FREUD
(lo mejor de la foto es la cara del retratado, a medio camino entre la serenidad y el drama) ……… Paso mis días de ocio ojeando y leyendo a trozos un volumen encuadernado en cuero de las Obras Completas de Freud. Me dejo llevar por el estilo sólido y las convicciones del doctor, al que jamás había leído con detenimiento. Su aporte -lo suyo es una teoría- me parece sensacional. En el núcleo de nuestra personalidad habita una fuerza vital denominada libido, que se expresa directamente a través del placer sexual. La libido es como el hambre de los individuos: necesita saciarse, porque de otro modo la especie corre el riesgo de desaparecer. Sin embargo, además de lo difícil que es encontrar el -digamos- alimento sexual (hay que conquistarlo bravamente, seducir, entenderse con el otro o la otra, etc.), los usos culturales nos obligan a respetar unos protocolos muy complicados que permiten sólo algunos tipos de sexualidad de entre los muchísimos que existen, quedando el resto como perversiones. La vida social no tolera el desenvolvimiento silvestre de las pulsiones sexuales, es decir que a nadie le gusta estar cerca de una persona sin inhibición sexual alguna. La libido se da con fuerza en la primera infancia (de haber planteado hoy en Chile Freud sus descubrimientos probablemente lo hubieran metido preso) a través de la succión oral, las caricias indiferenciadas, el erotismo anal que se relaciona con la excreción y la retención de los excrementos, etc. En fin, los niños pequeños son perverso – polimorfos, se enamoran de sus padres, de sus mascotas, de sí mismos, de todo aquello que se mueva, pensando exclusivamente en su propio placer. Pueden permitírselo porque no tienen poder, y así sus opciones erráticas antes nos dan risa que miedo. Ya en la adolescencia, y tras un período de latencia, es preciso depurar este erotismo centrífugo y elegir para el cruce sexual un objeto del sexo opuesto dentro de un convenio de largo plazo denominado matrimonio -Freud escribe a fines del siglo 19 y a principios del 20-, convenio que va ligado a cláusulas económicas, culturales, sociales, religiosas, políticas, etc. Las pulsiones que no se dirigen a este fin quedan sueltas dentro de la persona en forma de libido por así decirlo sobrante, y tienden a aparecer como perversiones: sujetos narcisistas incapaces de hacer una relación, fijaciones con el padre o la madre, sadismo derivado de los goces anales de la primera infancia, masoquismo, homosexualidad, sexualidad con las mascotas, onanismo compulsivo y otras variantes que Freud y sus colegas vieneses (entre ellos destaca el doctor Stekel, que cuando no tenía casos lo suficientemente pintorescos los inventaba) se esmeran en narran con científica prolijidad. Cada sujeto, sin embargo, lleva dentro de sí un aparato censor, una oficina de los intereses conjuntos de la sociedad, que Freud llama el Superyo -el yo ideal- y que al notar el asomo de la perversión introduce mecanismos para inhibir esos deseos no aceptados socialmente. Desde luego que hay gente con una oficina censora más potente que la de otros. Surge así la neurosis, que sería la lucha entre la libido flotante y la represión, el desencuentro entre esa parte de la personalidad animal y amoral que llevamos dentro -el Ello-, y el Superyo vigilante. Como la sociedad nos fuerza a deshacernos de una parte considerable de nuestro espíritu salvaje, la mayoría de los seres humanos están condenados a la neurosis, al sufrimiento, que consiste en una energía improductiva, en una combustión que se resuelve en síntoma, en lucha en contra del propio Yo: dolores, tics, depresión, angustia, fobias, tendencias suicidas y un extenso catálogo. Eso sería para Freud la enfermedad mental. Existe también la posibilidad de sublimar esa energía libidinosa feroz a través de la creación artística, la lucha política, las obras caritativas, etc. Pero siempre estamos en presencia de materia líquida o inflamable, de fuerzas difíciles de controlar que empujan y se oponen unas a otras para conseguir sus fines. De eso se trata la vida.
