SUPERTAXISTA
Subo a un taxi, el conductor es un hombre grueso, corto, compacto, de cabello blancuzco. La limpieza corporal no es lo suyo. Desde el asiento de atrás le veo el chaleco de lana y una mano gris de saurio con uñas pezuñosas sobre el volante. Es jovial, así es que hablamos de la contaminación, el tráfico, y derivamos de allí a un tema de subsidios gubernamentales a los combustibles, a partir de lo cual el hombre se desbanda y empieza a despotricar contra esos desgraciados de los políticos, los ladrones del gobierno, el cansancio de la gente, etc. Yo le sigo el rollo para ver donde termina, hasta que me confiesa que según él hay personas que no quieren entender, entre ellos un pasajero que la otra tarde se esmeró en defender al gobierno, en vista de lo cual el taxista le ofreció combo -soy karateca, confesó- y lo hizo bajarse. Es que hay cada idiota que no quiere entender.
