juan guillermo tejeda

16,6 CENTIMETROS

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16,6 CENTÍMETROS. ARTÍCULOS PUBLICADOS POR JGT EN LA NACIÓN DOMINGO EL AÑO 2003.

MALDITOS COLEGIOS_____________________ Uno ve que el proyecto ilustrado de país nos lleva a incrementar la jornada escolar. De hecho, un joven o una chiquilla que sale de la universidad ha pasado prácticamente toda su existencia en establecimientos educativos.

La juventud, que tanto preocupa hoy -no a los jóvenes, sino a los adultos- parece ser un invento del siglo 17. Hasta entonces no existía la manía de educar. No había alumnos-problema ni adolescentes ni primeros del curso. Los niños corrían por ahí hasta que de pronto les daban un saco para acarrear o una espada para ir a partir cabezas. La escolarización, como tal, empezó entonces a generalizarse y, como es lógico, los más pudientes se educaban en casa a cargo de institutrices o preceptores, los burgueses en escuelas y el pueblo simplemente en la calle. Hoy damos por sentado que sin ir al colegio no hay futuro posible para nadie.

¿Y qué son los colegios? Básicamente se definen como un perímetro enrejado dentro del cual, y por lo general contra su voluntad, se encierra a los jóvenes con la excusa de que hay que enseñarles cosas. De algunos de estos perímetros se sale, al final de muchos años, hablando un inglés de calidad dudosa. De otros ni siquiera eso.

Los jóvenes, inquietos y curiosos por naturaleza, están ansiosos por aprender desde los primeros meses de vida, y es así como sin planes de estudios ni profesores logran dominar un idioma en poco tiempo. Los guía su propio modo de ser, el afán de imitación, las ganas de ser mayores y hacer cosas. Pero de pronto son secuestrados y embutidos en un uniforme para ir a dar a esos campos de fragmentación que son los colegios. Hay allí otros seres que deciden qué hay que aprender y de qué manera. La pregunta es: ¿aprendemos más allí que en el tráfago mismo de la vida cotidiana?

Oscar Wilde aseguraba que debió interrumpir sus estudios para ir al colegio. El colegio impone horarios, disciplina a los cuerpos, parcela el conocimiento, anula la libertad y, sobre todo, expande un velo negativo sobre la naturaleza de los jóvenes, a los que de pronto se les supone perezosos y tontos. Alguien ha decidido que esos pequeños seres necesitan someterse a una larga penuria de años y años, bajo la vigilancia de unos profesores grisáceos, para llegar a ser adultos serios y responsables. Lo que ocurre es, en realidad, otra cosa: el largo confinamiento genera astutas estrategias de resistencia activa o pasiva al sistema. Hay niños que vagan mentalmente por extraños paisajes personales; otros prefieren clavarle la punta del lápiz al vecino; unos se concentran en el deporte, o arman pandillas; algunos sufren en silencio y otros optan por enfermarse o portarse mal. En todos los casos se trata de evadirse de aquella ficción educativa simplona en donde hay innumerables ocasiones para la anulación de la personalidad. Al poco tiempo de esta maceración institucional los satisfechos educadores han logrado someter a algunos, convivir astutamente con otros y expulsar a la periferia a los niños-problema: tienen ya el panorama un poco desolado que buscaban. Hace unas semanas el artista chileno Antonio Becerro inauguró una instalación constituida por un alumno-problema, un joven del Liceo Pedro Prado que ha repetido curso tres veces pese a ser un buen rockero y un poeta vivaz. En la instalación el joven debía estar sentado en la sala de exposiciones con su uniforme escolar, y según él mismo aquello era menos despreciable que ir al colegio.

No sabemos si la técnica de poner notas y de asustar a los jóvenes con exámenes es productiva en términos pedagógicos: lo es, ciertamente, respecto del control de la personalidad juvenil. Decía Churchill que sus profesores parecían siempre más interesados en averiguar lo que él no sabía que en lo que sabía. El juego de “pillar” al otro es una ceremonia que nada tiene que ver con enseñar o con aprender. Aprendemos cuando nos transformamos, y aprendemos cuando dejamos ser a nuestra propia naturaleza en relación con los demás, casi siempre en acción y pocas veces haciendo tareas.

Uno ve que el proyecto ilustrado de país nos lleva a incrementar la jornada escolar. De hecho, un joven o una chiquilla que sale de la universidad ha pasado prácticamente toda su existencia en establecimientos educativos. Probablemente haya aprendido poco de la vida, pero sabrá, ciertamente, cómo sobrevivir en un medio opresivo, cómo no tener demasiadas opiniones propias, cómo renunciar al placer, cómo disimular.

Cuando vienen las vacaciones, la ciudad se hace un poco más humana: menudean por aquí y por allá los niños y las niñas, los jóvenes sin uniforme formando parte de un ambiente menos segmentado. Y cuando observa uno un colegio sin alumnos, aquellos espacios vacíos y penitenciarios, nota en la escasa adherencia de las baldosas y las aulas la falta de vida, la penumbra autoritaria o paternalista del panóptico.

Ivan Illich, que acaba de fallecer, se manifestó resueltamente hace casi cuarenta años en contra de la escolarización. Lo mismo que el pedagogo John Holt, quien fundó el movimiento desescolarizado, esto es, de gente que prefiere educar a sus niños en la casa: son ya muchos millones, especialmente en los países anglosajones. Illich argumentaba, con sensatez, que cuando las necesidades humanas se institucionalizan, las instituciones terminan por dedicarse más a sí mismas que a los fines que declaran.

La educación, si existe, consista tal vez en asegurar ambientes densos, abiertos y polivalentes dentro de los cuales pueda cada cual encontrar su propio camino. Edgard Morin habla de la cabeza bien ordenada. Y Jean-François Mabardi recoge el dicho egipcio de “si no aprendes cuando enseñas, no enseñas”. La vida es, quizás, un gran colegio dentro de la cual todos somos discípulos y todos somos maestros. LND Domingo 5 de enero de 2003.

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EL ESTADO ES CRUEL
_________________ Ministros, parlamentarios, seremis y otros altos cargos han ido conociendo en las últimas semanas el rigor de la transparencia y el funcionamiento de las instituciones. No sólo el mercado es cruel. También lo es, a veces, el Estado.

Las primeras nociones de que el Estado pudiera ser cruel las recibimos durante los años 70’ y 80’ en el parvulario mental del tío Manuel Contreras, quien desayunaba diariamente con Pinochet (hoy en estado de demencia). Uno se deprime al pensar en ello, pero ahí sí que se vieron hechos crueles. Los chilenos, que no teníamos esas aficiones, entramos por la puerta ancha en el libro Guinness de la monstruosidad estatal. En Inglaterra, entretanto, la platinada señora Thatcher desmantelaba alegremente el Estado de bienestar. Los fans chilenos del físicoculturismo neoliberal británico impulsaron en nuestra tierra la privatización de la parte no cruel del Estado, de las empresas sabrosas y rentables, adjudicándoselas -¡oh sorpresa!- ellos mismos tras un proceso de licitación que hoy se caería a pedazos en su primer trámite. En rigor, las empresas públicas pasaron a ser de los capitalistas populares, que luego se vio que eran capitalistas a secas, casi siempre colaboradores del régimen, y que en la medida de lo posible recurrieron a préstamos blandos provenientes de las instituciones estatales que ellos mismos controlaban. Una delicia. Con ese trozo del Estado y el dinero que desde allí mana, pueden hoy financiar generosamente cualquier campaña electoral. Otra parte del Estado, mayormente salud, educación, previsión y transportes, fue desangrada y dejada a su propia suerte, al tiempo que se construían imperios para suplir su decadencia desde el sector privado. La descentralización colaboró a que las comunas con menos recursos tuvieran consultorios con menos recursos, y las comunas más poderosas consultorios mejor equipados. Cada cual con lo suyo, los ricos en un país de ricos, los pobres en un país de pobres. Por último, el diseño militar y neoliberal del Estado se completó dándole un toque sórdido y gris a todo lo fiscal: el mundo real iba a ser el privado, allí teníamos que ir los chilenos a disfrutar de la vida.

Hay que conceder que la población chilena le compró a la dictadura las tres caras de su triángulo: uno) la política es una asquerosidad; dos) el área privada es siempre y en cualquier caso preferible a la pública; tres) el Estado, la oficina fiscal, el ministerio, el colegio municipalizado, el hospital público, son y deben seguir siendo áreas de castigo.

Los gobiernos democráticos que sucedieron a Pinochet se colocaron, tras algunas vacilaciones, el traje o el corsé de la administración que les dejaron los militares y así, con esa vestimenta ridícula y el corazón lleno de esperanzas se dispusieron a hacer lo suyo. Han hecho mucho, de eso no cabe duda, pero pese a ello no tienen buen aspecto. No se les ve cómodos ni glamorosos. Se dedican a dar explicaciones confusas. No limpiaron el traje antes de ponérselo, no sinceraron las cosas ni ordenaron las cuentas, y hoy, desde Capuchinos meditan quizás en el error de no haberlo hecho a tiempo. El dinero del Estado, el financiamiento de la política, permanecen bajo una capa de esmog. Algo no cuajó.

Lo que late en el fondo de la situación que ha llevado al ministro Cruz a la cárcel después de haber duplicado los caminos de Chile es, quizá, el desacomodo ideológico entre un estatuto administrativo y una administración que bajo el omnipresente logo de Gobierno de Chile, quiere innovar, atraer recursos, generar reformas, cambiar el rostro de las ciudades, inyectar innovación y creatividad en la sociedad chilena. En realidad, el desajuste es tal que constituye un banquete para contralores, fiscalizadores y jueces.

Los contralores y fiscalizadores actúan a veces movidos por el afán de decencia; otras muchas, su acción es simplemente mezquina; en todos los casos ellos nada tienen que ver con que el país esté mejor o peor. Sólo se trata de que los procedimientos (instaurados casi todos ellos en tiempos de dictadura) coincidan con los actos administrativos. A Jaime Estévez ya lo retaron por haber cambiado el logo del Banco del Estado. Incluso el mismo logo del Gobierno de Chile fue objeto de una investigación parlamentaria: ¿cómo se les ocurre andar haciendo logos? El Estado es para sufrir. Quien ha estado a cargo de alguna responsabilidad pública sabe de las ridículas, inútiles, estúpidas, obsoletas, penosas, complejas y patéticas maniobras que hay que hacer para adelantar un pago o actualizar un software.

El pensamiento neoliberal a ultranza que está apolillándose en el mundo goza entre nosotros de buena salud y pasa por moderno, imponiéndonos a estas alturas, aún, la guerra santa contra lo estatal. Los chilenos estamos entrando ingenuamente en la globalización, sin el respaldo de un Estado moderno, fuerte y dinámico, como lo hacen los países más poderosos. Por el contrario, el Estado sigue siendo para nosotros el oscuro mundo del trámite y de la inutilidad, esa zona de castigo siempre vigilada y sospechosa que diseñó para nosotros la dictadura. Y como niños, seguimos copiando en nuestro cuaderno lo que desde lo más blindado de nuestra sociedad nos dictan las misses y los tíos del parvulario ultraliberal: uno, la política es asquerosa; dos, el estado es una zona de castigo; tres, sólo lo privado es hermoso… LND Domingo 19 de enero de 2003

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GUERREROS______________Quizás la guerra es parte de la condición humana, y de alguna manera oscura la añoramos. Sentimos orgullo en defender lo nuestro, aunque sea de manera violenta. La civilización contemporánea supone que el Estado, a través de sus cuerpos armados, tiene el monopolio jurídico de la violencia. Somos carne humana desarmada, y durante la dictadura los chilenos vimos en qué consiste eso.

La guerra no se considera hoy algo hermoso, y sin embargo a muchos nos siguen entusiasmando las películas con batallas. La escena inicial de “Gladiador” tiene esa extraña belleza. Los combatientes en una línea interminable preparándose para entrar en acción, los caballos echando al aire el aliento azul del alba, las expresiones atentas, un poco atemorizadas y a la vez impacientes. Delante de la fila de guerreros, caracoleando en su cabalgadura, el general a cargo de la operación (un Russell Crowe que tiene más aspecto de norteamericano que de general romano, pero en fin, son cosas de Hollywood) dando la cara y listo para avanzar él hacia el enemigo a la cabeza de sus tropas.

Quizás la guerra es parte de la condición humana, y de alguna manera oscura la añoramos. Sentimos orgullo en defender lo nuestro, aunque sea de manera violenta. La civilización contemporánea supone que el Estado, a través de sus cuerpos armados, tiene el monopolio jurídico de la violencia. Somos carne humana desarmada, y durante la dictadura los chilenos vimos en qué consiste eso. Y si por una parte hay un progreso en la superación del todos contra todos, queda flotando en el aire una sensación de vacío. Ahí es donde entra el deporte, que es la guerra convertida en espectáculo moderno. Pelotazos en lugar de balas: es un progreso. Otros se hacen los duros al volante de sus automóviles, a la manera de los caballeros andantes. El resto del menú aparece en la televisión y en el cine: cráneos rotos, cuerpos despedazados, masacres, explosiones, llamas, cadáveres, todo ello al ritmo de una música excitante. Se dice que la literatura (y por ende el cine) sólo conoce dos temas: la muerte y el sexo.

Pero la guerra a que nos llaman hoy nuestros líderes occidentales de terno y corbata ya no es como la de “Gladiador”. La primera gran diferencia es que quienes predican la guerra no la practican, ya que es importante para ellos y para sus patrias respectivas que se queden a salvo en algún búnker. Como máximo organizan algún viajecillo fugaz y muy escoltado a alguna base o portaviones. Eso le quita gran parte de la excitación al evento. No se imagina uno a Blair con botas y un yatagán asomándose al gran salón del trono de Sadam Hussein y retándolo a un mortal cuerpo a cuerpo. Tampoco vemos a Bush o a Aznar tiznados y en acción. Los líderes occidentales están dispuestos a mover los dispositivos para que otros vayan a morir, pero ellos prefieren abstenerse. Los generales modernos hacen un poco lo mismo: Colin Powell ya peleó contra Irak, aunque mayormente desde su escritorio, y quizá por eso quiere más. De ahí la fuerza moral que tiene el que un grupo de pacifistas haya llegado a la zona del conflicto para servir de escudos humanos. Adicionalmente, ocurre que la guerra funciona hoy en base a computadores, aviones espías, bombardeos electivos de alta precisión y otras maravillas tecnológicas. No es para nada una guerra artesanal. Las películas o el fútbol, en cambio, nos dan la artesanía de la guerra, la violencia manual y muscular, que es otra cosa.

Ya se vio en la horrorosa guerra de trincheras de 1914- 1918 que parte de las antiguas normas deportivas se estaban terminando. Y para qué decir de la segunda guerra mundial. Los vietnamitas derrotaron a los norteamericanos artesanalmente, y por eso eran populares. Uno no quiere estas guerras anónimas y de softwares letales, sino algo más a lo antiguo, un contingente a cada lado con armaduras bonitas y vamos machacándonos con palos y piedras.

Entre las frustraciones de Pinochet durante su permanencia en el cargo estuvo el no haber podido jamás encontrar físicamente a su enemigo. Nuestro general (hoy demente), peleó un poco contra sombras, y los muertos resultaban al final ser todos civiles y casi siempre más pobres que ricos, más mapuches que caucásicos, más jóvenes que viejos. Se hablaba mucho de que aquello era una guerra, de que había barbaridades “de los dos lados”, pero “el otro lado” salía muy poco en la foto. De repente alguna imagen de alguien con barba y melena, o unas armas incautadas y en perfecto orden, eso era todo. El marxismo era una generalización, una idea, y ya se sabe qué ocurre cuando la guerra es en contra de ideas.

Quizá Bush y Blair y Aznar sean realmente unos tipos valientes. Por desgracia no tendrán ocasión de demostrárnoslo, y tal vez por eso no se siente tentado uno en acompañarlos en su cruzada en contra de aquel dictador de bigotes que cuando hace votaciones obtiene el 100% de los sufragios. No van a morir ellos en la batalla, y probablemente los jefazos iraquíes tampoco. Este es un deporte, la guerra moderna, muy poco deportivo y en el fondo, muy poco guerrero. Hay un sitio web de norteamericanos contra la guerra que se limita a poner fotos de gente de Bagdad. Niños que hacen morisquetas ante la cámara, comerciantes gorditos, señoras de cejas bien marcadas. Gente de carne y hueso, personas sobre las cuales va a caer (como algún día nos puede caer a nosotros) el infortunio de una guerra que no han pedido.

En muchas cosas se acercan y se confunden entre sí el terrorismo y la guerra moderna: acciones violentas bendecidas por algún líder que se queda en su refugio, uso de modernas tecnologías, barbaridades hechas vaya uno a saber por quiénes, víctimas que no tienen nada que ver con aquello que se está discutiendo, y un lenguaje oficial elástico y mutante empecinado en embellecer lo feo. LND. Domingo 23 de febrero de 2003

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NO COPY, NO PASTE_____________________ Uno no sabe ya si tiene que tratar de resistir a la tentación de imitar, o debe abandonarse a ella. Los jóvenes, que en la actualidad llegan al colegio o a la universidad sabiendo más que sus profesores, no tienen duda de que hoy, para sobrevivir, es preciso copiar, mordisquearle trozos enteros a la realidad. Hay que pertenecer a alguna tribu, o a varias, o a todas, o a ninguna de las anteriores.

El arte de hoy, los oficios creativos, la arquitectura, el diseño, la literatura, en fin, aquello que le gusta tanto a las empresas y a las primeras damas, se hacen sobre el supuesto de que copiar es malo. Es preciso ser originales. En nuestra cultura, quien copia es castigado, primero en el colegio y luego por la ley. Los profesores le ponen un uno al que pillan copiando, y se irritan si los alumnos hacen las tareas usando internet y la herramienta copy / paste del computador.

El arte chileno es más chileno que arte, pero sobre todo es igual al de cualquier otro lado. Nuestros instaladores instalan las mismas mugres incomprensibles, los fotógrafos son todos Tunick, los arquitectos le dan fuerte a la cosa torcida o sea deconstructiva, o sino de madera nativa en un lago nativo con un cliente en lo posible no nativo. Hay como oleadas, sobreentendidos misteriosos. Mientras más se estimula la diferencia, más monótono es el resultado.

No es que no tengamos talento. Es que, según afirman algunos antropólogos modernos como Taussig, los seres humanos nos dejamos arrastrar por el instinto de imitación. Cuando vemos a alguien más poderoso, lo imitamos. Es una compulsión, un modo de fagocitar al otro. Así es como los pueblos primitivos tratan de controlar mágicamente a quien los domina. El chiquillo de Conchalí que empieza a andar con jockey de visera atrás, zapatillas tipo Nike y pantalón rapero, está empecinado en atrapar al diablo con su propio cuerpo. Lo que quiere él no es tanto atender a sus raíces (es lo que le aconsejan el Ministerio de Educación y los intelectuales de izquierda, que llevan ballet folklórico a las poblaciones), sino capturar al gringo que desde su nacimiento lleva dentro de sí. Hacer crecer al norteamericano globalizado que le susurra desde fuera y desde dentro, y que viene a ser algo así como un alien del futuro, primo del chicano instalado en el Bronx al cual hoy el propio Bush le tiene que mendigar el voto.

Y el rito mimético de aquel joven es más o menos el mismo que llevan a cabo nuestros académicos universitarios que se masturban con el estructuralismo francés, el mismo de las presentadoras de televisión local con síndrome facial CNN. El ser humano es un organismo vibrátil que se excita y se asusta con lo diferente y lo atrapa mediante la imitación. Somos modernos porque los demás son modernos, nos metemos en lo de los reality shows porque en fin, no podría ser de otra manera.

A lo mejor Lagos quiere ser Mitterand o quiso ser Blair (antes de que a Blair se pusiera bélico), o está en camino de ser Felipe González. Tal vez pretende ser, modestamente, una mezclita actual y más afortunada de Aguirre Cerda con Balmaceda. Puede que Alvear o Bachelet sean Condoleezas Rice a la chilena. Son imparables. Quizás Lavín pretende ser Fox y uno de estos días va a dejarse bigote y empezará a caminar a lo macho. Consideremos unos instantes al ministro Aránguiz como réplica rancagüina del célebre juez Garzón. Martita Larraechea hace muchos años que es intensamente Hillary Clinton, aunque los maridos no se parezcan mucho entre sí.

Somos lo que somos, hacemos lo que podemos, y nos da un poco de vergüenza ser tan mutantes. Hay gente que se enoja si en el restaurante no tienen aceite de oliva, cuando en su casa no ha habido en toda la vida sino tristísimas vinagretas para la ensalada. Los norteamericanos, en cambio, se han apropiado sin más de la pizza o del sushi, que ahora son platos globalizados. La identidad no está en juego, porque cada vez que imitamos lo hacemos sabiendo que aquello es un disfraz. Cuando Martita llega a su casa, se desabotona (nunca mejor dicho) el traje sastre y le pregunta a la empleada qué hay de comer, sabe positivamente que no está en Nueva York. Pero no por ello abandona el toque Hillary. Copiamos de aquí y allá, imitamos, y eso es parte de la alegría de estar vivos.

Flotamos en el flujo digital, el líquido visual y comunicacional de este tiempo se cuela por todas las rendijas del planeta, y nuestra respiración contiene las esporas de lo otro, de lo que queremos ser y no seremos. Somos un acumulado de logos y marcas fascinantes y fantasmales, un cuaderno infinito de rostros cinematográficos y de sitios web, nos hemos acostumbrado a hacer zapping con la identidad propia y ajena.

Uno no sabe ya si tiene que tratar de resistir a la tentación de imitar, o debe abandonarse a ella. Los jóvenes, que en la actualidad llegan al colegio o a la universidad sabiendo más que sus profesores, no tienen duda de que hoy, para sobrevivir, es preciso copiar, mordisquearle trozos enteros a la realidad. Hay que pertenecer a alguna tribu, o a varias, o a todas, o a ninguna de las anteriores. Lo que cuenta, finalmente, es la honestidad. Mutar honestamente, cambiar de piel, fragmentarse y unirse a otros fragmentos. Bajar programas, hackear sitios, reproducir CDs. Ser una chica tecno, una gothic girl con colmillos portátiles o pelo de plástico magenta, mostrar la piel, esconderse, resucitar. Las hembras modernas imitan a los hombres y les ganan, los machos modernos se ponen aros, ropa ajustada y terminan cocinando o hablando de psicología.

Somos lo que siempre hemos sido, y a la vez nos esforzamos por ser lo contrario. Es ese el juego de espejos del capitalismo que finalmente derrotó a la lógica primitiva de los intelectuales marxistas. Nos gusta que haya cosas no para consumirlas, sino para consumir en ellas nuestros temores a lo desconocido. El que copia siempre gana. LND Domingo 9 de marzo de 2003

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MI NOMBRE ES BUSH, JAMES BUSH________________ El intento de asumir solos el mando o el control policial del planeta parece aventurado ¿Quién les dio el derecho? ¿Cómo se garantiza su eficiencia? ¿Cuáles serán los pasos siguientes? No sabe uno si Bush es el agente 007 que salvará al mundo, o si forma parte de algún grupo texano o integrista o económico que se lo quiere apropiar.

Todas las películas de James Bond tienen un mismo argumento. Hay un grupo maligno que se propone dominar el mundo. Bond, agente británico, es comisionado para detener la amenaza, lo que permite a los espectadores viajar por lugares exóticos, asistir a los galanteos del agente y observar cómo, finalmente, los malos son derrotados.

Nuestro mundo de hoy, el de los iraquíes y kurdos, el de Bush, Blair, Aznar y Condoleeza Rice se está pareciendo un poco al de Bond. No sabemos bien quién hace el papel del agente 007, pero sí estamos ante una situación de vacío y de amenaza. El poder soviético se desmoronó hace años y el planeta dejó de ser bipolar. Dominan los aires del capitalismo triunfante. En este contexto, los gobiernos nacionales se han ido debilitando y muchos de los problemas que nos preocupan parecen incontrolables: el terrorismo -como peligrosa privatización de la guerra-, los flujos veloces y masivos de capital, las nuevas enfermedades, el calentamiento global.

Intuimos que hay gente que no tendría problemas en hacer detonar una bomba nuclear en alguna ciudad, para demostrar que sus ideas son valiosas. Observamos cómo el conflicto árabe-israelí va a la deriva, manejado por incompetentes. Hay países raros, opacos, tiranías más o menos simpáticas (el régimen de Fidel es una de ellas), como aquellos barrios donde la policía no es capaz de entrar.

Pero, ¿hay policía en el mundo? ¿Debería haberla? ¿Quién asume los temas que los gobiernos dejan pasar porque les quedan grandes?

No cabe duda de que se están empezando a ensayar formas diversas de gobierno mundial. La ONU es algo así como una junta de vecinos y sería injusto pedirle más. Los europeos van uniendo fuerzas de a poco, por consenso. Surgen organizaciones globalizadas, como Amnistía Internacional o Greenpeace, que han entendido que su escenario es -más que uno u otro país-, el planeta.

Nos gusta que el mundo funcione, que los aviones cumplan el horario, que haya información, cajeros automáticos, comercio mundial, tratados, música, moda, alimentos, energía eléctrica. Vemos, a la vez, los desequilibrios sociales, las bolsas de miseria y hambre, la injusticia, el desorden. De alguna manera tenemos que hacernos responsables de todo eso, no sólo por imperativos éticos mínimos, sino porque notamos que si no nos caerán en la cabeza la lluvia ácida, la peor de las pestes virales o un par de aviones locos.

Estados Unidos es hoy un país distinto al resto. Su poderío militar y despliegue lo transforman en la única potencia capaz de intervenir en cualquier punto del globo. Pues bien, al mando de Bush y lo que parece ser un grupo de gente agresiva, ese país ha decidido llevar a cabo esas intervenciones militares o policiales.

El lenguaje prepotente de la administración, su impaciencia ante lo que califican despectivamente de “diplomacia”, la poca costumbre de predicar con el ejemplo, la aparente ausencia de conocimiento de que el mundo es -en cada lugar- distinto, ha generado una amplia antipatía por su cruzada.

El intento de asumir solos el mando o el control policial del planeta parece aventurado ¿Quién les dio el derecho? ¿Cómo se garantiza su eficiencia? ¿Cuáles serán los pasos siguientes? No sabe uno si Bush es el agente 007 que salvará al mundo, o si forma parte de algún grupo texano o integrista o económico que se lo quiere apropiar. Se pregunta uno porqué la nación que tiene más armas de destrucción masiva invade a otra por tener -quizá- algunas. Lo de “guerra preventiva” abre una puerta muy peligrosa para futuras acciones unilaterales a partir de cualquier pretexto.

Por otra parte, es preciso convenir en que la paz no es buena a cualquier precio. Bertrand Russell hizo campaña pacifista entre 1914 y 1918 y fue encarcelado y expulsado de la universidad. Pero ante Hitler fue partidario de la guerra. El ansia por la paz que sacude al mundo tiene una base de realismo: lo típico de las guerras es hundir a los más débiles. Pero una cosa es preferir la paz y otra muy distinta negarse a ver lo que ocurre y dejar que del mundo se ocupen otros, como nos sugería el buen Lavín.

Estamos entrando en un nuevo orden mundial, un nuevo dibujo del mapa, y los chilenos estamos dentro. Hay regímenes que por años han torturado y privado de derechos a la población de diversos países (aquí supimos bien lo que era aquello), y que siguen haciéndolo, confiados en que un misterioso equilibrio mundial de poderes se los permite. Pues bien, esas condiciones han cambiado. Es una pena que los gestores de este cambio se muevan con torpeza en un mundo complejo. A lo mejor Bush nos libera de Sadam. Pero ¿quien nos liberará a nosotros de Bush?

Se llega uno a imaginar una pesadilla del planeta entero con toque de queda, Condoleezas Rices en todas las comisarías, explosiones, virus y mafias diversas, servicio militar obligatorio de cuatro años como en Israel, desconfianzas raciales, bombas humanas en los aviones, neonazis, integristas de diverso signo y un gran agujero en la capa de ozono, con el presidente de Estados Unidos hablándonos por CNN desde un búnker. Todo ello resultado de esta mezcla de vacío y prepotencia a la que asistimos hoy. LND Domingo 23 de marzo de 2003.

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LET IT BE_______________________ ¿Sería una tragedia que cada cual volviera a sus antiguos barrios? Que Girardi cavile sobre la soledad y el efecto mariposa, que Nelson Avila luche contra el mercado y la globalización ante las cámaras de TV, que los Zaldívar se dediquen a la pesca y a ir a misa, que los socialistas traten de compaginar la vida moderna con Fidel Castro. No pasaría nada, salvo que probablemente en Chile gobernaría la UDI y esos atildados muchachos realmente lo necesitan para demostrar al mundo y demostrarse a sí mismos que también pueden hacer algo sin la ayuda del guatón Romo. La UDI, junto a los coreanos de Kim Jong Il, debe ser aún el único grupo leninista del planeta: siempre todos de acuerdo catecismo en mano, esmerándose por infiltrar a la sociedad.

Let it be, decían Lennon y McCartney en la época en que fuimos jóvenes, y la traducción española no es en realidad muy buena: déjalo ser. ¿A quién? ¿Dejar ser a qué? Let it be se refiere más bien a todo, a que cada cosa sea lo que es. Se trata de una dimensión filosófica o ética en el mejor sentido de la palabra.


Let it be se opone a las dictaduras, por ejemplo: no podemos estar de acuerdo con quien no nos deja ser. Para que pudiéramos ser, los hasta entonces enemigos - socialistas y democratacristianos y algunos otros- volvieron a hablarse, recuperaron la democracia y organizaron estos gobiernos, la transición que hemos vivido (penosa en ocasiones, siempre perseverante), y hoy se encuentran, tras quince años de acción positiva, en proceso de disolución. Se fue desmoronando la argamasa que los tenía unidos. Como esas parejas que ya educaron y casaron a sus hijos, los concertacionistas hoy poco concertados casi no se hablan, están en casa a horarios diferentes y busca cada cual, de nuevo, el aire de sus propios proyectos.

Let it be. Hay que dejar ser a cada cual. No cabe duda de que el colorín Zaldívar quiere volver a lo suyo después de pasar años junto a laicos de bigote fiscal y a socialistas de pasado turbulento. Después de Tunick, de Aránguiz y del general Cheyre el país tiene un relativo buen aspecto, aunque sea impopular decirlo. No se perciben ya zonas opacas o de búnker. Estamos ante unos poderes razonablemente contrapesados, el país en orden, la pobreza retrocediendo y las ciudades en estado de transformación. Todos insatisfechos, pero progresamos. ¿Por qué seguir en la dura misión de luchar contra la dictadura? ¿Cuál dictadura? Camilo Escalona, que mantiene el candor de la Guerra Fría en algún punto de su cabeza pensante, se ve desolado. Los líderes de la Concertación, cuando hablan, es como si estuvieran no ante la opinión pública, sino con su psiquiatra. El psiquiatra podría decirles: ya no están ustedes concertados porque hicieron lo que tenían que hacer. Libraron a Chile de su dictadura, volvió a haber justicia, se acabó la censura, la gente se siente menos sometida, con más derechos, y todo ello - contra lo que se vaticinó- manteniendo la tranquilidad interna junto a unas cuentas envidiadas en la región. Se fue Marinakis, se irán las micros y hasta es posible que un día de estos se desmorone también el búnker constitucional que aún impera.

¿Sería una tragedia que cada cual volviera a sus antiguos barrios? Que Girardi cavile sobre la soledad y el efecto mariposa, que Nelson Avila luche contra el mercado y la globalización ante las cámaras de TV, que los Zaldívar se dediquen a la pesca y a ir a misa, que los socialistas traten de compaginar la vida moderna con Fidel Castro. No pasaría nada, salvo que probablemente en Chile gobernaría la UDI y esos atildados muchachos realmente lo necesitan para demostrar al mundo y demostrarse a sí mismos que también pueden hacer algo sin la ayuda del guatón Romo. La UDI, junto a los coreanos de Kim Jong Il, debe ser aún el único grupo leninista del planeta: siempre todos de acuerdo catecismo en mano, esmerándose por infiltrar a la sociedad, haciendo de la lucha por el poder un fatigoso asunto de trincheras. Pero el poder moderno está difuminado. Una parte lo tiene Rumsfeld, otra parte sigue en manos de las más diversas ONG, hay cosas que controla Bin Laden y otras que son de Bill Gates. ¿Vuelve la UDI? Que vuelva. Nos divertiremos. Chile será un país bushista, una nación condoleezista. Los niños irán todos con pegatinas de Sí a la Guerra a saludar a la ministra de Educación, que será la Raquel Argandoña. Y los maltrechos seremis concertacionistas podrán ir a descansar un poco las ojeras. Los jueces escarban en los contratos de Obras Públicas, que como resultado eran bastante buenos -cualquier automovilista lo sabe- aunque en cuanto a orden y a transparencia ya no tanto. Es una crisis, en todo caso, de salón, un asunto más bien de contraloría que no pasa por el hogar de nadie. Los reductos mediáticos del batallón udista-leninista disfrutan con que las instituciones funcionen apretando justo a quienes las hicieron funcionar, pero lo bonito sería que cada cual en Chile tuviera una visita judicial: a ver sus boletas. Declaraciones de renta. Hipotecas. Contratos del año 87. Triangulaciones sexuales. Me llevo su disco duro. ¡No hay nada más bonito que la transparencia ajena! No sabe uno cuántos comentaristas radiales le exigen a los políticos que exhiban cualidades morales supersónicas que ellos, los comentaristas, no tienen. ¿Es usted un poquitín vendido en sus comentarios? ¿Lo fue en el pasado? ¿Le deja su auspiciador decirlo todo? Por supuesto que sí, desde luego que no.


Descansemos, hermanos. Total, somos lo que somos. Que cada cual sea como es, no hay urgencias. Let it be. Ministros distraídos, jueces con lupa, políticos desconcertados, pequeñas ratas juveniles de los reality shows, periodistas que ven pajas ajenas y no vigas propias, sacerdotes enteramente confusos, ex torturadores que van a la cárcel, ciudadanos que despotrican contra los políticos que les han arreglado el país, socialistas en busca de cupo, liberales whiskeros, udistas de ceño agrio y sonrisa pegajosa, Baby Vamps sin ropa, gente común y corriente, empresarios todavía con un poco de caspa pinochetista: a soltarse los elásticos. A reagruparse. Hemos vuelto a ser un país normal.

No con la elegancia que se preveía, quizá, pero al fin ocurrió lo que nos anunciara Eugenio Tironi: la transición ha terminado. Probablemente la Concertación también. O mejor dicho, ambas se han ido desdibujando en el aire alegre y frío de la normalidad. LND Domingo 20 de abril de 2003

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MARCO TULIO CICERÓN_______________ Cuando asistimos a la diligente trepanación judicial que se practica sobre los contratos públicos de nuestro actual gobierno, se pregunta uno qué hubiera dicho Cicerón. Entre tanta gente que mira la letra chica, se echa de menos a alguien que vea la letra grande.

¿Cómo combatir, o al menos desafiar el aburrimiento, la banalidad de lo que nos vemos obligados a vivir día tras día? Sumidos en compromisos que nos arrastran, tratamos de probar, aunque sea como aficionados, otros aires, ver caras diversas, y difuminar así nuestras obsesiones, abandonar los temas únicos y los ambientes con olor a encierro. Hay quienes se organizan un tallercito de carpintería en la parte de atrás de la casa, y ahí se llevan un pedazo del Homecenter y se ponen a armar estantes imperfectos. Otros salen a trotar al Parque Metropolitano (coté Pirámide), enfundados en un uniforme deportivo. Las cultoras del yoga forman un ejército de cuerpos que buscan reconciliarse con su espíritu o viceversa, y espantan con sus ejercitaciones las zonas de ansiedad, los nudos de tensión. Los psiquiatras son más caros, pero al menos saben escuchar.

Hay también, por cierto, quienes prefieren darse a los placeres suaves pero no por ello menos sabrosos de las lecturas griegas o latinas. No abundan, es cierto, los preceptores suficientemente cultos o al menos como para transmitir lo dicho por los clásicos de un modo convincente. Pero los hay. Existen pequeños cenáculos de mentes ilustradas que, bajo la amable luz de una lámpara, al caer la noche de invierno, se reúnen en torno a textos de Lucrecio, Juvenal o Cicerón. Los celos, la burla, la ambigüedad sexual, el heroísmo, el honor y peligro de la vida pública, la pedagogía, las instituciones republicanas, la vieja lucha entre tiranos y demócratas, el temor a la muerte, la virtud, todo está allí, palpitante y como acabado de hornear, a nuestra disposición.

Hay quien quiere ver en los Estados Unidos a una nueva Roma a punto de entrar en la fase de Octavio, republicanos en casa, imperialistas hacia el resto del mundo. Europa sería la antigua Grecia, superada militarmente pero más culta. Y nosotros las colonias, la periferia en que hay batallas, niños muertos y abuso.

Cicerón, que fue orador, político y escritor prolífico y murió de mala manera, tenía entre sus dotes geniales la de convertir asuntos menores en debates mayores. En su defensa de Archia (un poeta griego indocumentado), Cicerón traza una brillante apología de la cultura griega y de la poesía, dos pilares del humanismo, dos categorías civilizadoras que hacen al mundo más rico, más habitable, más profundo, más humano: ¿sería capaz Roma de expulsar a quien, con su trabajo modesto, era capaz de transmitir estos valores?

Cuando asistimos a la diligente trepanación judicial que se practica sobre los contratos públicos de nuestro actual gobierno, se pregunta uno qué hubiera dicho Cicerón. Entre tanta gente que mira la letra chica, se echa de menos a alguien que vea la letra grande. Los procesos sirven habitualmente, y si están bien hechos, para castigar a los infractores al reglamento. Pero también pueden servir a la sociedad para entender mejor por qué existe ese reglamento. Durante el proceso a Dreyfuss, Emile Zolá con su célebre “Yo Acuso” logró sacar al asunto de su letra chica y lo puso en letras grandes: había allí un tema de antisemitismo. Cuando la audaz Clare Montgomery del bufette de abogados londinense Kingsley & Napple propuso a los lores su tesis de la inmunidad soberana, de inmediato uno de ellos retrucó: pero si eso es así, entonces Hitler hubiera tenido que quedar libre por parte de este tribunal. Se abría entonces un debate acerca de los límites del poder, tal como el juez Garzón había logrado entrar en el anquilosado tema de las jurisdicciones: un dictador que por sus actos brutales estaría preso en cualquier país normal, puede pasearse alegremente por el mundo. Por algo Fidel puso cara de preocupación al saber que su colega Pinochet había sido arrestado.

Afirma Cicerón que la extrema justicia es injusticia extrema, añadiendo que a veces hacer trampas puede ser justo. Si cambian las circunstancias, cambia también el deber. La justicia tiene dos principios fundamentales: que lo hecho no haga daño a nadie y que sirva a la utilidad común.

No parece que nuestros jueces, entusiasmados por su afán notarial, hayan reparado en la existencia de estos principios. Ni parece tampoco que nadie en nuestro país esté tomando en cuenta la letra grande, el debate que sí nos importa: ¿hay tras estos escándalos atropellos a personas o aprovechamientos personales? Los chilenos, a menudo sin moral, nos aferramos a un legalismo de contraloría, rehuyendo el tema de fondo, aquello por lo cual existen el derecho, la justicia y las leyes, esto es, la decencia o indecencia de los comportamientos públicos.

Un senador designado (cuya presencia ofende la tradición democrática) se lleva a su casa en ocho años algo así como mil millones de pesos. Comportamiento legal, diría Cicerón, pero no justo. Cicerón fue hecho asesinar por Marco Antonio a los sesenta y tres años. Murió, afirman algunos en versión no comprobada, con la lengua y la garganta atravesadas por un alfiler de oro: por decir lo que no debía.

Ya es totalmente de noche, y nos despedimos del preceptor, que se queda en la calidez de su casa, al amparo de los clásicos. Abajo, el tráfago de la ciudad con sus vicios y sus prisas, el neón y los faros de los vehículos, las siluetas de la gente cansada, los grupos juveniles que recién empiezan la jarana nocturna. ¿Cuándo viviremos? La vida -dicen- es aquello que transcurre mientras estamos ocupados haciendo otras cosas. LND Domingo 4 de mayo de 2003

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INTERNET EN LA HOGUERA__________________________Tres profesores de un pueblito costero han sido sumariados porque en la sala de computación los niños bajaban alegremente imágenes de porno duro y las instalaban en las pantallas de los computadores. ¡Muy mal! En las universidades ocurre a menudo que los sitios web institucionales son más muertos que un mármol, y en cambio los sitios que instalan los alumnos por su cuenta tienen todo el sabor de la realidad.

¿Es bueno que exista Internet? ¿Le conviene a la juventud? Gracias a la red Enlaces del Ministerio de Educación, prácticamente todos los niños de Chile tienen acceso a la red. Hace unos meses un colegio de Puerto Varas inició acciones legales en contra de un portal que se había dignado acoger un sitio web donde unos alumnos descargaban alegremente sus opiniones acerca de los profesores. Ya se sabe, los adolescentes con esa cruda vivacidad para decir las cosas como si las estuvieran rayando en algún WC. Pobres maestros, atacados por la espalda ya no con trocitos de tiza sino con denuestos virtuales. Los dueños del portal alegaban que ellos tenían un sistema técnico en donde cualquiera podía poner sus cosas, y que condenarlos a ellos era como condenar a la Telefónica por una llamada odiosa. En www.bananacorp.cl es posible encontrar a alumnos de las más diversas universidades diciendo lo que se debe y lo que no se debe decir. Tres profesores de un pueblito costero han sido sumariados porque en la sala de computación los niños bajaban alegremente imágenes de porno duro y las instalaban en las pantallas de los computadores. ¡Muy mal! En las universidades ocurre a menudo que los sitios web institucionales son más muertos que un mármol, y en cambio los sitios que instalan los alumnos por su cuenta tienen todo el sabor de la realidad.

¿Puede soportar un computador de colegio la conexión con cualquier página de internet? ¿Sólo con algunas? ¿Con cuáles sí y cuáles no? Un estudio de la London School of Economics señala que nueve de cada diez niños británicos de edades entre los 10 y los 16 años han visto pornografía en la red. No parece haber razones para que en Chile las cifras no sean más o menos las mismas, salvadas las distancias de acceso a la tecnología. Los jóvenes valoran de internet la capacidad para indagar en el mundo con independencia de sus mayores y sin intermediarios. Es para ellos un modo de comunicarse con gente lejana geográficamente pero cercana en sus aficiones o valores, y también, por cierto, una herramienta para entrar en las zonas de sombra o para utilizar con soltura su propio lenguaje. Internet viene a ser, en la cultura, un equivalente a lo que en el siglo XVI vino a significar la invención y difusión de los libros y periódicos: lo que estaba suspendido en el silencio o en espacios reservados pasó a circular libremente. De inmediato la Iglesia hizo una lista de libros prohibidos, los gobiernos instauraron la censura y empezó la quema. Hoy, a la inversa y de manera un poco boba se suele creer que “el libro” es de por sí bueno, independientemente de su contenido.

Pero el estudio mencionado va por cierto mucho más allá de estos asuntos. Lo cierto es que la revolución digital es mucho más que tener nuevos instrumentos para seguir haciendo más cómodamente lo mismo que hemos hecho hasta ahora. Se trata de un cambio cultural profundo. Los canosos y en ocasiones casposos profesores universitarios observan con un vago temor cómo les van llegando alumnos que en algunas áreas saben mucho más que ellos.

En las universidades norteamericanas está hoy vivo el debate acerca del acceso a sitios pornográficos por parte de estudiantes o profesores. La Primera Enmienda Constitucional protege en los Estados Unidos el derecho de cada cual a ver lo que quiera, afirman algunos, y por lo tanto sería simplemente ilegal prohibir el acceso a páginas web en razón de su contenido. Se considera, además, que hay un valor que estaría por encima del derecho individual a no ser censurado, y que es el de que en una clase o un laboratorio de trabajo una página web pornográfica puede generar situaciones sexistas o perturbadoras para el adecuado desarrollo de la actividad académica. ¿Y qué ocurre si alguien accede a un sitio porno desde un computador que está aislado en un rincón, o desde su propio laptop? En fin, el debate está abierto. Socialmente, las actitudes hacia la sexualidad -incluida la pornografía- se van haciendo más relajadas.

La red Enlaces del Ministerio de Educación, la que llega a los pueblitos costeros y a cualquier lugar del país, pese a ser un logro de enorme trascendencia, adolece de serias deficiencias técnicas, todo hay que decirlo. En cinco o en ocho años los nuevos inventos que impone la industria electrónica obligan a reemplazar casi todo el material tecnológico a unos costos que probablemente sean muy difíciles de seguir para el aparato público o incluso para cualquier colegio privado.

El entusiasmo que sentimos en Chile por las nuevas tecnologías requiere de una mirada más atenta. Hay que digerir adecuadamente lo que nos va llegando, y no tenemos tiempo. Quizá haya instituciones que abren sus puertas y a la vez cierran sus ventanas a Internet, porque entre lo estimulante y lo peligroso no saben bien qué hacer.

¿Estamos quizá creando una revolución digital de clase A para los más ricos, una de clase B para los menos ricos y una de tipo C para los que nunca agarran nada? ¿Qué hay en el software mental de nuestros vecinos o de nuestros niños? ¿Qué hilos misteriosos llevan desde Silicon Valley (los chilenos tenemos allí una esforzada oficinita) hasta Puerto Varas, pasando por las oficinas fiscales, las asociaciones de padres y las familias que dejan podrirse a sus niños ante una pantalla? LND Domingo 18 de mayo de 2003

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