está el caso de la israelí Golda Meier, dama no menos sólida que la anterior.

Muchas damas han llegado al poder de la mano de sus maridos o ex maridos fallecidos o asesinados- como ocurrió por ejemplo con Estelita Martínez de Perón en Argentina, Violeta Chamorro en Nicaragua o Cory Aquino en Filipinas. Indira Gandhi era hija única de Nehru, gobernó la India con mano firme durante casi veinte años y finalmente fue muerta a tiros por miembros de su escolta. La sucedió su hijo Rajiv, que también fue víctima de un atentado.

Parece haber a menudo, pues, una vinculación familiar -a menudo trágica- en algunos de los ejemplos de mujeres gobernantes. No es raro. Para las mujeres la familia suele ser una prioridad. Hoy en día se casa o se descasa o se arrejunta la gente alegremente (¡como animalitos!, ha dicho monseñor Medina), pero los lazos de madre a hijos siguen para toda la vida; los hombres, en tanto, suelen rebotar de loft en loft, de aventura en aventura, o de televisor en televisor, o de botella en botella. Casi siempre son las mujeres las que terminan salvando a la familia por la vía materno filial, quizá porque ellas tienen lo que nos falta a los hombres: sabiduría.

Nuestra civilización unisex globalizada ha ido creando un hombre más bien pasivo, preocupado de su silueta y de la buena vida, y unas mujeres de pantalones y pelo corto que como se cansaron de obedecer prefirieron dedicarse a mandar. Siguen naciendo los niños, por cierto, pero ahora en lugar de encontrarse con una mamá solícita y plenamente dispuesta se ven obligados a ingresar a la burocracia de las guarderías, los baby sitters y las niñeras…

Pese a haber ganado competencias en el área doméstica -con evidente torpeza, pero con buena voluntad-, los hombres no calificamos aún para atender la casa o los niños a tiempo completo, por lo que nuestro destino sigue siendo sí o sí el mercado de trabajo. Una vez allí, constatamos que parte considerable de aquello está también ahora en manos femeninas. En efecto, en el trabajo las mujeres son más rápidas, menos conflictivas, más estables, negocian mejor, y finalmente aportan a la empresa o a la institución toda esa eficiencia atávica que antes se quedaba en la lavadora o bajo del parrón de la casa. Se transforman así rápidamente en jefas, gerentas, empresarias, directoras, generalas y ministras, y lo prudente es obedecerles. Y no son bien vistos ya los modales condescendientes ni los piropos de antaño, algunos de los cuales pueden estar tipificados en el código penal.

Para colonizar y vencer la dureza o las interrogantes del mundo hicieron falta machos rudos, a veces sagaces, y a menudo sanguinarios. Mientras las mujeres cuidaban el patrimonio y se hacían cargo de la menudencia cotidiana (les gustara o no: se les obligaba a ello), los caballeros y los no tan caballeros dejaban un reguero de sangre en la exploración de los márgenes. Finalmente nos encontramos habitando esta aldea global, donde pese a eventuales turbulencias e incertidumbres todo parece estar pavimentado, en red y bajo control. En un escenario así, las mujeres son mucho más adecuadas que los hombres. Administran mejor lo conocido. Para el personal masculino la perspectiva razonable parece ser, o bien evolucionar hacia un formato unisex de menor agresividad y mayor intuición, o si no irse a conquistar otro planeta, el planeta de los simios, o quizá a alguna estación orbital desde donde sea posible dispararle a los mutantes galácticos y resucitar el heroísmo perdido por el exceso de civilización.

Nos divertimos entretanto con internet -un mundo virtual aún necesitado de exploradores y de técnicos- y seguimos aquí, en este mundo quizá demasiado compuesto, donde más que inventores o aventureros o capitanes o filósofos hacen falta dueñas de casa, o al menos gente que no tire papeles ni migas al suelo, es decir seres humanos que sepan orinar dentro y no fuera de la taza, o sea personas correctas.

Las candidatas están ya a punto con sus carteras, sus listados de tareas pendientes, sus seguidores o sostenedores y su notable popularidad. Vienen con ganas de mandar, pero de un modo suave. A ver si pronto tenemos a una Presidenta de la República de Chile, con la banda presidencial sobre el pecho, perdónesenos la imagen. Una Presidenta amigable, cuidadosa de la sintonía fina y cercana a la gente.

En fin, nos estamos preparando. LND. Domingo 30 de enero de 2005.

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GRAFFITTI BLUES_____________________ Si somos capaces de permitir y de regular algunas actividades que pueden ser muchísimo más dañinas o peligrosas, como por ejemplo la circulación de camiones y micros, o las botillerías, o las instalaciones industriales ¿por qué no podríamos imaginar una legislación graffitera que contenga algo más que prohibiciones y multas?

No están bien las cosas para los graffiteros nacionales. No estamos hablando de un sindicato o colectivo o colegio profesional: son gente dispersa, grupillos a lo sumo. Hacer rayas o dibujos o signos sobre las superficies del entorno es casi siempre una actividad difusa y anónima que ha existido desde que el hombre está en la tierra. Si vamos a cualquier libro de historia veremos que las primeras imágenes con la que cuentan los eruditos para reconstruir aquellos remotos tiempos son muchas veces graffitis: marcas o figuras en las cavernas, incisiones en las piedras, quizá toscas aunque de deslumbrante belleza. Los antiguos romanos eran muy aficionados a poner obscenidades, insultos, poemas, dibujos y opiniones en los muros de las casas, y gran cantidad de estos graffitis latinos ha sobrevivido hasta hoy en las ruinas de Pompeya: unos cinco mil o diez mil de ellos. En las oscuras mazmorras del medievo o de la edad moderna se grabaron también infinitas inscripciones dejando allí una huella de la libertad añorada. Hacia los años 30 del siglo pasado, arquéologos peruanos repararon en las líneas de Nazca, en el desierto peruano, trazados de uno o dos metros de ancho por hasta 20 kilómetros de largo. Un historiador norteamericano reprodujo estos enormes graffitis a una escala más pequeña en su tablero de dibujo hasta que se dio cuenta de que se trataba de dibujos de gran exactitud representando un ave volando, una araña, un sol, etc. Sobrevolando la zona apareció por vez primera a la vista humana la forma de aquellas misteriosas figuras en su plenitud.

También en el Perú, un desdichado graffiti realizado al parecer por uno o dos estudiantes chilenos ha impactado desagradablemente a la opinión pública tanto peruana como chilena. Se trata de unos manchones azulosos en forma de serpiente pintados con spray sobre una histórica esquina de piedra incaica, en la plazoleta de Las Nazarenas. El incidente ha inflamado las brasas nacionalistas, y el o los autores del desaguisado deben cargar con el peso de una larga historia de agravios y desencuentros entre peruanos y chilenos.

En la Cámara de los Diputados, entretanto, Jorge Burgos ha presentado un proyecto de ley para castigar con severidad a los graffiteros en general, que despliegan en nuestras ciudades una actividad no siempre bienvenida y además disfrutan demasiado con sus sprays. Habrá multas duras, y en caso de reincidencia unos trabajos forzados para ver si -como dicen algunas indignadas vecinas- esos jóvenes aprenden a ser útiles a la sociedad en lugar de andar vagando ociosamente por ahí.

Desde mayo del 68, teóricos del arte, estudiosos de la ciudad contemporánea, sociólogos o antropólogos coinciden en valorar al graffiti como una potente expresión de la vida urbana y social. La moderna metrópolis es, más que un living de clase media, un territorio de encuentro, una suma de culturas donde cada cual debe poder encontrar su espacio. Una ciudad blanqueada por la autoridad lucirá probablemente más pulida, pero también menos viva. Cuando Pinochet y los demás generales tomaron el poder en 1973, uno de sus primeros bandos dispuso el blanqueamiento de los muros.

¿Cómo se conjuga el derecho de los propietarios de las casas y el difuso derecho de quienes quieren echar una rayita al aire y dejar su marca? De eso se ocupa, o se tendría que ocupar, la política. La ciudad es de todos, tanto de los vecinos como de los cultores del spray. No es justo que sólo las agencias de publicidad y las empresas puedan desplegar sus imágenes y sus letras tapando la arquitectura y los parques, manchando de excitación comercial el paisaje urbano. Seguro que hay mucha gente a la que le gustan los anuncios, pero debe haber también otros que preferirían una ciudad libre de publicidad (esa extraña paz que se siente en La Habana o en Venecia). No es sano agredir la propiedad de los vecinos con rayados no deseados o con publicidad invasiva. Tampoco es bueno taponear los poros de respiración gráfica o comercial de una gran ciudad. Un rastro de amor, el signo de alguna tribu urbana, un jeroglífico o un homenaje rockero ponen su cuota de humanidad en la calle azotada por el tráfico y el ruido. Si somos capaces de permitir y de regular algunas actividades que pueden ser muchísimo más dañinas o peligrosas, como por ejemplo la circulación de camiones y micros, o las botillerías, o las instalaciones industriales ¿por qué no podríamos imaginar una legislación graffitera que contenga algo más que prohibiciones y multas?

Vivimos un momento cultural híbrido. Las diversas estéticas y estilos se mezclan y se superponen, como ocurre en la bellísima ciudad del Cusco, donde es posible ver muchos edificios coloniales construidos sobre fundaciones incas, en una extraña y probablemente no deseada simbiosis mezcla de piedra incaica y albañilería española que es hija de la historia. Nada es puro en este mundo.

Es conveniente preservar las identidades y las purezas de cada capa o cada elemento de nuestra sociedad global; también es preciso reglamentar la actividad humana y hacer cumplir la ley. Pero a la vez debemos tener cuidado con las purezas extremas o con la identificación del poder o de la opinión pública y mediática con uno solo de los muchos sistemas de valores que coexisten hoy en día. La libertad y los derechos que están vigentes son para todos: para el grafitero y para el que no quiere graffitis. Articular esos derechos a fin de que cada cual tenga lo suyo es uno de nuestros mayores desafíos políticos y culturales. LND Domingo 6 de febrero de 2005

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VULCANIZACIÓN___________________ …Lo que tenemos es algo así como un forcejeo, un tira y afloja entre el pinochetismo triunfante de 1980, el pinochetismo desmoronado de hoy, el postpinochetismo modernizante y las fuerzas democráticas, siempre apaciguadoras. Es como una vulcanización hecha entre cuatro. De allí los saltos de estilo, las disposiciones transitorias, los artículos derogados o no derogados o en trámite de derogación, ese ir y venir que lo deja a uno un poco perdido.…

Votan los europeos su novedoso texto constitucional que, de aprobarse, regirá en los 25 países comunitarios. Entretanto, los parlamentarios chilenos dan los toques finales a la negociación de otro paquete de toques y remiendos a nuestra incombustible Constitución de 1980. Desaparecerán -dicen- los exóticos senadores designados y vitalicios, con o sin bigote, cada uno de los cuales, sin haber sido elegido por nadie, nos cuesta más o menos unos ciento veinte millones de pesos al año, o sea unos mil millones por unidad, lo que da un total de unos doce mil millones la docena. Adicionalmente se reordenará la relación jerárquica entre Presidente de la República y mandos de las Fuerzas Armadas, y dejarán de ser apátridas los hijos de chilenos nacidos fuera del territorio nacional. Es un triunfo del sentido común. Queda para un posterior zurcido corregir el milagro matemático del sistema binominal, mediante el cual nuestra derecha -con poco más de un tercio de los votos- consigue quedarse con la mitad de los parlamentarios.

El texto original de 1980 -redactado con esmero por Jaime Guzmán y firmado por Augusto Pinochet tras un rudo plebiscito- ha sufrido cortes y añadidos en los años 1989, 1991 y 2001. Eran cambios necesarios para asegurar que, dentro del pellejo dictatorial del texto, pudiera sobrevivir un tejido democrático medianamente creíble.

Con todo ello y con las reformas que vienen, ya casi no será posible para los chilenos disfrutar del estilo amenazante que burbujeaba en la prosa inicial. Jaime Guzmán aplicó en ella parte considerable de su talento, dejando sentada su admiración por un gobierno fuerte (desempeñado por personas amigas, desde luego, porque si no es muy incómodo) y por un estado de corte corporativo, así como cierta obsesión por la familia patriarcal y una evidente alergia hacia cualquier forma de socialismo.

La versión descafeinada del texto tras las reformas de 2001 no exhibe ya los toques franquistas originales. Por ejemplo, aquél según el cual “el pilar de la sociedad es la familia”. La familia ha cambiado, y por eso al llegar a los hogares los encuestadores de empresas de yogur o de candidatos a la Presidencia de la República (técnicamente es un poco lo mismo), encuentran no tanto el formato clásico, sino quizá una mamá separada con tres hijos de apellidos distintos, o si no una parejita de arrejuntados, o un joven solo que programa sus ratos libres pulsando la lista de nombres de chicas de su celular. También desapareció aquello de que “el Estado reconoce y ampara a los grupos intermedios a través de los cuales se organiza y estructura la sociedad”. ¡Los grupos intermedios! Piensa uno en los gremios medievales, en los tercios franquistas, en los brillantes desfiles nazis o soviéticos, o en los sindicatos de Guillermo Medina y Leon Vilarín.

En fin, esos caramelos se han ido disolviendo. Estamos obligados a decirle adiós a la belleza interior ultramontana pura y dura del estilo constitucional ochentero. Una pena, porque lo que nos está quedando es una sucesión de artículos dispersos, que dependen de las llamadas telefónicas que le pueda hacer Andrés Zaldívar Larraín a Hernán Larraín Fernández, o Hernán Larraín Fernández a Sergio Fernández Fernández que, en todo caso, no es de los mismos Fernández del anterior.

Más irradiantes quedan las constituciones cuando su estilo es potente. Por ejemplo: “Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una unión más perfecta, establecer la justicia, asegurar la tranquilidad interna, proveer una defensa común, promover el bienestar general y asegurar las bendiciones de la libertad para nosotros y para la posteridad, ordenamos y establecemos…”. ¡Un pueblo que ordena y establece! O, a la cubana: “el Partido Comunista de Cuba, martiano y marxista - leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”. Dichas así las cosas no hay dónde perderse.

La Constitución Española ofrece una estética transaccional, un acuerdo entre los vencedores y los vencidos de la Guerra Civil. En cuanto a Chile, lo que tenemos es algo así como un forcejeo, un tira y afloja entre el pinochetismo triunfante de 1980, el pinochetismo desmoronado de hoy, el postpinochetismo modernizante y las fuerzas democráticas, siempre apaciguadoras. Es como una vulcanización hecha entre cuatro. De allí los saltos de estilo, las disposiciones transitorias, los artículos derogados o no derogados o en trámite de derogación, ese ir y venir que lo deja a uno un poco perdido.

Tampoco se conservaría ya la venenosa elasticidad que había antes entre las palabras y los hechos. Por ejemplo, en el texto de 1980 se afirmaba que “Chile es una república democrática”, lo que a todas luces no ocurría. O sea, el país era y no era -a la vez- una república democrática, y en él se respetaban y no se respetaban -a la vez- los derechos esenciales, y el hogar era inviolable y -a la vez- no lo era: la irrealidad y lo real marchaban entrelazados. Anomalías éstas que se han ido disolviendo lentamente entre los cúmulos, nimbos, cirros y estratos de la transición.

En fin, que vamos perdiendo estilo. Del integrismo corporativo autoritario amenazante venenoso estamos pasando a una especie de neorrealismo misceláneo hecho de cortes y retazos. LND. Domingo 13 de febrero de 2005

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ALAMEDA FEROZ_________________ La repavimentación de la Alameda ha causado ya cinco muertes y múltiples atropellos, aunque desde la Intendencia se nos tranquiliza con la advertencia de que ello se debe, no a un deficiente diseño de operación, sino a imprudencia peatonal. Parece haber aún ciertos peatones que no asumen su condición de parias urbanos. ¡Siguen transitando por la ciudad, como si su integridad física fuese un derecho y no un dato colateral!

Ir a pie por Santiago es algo parecido a un deporte extremo y quien lo practica debe tomar las precauciones del caso. Sobre todo si pretende cruzar la Alameda mientras aquello está en obras. El escenario sobre el que se aventuran los viandantes puede describirse como una larga y angosta faja de micros a gran velocidad a cargo de choferes malhumorados, junto a la cual se despliega una también larga y angosta faja de malla de kiwi de color verdoso, sostenida por una armazón de palos estilo maestro chasquilla, más un enjambre de vallas de plástico. Los pasos peatonales cruzan de modo sinuoso sobre placas de asfalto de diferente altura, sorteando las rejas metálicas con que nuestros alcaldes han ido sembrando las veredas. La señalización es anárquica y es difícil distinguir los semáforos que valen de aquellos que no valen. Hay uno que otro carabinero en actitud más bien pasiva y uno que otro póster donde con letras muy chicas se nos aconseja ser prudentes.

El conjunto de la instalación es un resumen del tercermundismo urbano: funcionalmente no llega a mínimos (no pasaría ninguna norma de control de las que se aplican en Europa), y estéticamente es deprimente. Uno no puede creer que en un país de ingreso medio como Chile -tratándose de su capital y de su arteria más importante- se opere en condiciones tan degradadas. La Alameda se repavimenta en parte por su deterioro natural y además porque es una de las arterias principales del nuevo y moderno sistema de transportes Transantiago. Si es esta la modernidad que viene, habrá que prepararse.

Más allá de la peligrosidad de las obras, la miseria actual de la Alameda, aquella fealdad, debiera llamarnos a una reflexión. O’Higgins dibujó con su propia mano el croquis de su trazado, y hay estampas donde se aprecia la dignidad y la belleza que tuvo inicialmente. Antes de ser un río venenoso de gases y micros, previamente a ser enrejada, tuvo sus parques y jardines, sus estatuas, sus fuentes, y servía como zona de integración de diversos barrios y zonas de la ciudad.

La Alameda descascarada y humeante de hoy, socialmente degradada, arquitectónicamente confusa, especie de zanjón amarillento, tortura para el peatón y castigo para el automovilista, ha pasado a ser el símbolo de una ciudad cuyos habitantes no nos hemos molestado en reflexionar acerca de qué tipo de vida en común queremos.

La penosa existencia de los peatones santiaguinos forma parte de una política urbana. Pero no de una política abierta y cívicamente debatida, sino de una serie de acciones ciegas que se llevan a cabo de espaldas a las personas, y sin existir siquiera un sistema de administración que corresponda a la realidad. Los 34 alcaldes del Gran Santiago reinan cada cual en su feudo, y nadie se hace cargo del total. Lo que sí parece evidente es que en esta ciudad -lo sabemos todos- hay que tratar de no ser peatón.

Otra aventura: si alguien tiene la idea de cruzar a pie desde el Parque Forestal hasta Bellavista -un trayecto de dos cuadras por lo más elegante del centro histórico- deberá hacer algo parecido a un slalom urbano. Para empezar, frente a lo que fue antes la Embajada de los Estados Unidos, la calzada peatonal presenta una barrera compuesta de un árbol, dos postes, una señal y un jardincillo de cemento. Atravesamos el parque, y al llegar a las seis pistas de la Costanera será preciso cruzar hacia el oriente para encontrar otro paso peatonal, donde un armatoste de metal, tres postes, un árbol y dos señales se encargan de hacer difíciles las cosas. Paso débil, sin cebra, que obliga a esquivar a lo torero a los vehículos que emergen desde el puente doblando a gran velocidad. Si el peatón logra llegar al puente Purísima tendrá que cruzar nuevamente hacia el poniente. Las obras de Costanera Norte han dejado el área de la avenida Santa María en una situación confusa, ya que ahí mismo se abre una boca de acceso vehicular. Luego queda Bellavista. Para evitar a los vehículos que doblan desde Purísima al poniente es más prudente cruzar nuevamente la calzada…

Andar a pie no debiera ser una condena (mucha gente no tiene acceso a subirse a uno de los un millón y medio de autos que circulan por Santiago), sino una opción. La cultura peatonal -eso se ve en cualquier ciudad europea- suele ser más cívica, menos consumista, y sitúa a las personas en una dimensión cercana. Ir exclusivamente en auto, en cambio, no sólo nos convierte en productores de contaminación y de accidentes, sino que estimula nuestro lado salvaje: para un automovilista, los demás vehículos son básicamente un estorbo, o incluso una amenaza, y el modo natural de entenderse con ellos es a través del insulto gestual u oral, o ambos, dependiendo del caso.

Habitantes de una ciudad brutal, usuarios de una Alameda atroz, en manos de autoridades indiferentes, nuestras opciones son, o sobrevivir como peatones, o salvarnos de la indignidad en auto. Y en este caso, lo sabemos, aportamos cada cual nuestra cuota de degradación a un conjunto cada vez más confuso y desagradable. LND. Domingo 20 de febrero de 2005

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JARDINES DE MARIHUANA________________________ La planta en cuestión, que antes se llamaba cáñamo y servía para hacer cordeles y alpargatas, está siendo barrida de la faz de la tierra como consecuencia de la guerra contra las drogas. A lo largo de medio siglo, esta guerra ha causado más daño que las drogas propiamente tales.

Se impone en Santiago una nueva fórmula de huertos orgánicos en base a cannabis sativa. La iniciativa de una audaz anciana, propietaria de un jardín donde crecían 40 plantas de esta especie, ha pasado a ser noticia gracias al allanamiento practicado por las fuerzas de orden, respecto del cual hay que valorar la delación de unos amables vecinos. Además de la dama, fue detenida la empleada. Las empleadas suelen compartir casi siempre las desgracias de los patrones, aunque rara vez su fortuna. En tiempos de la dictadura era común, cuando se allanaba una casa, que se llevaran también, en caso de haberla, a la empleada; en fin, para sonsacar más datos, para darle color al operativo. En esta ocasión se la estaba considerando encubridora. La anciana alega que como sufre de reumatismo y osteoporosis necesitaba el cultivo.

La planta en cuestión, que antes se llamaba cáñamo y servía para hacer cordeles y alpargatas, está siendo barrida de la faz de la tierra como consecuencia de la guerra contra las drogas. A lo largo de medio siglo, esta guerra ha causado más daño que las drogas propiamente tales. Como en su tiempo sucedió con la ley seca que prohibía el whisky en los Estados Unidos, la guerra contra las drogas ha probado ser inútil para los fines que declara (erradicar el consumo de algunos psicotrópicos), y en cambio se ha revelado como una herramienta valiosa para generar mafias clandestinas, hacer crecer el gasto público, inducir a la corrupción policial, administrativa y judicial, saltarse la soberanía territorial de algunos Estados y, finalmente, abrir las puertas de lo privado al huracán público. Es decir, al lado del complejo aparato de producción y consumo de drogas se ha instalado otro dedicado a combatirlo y que, por esas extrañas leyes de la dialéctica, ha terminado atado a él más fuerte que la hiedra. Los controladores de droga se quedarían sin actividad, si no fuese por los traficantes; y las redes de traficantes, a su vez, se han acostumbrado a operar fuera de todo control.

En los seres humanos anida la contradicción. Nos ha gustado más a los chilenos, durante muchos años, la asquerosa farsa de las nulidades que el divorcio. Hemos penalizado la homosexualidad, sabiendo que se trata de una manera de ser. En un parecido registro, los gobiernos abusones encuentran delicioso patear a sus adversarios, pero se ofenden mucho si escuchan la palabra dictadura. La droga pulula por ahí, es verdad, pero no importa porque está prohibida.

En lugar de mirar hoy hacia los europeos -más sensatos- nos embelesamos con la política un poco ciega de los EE.UU. ¡El zar antidrogas! ¡El FBI en acción! El sistema produce grandes películas, aunque una calidad de vida más bien dudosa. Lo cierto es que ante la palabra droga, las madres de Chile se echan a temblar. El cannabis es una sustancia a la que se considera intrínsecamente perversa y, en especial, para la juventud. Pero el mal, que se sepa, está en las personas o en los usos, más que en las cosas. Lo dañino no es la electricidad, sino meter los dedos mojados en el enchufe. Lo malo es la obesidad mórbida producida por una ingestión ansiosa de hidratos de carbono, y no los tallarines, pobrecitos. Se electrocutan, engordan y se accidentan en auto los jóvenes, y no hemos escuchado a nadie proponer castigos para las empresas que lucran con el consumo de electricidad, de tallarines o de autos.

Pero en fin, la autoridad coincide con las madres de Chile en que la marihuana es mala en sí misma y para todos por igual, por lo que se ha propuesto erradicarla. Erradicar quiere decir arrancar de raíz, operación ya realizada por funcionarios de la brigada de estupefacientes con las plantas de la anciana, cuyo número superior a 40 induce a suponer que la dama, arrastrada por las leyes de la oferta y la demanda, por uno de los pilares de la sociedad -la compraventa-, tenía quizá el propósito de ofrecer su producto al mercado. Tal cosa la dejaría convertida en una traficante. Nuestra empresas pisqueras o vineras, que también ofrecen a la venta sustancias adictivas -de probada calidad, por cierto- y contribuyen a expandir por el mundo el mareo mental o la euforia nocturna, reciben ayudas oficiales. La anciana marihuanista, en cambio, arriesga ir a presidio.

El senador Nelson Ávila propuso poner a la marihuana en el listado de lo permitido junto a los productos etílicos, moción que obtuvo un solo voto, el suyo. Ávila, un precursor más que un líder, ha dicho que se considera a sí mismo un superladilla -son sus palabras-, una voz encargada de llevar el sentido común a un parlamento teñido de manchas binominales, lunares designados, vibriones lobbysteros y trenzas partidistas. El diputado Leal, con más prudencia, ha propuesto autorizar el uso médico de la planta.

La cosa médica disfruta de una amplia credibilidad en Chile. Por ejemplo, si alguien ha abusado de su cargo durante años, atropellando la vida y el patrimonio de los demás hasta rebasar cualquier límite imaginable, sólo tiene que mostrar un certificado de demencia. Ante ese papel, todos -jueces, carabineros, parlamentarios, periodistas- guardan respetuoso silencio. La enfermedad con licencia es una anormalidad bajo control, un limbo inexpugnable. Respecto de la marihuana, suponemos que sería un poco, como en el caso de los derechos humanos: habiendo justificativo médico, adelante entonces con los jardines de cáñamo, vamos comprando más tierra de hoja, mierda, y la empleada a regar las plantas se ha dicho. LND. Domingo 27 de febrero de 2005.

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HOMBRECITOS____________________ Lavín, un hombre de hazañas escasamente conocidas, ha declarado que “hay que ser bien hombrecito” para hablar como lo ha hecho Sergio Fernández. Es preciso discrepar de esta desviada apreciación. Asumir las responsabilidades políticas es, para un gobernante, lo mismo que significa para un consumidor pagar la cuenta de la luz después de haber contratado el servicio.

Hay una tesis según la cual los especímenes de género masculino llegan al mundo como un proyecto, en calidad de borrador: una de sus tareas vitales es la de hacerse hombres. De ahí que a los machitos les guste entrenarse, competir, explorar sus propias fuerzas y dar muestras de virilidad mediante el cumplimiento de hazañas épicas.

A Pinochet, a Leigh, al general Bonilla, a quienes se hicieron cargo de los destinos de Chile tras la confusa administración de Allende, se les reconoció en un primer instante esa condición: eran tipos recios, que no tenían problemas en poner la cara (con anteojos ahumados, eso sí) y conducir los destinos de la patria en régimen de internado o, mejor dicho, de campo de concentración nazi.

Ellos encarnaron, finalmente, la acción de una clase alta y media que se había resistido visceral y desesperadamente al allendismo. Esa clase acomodada o a punto de serlo cuya visión de la vida chocaba de modo frontal con el proyecto de la izquierda unida que al final fue bien vencida. Los juntistas o pinochetistas, o como quiera hoy llamárseles, fueron vistos entonces como salvadores: lo que salvaron no fue la democracia, tampoco la normalidad republicana, sino más bien un cierto modelo de orden autoritario, y más allá de que su salvamento haya sido desagradable para muchos, o repugnante para el mundo, es preciso reconocerles coraje. Contrariar el sentido común, subirse al carro de la insurrección militar, abrazar la causa de la represión y de una larga dictadura implicó para cada uno de ellos un salto sin vuelta atrás.

Las dictaduras, sin embargo, pese a generar claridades en aspectos gruesos de la vida pública, someten al tejido social a unas presiones corrosivas. El miedo, la disolución civil de la ley, la desgracia cercana, la indefensión de unos y la descontrolada capacidad de actuar a discreción de otros termina por envenenar las relaciones humanas. Se fue desgranando el choclo (para utilizar la poética expresión del general Mendoza) y del coraje se pasó a otra cosa. El grupo dirigente se depuró. La meta de los hombrecitos de la dictadura era instaurar un ambiente de amenaza permanente, y para lograr esta meta política no dudaron en salirse de las normas de la decencia e incurrir una y otra vez en el delito de Estado.

Hombrecitos sádicos, hombrecitos astutos, hombrecitos cómplices, hombrecitos que nunca tuvieron informaciones concretas de tortura alguna, porque jamás recibieron un papel con membrete de la Contraloría sobre el tema. Hombrecitos que no sabían que existían campos de concentración o que, sabiendo que existían, les daba lata visitarlos. Hombrecitos que nunca leyeron ni Le Monde, ni el Washington Post. Hombrecitos empequeñecidos en su valor, que no abrieron la boca y fueron retrocediendo en sus hazañas, hundiéndose en el fango, contaminados por el hollín asqueroso de la dictadura: eso fueron muchos de los que dirigieron al país de aquella manera bestial.

En los últimos años, y sobre todo a partir de la poco heroica actitud de Pinochet de jugar a las escondidas y a la payaya con la justicia, el retroceso épico ha sido aún mayor. Puede parecer muy de hombrecitos gobernar a punta de tanque y metralleta cuando no hay a nadie a quien responderle de lo hecho, y sobre todo si los periódicos son propiedad de amigos y los canales de televisión se esmeran en agradar a la autoridad. Otra cosa es cuando se hace preciso concurrir a los tribunales a dar cuenta de lo obrado.

Una autoridad pública, la que sea, asume responsabilidades al aceptar un cargo o al apoderarse de él por la fuerza. Estas responsabilidades pueden ser políticas, si se trata de asuntos de criterio, o penales, si en su actuación el funcionario termina por deslizarse hacia las espesas dunas del abuso institucionalizado. Sergio Fernández, ministro de Pinochet en los tiempos bravos, ha declarado que él asume sus responsabilidades políticas. ¡Faltaría más! ¿Cómo sería el escenario del mundo si los gobernantes declararan que ejercen el poder pero no asumen responsabilidad alguna? Evidentemente que don Sergio Fernández asume y debe asumir sus responsabilidades políticas y penales, por más que sea incómodo hacerlo.

Lavín, un hombre de hazañas escasamente conocidas, ha declarado que “hay que ser bien hombrecito” para hablar como lo ha hecho Sergio Fernández. Es preciso discrepar de esta desviada apreciación. Asumir las responsabilidades políticas es, para un gobernante, lo mismo que significa para un consumidor pagar la cuenta de la luz después de haber contratado el servicio: una obligación que no tiene nada que ver con la mayor o menor hombría.

Hay en esta triste historia como un olor a niños malcriados y a elites en ascenso rápido, un aroma de gente habituada al abuso y al doble estándar, al pasto bien regado, al suéter fino, a engañar la propia conciencia mediante papeles con o sin membrete, y a creerse realmente que ellos son muy cool o son muy hombres, porque se detienen una vez ante un semáforo o se presentan de candidatos a algún cargo que antes habían usurpado. Es quizá ese estilo de colegio particular o de clase media desesperadamente aspiracional lo que al final los hace ciegos. Por eso no logran ya distinguir estos hombrecitos nuestros lo justo de lo injusto, ni la política de la no política, ni la tortura de la no tortura, ni lo presentable de lo impresentable. LND. Domingo 6 de marzo de 2005

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COMUNISTAS_________________…Probablemente los comunistas hayan cumplido en parte importante su ciclo histórico, tras describir una amplia parábola de siglo y medio de luchas, conquistas, retrocesos y derrumbes. En nuestro país lo han hecho-más allá de cualquier discrepancia que pudiera tenerse con ellos- con enorme dignidad, con entereza, siempre en contacto con la gente humilde. Y nos dejan su legado de rebeldía contra el abuso…

Rodeada del afecto de los suyos, en un emocionante mar de banderas rojas, Gladys Marín nos ha dejado. Más allá del silencio y el respeto que la muerte nos imponen, cabe quizás una breve reflexión, desde luego apresurada, acerca de su legado.

No podría entenderse la vida republicana chilena del último siglo sin el Partido Comunista. Los comunistas han jugado un rol decisivo en el a veces traumático desarrollo de nuestra sociedad, y a menudo, casi siempre, les ha tocado desempeñar papeles conflictivos, con pocos premios y muchos castigos. También hoy tienen significación y sin embargo-como se advierte con agudeza en el editorial de un diario electrónico- el sistema constitucional chileno no los acoge. En efecto, hay una anomalía en el hecho de que los comunistas no estén presentes en nuestro Parlamento y sí lo están, en cambio, señores que no han sacado voto alguno.

Gladys Marín ha actuado durante todos estos años como una especie de influyente diputada o senadora sin escaño en el Congreso. La obsesión binominal de nuestro ordenamiento político supone un mundo infantil en blanco y negro, donde sólo hay espacio para dos, que por las traviesas matemáticas del sistema suelen quedar tras cada elección más o menos del mismo tamaño. No hay, en cambio, lugar para los grupos minoritarios. Pero los grupos minoritarios existen: el orden profundo de una sociedad resulta en gran medida de su justicia, de su equidad, de la capacidad del sistema de escuchar a todo el mundo y no sólo a unos pocos, los mismos de siempre.

El Partido Comunista de Chile tuvo su máxima influencia social y probablemente su mayor cantidad de votos en los años de Allende. Pudiera decirse que aquella marcha que iniciaron en 1912 en el norte tuvo quizá como objetivo principal llegar a esos años, conquistar el gobierno integrando la Unidad Popular. Si algo de orden hubo en tiempos de Allende ello se debió quizá a la actitud más bien moderada y eficiente del PC, que contrastó tantas veces con los brotes anárquicos, la palabrería descuidada y la gestión discutible de muchos de sus aliados en aquella aventura. Los comunistas eran fuertes en la clase obrera, entre los jóvenes e intelectuales y empezaban a abrirse camino en la clase media y en los campesinos. Su mensaje tenía, a la vez, la opacidad de un futuro soviético que nadie sabía bien en qué podía terminar, y la esperanza de sacudirse de encima a los abusadores.

¡El abuso! Chile ha sido muchas veces y en muchos sentidos un país en que ha sido fácil para unos pocos humillar a muchos. Y aunque le dijeran a uno que confiar en los comunistas era entregarse a la dictadura del proletariado, a regímenes totalitarios, y que a poco estar ellos en el poder vendrían los tanques rusos, lo cierto es que quienes así argumentaban eran precisamente los más abusones. También era cierto, y lo veíamos, que los comunistas eran -como Gladys Marín- gente honesta, de manos limpias, con ideales, y con una firme trayectoria de lucha contra la injusticia.

Pero el empeño de Allende terminó en tragedia. Los comunistas sufrieron de manera durísima la persecución física, psicológica, mediática, laboral y social por parte de la dictadura. La sola palabra “comunista” se convirtió en una sentencia, en un calificativo que podía dejar sin trabajo, sin saludo o sin vida a cualquiera.

Han pasado los años. Mientras los chilenos hemos avanzado de modo lento en nuestra infinita transición, el mundo se ha globalizado. Es otro hoy el territorio, y las formas clásicas de rebeldía ya no son lo que eran. En un planeta de redes, de flujos, de fragmentos combinables, no son ya demasiado significativas las asambleas, los sindicatos, las banderas, las tomas, las huelgas: ante cualquier barricada o grumo paralizante, las redes del capitalismo virtual se apartan automáticamente y buscan otros nodos, formas alternativas de conexión. Conceptos clásicos como la “unidad de los trabajadores” son hoy muy difíciles de precisar: casi todos somos hoy trabajadores y a la vez casi nadie lo es como antes. El capital, los recursos humanos, las empresas derivadas o externalizadas, los proyectos, las patentes industriales, las ciudades, se arremolinan y fluyen como si formaran parte de un solo líquido global

Con todo, pese a esta nueva configuración del mapa, los abusadores siguen existiendo. La injusticia institucionalizada, la inequidad, la soberbia y el desprecio de los más poderosos siguen entre nosotros. Nacen, por ello, otros modos de contestación, nuevas formas de defensa de la libertad, de la dignidad, del respeto a las personas y a sus derechos básicos.

Probablemente los comunistas hayan cumplido en parte importante su ciclo histórico, tras describir una amplia parábola de siglo y medio de luchas, conquistas, retrocesos y derrumbes. En nuestro país lo han hecho -más allá de cualquier discrepancia que pudiera tenerse con ellos- con enorme dignidad, con entereza, siempre en contacto con la gente humilde. Y nos dejan su legado de rebeldía contra el abuso.

La última gran batalla de Gladys Marín fue quizá la presentación en 1998 de la primera querella que nadie hasta el momento había osado presentar en contra de un Augusto Pinochet invulnerable. El juez Guzmán la admitió a trámite, y poco después, a requerimiento del juez Garzón, el susodicho fue detenido en Londres. Los chilenos y nuestra cansada transición hemos ido admitiendo, a partir de entonces, a veces a regañadientes, una verdad evidente: que todos los crímenes deben ser sancionados y que nadie está por encima de la ley. LND. Domingo 13 de marzo de 2005

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PODER OCULTO_______________________ Funcionan las instituciones locales, es cierto, pero cuando uno quiere saber algo de las tramas ocultas de poder que se mueven en Chile, hay que mirar a Buenos Aires, Washington, Madrid o Londres.

Trozos crudos de la verdad, fragmentos hasta ahora ocultos de nuestra vida pública nacional surgen aquí y allá, en otras partes del mundo. La policía argentina logra detener a Paul Shäfer en Buenos Aires, y gracias a eso se abre recién ahora la posibilidad de saber qué ha pasado exactamente en Villa Baviera. Pinochet, sus familiares cercanos y los gallardos militares de su séquito más fiel aparecen hundidos en una oscura y millonaria operación de lavado de dinero a partir de una investigación del congreso norteamericano. Y fueron el juez Garzón desde Madrid y Scotland Yard en Londres, no lo olvidemos, quienes posibilitaron la detención del pintoresco dictador en 1998.

Funcionan las instituciones locales, es cierto, pero cuando uno quiere saber algo de las tramas ocultas de poder que se mueven en Chile, hay que mirar a Buenos Aires, Washington, Madrid o Londres. Nuestros jueces y nuestra policía tienen, quizá, la mejor de las intenciones, pero les falta musculatura para entendérselas con el poder oculto. Son funcionarios entrenados en perseguir protestos de cheque, ladrones de videos o traficantes de pasta base, y dominan sin lugar a dudas la correcta aplicación de los procedimientos. Pero ni por el aspecto ni por sus resultados nos dan la sensación de que son capaces de poner claridad allí donde reinan las confusas tinieblas de quienes mandan de verdad en nuestro país.

“El problema del poder oculto siempre me ha atormentado”, señala Norberto Bobbio, y añade: el poder tiende a ocultarse; es tanto más poderoso cuanto menos se deja ver.

El poder es la capacidad de conseguir lo que uno quiere. Las riquezas son, pues, poder, y lo es también la sensación de que uno es poderoso, porque eso atrae a los más débiles. Para ser muy poderoso hay que ser temido, es preciso tener éxito, contar con muchos amigos y partidarios, tener elocuencia, buena figura, y en cambio de poco sirven las ciencias o los conocimientos intelectuales. El poder es un asunto animal.

Pero el poder no está necesariamente centralizado. Algún grado de poder, aunque sea modesto, necesitamos todos. De otro modo no lograríamos sobrevivir. Tenemos que ser capaces de conseguir al menos lo indispensable, y ojalá un poquito más. Por eso es que tratamos de tener riquezas, y éxito, y amigos y buena presencia, y eso nos obliga a afrontar el mundo con todo lo de sucio que éste tiene. Hay que visualizar a los enemigos, ganar aliados, negociar, suscribir pactos de ayuda mutua. Entramos, pues, en trenzas, en redes, y reconocemos parajes que son más nuestros que otros: está la red familiar, la del colegio, la del condominio, la del trabajo, la del credo político, la de la comunidad religiosa, la de la cofradía, y en todas suponemos y concedemos lealtades. Somos pues, cada uno de nosotros, casi inconscientemente, por necesidades de sobrevivencia, generadores de poder oculto. El antiguo mundo de las recomendaciones, de los datos, de los cuñados y primos, de la gente como uno, se hace indispensable para andar por la vida, y parte importante de ese capital personal no debe ser jamás declarado.

Hay, pues, una natural opacidad del poder, tal como hay también una natural opacidad de las relaciones sexuales o del dolor. Quizá aquella secretaria copula con ese abogado, pero lógicamente ellos no lo dicen, y el abogado a la vez mantiene confidencialmente otra relación con un junior casado. Otros sufren en silencio su neurosis o su enfermedad. Se entrecruzan oscuramente las tramas del poder, ocurren negocios ocultos, se hacen y se reciben favores, se intercambian miradas, no se declaran según qué parentescos o comisiones. Hay un sutil arte del silencio en muchos negocios humanos, porque ese silencio es el que posibilita el poderío.

El poder público, sin embargo, exige transparencia. Cada sociedad tiene una línea de flotación que separa lo decente de lo corrupto, y que obliga a hacer visibles según qué cosas. Leonardo Sciascia nos cuenta en sus relatos, una y otra vez, de una Sicilia donde todos lo saben todo pero nadie declara nada. El poder se deja sentir pero no identificar, y el abuso es aceptado como una condición meteorológica. Un poco más sicilianos de lo que ya éramos hemos quedado los chilenos desde la dictadura en adelante. Tuvimos que acostumbrarnos a tratar con unos gobernantes doberman, con unos amos económicos, militares, mediáticos, políticos y religiosos que, como los sicilianos de Sciascia, dejaban sentir su aliento pero no mostraban sus cuentas ni la lista de sus muertos, aunque todos aquí hemos sabido siempre todo.

Los ambientes sicilianos son magnéticos, pero a la vez fangosos. Es muy difícil evitar entrar en alguna red, sumarse a la trenza, adherirse al feo arbolito de pascua de un sistema corrupto. Hay que sobrevivir. Todos somos, pues, parte de ese líquido oscuro que fluye bajo tierra, fortaleciendo así a los grandes del poder oculto, a los que realmente construyen redes y trenzas más allá de toda decencia. Difícilmente va a haber entre nosotros un político, o un intelectual o un periodista capaz de poner luz en unas tinieblas que cobran un aspecto tan triste con la iluminación, y donde también, si se ilumina algo más allá, vamos a hacer ver nuestro propio hollín.

Quizá será preciso contentarse, por el momento, con esos trozos jugosos de transparencia que nos llegan del extranjero. Y con algunas declaraciones locales de pureza, que finalmente se diluirán en la nada porque no resistirán el ambiente tóxico donde nuestros pulmones éticos se han acostumbrado a respirar. LND. Domingo 20 de marzo de 2005

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BRUNNER _____________ Quizá haga falta guiar al mercado. Pero también necesitamos hoy guiar al sistema universitario, que se ve muy perdido. O guiar al gobierno, cuya tarea, paradójicamente, es la de guiarnos a nosotros.

Para un gobierno dubitativo y perezoso en el tema universitario, ha debido constituir sin duda un estímulo el contundente documento “Guiar el Mercado”, elaborado desde la Universidad Adolfo Ibáñez por José Joaquín Brunner y su equipo.

Es preciso señalar que el profesor Brunner es una de las escasas autoridades mundialmente reconocidas con que contamos los chilenos en el ámbito de la educación universitaria o de la -como prefiere precisar él mismo de modo más neutro- educación superior. Dicho esto, se hace necesario añadir lo evidente: las capacidades de Brunner no convierten su opinión en la única posible. Y sin embargo a ratos parece serlo. No es raro, en un contexto donde la autoridad se limita a ir a la rastra del turbio decreto que en 1980, con las firmas de Augusto Pinochet, Sergio Fernández y Mónica Madariaga, fijó normas sobre universidades. Y en un ambiente donde la masa crítica de las universidades públicas se ha parapetado en un discurso nostálgico y quejumbroso, con algunas pinceladas irónicas para burlarse del mercado o de la globalización: cosa muy popular entre académicos, pero de nula influencia en el diálogo social, mediático y político del cual estas instituciones, finalmente, dependen.

La lectura que el mencionado informe hace de la realidad prepara el camino para proponer una reforma universitaria. Hay que coincidir con el informe en que algún tipo de cambio habrá de venir. Nuestro armatoste universitario es hoy un pegote de residuos legales, capas geológicas, intereses privados y grupos corporativos que, además de funcionar mal, no cuenta con la debida legitimidad democrática. El club universitario global exige -si queremos pertenecer a él- ciertos rangos, y en algunos aspectos estamos no sólo fuera de ellos, sino al borde de la caricatura. Tenemos uno de los sistemas universitarios más privatizados del mundo, y nuestro esfuerzo estatal en universidades públicas es aproximadamente y en proporción la cuarta parte del que hacen los países de la OCDE, incluidos los Estados Unidos. Estamos viviendo una situación anómala.

Con toda sensatez, el informe de Brunner propugna la evaluación de los desempeños, un concepto ampliamente compartido hoy en el ambiente académico internacional. Es decir, hay que ponerle nota a los estudiantes, de acuerdo, pero también a los profesores y a las propias universidades. Y conforme a eso el Estado hará sus aportes.

No cabe duda de que algunas universidades privadas podrían sacar excelentes notas en el aseo de patios, o en la adquisición de algunas modernidades computacionales. Pero hay elementos pertenecientes al sentido último de la universidad en tanto institución que sólo quedan bien resguardados cuando observamos las tradiciones culturales de las universidades públicas. Es decir, para orientar sus recursos, el país debe saber qué nota se saca una determinada universidad en pluralismo, en libertad de cátedra, en participación estudiantil o académica, en generación de conocimiento, en equidad, en transparencia de gestión, en gobernabilidad, así como también en investigación, docencia, extensión y creación. Tener buena evaluación en estos asuntos es esencial para recibir el nombre de universidad.

Hay, efectivamente, universidades públicas y universidades privadas que trabajan de modo serio, y las hay que no tanto. Pululan además por el sistema otras organizaciones -institutos profesionales, plataformas de irradiación ideológica, empresas inmobiliarias, comunidades misioneras- que claramente no califican como universidades; pese a todo insisten en llamarse así, y se les permite hacerlo.

Conceptos clásicos como libertad de cátedra, pluralismo o democracia interna parecieran, sin embargo, no encontrar demasiada adherencia en la -se nos perdone la expresión- melamina conceptual de “Guiar el Mercado”. La asepsia sociológica puede ser una virtud, pero en este caso concreto no lo es. El informe observa la realidad de una manera tan neutra y tan sin grasa que en su dibujo no logramos ya distinguir lo cercano de lo lejano, ni lo propio de lo ajeno. No está de más saber qué ocurre en lugares exóticos como Malasia, Finlandia o Israel, ni tampoco es ocioso observar los últimos 25 años, en que se ha desplegado el ardid universitario ideado por la dictadura. Pero, tratándose de nuestro país, es imposible entender el panorama si no observamos, por ejemplo, el comportamiento de la Universidad de Chile o, lo que resulta más brutal, la actitud de los gobiernos de las últimas décadas en relación con la institución que ha sido la madre histórica y fundacional del sistema.

Del mismo modo, es probable que nuestros referentes, más que en los lugares observados, estén en aquellos otros -España, Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, Francia- que sí nos han servido de modelo. En suma, echamos de menos en el informe algo que podría llamarse espesor cultural, densidad histórica, sentido local… esa suma de valores o de lenguajes que hacen de nosotros, los que aquí vivimos, un país.

Pese a estas reservas, hay que agradecer tanto al profesor Brunner como a la Universidad Adolfo Ibáñez estar impulsando este debate (el informe completo se puede ver en http://www.uai.cl), y hacerlo de un modo profesional. Se hace preciso pedir a otros actores -académicos de universidades públicas, políticos, autoridades- que se sumen y aporten sus puntos de vista. Quizá haga falta guiar al mercado. Pero también necesitamos hoy guiar al sistema universitario, que se ve muy perdido. O guiar al gobierno, cuya tarea, paradójicamente, es la de guiarnos a nosotros. LND. Domingo 27 de marzo de 2005

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LAGOS DESPUÉS DE LAGOS_____________ Por qué no va a dar el hombre su opinión. Tiene pleno derecho. Que le haga caso quien quiera. Nadie sabe en qué principios se funda la pretensión de que el Presidente no debe hablar sobre una elección que va a venir. Muy presidentes serán los presidentes, pero son ante todo ciudadanos, y como tales disfrutan de los mismos deberes y de los mismos derechos que los demás, incluyendo la libertad de expresión.

Habrá, sin duda, un Chile después de Lagos: un país funcionando sin este macropresidente cuya seguridad en sí mismo parece fuera de lo común, con opinión para todo, y que hacia el final de su período ha conseguido, al revés que casi todos los gobernantes, aumentar en lugar de disminuir sus índices de aprobación. Después de los gobiernos tímidos de Aylwin y de Frei, a muchos chilenos les costaba congeniar con la asertividad laguística. Pero poco a poco, remontando la cuesta, aplicadamente, con la perseverancia que otorga el actuar por convicción más que por cálculo, Lagos ha ido ganando el respeto de quienes lo veían como un político más o como un oscuro peligro socialista.

Lagos proviene de un mundo que hoy es unánimemente despreciado o mirado con lástima: el mundo de los intelectuales. Demasiada inteligencia-sostienen algunos- no puede ser buena ni para los negocios ni para disfrutar de la vida… y es más prudente desconfiar de los que piensan demasiado. Los inteligentes le dan excesiva vuelta a las cosas y no se llevan bien con el mundo real, su autonomía los lleva a tener dificultades para constituir redes, para asociarse… Muchos prefieren ver en el sillón presidencial a un alma simple. Desde Frei padre que no tenía el país un Mandatario capaz no sólo de lidiar con los asuntos públicos cotidianos, sino preparado además para transmitir seguridad respecto al futuro y a la marcha global del mundo.

Frei padre siguió ejerciendo su liderazgo después de entregarle la banda presidencial a Allende. Más aún, ejerció un rol clave en el traumático período de aquel traspaso del poder, que incluyó, entre otras cosas, el asesinato del general Schneider a manos de la ultraderecha. Pero los tiempos son ahora algo diferentes. El gobierno de Frei padre fue una transición o un intervalo hacia el conflicto desatado, lo que no se ve hoy como amenaza.

Hubo, pues, en los setenta, un Frei después de Frei. Y probablemente habrá en nuestros días un Lagos después de Lagos; es decir, una presencia política de quien fue Presidente y que, lejos de recluirse, se convierte en un factor decisivo en la vida nacional.

Es lógico pensar que, mientras el país se prepara para vivir sin Lagos, el propio Lagos se está preparando también para vivir un período donde ya no tenga la posibilidad de hablar de “el Presidente” al referirse a sí mismo. Ya no será Superlagos. Será un ex Presidente. Y cabe suponer, por cierto, que si sus proyectos son razonables tendrá muchas posibilidades de llevarlos a cabo.

Manuel Montt, tras dos períodos, se quedó presidiendo la Corte Suprema, lo que no es poco. Alessandri regresó a la vida política, ya muy mayor, como asesor decorativo de la dictadura. Pinochet le pasó a Aylwin la banda presidencial y las llaves de La Moneda, pero no -¡grrrmpf!- el mando del Ejército ni de los servicios de seguridad ni numerosas otras cosas que habitualmente se traspasan en un cambio de mando. Así, cada vez que Aylwin se reunía con un periodista extranjero se pasaba la mitad de la entrevista tratando de demostrar que él mandaba. En España, y pese a su notable acción de reforma y modernización del país, Felipe González salió malparado del gobierno, y ha arrastrado su pena en roles menores, entre los cuales se cuentan algunos viajes a Iquique. Valery Giscard d’Estaing ha desempeñado roles de cierta relevancia en el gobierno europeo, y parecida senda han seguido otros políticos de aquellas tierras. La señora Thatcher quedó marginada del poder por su propia gente: había llevado demasiado lejos las ideas neoliberales, las mismas que florecieron aquí en Chile mientras zumbaban los helicópteros bajo el interminable toque de queda. En su retiro londinense, la dama disfrutó, entre otras cosas, de la amistad de doña Lucía Hiriart.

¿Qué hará Lagos con Lagos después de Lagos?Por el momento se va mordiendo los labios para no participar en el debate electoral, aunque de gustarle le gusta, y de repente se le sale algo que provoca quizá más alarma o más amurramientos de lo que debería. Total, por qué no va a dar el hombre su opinión. Tiene pleno derecho. Que le haga caso quien quiera. Nadie sabe en qué principios se funda la pretensión de que el Presidente no debe hablar sobre una elección que va a venir. Muy presidentes serán los presidentes, pero son ante todo ciudadanos, y como tales, mientras sea Chile un país libre, disfrutan de los mismos deberes y de los mismos derechos que los demás, incluyendo la libertad de expresión.

Cuando llegue el día en que el Presidente ya no sea Lagos y Lagos no sea ya el Presidente, los escenarios posibles son diversos, y podemos hoy hacer el ejercicio de imaginarlos: Lagos se retira a Caleu y se dedica al repujado en cobre… Inspirado por los desafíos globales y tras maratónicas rondas de telefonazos del más alto nivel mundial, Lagos se convierte en Secretario General de Naciones Unidas… Siempre preocupado del acontecer nacional, Lagos pasa a buscar cada mañana en su auto a la Presidenta para llevarla a La Moneda, y ella va anotando en un cuaderno sus tareas… Animado por sus éxitos de gobernante, se presenta a candidato en sucesivas elecciones de senador, diputado y concejal, perdiéndolas todas por culpa del sistema binominal… O bien, apartado de la minucia diaria, se dedica a escribir sus memorias, las cuales resultan extraordinariamente sabrosas y, prologadas por Totó Romero, se convierten en un best-seller regional. LND, Domingo 3 de abril de 2005.

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LA CRUZADA ANTITABACO DE LOS NERDS_____________Lobotomizados por esta oleada de puritanismo, los bacanes, los ex reyes de la pista, las que fueron un día barbies fatales, los promiscuos, los noctámbulos, los poetas malditos, se baten en retirada. Ya no es divertido ni seguro fumar, ni comer papas fritas, ni tomar cerveza, ni salir con los amigos. Mejor quedarse haciendo un triste zapping casero. Evitaremos quizá la muerte por enfisema, pero moriremos de hastío o de soledad.…

En cierto momento de la adolescencia, algunos de los chiquillos o chiquillas que estaban cambiando de aspecto aparecían con un cigarrillo en la mano. Ese tabaco de uniforme escolar formaba parte de una estrategia de identidad y de seducción, era un pasaporte para ingresar a los ritos nocturnos de la seducción, del encuentro, de la vida social adulta. Se intercambiaban cigarros a la vuelta de la esquina, se fumaba a escondidas. Los que fumaban empezaban casi siempre también a pololear, esto es, a conocer la tibia forma de la carne corporal ajena, y se les consideraba bacanes, eran totales, porque habían logrado instalarse en el glamour o en la belleza y de sus bocas brotaban azules columnas de humo. Los nerds, entretanto, pálidos y huérfanos del salvaje ritmo corporal que es preciso tener para participar de la guerra sexual, seguían haciendo sus tareas o contándose las espinillas ante el espejo. Los mateos, los no sexuados, los no fumadores, los que no iban a fiestas, los que se acostaban temprano, quedaban cruelmente sumidos en la nada, en el abandono, en ese desierto vacío de la inutilidad orgánica.

Años después, ahora mismo, viene la revancha. Los nerds han estudiado mucho y se han convertido en médicos o en senadores. Poco se han divertido durante las noches de su vida, escasamente han salido a fiestas, han sido reacios al placer y al desorden. Su espacio natural es una oficina con aire acondicionado, o una unidad de cuidados intensivo en un buen hospital, quizá una buena farmacia. El mundo, a sus ojos, aparece como una oficina, y la vida como una enfermedad de diagnóstico incierto. Las cifras demuestran irrefutablemente que el placer es malo. El sexo da sida, el tabaco cáncer de pulmón, la marihuana produce adicción y el alcohol revienta el hígado.

Es verdad que después de decenios de aspirar aquellos humos placenteros y malsanos, muchos de los fumadores ya no tienen el aspecto glamoroso de sus dieciséis o dieciocho años. Se les ve con el pulmón encogido, mucha tos al levantarse, dificultades para respirar, y lo que fue un día disfrute se ha convertido en un hábito que desearían dejar. Pero no pueden, porque están enviciados. Tienen un vago complejo de culpa. Y además están los niños, a los que les contaminan el aire. Las doctoras y doctores de la cruzada antitabaco, ex nerds, están radiantes: por fin han logrado agarrar y humillar a quienes tanto los han hecho sufrir. Y es que los fumadores no sólo le han quitado a los no fumadores la pureza del aire. También les han arrebatado a las presas sexuales más apetecidas, se han quedado con más placer, con más paseos, con más asados, con más amigos, con más noches que ellos. Se han quedado con la mejor parte de la vida. Pues bien, se terminó la fiesta. Basta de andar fumando por ahí, echando al aire esos humos criminales. En el fondo de los ojillos prohibicionistas brilla ese fulgor pálido de los envidiosos, de los liquidadores de onda. No están solos. Hay otros cruzados que se han propuesto dificultarles las cosas a las botillerías, modificar los horarios, endurecer los controles, subir las penas y castigos a los borrachos. Los cultivos privados de marihuana también están siendo erradicados por una unidad de espías de jardines,

y cuidado con andar un profesor o un funcionario consumiendo sustancias psicotrópicas, porque lo que para los chilenos no es un delito, para estos profesionales específicos (que al parecer son chilenos de tipo B) sí lo es. Las actividades sexuales que no sean las de marido y mujer son monitoreadas en todo momento por las cámaras ocultas de los noticiarios de televisión, ya que se trata de asuntos de interés periodístico.

Los nerds, las batas blancas y las viejas amargadas están ganando ampliamente la batalla. Retrocede el glamour, mezclado con la enfermedad y con el delito. Se esconde el placer, avergonzado de sí mismo. Y así, mientras se multiplican las restricciones para los locales públicos, florecen en todas las esquinas las farmacias. El estado médico transforma el cuerpo individual de cada ciudadano en territorio público, impone exámenes de salud obligatorios, condena hábitos y prescribe una dieta ordenada: nada de alcohol ni tabaco, acostarse temprano, evitar las emociones fuertes y alejarse de los riesgos.

Prohibir el placer ajeno es un viejo deporte de una parte de la humanidad. Hay quien no logra disfrutar de la vida, y logra finalmente su disfrute frustrando a los demás.

Lobotomizados por esta oleada de puritanismo, los bacanes, los ex reyes de la pista, las que fueron un día barbies fatales, los promiscuos, los noctámbulos, los poetas malditos, se baten en retirada. Ya no es divertido ni seguro fumar, ni comer papas fritas, ni tomar cerveza, ni salir con los amigos. Mejor es quedarse haciendo un triste zapping casero. Evitaremos quizá la muerte por enfisema, pero moriremos de hastío o de soledad, y nos dará quizás un cáncer depresivo que no aparecerá en las cifras del tabaco ni en las de alcohol. A medida que vayan bajando en el país los guarismos del placer y de la alegría, los pálidos ministros de bata blanca, ex nerds y hoy funcionarios poderosos, sonreirán fríamente con sus labios finos, y observarán su obra: un país parecido a un hospital donde los horarios se cumplen, cada ciudadano tiene su ficha médica al día y todos hacemos dieta sana. LND. Domingo 17 de abril de 2005.

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SONREÍR, SALTAR, GOBERNAR_____________________________El candidato moderno no es de izquierda, tampoco es de derecha, para nada es de centro, y está a la vez a favor y en contra del mercado, a favor y en contra de la globalización, a favor y en contra de las libertades sexuales individuales, a favor y en contra de subir o de bajar los impuestos, un poco a favor y un poco en contra de todo y de nada.

¿Políticos tradicionales? No, gracias. Lo que se lleva es un nuevo estilo. Y el nuevo estilo obliga a las candidatas o candidatos a bailar un tango o ponerse una peluca o hacer cabriolas en un set de televisión; a encajar chistes gruesos, o a reírse de las impertinencias que les propinan unos animadores que quizá qué células muertas de cultura política cobijan en sus cerebros. Si el político no tradicional se tropieza en el set, el rating sube, y si por descuido lleva un calcetín o una media de cada color, mejor aún para el show. Lo que cuenta es la lozanía del personaje, su integridad sicomotora, la diversión, el contraste, la velocidad de reflejos, eso que se llama espontaneidad o transparencia o manera de estar. Los rudos animadores se sienten con derecho a acorralar hasta la humillación al político o a la política de nuevo estilo, mientras el público del set aplaude con ritmo cansino y la teleaudiencia devora las sobras.

Y vemos a estos nuevos especímenes de la política reconvertidos en carne de farándula, saltando como pajaritos, tratando de caer bien, buscando esa oportunidad de conectarse a la señora de pueblo o a aquel jubilado o a ese esquivo segmento juvenil que observan atontados la pantalla mientras hacen alguna otra cosa.

Los políticos tradicionales -en otro tiempo- solían defender alguna idea, o representaban a grupos concretos, como los mineros, los empresarios o los católicos. Hoy las ideas, como tal, están a la baja. Disminuyen la fluidez del producto, confunden al electorado. Por lo demás, en un minuto y medio, que es lo que suele durar una intervención mediática, no se puede colocar ni siquiera un trozo de idea, de tal manera que es preferible optar por algún juego de palabras o un aleteo de manos, siempre en un clima sonriente y coloquial. Y aunque se tuviese una idea que defender, y hubiera tiempo, la política moderna prefiere no defender mucho nada, porque de ahí se pasa pronto al ataque, a la áspera zona de las confrontaciones, y eso choca a nuestros sensibles telespectadores o consumidores o comoquiera que se llamen estos seres -nosotros- a los cuales los políticos dedican sus esfuerzos. En cuanto a representar a algún grupo, la sociología moderna nos informa que con la globalización y el fin de la guerra fría los temas se hacen transversales, y ya no existen ni órdenes de partido ni comités centrales ni culturas cerradas. Sólo hay encuestas, y para ser bien evaluado en ellas es preciso mantener una conformación nebulosa, más cercana al vapor que a los cuerpos sólidos. Abstenerse en lo posible de mostrar aristas, porque la gracia de un político no tradicional es que voten por él los que no deberían hacerlo; a eso se le llama tener un bajo índice de rechazo. El candidato moderno no es de izquierda, tampoco es de derecha, para nada es de centro, y está a la vez a favor y en contra del mercado, a favor y en contra de la globalización, a favor y en contra de las libertades sexuales individuales, a favor y en contra de subir o de bajar los impuestos, un poco a favor y un poco en contra de todo y de nada.

Esta fabulosa contextura de los políticos no tradicionales se basa en la a su vez notable condición de los ciudadanos de hoy, que somos también, al parecer, ciudadanos no tradicionales. Mientras los ciudadanos tradicionales -esto es, los de Atenas o los de la Roma republicana, o los de las ciudades libres renacentistas- estaban educados para sostener un punto de vista y defenderlo en la asamblea, o incluso para ir a la guerra, los ciudadanos de hoy prefieren evitar cualquier cosa que se asemeje a una asamblea. Si antes estaba bien visto manifestar la propia opinión, lo cool es actualmente limitar la opinión a asuntos como el modelo de microondas o el tipo de yogur para la colación, que -oiga, no se crean- son decisiones que también requieren su cuota de sabiduría.

El ciudadano moderno se considera a sí mismo una especie de cliente, y exige ser bien atendido. Y el drama, como apunta con agudeza John Ralston Saul, es que los ciudadanos no somos los clientes de los servicios estatales, sino sus dueños. Somos (aunque no lo creamos) los dueños del sistema de salud, los propietarios de las universidades públicas, los amos soberanos de la Contraloría, del Servicio de Impuestos Internos y de los tres poderes del Estado. Actuamos, sin embargo, como si todo aquello no fuera nuestro, como si lo colectivo no nos correspondiera. Hemos optado por ser, más bien, beneficiarios o espectadores desganados del sistema, un poco impacientes, y desde luego desinformados, porque sólo los torpes pierden tiempo tratando de entender cómo se fragua una ley o por qué se degrada o se destruye un antiguo barrio de la ciudad.

La idea es que no se nos moleste y que, entretanto, “alguien” se ocupe del esmog, del orden público, de la justicia, de la educación, de traer energía barata, de defender los productos chilenos en Asia o en Europa, o de negociar en los foros internacionales. Se encargará de tales menesteres -por lo que vamos viendo- quien mejor baile la conga con una peluca rosada en el plató de la señorita Kreutzberger, aquel o aquella que, en un estilo político no tradicional, logre exhibirse de modo más nebuloso, más sonriente, más transparente, más inofensivo, más cercano a la nada. LND. Domingo 24 de abril de 2005.

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TRÁFICO DE IDEAS_________________________ la ley chilena no le prohíbe al ciudadano común el consumo de marihuana. Pero si para ser legales no podemos comprar, ni plantar, ni portar, ni guardar, ni manipular marihuana, no se sabe de qué milagrosa manera podría un humano desprovisto de superpoderes llegar a consumir una sustancia de tal manera dificultada en su ser.

Hay unos muchachos que -dicen- han decidido editar en Chile una revista denominada “Cáñamo”. Su propósito declarado es propiciar un debate acerca de la marihuana. Tienen ya impreso su primer número, en portada de color amarillo, y creen contar también con los eventuales compradores. Pero para ello deben llegar a los quioscos y se da el caso de que no encuentran a ninguna empresa dispuesta a distribuir la revista. O sea, que a las empresas les da como cosa que los pillen trayendo y llevando paquetes de un impreso donde se trafica con ideas acerca de la marihuana. No vaya a ocurrir -pensarán- que se les llegue a tachar de narcotraficantes o de colaboracionistas con el mal.

Tal prudencia tiene sustento. En la Argentina, en medio de un recital, el genial Andrés Calamaro dijo por los micrófonos que para celebrar el brillo y el efluvio del evento se iría a fumar unos pitos cuando terminara. Pues bien, enfrentó un largo juicio por apología de sustancias ilegales del que acaba de ser absuelto.

En ambos casos -el de la revista sin distribuidores y en el del músico comentarista- no se trata ya de consumir una sustancia o de traficar con ella: estamos ante la dificultad de la sociedad de aceptar que alguien se refiera al tema de una manera que no es la oficial. Se nos está impidiendo el libre tráfico de ideas.

No es favorable a la marihuana, por cierto, el severísimo ambiente legal de nuestro país. Como hemos visto, la ley recientemente aprobada sobre estos asuntos prohíbe el cultivo privado de cáñamo en el propio jardín. La infracción supone penas de presidio mayor. También está prohibido cualquier tipo de elaboración, casera o no, a partir de las hojas, tallos, estambres y pistilos de la infortunada planta. Por ejemplo, está prohibido hornear galletitas a la marihuana. También está prohibida la infusión de marihuana. Y, desde luego, preparar cigarrillos con el propósito de encenderlos por un extremo e inhalar el humo por el otro. Pero no sólo eso: también está prohibido transportar cualquiera de estos inventos. Y se prohíbe, por supuesto, la distribución. Adicionalmente, está penado traficar con las sustancias que puedan servir para la plantación o para preparar las galletitas, por ejemplo semillas, tal vez abonos. La marihuana, suponiendo que la hayamos encontrado por ahí o alguien nos la regale, tampoco podemos guardarla porque es delito. Además, es delito arrendarle una casa a alguien que se dedique a estas curiosas plantaciones. Parece estar claro que a nuestros senadores y diputados no sólo no les gusta la marihuana, sino que además tampoco les gusta que a alguno de nosotros le llegue a gustar.

Con todo, la ley chilena no le prohíbe al ciudadano común el consumo de marihuana. Pero si para ser legales no podemos comprar, ni plantar, ni portar, ni guardar, ni manipular marihuana, no se sabe de qué milagrosa manera podría un humano desprovisto de superpoderes llegar a consumir una sustancia de tal manera dificultada en su ser. No se prohíbe el consumo, es verdad, pero se le hace inviable. Se trata, en el fondo, de un derecho (el de ingerir cada cual lo que le parezca) que está siendo asfixiado, que se nos birla.

Quizá algo parecido ocurre con las ideas acerca de la marihuana: no se pueden prohibir en una democracia, porque son ideas, y las ideas-malas o buenas, aceptables o inaceptables- están allí, pertenecen a las personas, y cada cual tiene derecho a expresarlas o a traficar con ellas por mucho que al vecino no le gusten. Lo dice muy claramente Fernando Savater: no todas las ideas son respetables. Las personas son respetables, pero las hay que tienen ideas francamente repugnantes. Como por ejemplo que a veces les es necesario a los gobiernos torturar al prójimo, formulación que ha sido expresada con transparente mirada por uno de nuestros senadores. Con todo, hemos de aceptar que cada quien tiene derecho a opinar las tonterías o sagacidades que estime conveniente sobre la marihuana, sobre la democracia, sobre la tortura o sobre el origen del mundo. De la libre y por cierto riesgosa circulación de las ideas se alimenta la civilización.

Pero los portadores o traficantes de ideas no mayoritarias parecen topar hoy con serios problemas mediáticos y empresariales. A menudo, el ambiente respira pesadamente y conspira con astucia para que al final ciertos argumentos no vean la luz. Hay miedo a la marihuana, es verdad. Hay miedo al tráfico de sustancias. Hay miedo, también, a las ideas, y mucho miedo al tráfico de datos. Está operando en el país un brumoso vacío hacia quienes se dediquen a propagar que la marihuana no es dañina, o que su comercio debiera ser tan libre como el de los autos, los punzones, el colesterol, el alcohol, el azúcar y otras cosas perjudiciales.

Hace unos pocos años había en Chile pocas empresas dispuestas a colaborar con los traficantes de elecciones democráticas, o con personas u organizaciones sospechosamente opuestas a la tortura. La idea de que la dictadura no era algo bueno resultaba inquietante, y al parecer el mercado le daba la espalda a ese modo de pensar. Hacia el pasado, a lo largo de la historia y desde que la sociedad es tal, los humanos han traficado -a veces con riesgo de sus vidas- con ideas absurdas o con ideas sensatas que parecían absurdas.

El país ha prohibido democráticamente el tráfico de marihuana, y por el momento a eso debemos atenernos. Pero si nos ponemos a impedir el tráfico de ideas vamos a ser más pobres, más débiles y menos humanos. LND. Domingo 8 de mayo de 2005

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COMANDOS__________________________________________________comedia en tres actos

PRIMER ACTO. Entran LAVÍN y LARROULET al inmueble del comando lavinista. Se les ve algo cansados. Ambos visten pantalón azul y camisa amarilla y levantan un pulgar en señal de que todo está OK. Lamentable: no hay cámaras de televisión ni fotógrafos.

LAVÍN: -¿Y los samuráis?

LARROULET: -Dos están con gripe, hay seis o siete de viaje por el mundo, y aquí están llegando unos e-mails…

LAVÍN: -Me gustaría hablar con la señora Juanita, ahora que ya no soy de Pinochet. De pronto, de modo muy sincero, he pensado bien las cosas. Me siento como torturado… estafado… pasado a llevar…

LARROULET: -La señora Juanita no ha venido, pero en cambio hay aquí una delegación de oficiales en retiro de la agupación “ARDE MI PATRIA”. Están muy tensos. Quieren entregarte una carta-corvo.

LAVÍN: -No me gusta la violencia. ¿Los empresarios dónde se han ido?

LARROULET: -Se los llevó Insulza a ver su nueva casa en Washington. Tú sabes lo arribistas que son. Aman el éxito.

LAVÍN: -¿Y Longueira?

LARROULET: -Dice que tampoco puede venir porque está dedicado a hacer política en serio. Sin farándula.

LAVÍN: -Yo, de todo corazón, apuesto por el cambio. Descubrí que en Chile hay una enorme desigualdad. Realmente siento vergüenza.

LARROULET: -¿Y dónde descubriste esa vergüenza?

LAVÍN: -En CasaPiedra.

LARROULET: -Lo que necesitamos es un nuevo eslogan para la campaña. Podemos hacer un focus group. Como en la Municipalidad de Santiago.

LAVÍN: -¿En la qué?

LARROULET: -Municipalidad de Santiago.

LAVÍN -¿Y eso qué era?

LARROULET: -Esa cosa picante y llena de perros vagos donde te dio de repente por ir. La madre de todas las batallas.

LAVÍN: -¡La madre de todas las batallas! Ahora me acuerdo. Era bonito el balcón. En las fotos de “El Mercurio” salíamos regios. ¿No han llamado los de “El Mercurio”?

LARROULET: -Mandaron una factura.

LAVÍN: -¡El mercado es tan cruel!

SEGUNDO ACTO. En el Comando de MICHELLE hay buen ambiente, olor a empanadas y vino tinto y música de Silvio Rodríguez. Dos jóvenes azafatas de “Expansiva” están rociando el ambiente con un poderoso aerosol macroeconómico de fragancia Calvin Klein.

ASESOR 1 (desde detrás de una cámara): -Michelle, tienes que decirlo de corrido.

MICHELLE: -Es que me da risa.

ASESOR 2: -A ver. Repitamos la toma. Luz. Cámara. Sonido. ¡Acción!

MICHELLE: -Los índices de fluctuación macroeconómija, ja, ja, ja… Los siento, no puedo… ji, ji., ji…

ASESOR 3 (que es sobrino del ASESOR 1): -A lo mejor podríamos hacer un contrapicado con una voz en off mientras ella, en cámara lenta, va saludando a su mamá, a sus hijas, a la señora Juanita…

SEÑORA JUANITA: -Usted es fabulosa, señorita Michelle.

MICHELLE (abrazando espontáneamente y con una mirada transparente a la señora Juanita): -Yo prefiero siempre el toque personal.

ASESORA (que es ex pareja del ASESOR 1 pero se llevan bien): -Pensar que esta Juanita era de las JAP en tiempos de Allende, después trabajó para doña Lucía con las damas de negro, con Aylwin volvió al trabajo parroquial, en tiempos de Frei se hizo apolítica. Ahora está indignada con los Hiriart.

OMINAMI: -Hay que tener siempre muchas señoras Juanitas a mano.

SOLARI: -Las suficientes.

SEÑORA JUANITA: -Mire, señorita Michelle, lo que están murmurando de una.

MICHELLE (abrazando espontáneamente a la señora Juanita, a dos asesores y a un joven que había venido a entregar unas pizzas): -No te preocupes, Juanita.

ASESOR 2: -¡Perfecto! ¿Podríamos repetir el abrazo para otra toma?

SEÑORA JUANITA: -Espere, que me voy a poner el rouge.

ASESOR 1: -¿Y el Programa de Gobierno ha avanzado algo?

SOLARI: -El Programa de Gobierno es la señora Juanita, cabro. Se fue a poner el rouge.

TERCER ACTO. En la sala parroquial del comando de Soledad Alvear comentan sus impresiones varios de sus adjuntos. Ella va vestida en amarillo selva. Dos maquilladores se esfuerzan por espesarle las cejas.

SOLEDAD: -Lo más desagradable fue lo del torpedo. Y además yo la vi que andaba fumando en el baño.

COLORÍN ZALDÍVAR: -Además de matea, acusete.

SOLEDAD: -Es que a mí me gustan las cosas bien derechitas.

GUTENBERG: -Es verdad.

MAQUILLADOR: -Ya no sé qué hacer. A ver: levante la barbilla; esconda esa oreja; tuerza el labio para el otro lado.

SOLEDAD (dificultosa, rígida, estoica): -¿Así?

MAQUILLADOR (sin ánimos): - Está bien, está bien… descanse.

SOLEDAD (meditabunda): -No sé descansar.

TRIVELLI (en tenida de tenis y con un gorro de juglar):

-Estamos arrasando, Soledad.

SOLEDAD: -Además, yo sé superbién dónde queda China. Capital: Pekín. Población: mil quinientos millones.

FIGUEROA: -Es tan aplicada la niñita.

COLORÍN ZALDÍVAR: -Le falta maldad, digo yo. Fuego en la tripa, esa cosa ambiciosa que tenemos tanto en la casa. Es indispensable para conseguir el poder.

SOLEDAD: -Yo sólo quiero cooperar y colaborar. Soy de clase media.

TRIVELLI: -¡Venceremos!

COLORÍN ZALDÍVAR: -¡Negociaremos!

TRIVELLI: -Cuando contestes, Sole, tienes que pensar no en el profesor, sino en la señora Juanita.

SOLEDAD: -¿Y quién es la señora Juanita?

LND Domingo 15 de mayo de 2005

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EL DESHIELO ___________________________ Bachelet quedará evidentemente descolocada ante un político talentoso, al que el país podría llegar a visualizar como el heredero del estilo solvente y firme de Lagos. La izquierda, por su parte, no contará ya con el plus de ser la alternativa a una derecha atroz. Y vaya uno a saber en qué ultraderecha imposible podrían llegar a quedar situados los jovinos, cardemiles y longueiras de la patria, arrastrados por la marea del deshielo.

Razón tiene el martirizado Allamand, estratego de tantas derrotas, cuando describe a Piñera como un misil. En efecto, el magnate irrumpe una vez más en el escenario político nacional, aunque esta vez con aires de insurrección. El misil persigue un blanco múltiple: verse a sí mismo ceñido con la banda presidencial es uno de los objetivos; otro es echar a andar de nuevo su locomotora (o plataforma misilera) para estar con gente. La soledad de los millonarios, aunque dorada, es muy dura. También está el ajuste de cuentas con quienes, desde su propio sector, lo han combatido usando métodos infames. Pero hay quizá una finalidad última o previa a las anteriores: se trata de desmontar el sistema binominal, de liquidar a la derecha postpinochetista y con ello, de pasada, desorganizar a la Concertación tal como la vemos hoy, completando desde la oposición el diseño que Lagos dejó inconcluso: el retorno de Chile a su cultura republicana tradicional. Alguien tiene que ayudar a morir a la derecha para que nazca de nuevo. Una derecha, la chilena, hoy frigorizada, ordenada como un colegio, donde se hizo costumbre no discutir, leer los mismos diarios, mentir al unísono, compartir hipocresías y aburrirse juntos para siempre. Cultura malsana que se ha extendido de un modo u otro a todo el sistema político.

Nuestra derecha actual es la versión 05.2 del software pinochetista, el upgrade del abuso fáctico capaz de seguir navegando en cualquier plataforma democrática. No siempre fue así. Hasta antes de Allende, los derechistas eran más bien conservadores. Aquellos caballeros vegetaban amarrados a la vida de campo, a un sopor vagamente afrancesado. Sólo querían no trabajar, llevar buena vida y de vez en cuando soltarle un par de chicotazos a la rotada. País abusón el nuestro, sí, pero de rituales cívicos tirando a correctos, lo que nos valió un desarrollo republicano estable y con poca catástrofe. Así dimos la vuelta al siglo XX, flotando en componendas parlamentarias, evitando el descalabro, no muy felices pero tampoco desdichados.

La Unidad Popular tuvo la virtud de despertar a los demonios. Amenazada en su sensibilidad más íntima por las masas populares, la derecha salió de su letargo alessandrista y mutó. El liderazgo potente de Onofre Jarpa -patrón de fundo encolerizado- y de Jaime Guzmán -integrista- llevó a la gente bien a la barricada, a la conspiración, a la lucha a muerte. Se configuró así una alianza de hierro, un pacto de sangre, donde seres de muy diversa procedencia se asociaron, quedando atrapados en su propia fórmula. Matarifes como Contreras, políticos tradicionales, gremialistas medievales, periodistas de la CIA, dueñas de casa, generales, comunicadores como Hasbún o Agustín Edwards, prelados como el hoy cardenal Medina (¡habemus papam!), jueces dispuestos a firmar cualquier papel, académicos delatores, cantantes disfrazados de huasos, locutores de mentira diaria, funcionarios que se compraron los bienes del Estado, publicistas, operadores como Sergio Fernández, torturadores a honorarios, sindicalistas vendidos, antiguos agricultores, empresarios, reinas de belleza…; este confuso y feo conglomerado tuvo la misión de mantener con vida al ser y al alma de la parte más conservadora de Chile. Y lo consiguió.

En este país hay, pues, en cada corazón derechista bien puesto, una deuda con el horror, un agradecimiento a los torturadores, una lágrima callada para los artífices de la dictadura. El sistema de control social nacido del miedo se estabilizó y dio paso a una especie de comité central virtual, a una conjunción de estrellas del pinochetismo encargadas de llevar las riendas del poder oculto desde los subterráneos de la sociedad.

El mundo ha cambiado, sin embargo; ya nadie quiere a los dictadores, se terminó la guerra fría, los comités centrales decididamente no se llevan esta temporada. De las catedrales autocráticas se ha evolucionado a las redes. La transparencia es un valor en alza. Hasta Condoleezza Rice se ve más izquierdista o más centrada que nuestra sepulcral derecha udista. Y además, ¿quién quiere pasar la vida en un internado o dentro de un bloque de hielo? ¿Qué razones hay ya para ello?

El misil Piñera está haciendo temblar el piso. Los derechistas vuelven a ser demócratas. Su modelo no será ya un dictador, sino un empresario. Los democratacristianos buscan cómo ubicarse en algún lugar más confortable, donde Adolfo no esté siempre con nariz de asco. Bachelet quedará evidentemente descolocada ante un político talentoso, al que el país podría llegar a visualizar -paradójicamente- como el heredero del estilo solvente y firme de Lagos. La izquierda, por su parte, no contará ya con el plus de ser la alternativa a una derecha atroz. Y vaya uno a saber en qué ultraderecha imposible podrían llegar a quedar situados los jovinos, cardemiles y longueiras de la patria, arrastrados por la marea del deshielo.

Con todo, en este batido de fuerzas centrífugas y centrípetas, no lo tiene fácil el piñerismo. La cosa binominal, los cupos, las alianzas, las fotos, las evasivas, los disfraces, tienen hastiada a la sociedad, pero los políticos, todos ellos, han terminado por hacer de sus pulmones branquias, y respiran con mucha dificultad el aire puro. Habrá forcejeos, cambiarán las lealtades. Si Piñera consigue alguno de sus objetivos es muy probable que para los ciudadanos esté cerca -otra vez- el fin de la transición, que tan brillantemente anunciaron Tironi y Correa hace doce años. LND. Domingo, 22 de mayo de 2005.

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AL RICO CRÉDITO FISCAL____________________________________________________

-¿Cómo definirían ustedes la educación?-preguntó de sopetón el ministro.

-Hay… varias… definiciones… -suspiró Brunner, buscando en su enciclopedia.

-Me refiero a algo rápido, de minuto y medio.

-Aquí tenemos unos clips -sugirió la monitora Condoleezza Carrascal.

-Cosita. Veamos los clips.

El pequeño ministro Bitar, con ese ceño fruncido de los chilenos que toman decisiones importantes, dictó a su secretaria:

-Que pase Brunner.

Y se alisó la corbata, de tonalidades ala de mosca. La secretaria, en la planta desde los buenos tiempos en que el ministro de Educación era uno de esos monstruitos grises de Pinochet, miró el reloj y luego, aplicando toda su desgana fiscal, hizo pasar al profesor.

Brunner avanzó acompañado de dos monitores, un joven y una chica. Éstos colocaron en un rincón del despacho el logo de la Universidad Adolfo Ibáñez y en otro lugar, frente a la ventana, los noventa archivadores con el currículum del profesor. Su mirada de sabio distraído tenía la virtud de serenar al inquieto ministro.

-¿Y eso qué es, profesor?

-Es un medidómetro de calidades educacionales abstractas.

-A ver, mídete algo.

-Por ejemplo, este gomero ha sido mal educado. Se le riega poco.

-Es de plástico.

El monitor Andrónico Friedmann se aclaró la garganta y precisó:

-Señal de que la medición opera. Aplicando estos vectores obtenemos el top ten de los colegios de barrio alto, el top ten de los liceos fiscales, el top ten de los campos parvularios de concentración y el top ten de las universidades.

-¡Top ten! Desde los albores de la educación, allá en la paideia griega, que no se le había ocurrido a nadie algo tan luminoso: la educación es como el tenis.

-Exacto. Sólo cuenta el que gana -añadió, sonriendo, el monitor Friedmann- Los demás son… moscas.

-Microorganismos

-Larvas.

-Residuos.

-Corpúsculos.

-¿Cómo definirían ustedes la educación?-preguntó de sopetón el ministro.

-Hay… varias… definiciones… -suspiró Brunner, buscando en su enciclopedia.

-Me refiero a algo rápido, de minuto y medio.

-Aquí tenemos unos clips -sugirió la monitora Condoleezza Carrascal.

-Cosita. Veamos los clips.

Clip 1. ruge un helicóptero con destellos azules. abajo, el Mapocho navegable, y en un primer plano, la sonrisa ansiosa de Sebastián Piñera: “me eduqué gracias a mis padres. Logré un postgrado en Harvard, y ahora puedo amasar millones… ¡haz como yo!… solicita tu crédito y conviértete en magnate”. El vehículo volador se pierde en un cielo infinito manchado de llamaradas solares.

-Fantástico. Podríamos usarlo en nuestra campaña de orientación. Con auspicio de Lan Perú. ¿Hay otro?

Clip 2. Carrete de jóvenes con zapatillas nike y celulares movistar. vistas aéreas de Ohio y Las Condes. Lockers. Computadores, cabelleras rubias, ojos azules. “Si quieres atrapar tu futuro, cómpralo ya”. Universidad Howard Hughes, Campus Manquehue. Una universidad con nombre, apellido y avión particular. ¡Aprovecha el creditazo fiscal!

-¿Tenemos más? Son entretenidos estos clips.

-Sí, señor ministro. Éste es de la Universidad Lucía von Hiriart.

-¿Está acreditada esa universidad?

-Ciertamente. Ofrece las carreras de Dentística Eruptiva, Danza Bancaria Internacional y Capellanía Castrense.

-Mejor pasemos a otro.

Clip 3. Casita pareada en barrio popular. Un neón deteriorado parpadea: “LA ACRÓPOLIS FLORIDANA DE DON LUCHO MELÉNDEZ. CARRERAS UNIVERSITARIAS NOCTURNAS. GRATO AMBIENTE. INCRIPCIÓN OPEN”. Una gorda con moño sonríe a la cámara. Ladran dos quiltros. Letreros coloridos: “Ingeniería múltiple - Medicinas - Metafísica del choripán - Tenemos créditos fiscales”.

-Lo encuentro como étnico.

-Pluralista. En un mercado libre todos tienen derecho a enseñar lo que saben. Incluido don Lucho.

-Es cierto. ¿Hay más?

Clip 4. Música del Quilapayún. La pantalla se tiñe de rojo. Imágenes en negro. Aparece un puño en alto y unos brigadistas trepando al techo de la casa central de la Universidad con un lienzo: “TOMA ANTIIMPERIALISTA INDEFINIDA”. Piedrazos. Fuerzas policiales de choque.

-¿Ochentero? ¿Sesentero?

-Es de hace 20 años, de México me parece, o de Mendoza.

-Creo que está filmado con un mimeógrafo.

-Veamos otro.

-Se acabaron los clips, ministro.

-¿Y eso sería la educación chilena?

-O sea, más o menos. Hay una oferta diversificada.

-Pensaba yo que educarse era construir el carácter… Forjar ciudadanos.

-¿Forjar qué cuestión? -preguntó el monitor Friedmann, sorbiendo un Gatorade…

-Ciudadanos… -repitió débilmente el ministro.