APOLO Y LA PESTE
Aquí lo vemos rodeado de Tetis y otras divinidades, relajado y decansando. Dios efebo, o sea mino, dorado, adivinador y músico, promotor de la belleza equilibrada, de pronto cambia de humor. Lo cuenta Homero: descendió de las cumbres del Olimpo, airado en su corazón, con el arco en los hombros y la aljaba, tapada a ambos lados. Resonaron las flechas sobre los hombros del dios irritado, al ponerse en movimiento, e iba semejante a la noche… allí donde apuntaba caían las flechas de Apolo llevando la peste y la muerte, y sin pausa ardían densas las piras de cadáveres. De tanto en tanto nos toca recibir algunas flechas y entonces perdemos la pega, aparecen la enfermedad o la pobreza, el descrédito, la incertidumbre y venga ¡zás! otra flecha…
