CIUDAD ABANDONADA
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(Juan Guillermo Tejeda) ……………… Cada uno ve la ciudad desde su casa, a partir de su propia experiencia. La ciudad de mi infancia fue geométrica, gris, tristona, casi inmóvil, y desde la ventana, en el quinto piso de un edificio céntrico, la miraba yo con ojos de niño abandonado, como si sus calles me fueran a dar algo. El centro fue el territorio de mis primeras escapadas a pie, por la Alameda aún señorial hacia el poniente donde estaban mi colegio, el Liceo Alemán, y las casas de mis compañeros, o hacia la Avenida Bulnes y la calle San Diego, en busca de libros prohibidos, o por las galerías y calles del sector más ajetreado alrededor de la Plaza de Armas. Pronto me di cuenta de que Santiago era una ciudad brumosa, triste, húmeda en invierno, polvorienta en verano, poblada de gente mal vestida y mal tratada. ¿Por qué me había tocado nacer aquí?, pensaba. Cuando salía yo de nuevo a la luz desde los cines que quedaban casi todos en la calle Huérfanos, mi cabeza estaba llena de rascacielos neoyorquinos o de palacios europeos, y me encontraba con las veredas sucias de baldosa fiscal, los quioscos de paltas, aquel ánimo castigado y tramposo, provisional, tan santiaguino. Con todo, me maravillaba entonces (y me sigue maravillando hoy) el ruido sordo de la calle, esa multiplicidad de personas, aquel complejo tejido de emprendimientos, viajes, construcciones, aventuras, conversaciones, transacciones o amenazas.
A los 26 años cambié de ciudad. Entré a Barcelona por el puerto, y no podré olvidar jamás el sentimiento de restitución que experimenté al ver aquel plante, esas avenidas anchas, el mobiliario urbano bien puesto, los edificios trasuntando tiempo y épocas pasadas desde las ruinas romanas hasta la modernidad de entonces –años setenta-, pasando por el románico, las generosas muestras de gótico, los toques barrocos, el noucentismo de la era industrial, en esa sucesión de capas que es lo que, según entendí tras ver aquello, constituye propiamente a una ciudad.
Pensé entonces con candidez que en verdad yo no era un chileno ni un santiaguino, sino un europeo traspapelado por caprichos de la historia o de la geografía en las miserias sudamericanas de Santiago. Santiago había sido una antesala, un error, una mala copia desvaída y mezquina de las ciudades reales, a las que pertenecía. El trato con la gente me convenció a los pocos meses de otra cosa: yo no era de allí, y así era visto, como un modesto sudamericano, y no es que no fueran cariñosos y hasta generosos conmigo, todo lo contrario. Simplemente no era posible desmentir asuntos tan gruesos como mi origen, mi formación, mi estructura mental, mi modo de andar y de vestirme, los modales, el idioma… La improvisación de Santiago, su precariedad y tristeza estaban adheridos a mi piel.
Así fueron para mí los años setenta y ochenta. Hoy, ya de vuelta, vecino de la comuna de la Reina desde hace casi dos décadas, debo convivir con esta ciudad mía a la que quiero y desprecio, a la que entiendo como nadie sin que llegue a entender por qué es así. Soy parte de ella, santiaguino hasta la médula. Percibo vagamente su forma amplia y pentagonal hecha de periferia acumulada de cualquier manera, y veo esos detalles malditos, los perros vagos, las botillerías nocturas de luz amarillenta, las esquinas desvalidas, los rascacielos ridículos remedando una metrópolis inexistente, los condominios y nuevos barrios añadiendo materia de estilo extranjero y caos a la ciudad.
Santiago es hoy una ciudad grande, pero no es una gran ciudad. Nunca lo ha sido. Incapaz de encarar con la debida dignidad su propio destino, siempre ha estado en deuda consigo misma. Sus orígenes fueron débiles, y estuvieron marcados por algo que podríamos llamar subsidiaridad, por una tendencia a ser periferia de sí misma. En 1541 Pedro de Valdivia fundó la ciudad porque no podía dejar de hacerlo –era parte de su trabajo- y lo hizo según las ordenanzas, con planta cuadriculada que dibujó a cordel el alarife Pedro de Gamboa, según aparece en todas las crónicas del siglo XVI. Alfredo Jocelyn-Holt, siguiendo a Vicuña Mackenna, destaca la precariedad inicial de Santiago, su carácter de campamento trasero, de alojamiento[1]. Para invadir, conquistar y colonizar un territorio era indispensable contar con ciudades, pero lo que importaba no era en cada caso la ciudad misma, sino más bien la infinita e inquietante geografía en que se hallaba inscrita, y sobre todo el avance militar de la frontera. Los conquistadores trataban de llegar al Estrecho de Magallanes. No es casual que Valdivia sucumbiera no en Santiago, sino en Tucapel: es allí, en el sur, donde estaba el drama, allí los mapuches pusieron fin a su vida al conquistador sin que se conocieran jamás los detalles.[2] Aunque haya sido varias veces destruida y amenazada, Santiago no fue una plaza relevante durante la Guerra de Arauco. Ercilla apenas la menciona. El barroco español, que se despliega con majestad y espíritu festivo en Madrid, Valencia o Sevilla ofreciendo “fiesta, poder y arquitectura“[3] a una sociedad estratificada y sometida al doble poder del monarca y de la Iglesia, llega a Chile ciertamente, pero sus ecos en el Santiago colonial son débiles. La plaza mayor, la catedral, los paseos, no tuvieron en nuestra ciudad el plante suficiente, el Cabildo se mostraba siempre afligido por los recursos, y todo ello hacía que la riqueza y la magnificencia se mostraran de manera modesta, lo que es un contrasentido: lo grande disminuído deja de ser grande. Con todo, la fiesta ocurre en Santiago como evento religioso o político, hay desfiles, entradas triunfales, carrozas, escenarios públicos, y de ello dan cuenta, aunque morosamente, algunos de nuestros historiadores.[4]
Hace algunos meses, haciendo una escala en Toronto, fui interrogado de manera extremadamente prolija por unos agentes de inmigración, y tras el mal rato, perdida la mirada en el hall del aeropuerto, reparé en una librería. Allí vi un libro de Orhan Pamuk. Es un autor al que me siento cercano. “Istambul”[5] es la historia de la ciudad, pero es al mismo tiempo la historia del niño que fue entonces Pamuk, más o menos contemporáneamente a mi propia infancia. Una historia en blanco y negro, muy de clase media, aunque con la grandeza de fondo de una ciudad caída, de un imperio desvencijado. Hay allí percepciones urbanas, detalles y olores como los que aún llevo vivos de mi propia infancia y de mi propio barrio. Santiago no ha sido capital de un imperio, ciertamente, pero fue parte trasera o marginal de uno, y entre mi gente he notado también esa vaga nostalgia por un pasado quizá esplendoroso: historias de fundos perdidos, de apellidos o parientes importantes, todo ello ante una taza de té y un modesto trozo de marraqueta con dulce de membrillo…
En su brillante lectura de Tito Livio, Maquiavelo apunta que las ciudades son edificadas, o por hombres nacidos en los lugares donde se construyen, o por forasteros. Atenas y Venecia –afirma- son ejemplos de ciudades del primer caso, y que se constituyeron para que los dispersos habitantes de aquellas comarcas pudieran disfrutar de mayor seguridad ante los enemigos. En cambio las ciudades coloniales, tan abundantes en la época del helenismo y en el imperio romano, son típicamente fundadas por forasteros. Quizás haya sido Alejandría la más notable. Establecida por Alejandro a su paso por Egipto, fue gobernada durante trescientos años, hasta Cleopatra, por la dinastía de los Tolomeos. Ciudad griega enclavada en la desembocadura del Nilo, en un Egipto sometido militar y económicamente, Alejandría es un ejemplo de esplendor casi exhibicionista y al mismo tiempo, de relevante irradiación cultural y espíritu festivo. “Cuando entré en ella por la puerta que llaman del Sol me hallé ante la hermosura incomparable de la ciudad”, narra uno de los protagonistas de la novela “Leucipe y Clitofonte”, de Aquiles Tacio, añadiendo: “Quedaron deslumbrados mis ojos… La belleza de la ciudad competía con su extensión y el número de habitantes con su amplitud… la ciudad era mayor que un mundo y sus habitantes más numerosos que los de una nación”[6]. Pero más allá de la capacidad de maravillar arquitectónicamente, Alejandría fue sobre todo un hervidero humano, un espacio para la fiesta, el carnaval, el desfile, una plaza que la gente próspera del mundo griego y romano debía visitar para disfrutar de sus placeres y sus vicios.
Estrabón, que se maravilló como muchos ante los espectaculares espacios públicos de Roma, alaba a los romanos por su sentido funcional: “si los griegos tienen fama por haber sido exitosos en la fundación de ciudades en todo lo que se refiere a belleza, fuerza en el emplazamiento, puertos y suelo productivo, los romanos fueron mejores en otros aspectos de los que los griegos se cuidaban poco, como la construcción de caminos y acueductos, y los alcantarillados que vaciaban la suciedad de la ciudad en el Tíber”.[7]
Barcelona heredó de sus grandes modelos mediterráneos el amor por el espacio público y la fiesta, la firmeza y consistencia del gobierno urbano, la vida cívica activa, y la permanente discusión y cuidado de los servicios. Fue inicialmente una colonia romana. Es esa la Barcelona esplendorosa (y siempre un poco provinciana) en que me tocó vivir, especialmente después del franquismo, ya en democracia, cuando la calle, la noche y lo festivo dejaron de estar bajo sospecha. Santiago fue también una ciudad fundada por unos cuantos forasteros en una amable comarca habitada entonces por unos 80 mil naturales del lugar[8]. El enfrentamiento atroz entre los forasteros y los naturales duró trescientos años, y marcó una división profunda que hasta hoy no se repara. Uno de sus costos ha sido la imposibilidad de lo público tal cual se ha entendido históricamente en las ciudades europeas.
Estoy convencido de que el éxito y la apostura de las ciudades derivan, no tanto de los recursos, que también ayudan, sino sobre todo del modo como se vive la ciudadanía.[9] La ciudadanía es en Santiago un concepto retórico, alejado de la realidad, y además casi imposible de practicar: no hay dónde, no hay cómo, no hay con quién. Los santiaguinos no nos sentimos propietarios de los espacios públicos, ni consideramos que ser sus dueños nos vaya a traer mayor beneficio. Identificamos lo público con lo mal administrado, con funcionarios perezosos o corruptos de pantalones color café y suéter gris. Nos han educado, o como miembros auténticos o no tan auténticos de la oligarquía[10] (cuyos vicios históricos han sido la soberbia y la hipocresía), o como súbditos, eso que llamaban antes el pueblo y ahora la gente (cuyos vicios históricos han sido el resentimiento y la fatalidad, quizá también el arribismo). De este corte social profundo, originado en el trauma de la fundación, proviene quizá la imposibilidad orgánica de hacer ciudad.
A simple vista el gobierno urbano que tenemos en Santiago no es, en rigor, gobierno. Las autoridades teóricamente responsables, esos alcaldes que tanto se esmeran por resolver “los problemas concretos de la gente“, no han aparecido para nada durante la crisis de transporte público de los últimos meses. Si no han estado allí, ni están tampoco presentes en los grandes temas transversales de la contaminación, de la seguridad, del crecimiento incontrolado o de la segmentación creciente entre barrios… ¿de qué sirven? Claramente, no son ellos quienes están a cargo. A lo más ejecutan modestas labores de administración. Tampoco es relevante el intendente, que desde el punto de vista del gobierno urbano no pasa de ser un modesto jefe policial[11].
Pero Santiago no sólo sufre de un pasado histórico de fundación débil, de una división profunda entre dos grupos diversos y hostiles de pobladores, y de una incapacidad (o falta de voluntad) política para constituirse como asociación de ciudadanos.
También influye en su condición residual una permanente oscilación entre dos modelos de ciudad. El modelo de ciudad mediterránea -inclusivo, republicano, centrado en el espacio público- ha ejercido y ejerce tanto poder de seducción sobre los santiaguinos como el modelo anglosajón, más individualista, privatizado y con un fuerte cordón umbilical con la naturaleza. Ya aparece esta dualidad en la Europa clásica.“Es de sobra conocido que los pueblos germanos no habitan en ciudades; ni siquiera soportan que sus casas estén agrupadas. Dispersos y separados, viven donde les haya complacido una fuente, un campo o una arboleda”, leemos en “Germania”, de Tácito.
Se ha dicho que los anglosajones de nuestros días sencillamente carecen de ciudades en el sentido de la civitas latina o la polis griega. Lo que hay en Estados Unidos o Canadá son aglomeraciones humanas, conurbaciones, suburbios, pero no aquello de lo que hablaba Ortega y Gasset: “La urbe es, ante todo, esto: plazuela, ágora, lugar para la conversación, la disputa, la elocuencia, la política”.[12] Una ciudad sin plazas, carente de espacios públicos, es para la mentalidad mediterránea una no ciudad, una simple agregación de cosas carente de estructura, más parecida a Babilonia que a Roma. La ciudad que se planifica y aquella otra que simplemente ocurre son dos modelos antagónicos, y lo que hoy vivimos en el diseño urbano o en la concepción política de nuestras ciudades es fruto de ese combate ciego.
Un libro de Richard Rogers me transporta de nuevo a las ciudades europeas. Rogers, aunque anglosajón y preocupado de los recursos naturales (una preocupación que hoy se ha hecho planetaria), recoge con fuerza la tradición urbana mediterránea: “Paseando por los grandes espacios públicos de Europa –la galería Vittorio Emmanuele de Milán, las Ramblas de Barcelona, los parques de Londres o los barrios y plazas de tantas otras ciudades- me siento partícipe de la comunidad ciudadana. Los italianos tienen incluso una palabra que describe la disposición de hombres, mujeres y niños a relacionarse con el espacio público mientras rondan calles y plazas al atardecer: la passeggiata”[13].
Santiago no invita a pasear. En esta ciudad de crecimiento feroz conviene más ir apertrechado en el propio vehículo. La comunidad ciudadana de que habla Rogers parece no existir. Lo que hay son guetos, barrios, culturas disímiles, picardía, desconfianzas. Lo que domina es un grupo de elite que puebla dos o tres comunas dejando el resto como periferia a sus espaldas: ese grupo de elite no cree en el espacio público, porque no considera posible que una misma diversión o un mismo paseo puedan contenerlos a ellos y a esos otros a quienes desprecian y temen. Su actitud es de fuga hacia adelante. Han dejado atrás los barrios de Santiago Poniente para emigrar a Providencia o Las Condes, y de ahí salen nuevamente rumbo a Vitacura o La Dehesa: lo que cuenta es no mezclarse con los arribistas que les pisan los talones. Esta política de apartheid soterrado se encarna en el legado de la dictadura: municipios segmentados, con espacios públicos de muy diversa categoría, y ojalá sin espacio público. Muchos autos y ojalá pocos peatones, más malls que parques, y un espíritu enervado, comercial, policial, distante de los demás. La privatización total –un delirio específicamente chileno- sería la garantía de que no sería necesario convivir nunca más con las mayorías indeseadas de la ciudad, con aquel grupo humano que en tiempo de Vicuña Mackenna habitaba la periferia, a la que el activo intendente[14] describía como “una inmensa cloaca de infección y de vicio, de crimen y de peste, un verdadero potrero de la muerte”, Aquello, según sus cálculos, era equivalente en número a “la ciudad ilustrada, opulenta, cristiana”.
La ciudad sostenible, argumenta Rogers, no debe zonificarse, sino compactarse. Si desde la casa se puede ir al trabajo o al colegio en bicicleta, y al cine caminando, se generan barrios activos, variados, bulliciosos, más seguros.
Las teorías de Rogers y de otros tantos promotores de la ciudad sostenible chocan con la vitalidad de lo que algunos llaman la metaciudad contemporánea: aquella fuerza oscura y proliferante de los malls, los supermercados, los aeropuertos, las autopistas urbanas, los condominios. En el “Diccionario Metápolis de Arquitectura Avanzada”, un grupo de arquitectos encabezados por Manuel Gausa describe con simpatía esta ciudad no planificada, que se adapta de manera animal o vegetal a las solicitaciones dispersas, y que opera a través del mercado, una ciudad macdonalizada a la cual, todo hay que decirlo, le tengo yo también algo de aprecio. Me seducen su vitalidad de leopardo, su oportunismo, su candidez devoradora. Vagar por un mall buscando la magia de alguna marca, recorrer un supermercado para salir de allí empujando un carrito cromado lleno de envases de colores en bolsas plásticas, experimentar la delicia de un cajero automático echando billetes por la boca, son emociones primarias a las que no quisiera renunciar. La ciudad aparece, afirma Manuel Gausa, “como un sistema elástico y vibrátil definido por relaciones de movimientos y contecimientos, entrelzados y autónomos a la vez. Un sistema multifacético de redes de articulación y capas de información, de perfiles vagos, fluctuantes y variables”. Es la ciudad digital, la urbe arracimada, ese espacio de no lugares de que habla Marc Augé, aquella ciudad que según García Canclini contiene varias ciudades, la apasionante cháchara visual de Rem Koolhaas.[15].
La ciudad no es ya un conjunto de edificios, sino más bien un lugar de lugares, o una red de flujos. No son ya los rascacielos más o menos grandes o las plazas, sino las vías de circulación aquello que estructura el espacio urbano. Por encima del gobierno de la ciudad (inoperante en muchas ciudades, inexistente en el caso de Santiago) y de los ciudadanos (pasivos, distraídos) se desenvuelven dramáticamente nuevos episodios de macro o micro urbanismo protagonizados por consorcios, empresas, agentes, lobbistas, capitales foráneos…
Pienso a veces que Barcelona me acogería de nuevo, quizás, como ciudadano, aunque pese a los 14 años allí vividos mi historia profunda no está allá, y aquella ciudadanía sería para mí un envoltorio amable, pero no mío. Me imagino a Pedro de Valdivia fundando esta cosa, poblándola (era más bien eso, agregar gente, sumar población), y desentendiéndose de ella como nos hemos desentendido después todos. Santiago agrupa a la mitad del país y se llama “ciudad” sin serlo, aunque en el nombre hay ya dificultad: ¿Es una región? ¿Una ciudad? ¿Una comuna? Sigue siendo en rigor apenas una población, un conjunto heterogéneo y residual de espacios urbanos, una masa contaminada y segmentada de materia, energía y gente que se ve sacudida hoy por las vibraciones eréctiles de la globalización.
La crisis del transporte público ha servido para recordarnos que existe algo denominado transporte público. La solución que se adivina quizá no responde ya al patrón de “una ciudad, dos clases sociales”, de tal manera que los pudientes circulen en sus automóviles particulares y el resto en alguna asquerosidad residual. La presión económica y social de los diversos grupos que componen la ciudad, el influjo de la globalización, el propio crecimiento del país, exigen sistemas públicos de calidad, sistemas homogéneos y no segregados, para todos. El metro está dejando de ser un transporte público de gente bien. El creciente parque de vehículos agobia las calles y bloquea incluso –¡horror!- a los autos y jeeps de mayor precio. Y no existen en este tema ni en otros de relevancia las herramientas administrativas o políticas para que la ciudad pueda fijarse un horizonte deseable y caminar hacia él. Sin gobierno urbano, sin espacios públicos de calidad, sin conversación ciudadana, esta ciudad seguirá navegando de cualquier manera, empujada por espasmos publicitarios, por presiones diversas, por bucles confusos.
Aunque las autoridades parecen no darse cuenta de ello, lo que de fondo se discute hoy en el escenario de nuestro país es la calidad de los espacios públicos. La gente, el pueblo, los ciudadanos (o como se llame aquello que somos) está requiriendo persistentemente espacios públicos de calidad. Después de las crueles batallas intestinas de Allende y Pinochet, el espacio público quedó como un tabú en nuestro país, y lleva así varias décadas, guardado en algún lugar del closet. Y de allí debería salir. Durante décadas, lo público se ha concebido sólo como un subsidio desesperado a aquellos que no logran arreglárselas de manera privada, sea en educación, salud, pensiones, transporte, seguridad, ocio o cualquier otra dimensión de la existencia. Esta visión ideologizada y rígida está haciendo aguas. Se percibe con claridad una amplia demanda de calidad en lo público, porque esa calidad genera una instancia ciudadana de igualdad; porque ella sirve para nutrir espacios que nos pertenecen a todos, que nos dan finalmente calidad de vida, esa calidad que no depende de lo privado, sino del contexto, de nuestra relación con los demás.
Mi ciudad aparece hoy ante mi vista como una enormidad residual, como una instalación caótica, segmentada, descentrada y enteramente periférica. La mayoría de sus rincones son un castigo visual y el conjunto carece de estructura. Santiago es un organismo vivo con músculos de jaguar, corazón de gato, patas de perro y mirada triste. Quizás después de tanta preocupación por las regiones y por el país nos haga falta ocuparnos un poco de la capital.
[1] Alfredo Jocelyn-Holt Letelier, “Historia General de Chile II. Los césares perdidos”, Sudamericana, Santiago, 2004.[2] Según unos, a Valdivia, ya gordo por la edad, los mapuches lo habían hecho caminar un trecho para luego romperle la cabeza de un golpe de macana, abrirle el pecho y devorar entre los jefes presentes los trozos de su corazón sangriento; otros dicen que le habrían despellejado los brazos con conchas de almejas y luego le cortaron la cabeza para pasearla en una pica. 3] Sobre las fiestas urbanas del Renacimiento y el Barroco europeos, puede consultarse el volumen de Roy Strong “Arte y Poder”, Alianza, Madrid, 1988, cuya sección de ilustraciones es sugerente. Ver también “Fiesta, poder y arquitectura”, de Antonio Bonet Correa, Akal, Madrid, 1990. 4] Véase el texto de Isabel Cruz de Amenábar “La Fiesta, metamorfosis de lo cotidiano”, Universidad Católica de Chile, Santiago, 1995, e “Historia del Teatro en Chile”, de Eugenio Pereira Salas, Universidad de Chile, Santiago, 1974. En ambos casos puede uno vislumbrar un barroco santiaguino en clave modesta, escasamente documentado.[5] Orhan Pamuk, “Istanbul”, Vintage Books, Nueva York, 2006. [6] Sobre Alejandría, ver el capítulo 4 de “Egiptomanía”, de F.J. Gómez E. y A. Pérez E., Alianza, Madrid, 2003, donde se citan textos clásicos poco convencionales y de interés. Los discursos sobre la primera década de Tito Livio pueden consultarse en: Nicolás Maquiavelo,” Obras Políticas”, El Ateneo, Buenos Aires, 1957.[7] De Estrabón confieso que tengo entre mis libros sólo los libros II y III de su “Geografía” (Ed. Gredos, Madrid). El V, del que he traducido sin mayor soltura la cita desde el inglés, puede consultarse en: http://penelope.uchicago.edu/Thayer/E/Roman/Texts/Strabo/5C*.html[8] Es el cálculo que hace Alonso de Ovalle, en el libro quinto de su “Histórica Relación del Reyno de Chile”, I. de Literatura Chilena, Santiago, 1969. [9] Sobre ciudad y ciudadanía he seguido desde hace años los pasos del geógrafo y urbanista catalán Jordi Borja. En sus palabras: “La ciudadanía es un status, es decir, un reconocimiento social y jurídico por el cual una persona tiene derechos y deberes por su pertenencia a una comunidad, en general, de base territorial y cultural. Los “ciudadanos” son iguales entre ellos, en la teoría no se puede distinguir entre ciudadanos de primera, de segunda, etc. En el mismo territorio, sometidos a las mismas leyes, todos deben de ser iguales. La ciudadanía acepta la diferencia, no la desigualdad. La ciudadanía se origina en las ciudades, caracterizadas por la densidad, la diversidad, el autogobierno, las normas no formales de convivencia, la obertura al exterior,… Es decir, la ciudad es intercambio, comercio y cultura. No es solamente “urbs”, es decir, concentración física de personas y edificios. Es “civitas”, lugar del civismo, o participación en los quehaceres públicos. Es “polis”, lugar de política, de ejercicio de poder. Sin instituciones fuertes y representativas no hay ciudadanía.”10] Hobbes señala que el nombre varía según le guste o no a uno cada tipo de régimen político: lo que para sus detractores se llama oligarquía, es aristocracia para sus partidarios, tal como podemos hablar, según nos guste o no, de democracia o de anarquía, de monarquía o tiranía.[11] Académicos de la Universidad Católica han propuesto algunas ideas – a nuestro juicio algo tímidas y desprovistas de temperatura política- para dotar a la ciudad de Santiago de un gobierno metropolitano, optando por la figura de un Gobernador. (CHUAQUI H, Tomas y VALDIVIESO F, Patricio. Una ciudad en busca de un gobierno: Una propuesta para Santiago. Rev. cienc. polít. (Santiago), 2004, vol.24, no.1, p.104-127. ISSN 0718-090X.)[12] Fernando Chueca Goitia, “Breve Historia del Urbanismo”, Alianza, Madrid, 1997. Tácito “Germania”, en Biblioteca Básica Gredos N° 91, Madrid, 2001. En el libro I de su “Historia” (Gredos, Madrid, 2000), Heródoto describe con admiración a Babilonia, y en sus Vidas (El Ateneo, Buenos Aires 1952), Plutarco narra con brío la transformación de Atenas a manos de Pericles.[13] Richard Rogers, “Ciudades para un mundo pequeño”, Gustavo Gili, Barcelona, 2000.[14] Don Benjamín Vicuña Mackenna es, lejos, la única figura que parece haber tomado en toda nuestra historia un rol político de gobierno activo de la ciudad de Santiago. Su entusiasmo lo llevó a asumir finalmente de modo personal el resto final de la deuda contraída por la Intendencia al remodelar el cerro Santa Lucía. Más detalles en “Santiago de Chile: (1541-1991): historia de una sociedad urbana”, de Armando de Ramón, Sudamericana, Santiago, 2000[15] Véase: “Diccionario Metápolis Arquitectura Avanzada”, M. Gausa ed alt., Actar, Barcelona, 2001. Marc Augé, “Los No Lugares”, Gedisa, Barcelona, 1993. Néstor García Canclini, “Imaginarios Urbanos”, Eudeba, Buenos Aires, 1999. Rem Koolhas, “Mutaciones”, Actar, Barcelona, 2000. La revista COLORS ha editado varios números con material visual relevante sobre la vida urbana.

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