LA ERA OBAMA
Como están ya a punto de derretirse los polos, Superobama vuela a la velocidad del sonido a ambos casquetes a frotarlos con kriptonita frigorizada. Las bolsas y bancos en derrumbe reciben una inyección láser desde los ojos del Presidente de Hierro y el capitalismo continúa su marcha feliz hacia el futuro. Las guerras de cultura, religión y petróleo que se libran en zonas mesopotámicas se disuelven en convenios de desempeño a plazo fijo. Aumentan los matrimonios bi o trirraciales. El viejito pascuero pasa a ser de raza mixta, y las estrellas de Hollywood quieren esconder sus cabellos rubios bajo un tinte mulato. Los dictadores de todo el mundo son castigados, y los pobres pasan a tener tarjeta Ripley. Todos aprendemos a bailar rap, vals, tango, danzas árabes y twist. La droga es legalizada siempre que se ponga uno en el cuerpo un narcómetro donde aparecen todos los datos del propio organismo en combustión interna, los cuales se transmiten a un satélite operado por un consorcio ruso-canadiense. El PIB de África aumenta espectacularmente, y los rudos obreros de Ohio derivan hacia el turismo ecológico…
NASDAQ
Aunque sea incapaz de sacar conclusiones a partir de estos datos, cada mañana me voy a mirar las subidas y bajadas de las bolsas del mundo, y eso que no tengo ni acciones ni grandes depósitos bancarios. Es ahí donde visualizo parte de mi futuro. Nasdaq, Nikkei, Wall Street, Ibex, Dax, volatilidad, euforia, rebote…. no me dicen mucho, pero sigo mirando.
EL PESIMISMO DE LA CONCERTACIÓN
(POR JGT, HOY EN TERRA) ___________ No han sido demasiado buenos para la coalición gobernante los resultados de las elecciones municipales del domingo en Chile. La fatiga de la Concertación se muestra no sólo en el hecho de haber perdido el primer lugar en alcaldes, o en los dos puntos menos en votación para concejales respecto a hace cuatro años, sino también en un estado de ánimo decaído y confuso, en una evidente baja en la autoestima. Las huestes que antes se arremolinaban entusiastas en torno al dedo de Lagos o a la sonrisa de Aylwin combatiendo al pinochetismo con las armas de las ideas, de la democracia y el civismo, hoy siguen aportando su voto, sin duda, pero con pocas ganas, casi con resignación si no con algo de vergüenza. La Concertación ha perdido carisma. Ha dejado de ser simpática.
Con todo, esa caída no parece llevar votos a la oposición capitaneada por Piñera. Tampoco lograron esta vez los opositores sobrepasar la barrera mágica del 40%. La derecha chilena, lo ha explicado brillantemente Pablo Longueira alguna vez, no es sociológicamente más de un tercio de la población, y para tener opción en una elección presidencial está obligada a añadir más de diez puntos a su votación dura. Eso hasta ahora sólo ha logrado Lavín, aunque finalmente sin resultado.
Los concertacionistas agrupan a un contingente mayor, en torno al 45%, y de allí no bajan. Sin embargo cabe preguntarse de dónde sale esa sensación como de vergüenza de existir que arrastran por la vida.
Un factor es el desgaste en el ejercicio del poder. Muchas veces un gobernante debe elegir una opción mala frente a otra más mala. A menudo no se tiene la capacidad de explicar una realidad compleja con palabras sencillas. En ocasiones es preciso silenciar algunos datos, o ceder, o dar paso a pequeñas apetencias de poder que contradicen el interés general de la causa. También opera un mecanismo de distanciamiento de los problemas cotidianos, un ensimismamiento dentro de los autos oficiales. El poder se ejerce en contextos reales, con las contrapartes realmente existentes, con quienes hacen funcionar la vida económica, militar, social, cultural, y no siempre el roce o el cruce son satisfactorios. Quien consigue poder es en parte devorado por él.
Otra causa del decaimiento concertacionista está sin duda en la red de parentelas, cuñados, hermanas, hijos o sobrinos que, con los mismos apellidos, pululan en torno al poder. Trenza de lealtades, de seremis, de cuadros técnicos, de agregados diplomáticos, de directores de empresas del estado, de candidatos, esta nubecilla de apitutados genera un rencor silencioso en la muchedumbre que no participa del festín. Cuando escuchamos a los jefes de los partidos políticos y no entendemos de qué hablan, es que están dirigiéndose a sus grupos, a sus grumos y trenzas internas. Se trata de una antigua costumbre nacional –la familia como reducto de seguridad, el grupo de amigos como trinchera, los cargos del estado como botín- que aún goza de predicamento. Es preciso conceder que la Concertación, en tanto grupo, no dispone de las vinculaciones de que disfruta la derecha con la gran empresa, el mundo militar, las altas jerarquías religiosas, las familias influyentes o el sistema mediático. Por eso es que los concertacionistas mantienen vivas sus redes de apoyo y llevan en eso como veinte años, lo que si bien los blinda ante las amenazas exteriores, contribuye a hacerlos muy antipáticos.
Parte de estas prácticas endogámicas han salido a la luz con las denuncias de corrupción o de irregularidades hechas por la oposición, aunque es preciso señalar que en este alud de acusaciones hay muchas que no valen nada. La concertación, sin embargo, no ha sabido dar con los mecanismos para despejar incertidumbres. No se ha logrado establecer un sistema transparente y mediáticamente eficaz de demostración de la propia blancura. Después de las sonadas denuncias y de los interminables procedimientos burocráticos o judiciales, las cosas quedan siempre borrosas, y ese costo lo absorben inevitablemente las autoridades.
También es relevante en la antipatía que despierta hoy la Concertación su incapacidad para definir nuevas metas y su repetición cansina de frases y argumentos demasiadas veces dichos. Dicen hoy, llevan diciéndolo ya años, que deben renovarse, reinventarse, abrirse a nuevas ideas. Pero no lo hacen. Escuchar aquello da un poco de lata, huele a ineptitud o a falta de sinceridad. Y no se reinventan porque su pegamento no son ya las ideas, sino un vago menjunje de adicción al poder. Se han vuelto conservadores, suspicaces, y no dejan espacio a los más jóvenes o a las caras nuevas. Quizá esa cerrazón tenga algo de responsabilidad en el desgajamiento de diversos grupos de la Concertación que emigran para formar nuevos partidos. No logran estar unidos, y tampoco son capaces de construir una comunidad de comunidades.
Las nuevas ideas se formulan siempre sobre una capa de riesgo, y el riesgo es algo al que los funcionarios apitutados le tienen pánico. Por ello es que los temas de futuro que para el ciudadano tienen sentido van quedando “para después”. No vemos que la Concertación formule ideas novedosas y atractivas acerca de la conducción y planificación de las ciudades, o respecto de las universidades públicas, o sobre educación, o sobre transporte, o sobre participación de los jóvenes en política, o sobre contaminación. Casi todo lo que se llega a hacer en estas materias es reactivo, y si no hay más iniciativas es para no resquebrajar el endeble pegamento que une a la cultura laica con la cultura católica dentro de la coalición. Los think-tanks de la Concertación, que podrían servir para generar ideas, terminan transformándose inevitablemente en plataformas para conseguir pega en el aparato del estado.
El mayor drama de los líderes de la Concertación, más allá de estas consideraciones, es sin embargo el dilema de continuar como administradores de un modelo postpinochetista, o tratar de romper este formato y dejar que el país evolucione hacia un esquema menos rígido, con un estado más fuerte y un mercado más regulado, como se hace en todos los países más desarrollados. El modelo postpinochetista traumatizado con lo estatal muestra una y otra vez su cara fundamentalista. Con un estado más fuerte y más operativo -por cierto moderno y transparente- no tendríamos que padecer los dramas del Transantiago, o de la contaminación urbana, o del abandono de las universidades públicas, o de la inequidad de la educación, para sólo nombrar algunos. Pero el salto requiere ser optimistas. Y si algo le ha comprado la Concertación a la oposición en estos años es su amargo pesismismo, la idea de que el ser humano es esencialmente corrupto y ambicioso, y que hacer desaparecer el abuso es una tarea imposible: lo único que queda es adaptarse a él y tratar de suavizarlo un poco.
LA PIERNA DE GOETHE
Por razones casuales me sumerjo en los escritos de Goethe. Es un personaje que siempre me ha parecido difícil de asir, como si no tuviera forma. Me queda lejano por su clasicismo, su éxito desmesurado, su carácter conservador. Me asomo al escaparate de una librería a hojear unas Obras Selectas editadas en Buenos Aires, y en ese instante la dama a cargo me ofrece las Obras Completas en tres tomos y papel de biblia publicadas en Madrid, a un precio que no puedo pagar de inmediato. Se me ocurre reservarlas, y dejo un tanto, que voy aumentando con nuevos pagos en las semanas siguientes. Me llevo entonces el primer tomo, y luego el segundo. Es demasiado Goethe para mí, aunque me gusta tener y palpar esos volúmenes de Aguilar de los años cincuenta, traducidos en un castellano españolero y encuadernados en tapa de cuero flexible y papel biblia. Un amigo me advierte que el traductor, Rafael Cansinos-Asséns, muy elogiado por Borges, era en verdad un mediocre… En todo caso, un traductor serio, quizá con demasiada dedicación, muy puntilloso y detallista. Leo el Werther, me entretengo en las conversaciones con Goethe de Eckermann (no sé si debieran estar en unas Obras Completas de Goethe), reviso algunas frases sueltas y poemas, lamento que los poemas épicos estén puestos en prosa (siempre es mejor un verso libre), y ahora entro en el infinito texto de los años de aprendizaje de Guillermo Meister, que algo de bueno tiene: la formación de un joven artista -un niño- en un hogar donde la madre, distraída, está enamorada de un galán y el padre sufre en silencio su humillación. Los sentimientos están siempre envueltos en frases muy estructuradas y limpias. El teatro es el medio donde va tomando forma aquel talento poético, dramático y visual. El teatro como realidad paralela, y una soledad compartida necesariamente con la pandilla que el protagonista necesita para representar las obras. Lo delgado de las páginas y lo pequeño de la letra me hacen sentir que avanzo casi nada (o que retrocedo) en cada lectura. Mis ojos son dos hormigas indecisas en medio de ese planeta medio muerto y mientras leo disfruto de la tibieza de mi compañera de cama, mi cuerpo en un lado y mi mente en otro. Bonitas las láminas de la Teoría de los Colores, reproducen la versión original. ¿Qué hace alguien como yo con un autor como este? Por cierto, el retrato de Goethe que pongo arriba es muy raro, no sólo por la pose de salón en medio del campo con toques de ruinas clásicas, sino sobre todo porque si comparamos ambas piernas, la de delante parece real y la que está cubierta y detrás es como si fuera una prótesis de mayor tamaño. El autor de la pintura es Johann Heinrich Wilhelm Tischbein, que pertenecía a la familia de pintores Tischbein. Bein en alemán quiere decir pierna, y Tisch es mesa.
PELO PALIN
Los cuatro colaboradores mejor pagados de la campaña republicana son, según ha averiguado el New York Times: 1) Amy Strozzi, maquilladora de Sarah Palin 2) Randy Scheunemann,asesor jefe en asuntos internacionales de John McCain 3) Directora de Comunicación de la campaña, Nicole Wallace, 4) Peluquera de Sarah Palin, Angela Lew. No sabe uno si son excesos faranduleros, o simplemente la condición de la mujer que llega a la política e impone su visión de género en los presupuestos…. Strozzi -una auténtica artista de la apariencia facial- recibió 22.800 dólares (unos 14 millones de pesos) por sus dos primeras semanas de trabajo.
MCCAIN, PINOCHET Y EL SIGILO
John McCain visitó Chile en 1985, cuando arreciaba en el país el exterminio y persecución de opositores, según informa hoy el diario El País a partir de datos desclasificados por el Departamento de Estado. El senador estuvo media hora con nuestro monstruito, y además conversó con el almirante Merino, cuyo humor sádico conocimos tan bien. Después se fue a pasar unos días al sur con su esposa. El encuentro, organizado por el entonces embajador de Chile Hernán Felipe Errázuriz, no apareció en los medios y el senador se abstuvo de realizar declaraciones. Errázuriz ha dicho en estos días que “no es verdad” que McCain y Pinochet se hubieran reunido. Lo que interesaba entonces era la lucha en contra del comunismo, que estaba encargada operativamente en Chile a Manuel Contreras, Osvaldo Romo y sus boys. (En las fotos, el senador y su familia en 1986, al regreso de su viaje a Chile, y el general en 1985)
LA ABUELA BLANCA DE OBAMA
(POR JGT, HOY EN TERRA) Seguimos las elecciones norteamericanas como si se tratara de las nuestras. Y no es una mirada simbólica o de interés intelectual. Cuando pensamos en quién será el futuro inquilino de la Casa Blanca, estamos preocupándonos directamente de nuestro propio bolsillo. De nuestra propia seguridad. En este mundo globalizado, quizá tenga más influencia para los chilenos o peruanos o argentinos aquello que hace y decide el Presidente de los Estados Unidos que lo que tienen a bien disponer los mandatarios de Chile, Perú o Argentina.
Lo que hoy estamos experimentando en carne propia en economía, en los tratos con nuestras fuente de trabajo, en el control de pasaportes cuando viajamos, o en la penalización de delitos relativos a las costumbres cotidianas, proviene más de la gestión acertada o desacertada de Bush que de la de nuestros modestos presidentes nacionales.
Esta vez la contienda presidencial norteamericana viene con fuertes señales de cambio. John McCain, cuya pinta es la que debiera tener un presidente de los Estados Unidos, un hombre de pelo blanco y risa tonta, mirada hollywoodense, vestido como banquero y con un glorioso pasado militar, se enfrenta a un candidato del todo atípico, el senador Obama.
Obama parece a primera vista negro, aunque en realidad es mulato, y su origen familiar arrastra las complicaciones exóticas del menú de un food garden contemporáneo: padre de Kenya, abuela y madre norteamericanas, familia disfuncional, infancia en Hawai, educación en Harvard. Nunca se había visto algo parecido en las elecciones del país del norte. Lo más exótico de la situación es que Obama va ganando en las encuestas y se distancia cada vez más de su rival.
Obama es un negro cool, un político de formación académica, alejado de las elites tradicionales del poder norteamericano. Su última novedad ha sido suspender la campaña a pocos días de la elección para ir a la otra punta del mundo, a Hawai, a ver a su abuela enferma de 86 años. Hay quienes consideran que esa señora fue la madre suplente de Obama, y por lo tanto el viaje obedece a razones del corazón. Otros calculan el crédito electoral que puede tener para Obama el ser asociado mediáticamente a una abuela blanca en una campaña donde pudiera haber un voto oculto, no confesado en las encuestas, para el cual resulta inaceptable un Presidente de los Estados Unidos de color.
Con su viaje, el senador por Illinois no sólo estaría haciéndole caso a su corazón, sino que de paso aprovecharía para publicitar sus buenos sentimientos, su pertenencia a una familia y su porción de sangre blanca. Hay que tener en cuenta que la retórica republicana se ha centrado en la descalificación de Obama, afirmándose que no está preparado para ser Presidente, que no podrá manejar una crisis, que tiene amigos terroristas, que es árabe, en fin, que no es uno de los sólidos muchachos de piel blanca y ojos azules pertenecientes a la elite anglosajona y protestante.
Esos buenos muchachos que han sido casi todos los presidentes norteamericanos de las últimas décadas han intervenido sin piedad en muchos de nuestros países latinoamericanos, financiando golpes de estado sangrientos, tratándonos como a basura y haciéndonos tragar la parte más amarga de las crisis económicas. (MÁS>>>>>>>>>>)
EL MERCADO Y LOS POLÍTICOS
El mercado, al que se supone innovador, eficiente, veloz y moderno va dando tumbos y se revuelca en el pánico. Los políticos, a los que se supone corruptos, ineptos, antiguos, salen al rescate. El mercado resulta que no da la cara: la crisis financiera ha sido causada por anónimos. Los políticos, en cambio, que viven de su sueldo y cada tanto se les acaba el cargo, sí dan la cara. Pero igual seguimos despreciando a los políticos. Y admirando a los mercaderes.























deja un comentario